jueves, 16 de enero de 2014

UN HILO EN MIS RECUERDOS

En mi pueblo había un convento de Capuchinos. Se llegaba hasta él a través de dos hileras de cipreses, muy altos, como si quisieran horadar el cielo. Un grupo de niños íbamos un día a la semana a lo que llamábamos "el rebañito", clase de religión, dada por el Padre Leonardo. Han pasado muchos años, El Convento está derruído. Sólo de él se conserva el frontispicio que se mantiene enhiesto, como un milagro. En la parte superior, el campanario, huérfano de campana, es un hueco vacío donde, en la primavera, anidan las cigüeñas. Los cipreses se han ido secando. Apenas se sostienen algunos. 

Pero, en mi imaginación, los relatos del Padre Leonardo están vivos, como grabados a fuego. Había vivido en Italia y la tenía en el corazón. Nos contaba que por la geografía italiana había ciudades atalayas muy antiguas. Y que una de aquellas ciudades era Asís, clara y luminosa, lugar místico y hermoso que parecía irradiar bienaventuranza. Que era más antigua que Roma y poseía una pureza y frescura irresistibles. Que sus casas construidas con piedras del lugar eran de un suave color entre el rosa y el amarillo. Y que, a los pies de la colina de Asís, estaba la basílica de Santa María de los Ángeles, con el interior oscurecido por cuatro siglos de rezos a la luz de las velas. La basílica incluía una capillita del siglo IV que San Francisco restauró y alquiló por un cesto de pescado al año. Más arriba, pegada a la ladera del monte Subastio, se divisaba la triple basílica donde reposaban los restos de San Francisco. En la Iglesia inferior se custodiaba un andrajoso hábito de San Francisco, sus sandalias, su bedición manuscrita y el famoso retrato que de él pintó Cimabue.

Cuando el padre Leonardo hablaba de San Francisco se transfiguraba y su rostro enteco se hacía más afilado, como si lo cubriera la sombra del santo de Asís.

El pueblo andaba revuelto. No volvimos al "rebañito". El Padre Leonardo, huyendo de la persecución, caminó monte a través. Sus sandalias de badana marrón a tiras sobre la piel de sus pies no era aptas para el suelo montesino con guijarros, tomillos y romeros. Debió de tropezar. Porque lo encontraron muerto, con la cabeza abierta, golpeada por una piedra.


                                                                            Maruja Collados

sábado, 4 de enero de 2014

VOLVER Y PRESENTAR UN LIBRO

Llegué de viaje el día 20 de diciembre. Con todas las Navidades por delante. Es un viaje en coche que suele llevarme unas cuatro horas, pero fueron más porque me confundí en una variante o como se llame ese tipo de desvíos. No había manera de regresar a la autovía. Así que a la autopista. Se trataba de ahorrarnos el peaje y lo que conseguí fue prolongar el viaje durante una hora y sumar 29 euros de autopista. Durante muchos años pensé que mi habitual torpeza para la vida quedaba justificada y era causada por mi condición de escritor. También pensaba que para ser escritor no hacía falta escribir (sobre esto alguna buena reflexión de Hegel, por cierto).
 
La presentación de nuestro último libro de relatos (Recuerdos del Porvenir) fue muy bien. Fernando Sanmartín y Santiago Gascón no fallan y mi hermano, que completaba la mesa, tampoco. Yo llevaba la cara ensangrentada por el mordisco que me había propinado mi perro días antes. Tienes que explicar qué te ha sucedido, porque la gente se te queda mirando la nariz sin decir nada, ves en sus ojos que te miran la nariz ensangrentada y no dicen nada, así que te ves obligado a dar explicaciones. Te gustaría decir que fue una pelea callejera o un accidente con alguna enjundia, algo más sugerente que el mordisco de tu perro.
 
Los actores, Arancha, Manuel y mi hermana estuvieron muy bien. Deberíamos cobrar en las presentaciones porque son muy bonitas, ninguna editorial escenifica los libros que presenta. Nosotros damos mucho en eso, por no hablar de que ilustramos los libros con ilustraciones a color; y si seguimos así nos vamos a terminar de arruinar porque ya no se venden libros ni en las presentaciones. Algo hacemos mal, desde luego, pero no son los libros, de eso estoy seguro. El problema está en lo demás, lo que viene luego y a lo que no dedicamos tiempo.
 
Nos fuimos a cenar. Antón Castro llegó a la cena y nos sentamos juntos. A las copas de después nos quedamos los de siempre, con Olga Bernad y Angos como perennes amigos, buscando un último bar. Olga me dio sus Cisnes Negros. Lo tengo aún sin leer, pero me dicen que es maravilloso.
 
Las Navidades ya no es un tiempo por delante, sino por detrás. Ahora viene el invierno. No estoy de acuerdo en que abril sea el mes más cruel; yo creo que es febrero.
 
Hace unos días hablé con Andrés García Inda acerca de un libro que su editorial, Sibirana, tenía planeado editar. Quizás fuera una buena idea hacer una coedición con ellos. Hay que comprar los derechos a Gallimard, pero no supondría mucho dinero, y sería una traducción difícil, pero tenemos una buena traductora. El proyecto sería memorable.
 
He estado enfermo estos últimos días. No sé si todo tiene sentido o a todo le podemos encontrar sentido. El caso es que gracias a eso he podido estar más tiempo con mi madre.
 
Me quedan dos días antes de volver. Detrás del regreso está el invierno, pero es porque mis regresos ya no son un volver, sino un ir. Siempre un ir.