miércoles, 2 de marzo de 2016

¿QUIÉN CABALGA TAN TARDE A TRAVÉS DEL VIENTO Y LA NOCHE?



¿Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?
Es un padre con su hijo

Johann Wolfgang von Goethe


J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Duomo Ediciones, Barcelona, 2015.

Si tuviera que encasillar esta entrañable novela diría que se trata de una bildungsroman o, lo que es lo mismo, diría que se trata de una novela de formación, de aprendizaje, ese género narrativo que describe el camino que recorre un ser humano desde su niñez hasta alcanzar la madurez.
Hay más circunstancias que podrían hacer pensar que el libro de Moehringer es una novela previsible. Porque no deja de ser frecuente que la primera novela de un escritor sea una bildungsroman autobiográfica.
Y sí, todo esto es El bar de las grandes esperanzas. Pero, sumado a ello, este libro tiene algo especial que lo hace único: la novela es sorprendentemente auténtica, doesarbola su sinceridad, desarma su sencillez.
A las pocas páginas ya nos cuesta separarnos de ese niño al que su padre ha abandonado, y no sabemos lo qué daríamos por poder ayudar a su madre a salir adelante, a llegar a fin de mes. Y vemos pasar cada tarde de domingo a madre e hijo en un coche destartalado por las calles suntuosas de Manhasset, contemplando bellas mansiones e imaginándose cómo sería vivir en una de ellas; la vemos a ella desvelada en la cocina de su pequeño apartamento intentando que su calculadora le dijera que sí había suficiente dinero; vemos a aquel chico con su abuela, aquella vieja mujer maltratada durante décadas por su marido que le explica a su nieto que un verdadero hombre es aquel que cuida mucho de su madre.
Su madre. Ella ya ha perdido. Nos damos cuenta de eso, lo sabemos, y a lo largo de las páginas del libro nos indignamos al saber cómo y de qué manera le falló su padre y cómo le falló también su marido. Ella ha perdido, lo sabemos desde el comienzo de la novela, pero a lo largo de sus páginas nos llega a poner en pie contemplar cómo aquella madre que había perdido su vida decide no fracasar en ella. Porque tiene un hijo. Porque ella no va a fallarle.  
Hace años leí en un memorable comentario a la Iliada (el de Rachel Bespaloff) que el secreto del poder de Aquiles no residía en haberse bañado en la laguna Estigia (donde había mojado todo su cuerpo, salvo un talón), sino en el hecho de que su madre, Tetis, rogaba por él a los dioses, y era su súplica tan triste y desesperada que ellos jamás le negaban su ayuda.  
Por eso, aquel chico cuya historia se cuenta en este libro le debe todo a su madre. Esa verdad atraviesa la novela. Lo primero que se lee en ella es la dedicatoria, y el autor se la dedica a su madre. Lo último que se lee son los agradecimientos. Y el último de ellos, el más largo, sin duda el más sentido, es para ella. Si no hubiera sido así, esta novela no hubiera merecido la pena.
Pero si esta es la historia de un chico que tuvo una madre maravillosa, también lo es de alguien que no tuvo padre. Y de cómo, a lo largo de los años, aquel chico va llenando su ausencia con el teatro de figuras masculinas que pululan en el pub del pueblo cercano a Nueva York en el que vive. Allí irá a encontrar consuelo, sexo, conversación, entretenimiento; allí irá a esconderse, a buscarse, allí hallará la mejor manera de huir o de reunir fuerzas para volver a luchar; allí encontrará la amistad, y hasta la familia. De alguna manera aquel pub, el viejo Publicans, será el padre que no tuvo. Por eso esta novela es un homenaje a aquel tugurio. Incluso, en su primera versión, éste quiso ser un libro de no ficción sobre aquel garito. Hay que reconocer que estamos ante un autor bien peculiar.
Las novelas de formación tienen siempre una importante carga moral, pero esta novela nunca juzga, no contiene ni un solo discurso ético. Moehringer no los necesita porque las historias que nos cuenta hablan por sí mismas, son siempre enormemente elocuentes. En esto la novela tiene momentos memorables: cuando, ya convertido en un joven, Moehringer quiere conocer a su padre, y éste acepta una cita, la descripción que hace de aquel hombre es tan elocuente que  no necesita usar esas dos palabras, y no las usa porque, además, se refiere a él con cariño. Con mucho cariño. Pero el lector se da cuenta de que aquel hombre que había maltratado a su esposa, que la había abandonado, a ella y a su hijo, quedaba perfectamente definido por esas dos palabras que Moehringer no usa: un fracasado.
La novela está escrita con una enorme sencillez; en algunos momentos hasta podría decirse que está escrita con inocencia. Y esa es su mejor virtud, porque logra ser conmovedora.
Como un homenaje a la iluminadora oscuridad de los pubs, la primera parte de la novela está encabezada por un verso de Dylan Thomas, tomado de La luz irrumpe donde ningún sol brilla. A mí, por algún motivo, me ha recordado ese otro de Ángel Guinda, no menos memorable: no siempre la claridad viene del cielo. 

Publicado en Artes y Letras, de Heraldo de Aragón, el 25 de febrero de 2016.

2 comentarios:

  1. Después de este comentario, que ya resulta conmovedor, no queda más alternativa que leer la novela.

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    1. Una novela enorme. Porque en el fondo el protagonista no es el hijo, sino su madre, de la que apenas sabemos que terminó siendo de ella. El hijo busca a un padre que, simplemente, se fue. Y acaba en un bar, rodeado de padres que tampoco estaban en su casa y que le adoptan, de alguna manera, como a un hijo. Hacía mucho que no leía un libro tan auténtico.

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