jueves, 8 de enero de 2015

EL TIEMPO, MI MADRE, GÓNGORA Y MARTINA



Si quiero por las estrellas
saber, tiempo, dónde estás,
miro que con ellas vas,
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas, ay, qué engañado estoy,
que vuelas, corres y ruedas;
tú eres, tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.

Me envía Martina López Casanova, desde Buenos Aires, este poema de Góngora, que leyó cuando tenía 19 años, y cuyo recuerdo le ha traído el anterior texto de mi madre. 
Mi madre mira, a sus 90 años, desde un balcón; y lo hace con la nostalgia desvaída de un lugar cercano al que sabe ha de llegar. Ese misterio que todos los hombres llevamos encima. Esa metáfora que somos. Mi madre se acerca sin miedo a los misterios y mira desde una orilla de pupilas desvaídas, de sabiduría triste, de recuerdos viejos que hacen olvidar las urgencias cotidianas.
Martina adolescente leyendo a Góngora allá en la Argentina, mi madre recordando lejanos episodios, su hijo tejiendo con bolillos los errores viejos, las manos de mi madre, Martina y su hija ya casada en las primeras navidades nuevas, y Góngora otra vez, o es el tiempo otra vez, siempre el mismo. Y no sabemos si nos vamos.

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