lunes, 11 de abril de 2016

MI PADRE

Marceline Loridan-Ivens, Y tú no regresaste, Salamandra, Madrid, 2015.

Me ha costado leer este libro, esta carta que su autora, Marceline Loridan-Ivens, ha escrito a su padre, con el que fue deportada a Auschwitz-Birkenau en abril de 1943.

Estaba el libro en mi habitación, comenzado, mirándome. Tengo una hija pequeña y en sus primeras páginas me sentí identificado con ese hombre que era llevado al infierno con aquello que era lo que más quería y que, sin embargo, no podría defender. Se me hacía difícil seguir leyendo.

Ayer por la noche vino al Colegio de España en París Benito Bermejo. Con su saber humilde y honesto impartió una memorable conferencia sobre los deportados españoles en los campos alemanes de concentración. Por casualidad, hemos coincidido en el desayuno y hemos estado hablando de la dificultad de contar que padecen los supervivientes (la escritura o la vida, que diría Jorge Semprún). Y, de repente, me he visto recordando con él a mi padre y a mi abuelo, que nunca hablaban de la guerra. Siempre eran otras (sus hijas) las que contaban las historias de la guerra de mi abuelo; las de mi padre no nos las contó nunca nadie.

Y esta noche, cuando el mucho frío de la calle me ha devuelto pronto a mi habitación y he visto el libro de Marceline en la estantería, me he enfrentado a su lectura. Es un libro breve, menos de cien páginas.

El libro es una carta, ya lo he dicho, está escrito en segunda persona. Marceline se dirige a su padre. Le confiesa lo que él significaba en su vida de adolescente, de niña que comenzaba a dejar de serlo. Le recuerda los momentos que pasaron juntos cuando fueron arrestados, su traslado en el vagón 71 de un tren hasta el campo de Auschwitz-Birkenau. Allí los separaron. Pero estaban cerca, y lo sabían. En aquel infierno el padre y su hija se vieron dos veces. Pero no quiero remedar los episodios del libro aquí, sería ridículo.

En su carta, Marceline le cuenta a su padre, más de cincuenta años después, lo que para ella suponía que él estuviese cerca en aquel terrible lugar. Su padre. El mago. Aquel ser maravilloso capaz de hacerle llegar una carta al barracón. ¡Tenía papel y un lápiz! Su padre.

Deberías haber regresado tú, papa. Porque sin él (sin ti), le cuenta Marceline, la familia se deshizo. Su hermano pequeño estaba en la Estación de París cuando ella regresó, pero no la esperaba a ella, ni siquiera la recordaba. Esperaba a su padre. Y lo seguiría esperando siempre, como Henrriette, su otra hermana, como Marceline.

Pero los supervivientes no hablan. Y su elocuente silencio se apaga. Jorge Semprún acudió a la última conmemoración del campo de Buchenwald, supongo que para despedirse; él sabía que no llegaría a estar presente en el siguiente encuentro, porque en Buchenwald se hace una conmemoración cada cinco años. Como la mayoría de los supervivientes Semprún era ya muy viejo. Pronto, dijo en aquel memorable discurso, ya no quedaremos ninguno y lo que padecimos deberá ser defendido no tanto a través de la historia, como de la literatura.


Marceline tiene 86 años. Ha tardado media vida. Pero al final ha sido capaz y ha escrito esta carta, porque este libro es una carta, ya lo he dicho, este libro es mucho más que un texto de esto tan imprescindible que se ha venido en llamar literatura concentracionaria; esta es la carta de amor de una hija a su padre.

 José María Pérez Collados (de Lecturas de un invierno en París)

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