martes, 15 de octubre de 2013

LLORONA

Llevo un tiempo llorando sin parar. Los martes y los domingos. Y también los sábados. Aunque no se me ve. Lloro delante del espejo y tumbada en al cama. Casi nunca se desbordan mis lágrimas, porque se quedan suspendidas en los ojos. A punto de saltar y agujerear el suelo. Como ácido sulfúrico.
Lloro de emoción en las bodas. Aunque los contrayentes no me afecten muy directamente. Lloro de tristeza en los entierros. Aunque tampoco me afecten directamente. 
Lloro cuando debo llorar y también lloro cuando no debo. Lloro de alegría. Y también de pena, como lloraba cuando niña. Lloro por las guerras, por el hambre y por los huracanes. Lloro cuando me devora la impotencia, claro.
Llevo un tiempo llorando sin parar y de verdad. Lloro y es como si tuviera dentro una brigada de limpieza. Sin detergente. Sin espuma. Sin lavadora. Aunque con centrifugado y secado. 
Lloro cuando se acaban todas las palabras. O están tan escondidas y tan alborotadas que no consigo ordenarlas. Lloro en los cumpleaños. Lloro con las canciones y las despedidas. Lloro después de hablar por teléfono. Y, a veces, antes. Lloro cuando me gusta lo que leo. Lloro las pocas veces que voy al cine. Lloro en las cenas con los amigos, donde se brinda y se exalta la felicidad y el tiempo compartido Y el tiempo desaparecido. Lloro viendo los talk shows de la tele: esa parte de la televisión que es ficción fabricada con sentimientos verdaderos. Lloro por lo que más quiero. Lloro por los besos. Lloro en verano, Y lloro cuando llueve, que es cuando mejor se llora, como de camuflaje. 
Lloro también cuando me ronda la cabeza la idea de que, algún día, diré adiós a mis hijos. Lo más hermoso y bueno que ha habido siempre en mi vida. Y lloro pensando que un poco perpetuada en ellos, yo seguiré estando en su recuerdo. 
Llevo algún tiempo llorando sin parar y empiezo a conocer el mecanismo. Primero se me encoge el estómago. Luego se me ponen telarañas en los párpados. Más tarde se me congelan las orejas. Y aparecen las lágrimas que quedan en equilibrio, como carámbanos de sal. Lloro cuando veo a un amigo. Lloro mirando el paisaje desde el coche. 
Llevo un tiempo llorando por todo. Y no lloro como un acto de la voluntad, sino obedeciendo a mi cuerpo: de manera involuntaria, incontrolada. Aunque no me atrevo a escribir que indeseada. Lloro y el llanto me parece una extraña ITV de la vida. 

Maruja Collados

No hay comentarios:

Publicar un comentario