miércoles, 25 de septiembre de 2013

NANA DE NOCHE Y SUEÑO


un gat dorm entre els teus braços,
a vegades ets immensament feliç


La situación es la siguiente: acabas de comprobar que las ventanas están cerradas y has salido hasta el portal en pijama y zapatillas para sacar el cubo verde de la basura orgánica. El camión pasa los miércoles. Luego has dado dos vueltas a la llave de la puerta principal y la has dejado puesta en la cerradura. Mientras subes por las escaleras compruebas que todas las luces allá abajo están apagadas, porque el último sablazo de la compañía eléctrica te obligó a tener más precaución con este tipo de cosas tan nimias pero tan caras a final de mes. Una vez arriba te calientas un vaso de leche y te quedas mirándolo girar dentro del microondas, y durante esos cuarenta y cinco segundos te abandonas a su ruido sordo y a su luz sin pensar en nada. Con el vaso en las manos, andas en la oscuridad y el silencio más absolutos hasta el comedor, andas de memoria esquivando la mesa, la vitrina, las patas de las sillas y el mueble del recibidor, dejas el vaso en la mesa y abres el ordenador portátil y te sientas en el sillón estampado de cachemira. Ahora la única luz que hay en toda la casa es la tenue aura del ordenador, que parece no tener fuerzas para ir más allá de la puerta que da al pasillo. En ocasiones tienes la sensación de que, desde allí, alguien te observa a través de la puerta y te sobresaltas, por lo que te levantas y vuelves a comprobar que todo esté en orden. Incluso bajas a comprobar que has dado las dos vueltas de llave a la puerta. Entonces llamas, y aunque te sabes el número de memoria (si los móviles con teclado no fueran un recuerdo rudimentario y ridículo podrías marcarlo sin mirar), cuando las nueve cifras están en la pantalla en grupitos de tres sientes que la mano derecha con la que sostienes el aparato te tiembla. Luego le das al icono verde de llamada y un hormigueo te acalambra todo el brazo. Al oír el latido de la señal telefónica algo te aletea con fuerza en el estómago. Hasta el tercer tono no contesta nadie, pero cuando oyes la voz de A. saludándote como si con la voz se pudiera sonreír o guiñar un ojo o levantar una ceja no respondes con un «buenas noches» o un «qué tal» o un simple «hola»; sólo te aclaras la voz y empiezas a leer. A. no insiste: tú sólo lees y ella sólo escucha, pero no has terminado la primera frase cuando te corta y te recuerda que debes leerlo todo, repite esa palabra dos veces con ternura, todo, también la dedicatoria, no le importa el título pero sí todo lo demás, y tú tartamudeas un poco y vuelves a empezar incluyendo la dedicatoria que has escrito y ella vuelve a callarse y lees de un tirón las siete páginas con el móvil en una mano y el ratón del ordenador en la otra, bajando a través del texto mientras la leche se enfría en el vaso. Cuando terminas y te quedas en silencio puedes oír su respiración serena y acompasada y te preguntas en qué página se habrá dormido esta vez. No se te pasa por la cabeza la posibilidad de que finja: está dormidita de verdad y tú piensas qué puede haber de malo en ello si al fin y al cabo los cuentos se inventaron para este tipo de cosas, y decides colgar después de desearle buenas noches: buenas noches A., mi pequeña A., dices, como si tus deseos pudieran atravesar años y sueños para llegar hasta ella.

Al día siguiente se repite la misma escena y el mismo procedimiento. Ella descuelga a los cuatro tonos y tú ignoras su saludo y recitas una dedicatoria que más bien parece un epitafio sacado de una novela de Chesterton y te zambulles en las seis páginas que has escrito y rescrito durante buena parte de tu horario de oficina. A. odia no entender tus cuentos del mismo modo que odia que tus dedicatorias sean simplonas y evidentes, y quizás sea este el motivo por el que después de escucharlas puede dormirse de un momento a otro sin esperar a ver qué sucede a continuación, algo que achacas a la tranquilidad que le provoca verse identificada en el epígrafe del cuento pero que ella justifica en su agotamiento aunque tú no le pidas justificación alguna. Más de una vez has pensado en leerle sólo la dedicatoria y quedarte en silencio para ver qué pasa, para ver si escuchas esa respiración regular y apaciguada o, por el contrario, te pregunta por qué te detienes, lo que a su vez siempre te ha conducido a figurarte la posibilidad de acabar escribiéndole dedicatorias para cuentos que no existen y sentirte satisfecho de que una frase salida de tu chistera sea capaz de sumir a A. en el más profundo y dócil sueño de cuantos haya en el planeta tierra. En tu cuento describes una ciudad pequeña y sórdida donde un tipo en calzoncillos está lavando muchos platos, cazuelas, sartenes y cubiertos en una cocina pequeña y sucia con una lentitud insoportable, y la verdad es que no llega a suceder mucho más que eso pero de vez en cuando la oyes reírse muy bajito al otro lado de la línea como si se riera en sueños y su risa te llegara desde una lejanía apenas perceptible pero insalvable, y sientes que tú también estás a punto de reír o de echarte a llorar.

A veces subes las piernas al sillón y te hundes en él incluso después de haber colgado. Suelen ser unos minutos, el tiempo que tardas en fumarte un cigarrillo antes de meterte en la cama, pero también pueden ser horas. En este último caso, impredecible por otra parte, no haces nada de nada más que estar despierto: apagas el ordenador (ya no queda ninguna luz encendida y la oscuridad es algo casi plástico que te envuelve) y te dices que es una lástima que sea imposible leer cuentos de este modo, y sigues allí hasta las cuatro o las cinco de la madrugada, hasta poco antes de que suene el despertador, porque no eres ni un idiota ni un mártir y eres consciente de que necesitas dormir como mínimo un par de horas en tu cama antes de darte una ducha para ir a trabajar si quieres llevar esto con cierta discreción y no acabar dando explicaciones. A menudo te asalta la duda de qué explicaciones darías. Otras piensas en cómo será el siguiente cuento. Otras sólo te bebes el vaso de leche enfriado.

Esto no sucede siempre, y si no has perdido la cuenta de los días que llevas inmerso en esta especie de ritual nocturno es porque datas y almacenas todos los cuentos en un lápiz de memoria que siempre llevas contigo y, los días que andas escaso de imaginación, coges alguno de los más antiguos y lo modificas para crear uno nuevo que luego guardas con otro nombre y otra fecha. Ir a relato por día puede ser algo demoledor, especialmente si se hace con un mínimo de seriedad, pero no sólo en la faceta imaginativa sino también por la falta de tiempo: entonces no te queda otra que inventarte una excusa para alargar tu jornada laboral y conectar el pendrive donde puedas (a veces escribes de pie) para hacer una serie de variaciones rápidas y originales a un cuento de dos semanas atrás; o cuando ya son demasiadas las jornadas laborales que se alargan, demasiados los imprevistos que surgen a las seis de la tarde -más aún cuando debes justificárselos a un gordo intransigente que ha estado ocupando tu puesto más de veinte años-, llamar a tus amigos y decirles que empiecen sin ti o que hoy vas a aprovechar que dan el partido en abierto para verlo en casa con tranquilidad.

Esta vez A. descuelga a los dos tonos y te dice que creía que ya no ibas a llamar. Por un momento estás a punto de explicarle cómo hoy la cosa se ha alargado más de la cuenta, cómo noche tras noche te aseguras de cerrar las ventanas que dan al garaje, cómo te pones el pijama, sacas la basura al portal, das dos vueltas de llave a la cerradura, cierras todas las luces y te calientas un vaso de leche en el microondas antes de telefonearla, pero en lugar de eso escuchas en silencio ese reproche dulce que es poco menos que una confesión. También piensas que hay veces que tu llamada se ha quedado sin respuesta o que sencillamente no ha habido llamada porque no siempre puedes hacer malabarismos, y sin embargo en la siguiente no ha habido reproches o disculpas por parte de ninguno de los dos. Quizás por eso ahora has optado por escuchar en silencio. Es cierto que no has podido contener una carcajada socarrona que ella ha ignorado, aunque las carcajadas, si son socarronas, es precisamente porque pueden contenerse y no por otra cosa. Enseguida que empiezas a leer notas que su respiración se atenúa como si le administraran un sedante, incluso puedes oír su cuerpo estirándose dentro de una cama que tu mente no logra imaginar o a ella escondida en el fregadero. La dedicatoria de hoy se te ha ocurrido mientras cenabas, y por eso la repites dos veces antes de entrar en materia, como si por un momento hubieras temido que se te pudiera olvidar y quisieras asegurarte de que A. la oye, y A. te pide que la repitas otra vez pero más despacio, y luego te vuelve a pedir que lo hagas una vez más, pero esta vez separando las sílabas de cada palabra. Cuando lo has hecho entiendes que el cuento es una auténtica basura, una basura dedicada, y que puede que ella se diera cuenta mucho antes que tú, así que optas por colgar al instante y ella no insiste. Esa noche, por primera vez, te tomas la leche aún caliente.

Los días siguientes te obligan a olvidarte de todo este asunto, o por lo menos te impiden pensar en él con frecuencia. Tu sobrina de dieciséis años aparece un día entre semana por tu casa a altas horas de la madrugada, despeinada y ebria, además de con evidentes síntomas de haberse drogado, y aunque te suplica que no lo hagas, tú ya sabes que andan más de medio día buscándola y llamas a tu hermano para que la haga entrar en razón y la recoja. Ella llora, y cuando su padre llega y la ve llorando olvida todo lo que había pensado decirle mientras venía en coche a más de ciento treinta quilómetros por hora y también se echa a llorar. En cierta medida, los días se precipitan. Tu obstinación con el ahorro energético se ve recompensado con una reducción sustanciosa de la factura. Te hablan de la posibilidad de un traslado que te permitirá seguir avanzando en la investigación que esperas que dé un impulso definitivo a tu carrera, pero enseguida todo queda en un rumor y tú quedas sostenido en la cresta de alguna especie de salto. Tu madre enferma de algo que los médicos atribuyen a la edad y pasas varias noches sin dormir en el hospital velándola y mirando el pestañeo de las luces blancas de Montjuïc que llegan a través de la ventana de la habitación 263 mientras te preguntas por qué C., tu sobrina, fue a tu casa y no a cualquier otro lugar y por qué mierda fingiste que te había sacado de la cama y no esperaste cinco minutos más antes de llamar a tu hermano en lugar de decepcionarla. Miras a tu madre y piensas que nunca habías reparado en lo mayor que es, en su semblante surcado de arrugas, preocupado y triste incluso bajo un sueño químico como el de ahora. También en las consecuencias que hubiera conllevado aceptar ese traslado; en papá, en que algunas veces te hubiera gustado estudiar medicina y que alguien te dijera gracias doctor; en si has traído el cepillo para lavarte los dientes antes de ir al trabajo, cuando tu hermano llegue para sustituirte y recibir a las visitas de rigor durante el día. Aunque nadie -ni tú mismo- la mire, le quitas el volumen al televisor e introduces monedas toda la noche como si avivaras un fuego. La enfermera del turno nocturno mira la pantalla cuando entra y después te mira a ti en una esquina de la habitación y tú esperas un gesto nervioso o una mirada de extrañeza, pero estas cosas deben ser habituales en un hospital y acaba por sonreírte con una normalidad que aplasta cualquier conjetura, te pregunta si necesitas algo, y cuando ha comprobado que todo está en orden te dice buenas noches y se va por donde ha venido. En la cama contigua hay un hombre que ya estaba cuando ingresaron a tu madre y al que durante estas pocas semanas sólo has visto dormir, un bulto hinchándose y deshinchándose debajo de las sábanas blancas como si fuera un espectro que sólo tú pudieras ver: no ronca, no come o no le ves comer (lógico por otra parte, porque llegas a las nueve y media de la noche), no te pide que cambies de canal, no tiene visitas, no se desvela ni tiene pesadillas ni grita exigiendo más calmantes. Si fuera yo el que se estuviera muriendo, te dices, cada noche esperaría a que la enfermera se acercara hasta mi cama para cambiar las medicinas y le cogería la mano y le pediría que corriera la cortina y que follásemos en silencio, sin darle más explicación que ésta. Y luego, al final, con la madrugada acechando y antes de que el sueño te venza, piensas en A. después de varios días, y en cuando le argüiste que todo el mundo tenía derecho a que le desearan buenas noches de viva voz porque no encontrabas una explicación mejor para llamarla a ciertas horas, y ella te respondió que, en tal caso, el hábito no podía variar un solo ápice y debías continuar leyéndole tus cuentos, y que si se dormía tú no te detuvieras hasta el final, porque tus cuentos tienen trampas escondidas, dijo, y yo, al día siguiente, sin saber muy bien cómo, me acuerdo de todo y siempre termino por descubrirlas, aunque no quieras reconocerlo.

A las pocas semanas, ante la incredulidad de los médicos, tu madre se recupera sin motivo aparente, y en lugar de tomarse unos instantes para dar gracias a Dios manda a tu hermano a buscarles para que le den el alta. La última noche, sabiendo que la siguiente ya estará en casa, esperas hasta el cambio de turno de las tres de la madrugada y no coges la mano de la enfermera ni le pides que corra la cortina pero sí que le preguntas si podría prestarte un bolígrafo y unas cuantas hojas. Ella te sonríe con la misma diligencia que las otras veces, aunque en su predisposición crees adivinar un remate de curiosidad, y te da el bolígrafo que lleva en el bolsillo y en menos de cinco minutos regresa con tres o cuatro hojas con horarios antiguos impresos por una cara, y cuando se acerca para dártelos la lánguida luz proveniente de Montjuïc descubre su nombre en la pequeña placa de la bata como si te hiciera un regalo de despedida, y tú le dices gracias V., que pases buenas noches, y ella te responde de nada, y se da la vuelta para seguir la ronda.

A. descuelga y te responde como si hubierais hablado ayer mismo. Estás agotado y lees sin ninguna clase de ritmo pero con una nitidez meridiana. Es un cuento largo y, como no puede ser de otro modo, le hablas de luces blancas, de alguien que evita a la muerte sorprendentemente en un lugar donde parece que nada puede sorprender a nadie y de un fantasma errante del que el protagonista intenta librarse por todos los medios, incluyendo rituales clandestinos practicados en silencio donde se recurre al amor entre los hombres como última e invariable forma de salvación. Cuando terminas y se hace el silencio, sabes que no está durmiendo. Durante unos segundos que parecen alargarse para siempre, varias veces te parece que ella dirá algo, pero finalmente opta por quedarse en silencio, y tras unos segundos más te dice, muy lento, separando cada una de las sílabas, buenas noches T., mi pequeño T., y después cuelga.

Como cada noche, apagas el ordenador y te tomas con calma el vaso de leche enfriado durante tu lectura, pero el peso de todos los días lejos de casa cae sobre ti y te sientes tan exhausto que decides irte a la cama para disfrutar, por fin, de un sueño largo y apacible. Te desnudas y entras en la habitación, donde tu hijo de cinco años duerme abrazado a la espalda de su madre, porque a Ariel aún le da miedo la oscuridad.

Con este excelente relato, Txema Torrent se incorpora a nuestro proyecto de libro de cuentos, Recuerdos del Porvenir.

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