martes, 30 de abril de 2013

VOLVIENDO A CASA


Conducía Helena, fingiendo seguridad en sí misma, agarrada al volante y tiesa como un palo. Veía en la vena que se le marcaba en la sien cada kilómetro de los que avanzábamos por la autovía.
- ¡Relájate, mujer! Te va a dar un tirón en la pierna de lo agarrotada que estás. Reclínate un poco para atrás, así. Sepárate un poco más del… - Helena apartó con un ademán de fastidio la mano que acababa de poner en la palanca de su asiento.
- ¡Déjame, Sara! Estoy bien. Yo conduzco así, ¿vale?- me dijo sin apartar la vista de la carretera. Igual de enfurruñada que cuando era pequeña, porque siempre le estábamos diciendo lo que debía hacer y cómo hacerlo. En momentos así me hacía sentir demasiado mayor, viéndola todavía como una niña.
Le habíamos dicho a nuestra madre que al llegar a Madrid pararíamos para cenar y dormir, pero para variar no estábamos cumpliendo lo prometido. Habíamos decidido conducir toda la noche, cruzando media España, para llegar sobre las seis al pazo de la tía Marga. Así, aunque llegásemos realmente cansadas de semejante paliza, sería toda una sorpresa vernos ya en casa.
- Será divertido verlas revolucionadas bajando las escaleras en bata ¿Y te acuerdas de Luna, la perrica de la tía? Esa no tardará en ponerse a ladrar como una loca en el patio trasero… seguro que aunque las hacemos levantarse de la cama, se ponen enseguida a calentarnos un chocolate.
- Seguro... ¡qué bueno por Dios! Sólo de pensarlo se me cae la baba- dijo Helena ya más calmada.
-Se pondrán a hablar como si alguien les hubiese dado cuerda de repente, queriendo enterarse de todo lo que nos ha sucedido en el año a pesar de tener el verano entero por delante… - añadí en voz alta para mantener despierta a mi hermana, la notaba cansada, pero esperaría a que ella me pidiese el cambio, de lo contrario podría dañar su autoestima. La miré de reojo una vez más, y sentí el típico orgullo de hermana mayor. Se estaba haciendo toda una mujercita. Y no era por el simple hecho de verla conducir tan callada, silencio al que no me tenía nada acostumbrada. Era una sensación extraña de cercanía, como si ahora pudiese entender todo lo que antes no decíamos delante de ella.
- Ojalá que mamá tenga hecho un bizcocho del suyo… -Helena sonrió al decirlo, pensando todavía en el premio que recibiría al llegar a casa por fin.
Menudas tardes de no hacer nada, de descansar en el sillón de la tía, de dormir hasta que el cuerpo dijera basta. Tras verme enganchada a las pastillas para dormir, y habiendo perdido más de cinco kilos sin darme cuenta, he decidido no prestarle más importancia. Si después del verano me ponen en la calle, me habrán hecho todo un favor. Al fin y al cabo, vivir con miedo no es vida.
- ¡Pero bueno!¿Qué es esto?- simplemente retiré un poco el cuello de su blusa para comprobar qué era aquella pequeña marca que tenía en el cuello. Sin embargo, al notar mi mano, se apartó bruscamente en su propio asiento haciendo varias eses con el coche. Volvió al carril como si no hubiese pasado nada, y muy sonrojada, consiguió decir al fin:
- ¡Déjame!
- Ya te dejo. Pero tú ten cuidado, ¡que no viajas sola!.... – entonces vi cómo templaba su barbilla-Está bien, no te pongas así. No merece la pena que te enfades… -su mirada ahora estaba totalmente fija en la carretera. Odiaba sentirse traicionada por sus propios sentimientos, que yo la hubiese descubierto. Tan frágil como cuando era pequeña. Miré a mi hermana con nostalgia, hace nada me hacía sentir culpable al preguntarme por qué no jugaba tanto con ella. Ahora, al parecer, se había buscado otro compañero de juegos.
- De las notas te va a preguntar mamá, así que yo mejor te pregunto sobre el chico que te ha dejado esa marca... así no te repites, ¿no crees?
- No sé de qué me hablas, ¡yo lo he aprobado todo!
- ¿Y ese chico también?- a pesar de que estuviese hablando sin mirarme, sabía lo atenta que estaba de nuestra conversación. No quería hablar, pero se moría por contármelo todo. Yo había sido como ella hacía unos cuantos años atrás.
- Si no te importa, me gustaría descansar un poco ¿Paramos ya?
- ¡Sí, claro!- el momento se había esfumado. Mi hermana sufría de amores, pero era demasiado hermética como para empezar ahora a contarme su vida. De algún modo le gustaba hacerme sentir que apenas la conocía…
¿Por qué me castigaba con su silencio? ¿Simplemente porque nunca había habido un hombre en casa se le hacía raro hablar de ellos? No es que quisiera que mi hermana me revelase todos sus secretos, sólo quería que supiera que fuese la historia que fuese, seguro que yo ya la habría vivido antes. Que yo estaba aquí para apoyarla.
Paramos en una estación de servicio vacía, donde sólo había una muchacha en la barra hablando con la cocinera por el hueco del pasaplatos. Hablaba de una compañera, se quejaba de lo perezosa que era y de lo mucho que tenían que hacer por su culpa. Podrían haber seguido así a pesar de nuestra entrada todo lo que les restaba de noche, así que decidí interrumpir tosiendo un poco y diciendo educadamente:
-¡Buenas noches!
- Buenas noches…
- ¿Tú qué quieres, Helena?- le pregunté a mi hermana que acaba de sentarse dejando un asiento vacío entre nosotras dos.
- Yo un sándwich mixto y una coca cola.
- Y a mí  ponme un café solo.
- La cocina está cerrada, así que no te puedo poner el sandwich, ¿quieres una bolsa de patatas fritas?
- No, gracias- dijo mi hermana mirándome con una sonrisa ¿entonces para qué estaba la cocinera allí todavía?
- Sara, no se lo digas a mamá… ¿de acuerdo?- me dijo Helena mirando a la chica que preparaba nuestras bebidas. Sintiendo mi mirada por el rabillo del ojo.
. ¿Qué le tengo que decir?
- Ya sabes…
- No, yo no sé nada- le dije.
-  Es que no es nadie importante, y total. Ya se ha ido…
- ¿Del país? ¿ De tu lado?
- Da igual…  De verdad.
- ¿Sabes de lo que me estaba acordando cuando veníamos hacia aquí?- preguntarle directamente no me iba a llegar a ningún sitio, así que empezaría siendo yo la que hablase de sentimientos. Ablandando un poco ese corazón tan duro de mi hermana pequeña.
- No, no lo sé. Pero seguro que me lo vas a decir…
- Aquí paramos la primera vez que fuimos al pazo, ¿te acuerdas?
- Para nada, yo debía ser una cría entonces.
- Más o menos. Pero se te caían los mocos y había que limpiártelos. Bueno, como ahora... ¿no?
- ¡Muy graciosa!
- Conducía la tía Marga. Su padrino se había muerto ese mismo año, y hasta el verano no había tenido tiempo para ir a ver la casa que había heredado. Mamá estaba sentada contigo, atrás. Y por primera vez en mi vida me habían dejado ir de copiloto, ¡estaba alucinada!
- ¡Aquí tenéis, chicas! - nos sirvieron con la simpatía de la casa.
- Perdona, ¿tienes sacarina?- me gustaba medir la paciencia de la gente. Cogí amablemente el sobre; ahora ya tendría a alguien más de quién criticar con la cocinera (que no cocinaba).
- Ese año fue el que…- comentó pensativa mi hermana.
. Sí, ese verano se separaron definitivamente. Recuerdo que la tía no hacía más que mirar por el espejo retrovisor, y yo pensaba que era porque alguien nos seguía. Con los años comprendí que era para controlar a mamá. Me dejaron ser la copiloto de la tía Marga  para que yo no viera cómo lloraba. Tú estabas en la silleta, durmiendo. Eras demasiado pequeña para darte cuenta de nada.
- Yo no recuerdo a mamá llorando.
- Por que si lo hizo no fue delante nuestro. Ese verano en el pazo, mamá y la tía se quedaban todas las noches hablando afuera en las escaleras del porche. Antes sólo la tía fumaba, ¿sabes? Ese año volvió mamá. Yo las veía desde la ventana de la habitación, echando humo por la boca. Hablaban muy flojito, y de vez en cuando mamá lloraba. Entonces la tía se ponía a su lado, y la abrazaba fuerte, hasta que la hacía reír.
- ¿Por eso se quedaron ahí?
- No lo sé, quizás. La tía heredó el pazo, y cuando llegamos era una pocilga destrozada. Nos pasamos el verano limpiando, arreglando. La iban a dejar para alquilar, pero decidieron vivir en ella las dos juntas para reconstruirla por completo. Venían todas las mañanas dos albañiles que no hacían más que tirarle los tejos a mamá y a la tía.
- ¿Sííí?- preguntó curiosa mi hermana
- Sí, pero la tía tenía muy mala leche ya entonces. Aunque yo creo que la piscina que nos hicieron salió gratis… vamos, ¡que ya le pagó la tía el servicio completo por otra parte!
- ¡Sara! ¿De verdad?
- ¡Y yo qué sé! Yo también era muy pequeña. Puede que al final del verano se le bajaran los humos… quién sabe.
- Yo no me acuerdo de nada, ¡qué rabia!
- Sí, bueno. Al final supongo que se enamoró y todo la muy tonta. Tú date cuenta que siempre termina alguna noche escuchando a Joaquín Sabina.
- “Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo…”
- “… en un whisky on the rocks!”
- ¡Es verdad! Yo pensaba que simplemente le gustaba por que era de su época.
- Y en parte por que creo que es la historia de su vida.
- ¿Y mamá? ¿Después de papá no ha tenido a nadie?
- A la tía Marga. Creo que su corazón se cerró tanto que no ha dejado sitio para más- no había pensado en esa respuesta, pero salió de mis labios sin más.
- ¿Nos vamos ya? Si no, no llegaremos ni para medio día..  Ah, y pagas tú ¿no? Yo no llevo ni un duro encima ¡ya sabes...! - dijo mi hermana sacando afuera el forro de los bolsillos de su pantalón.
- No veas las ganas que tengo de que termines la carrera de una vez, te pongas a trabajar, ¡y me invites a algo!
- Todo llegará, ¡impaciente! Ah, y no te olvides de dejar algo propina. Se lo han ganado, ¿no crees?

Helena se quedó dormida enseguida, aunque aún le dio tiempo de dejar caer alguna lágrima en silencio. Sin embargo, la dejé estar. No le pregunté más. Había dejado una puerta abierta para cuando ella quisiese entrar… Yo, por mi parte, ya tenía en qué pensar mientras conducía. Reviví aquél primer viaje, viendo a mi tía conducir con el cigarro en la mano como ahora estaba yo. Mirándome de vez en cuando, peinando mis  rizos alborotados, guiñándome un ojo para hacerme reír.
¡Qué díficil misión! Llevando a su hermana y a sus hijas lejos, para hacerlas olvidar. Para sanar unas heridas que ella conocía muy bien. Queriendo buscar el sentido a sus vidas en una casa que jamás había visto antes. Comprobando con tristeza, una vez más, que las historias de esta vida no son como los cuentos. Que no se terminan comiendo perdices, porque la felicidad no es eterna… Y consiguiendo, quizás con esfuerzo, que ni yo ni mí hermana supiéramos nada del dolor que ellas vivieron ese verano.
Ahora podríamos hablar con ellas de todo eso.
Ahora todas teníamos algo que decir...


Caridad Bernal Pérez  ya ha publicado en el pasado en este Blog, y lo hace ahora para el proyecto    Recuerdos del  Porvenir  con este cuento. 

domingo, 21 de abril de 2013

TENEMOS UNA NUEVA NOVELA EN LAS LIBRERÍAS

Está ya a vuestra disposición  en la Tienda de Ediciones Nuevos Rumbosla nueva novela de Olga Bernad. La acompañan unas maravillosas ilustraciones de Jose Herrera y Antonio G. Oliete. 

Podéis comprarla allí tanto en formato digital como en papel.  En una semana estará también a la venta en las librerías, y en Amazon.


Un anciano ve pasar a una joven estudiante de Literatura. Es su vecina. Su vida se transforma, el amor le cambia. Piensa este hombre de la misma manera que habla, con esa gramática iletrada de otro tiempo que se ha ido; y la vida comienza a parecer una novela. La suya, su vida. 



Alguien tenía que contarlo, y ha sido Olga Bernad. 



sábado, 13 de abril de 2013

HOLA Y ADIÓS


            Yo estaba en aquel bar al que iba siempre y me daba cuenta de que lo que me apetecía no era estar en el bar sino con ella, a la que había conocido en el bar una noche en que fue con una amiga suya que era cliente habitual y que la había llevado aquella noche porque sospechaba que ella y yo nos gustaríamos, como así fue 
            Nos gustamos mucho y follamos un montón de veces pero ella tenía su apartamento y yo el mío y aún conservábamos nuestra libertad y muchas veces ella quería estar conmigo pero yo prefería estar en el bar porque no quería perder mi libertad, una libertad que de todas maneras estaba perdiendo porque yo ya no quería estar en el bar sino con ella, que estaba en su apartamento echándome de menos y me escribía encendidos mensajes por el móvil a los que yo respondía con una pasión propia de mi edad mientras me tomaba varios whiskies con el dueño del bar que me contaba cosas de dueño de bar que ya estaban empezando a cansarme un poco.
            Era un gran bar, la verdad. Yo había aprendido en mis 38 años de vida que en casi ningún sitio se alegran de verte pasado cierto tiempo. Basta con que vayas tres veces a un restaurante para que el dueño del restaurante se relaje y los camareros se piensen que ya no tienen que tratarte de modo especial porque de todas maneras vas a seguir yendo a su puto restaurante al que un día agarras y no vas más.
            En aquel bar no. En aquel bar siempre te recibían con alegría y te invitaban a tragos y te sonreían todo el tiempo y te trataban como a un señor. El dueño del bar era extranjero como yo y ambos nos dábamos calor en aquella ciudad hostil, contándonos cosas de extranjeros, sobre todo él que la verdad es que hablaba sin parar, no sé si porque era dueño de bar o porque ya tenía cincuenta tacos mientras que yo sólo tenía 38 y sólo hablaba mucho con gente de menos de treinta, que seguramente pensaba que hay que ver lo que habla este tío.
            En realidad eran dos los dueños del bar, ambos del mismo país. El otro era más taciturno pero también me recibía siempre con una gran sonrisa y hablábamos de fútbol y me descubría anises italianos y comentábamos muchas cosas sin llegar al fondo de nada porque tampoco es cuestión de ponerse a profundizar en un bar, aunque a mí siempre me ha gustado profundizar y quizá por eso ya no me sentía tan bien en el bar, si bien también me he cansado de gente con la que me pasaba el tiempo profundizando, qué sé yo, será simplemente que tarde o temprano me termino cansando de todo. ¿A quién no le cansan las profundidades?
            Recuerdo una vez que llegué al bar, rebosante de clientes habituales, y en cuanto el dueño parlanchín me vio gritó “aquí viene nuestro presidente” y todos aplaudieron y me colmaron de besos y abrazos y yo me sentí de lo más bien en aquella ciudad donde sentía que nadie me quería, cosa que era cierta fuera de aquel bar donde sentía que todos me querían.
            Pero ahora todo había cambiado. Ahora estaba ella. Yo quería estar con ella, que quería estar conmigo, lo cual a los dos nos infundía un miedo morrocotudo, y ahí estaba yo escuchando historias que ya apenas me interesaban en vez de estar bebiéndome el jugo del coño suyo, tan rico, tan cálido, tan acogedor. Pero cuesta un tiempo darse cuenta de que lo que vienes haciendo desde tiempo atrás ha dejado de ser lo que te apetece, y cuando quieres darte cuenta te ves haciendo cosas que han dejado de apetecerte, hasta que te decides y te lanzas y ya está.
            ¿Por qué tenía yo que estar escuchando al militar retirado o al señor de pueblo o al médico que llevaba cuatro años sin meterla desde que se había divorciado de su mujer con la que ya no quería volver pero con la que sentía que tenía que volver por el bien de su hija común y porque en realidad él ya estaba grande para buscarse una mujer nueva a la que a lo mejor querría más pero con la que no podría compartir el amor de su hija porque ese amor sólo lo podía compartir con su ex mujer a la que ya no quería pero con la que sentía que?
            Me fui con ella.
            Nos mudamos a un apartamento juntos y ahora me tomaba los whiskies con ella que no tomaba pero me miraba y me decía “cómo te metes eso tan fuerte” y luego ella se acostaba y yo seguía tomando whisky y escribía cuentos cuando los escribía, porque a veces no escribía nada y me sentía un despojo, y en cualquier caso después me metía en la cama con ella y la besaba toda y ella siempre se despertaba y me tocaba el miembro y se lo metía dentro aunque le quedasen pocas horas antes de ir a trabajar porque ella lo que quería era tenerme dentro y no dormir no sé cuántas horas para llegar al trabajo fresca o qué sé yo, porque como ella me decía la única manera de llegar fresca al trabajo era haberme tenido dentro durante la noche, que por algo estaba loca por mí, cosa que yo agarraba y me creía, y entonces yo le decía que también la quería un montón y follábamos brutalmente y a veces hasta llorábamos y después nos enjugábamos las lágrimas y los flujos.
            Yo ya no escuchaba pero siempre tenía presente esa canción que tanto había escuchado y que decía “es la falta de amor la que llena los bares / son tus labios para mí un plato de calamares” y pensaba que todo estaba bien hasta que todo dejase de estar bien y yo volviese al bar, que ya no sería el bar anterior sino algún otro bar de alguna otra ciudad y quizá de algún otro país adonde yo iría en busca de un nuevo bar y de una nueva novia que me recordase a la anterior y me ayudase a olvidarla como ella me había ayudado a olvidar tantas cosas, hasta que un día, cansado de tanto olvido y recordando tan sólo mi tierna infancia, me decidiese a morirme para siempre, salvo que me muriese un día así sin más
 
 
Este segundo cuento enviado para el proyecto de libro de relatos Recuerdos del Porvenir, viene firmado por Rafael Blanco Vázquez, al que podéis seguir en su Blog, http://www.elhamsteryotroscuentos.blogspot.com.es/

martes, 9 de abril de 2013

Y DE PRONTO FUE AYER


Besas mi piel como indultando flores.
Gonzalo Rojas


            Eva olía como los árboles.

Y de pronto fue ayer… No digas que es un sueño. No vuelvas a decir que es imposible. Entre los tilos de la orilla nada puede hacernos daño y me imagino que el futuro es querer verte mañana. Y este deseo se me impone de inmediato, sin titubeos, salvajemente. Es tan sencillo amarte, tan natural, tan espontáneo, como hablar, respirar, comer, beber o pescar truchas con la mano. Y me obsesiona esta implacable realidad, casi inhumana, de espiarte en secreto, sorprendiéndome a mí mismo.

         La tarde está naranja y salta hasta tus ojos, muestra su flanco de salmón espléndido. No sé por qué razón ver, como un guardián, cómo te bañas en el río y cierras los ojos, mientras que un sol reflectante y líquido lava sus pepitas de oro en la corriente, zarandea mi conciencia igual que un sonajero en la mano de un crío, barajando en mi cerebro mis neuronas, confundiéndose las unas con las otras, haciendo que se me ocurran asociaciones imprevistas de ideas a veces disparatadas que, en circunstancias normales, no se me ocurrirían jamás. Es como si las paredes del cuerpo se ensancharan, estrechando el universo, no sé, si eso fuera posible, y en esa cosmogonía el corazón bombease una sangre más ligera y capaz de recorrer distancias enormes sin moverme de mi sitio.

Puedo viajar así por el tiempo y el espacio, contemplar claramente lo mismo el pasado que el futuro en una danza de siglos y otras épocas, sobrevolar ciudades derribadas en el fondo del océano y descubrir, entre las ruinas submarinas y los arcos de piedra por donde toda la noche se oyen pasar peces, una sortija brillando. Y puedo oír todas las voces, todas las voces del mundo que puedo imaginarme. Y esto no puede ser mentira. Así que doy por cierto todo.  

Luego sales del agua como quien entra en el agua, mojándote de otras cosas, porque siempre estás mojándote de algo, de una flor incumplida, de un insecto poco razonable, de esas pequeñísimas hojas verdes que solo tú sabes mirar, que son quizás del reverdecido tamaño de tus ojos, y tu mirada es un barril de manzanas buceando en el desorden acrobático del aire, desparramado entre los pájaros diminutos, qué sé yo, y excitas a tu paso la flexible sombra de las lilas y los ojos empapados de los peces.

         Mientras tanto, un pez vuela a ras de río durante unos segundos, despidiéndose. Los peces envidian tus pupilas. Quieto en el agua, el sol se llena de párpados brillantes. El río es una torre derrumbada por donde trepa el cielo como un príncipe azul. Alguien araña tu nombre en la corteza de un álamo. Y ese no es Adán. Se te oye decir que eres dichosa. Un arce te señala con su dedo índice extendido. El viento se echa a hablar entre las hojas mudas de los bosques. De pronto un fruto condecora la tierra. Tu boca muerde como quien pinta un lienzo. Un rojo inevitable te corrige las comisuras de los labios. Hay un perfume de jarabe sobre el tulipán goteado. Una araña se cuelga de algún pétalo, se ahorca de belleza, exhibiendo el esqueleto del vacío, una red contra la nada. Y esta extremadamente frágil criatura, más bien delicada, analiza conmovida tu silueta y atiende, si eso puede ser, al mapa que atesora tu desnudo para descolgarse por tu codo izquierdo y averiguar el camino que la lleve, en una minúscula excursión adversa, al lóbulo derecho de tu oreja. Yo no sé.

Adán dice que no, que por alguna oscura causa tu indefensa anatomía le hace pensar en diccionarios, en palabras que no existen, en preguntas que no puede formular, en inminentes gemidos que no conoce nadie. Ni siquiera los dioses. Ni siquiera yo mismo. Nada que reprocharle, sin rencor ni vergüenza. No sabría decirlo, pero si el cretino de Adán supiera que el mundo se abrió para ti y, sin un gesto de soberbia, supiera igualmente que una mujer desnuda y que te ama es siempre el salvoconducto de algún dios. No sabría decirlo.

Amar, en muchos casos, es exponerse. Exponerse a fracasar, a decir tonterías, a hacer el ridículo, a no estar a la altura, a que no nos entiendan, a que nos tomen por locos. Por debajo de toda historia que se narra, yace escondida otra historia invisible: la de un ser humano, con sus virtudes y sus defectos, que ha tenido el coraje de asumir un riesgo. Amar es un viaje extraño lleno de extraños peligros. La historia del amor es en gran medida la historia de un miedo. O por mejor decir, las diferentes versiones de cómo determinados seres humanos han aprendido a convivir con sus miedos por obra y gracia del ser amado. Sin miedo no hay amor. Debemos ser conscientes de ello al enfrentarnos a la página en blanco que todo amor es siempre, a despecho de todos los obstáculos, de todas las dificultades, a pesar de todos los miedos, porque todos los miedos son el mismo miedo. Amar siempre requiere vencer una cierta resistencia, atreverse a dar un gran salto en el vacío. Y debajo de nosotros nunca hay red. Si recuerdas las palabras de Holden Caufield al final de El guardián entre el centeno, este aconseja: «No cuentes nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo». Y para amar, en efecto, hace falta estar dispuesto a soportar la carga, más dolorosa de lo que a primera vista parece, de echar de menos a todo el mundo.

Sé tanto, sin saber. Hoy vuelve a ser tu cumpleaños. Adán, tu novio, te avisa de que el almuerzo de almendras y lasaña está ya preparado sobre el mantel a cuadros, bajo el fresco cobijo de los robles. Y me recuerdas cómo se puede echar de menos lo que nunca he tenido. Y yo, que todo lo sé y todo lo puedo, como un dios, salvaje y huérfano, solo sé que puedo echar de menos a alguien como tú porque te echo de menos.

Ahora lo sé.

De modo que llorar es esto.

Tu ausencia huele también como los sauces.

Me mira una serpiente y teorizo y me arrepiento. Pienso en la gravedad que pende del hilo de un manzano.



Este primer cuento para el proyecto "Recuerdos del Porvenir" nos lo ha remitido Alejandro Lérida Hormigo (Sevilla, 1979); autor con una relevante trayectoria en el ámbito de la poesía y de la narrativa. Podéis seguir su andadura acudiendo a su bitácora personal: http://enarmascontralasoledad.blogspot.com

lunes, 1 de abril de 2013

UN NUEVO LIBRO DE CUENTOS. ENVÍANOS TUS RECUERDOS

Hace veinte años entré por primera vez en una cantina. Era la estación de las lluvias en el Distrito Federal de México y corríamos empapados y muertos de risa. Por aquella época yo me creía inmortal. Quizá por ello no entendí el nombre que enmarcaba la cantina; se llamaba Recuerdos del Porvenir. 

En diciembre nuestra editorial publicará un nuevo libro de cuentos. Se titulará así, Recuerdos del porvenir y cada uno de los cuentos deberá narrar un recuerdo. 

La pregunta sobre si el recuerdo debe ser real o imaginado no tiene ningún sentido, dado que todos los recuerdos son imaginados. 

Mi recuerdo de aquellas risas bajo la lluvia, del sabor del mezcal, de la mirada de Adolfo, de Ros y de Greg.

Podéis enviar un cuento a la dirección de la editorial (info@edicionesnuevosrumbos.com), con la única condición de que no exceda de 2000 palabras (en esto seremos muy estrictos). Iremos editando los cuentos en el Blog de la editorial. En septiembre enviaremos los dos que consideremos mejores a la imprenta, para que formen parte del libro de cuentos en el que participarán, también, escritores a los que hayamos pedido expresamente que colaboren en el proyecto.

Como siempre, será un libro ilustrado.

Espero vuestras historias


                                                    José María Pérez Collados