martes, 11 de junio de 2013

EL VIGILANTE

Cuando vi a Pablo me recordó el rostro de Jacques Brel. Al cantante lo he visto sólo en un vídeo de la canción ne me quitte pas. Fue la primera que apareció en Youtube cuando busqué su nombre después de escuchar una de Joaquín Sabina que lo menciona. Se me grabó su cara de rasgos fuertes y su gesto triste y a la vez expresivo. Mientras interpreta la canción parece que estuviera a punto de llorar, las mejillas le brillan mojadas de sudor provocado por la angustia. Sin embargo nunca llega a hacerlo. Si estallara en llanto tal vez eliminaría cualquier duda sobre la teatralidad de la interpretación; aunque al final, cuando la luz se apaga repentinamente y deja visible solo su silueta cabizbaja, nace la duda en el espectador. Da la impresión de que efectivamente no puede seguir, que ha caído derrotado por la desolación. No he visto nada más del cantante, tal vez no quiero romper su imagen derrotada substituyéndola por alguna otra llena de frivolidad, mi Jacques Brel es auténtico, como Pablo.

El encuentro fue fortuito y sólo nos vimos cara a cara en una oportunidad. Sin embargo, yo lo divisé a lo lejos una vez más, a las tres de la mañana de ese mismo día, pero él no lo advirtió.

 Estaba en París por un seminario, pero aproveché el fin de semana para llegar antes y dar unas vueltas por la ciudad. No dejan de impresionarme esas calles y monumentos que huelen a Ilustración. Siempre he sido más admirador de la arquitectura y las ciudades del Antiguo Régimen, pero París es la imagen de la derrota de una idea que resultó aplastada, devastada, al menos en apariencia. Además de algunas pocas iglesias, casi no queda visible nada del mundo anterior, es pura Ilustración, racionalismo, naturalismo. Todo eso que ahora todavía nos resulta familiar. Por eso, de entre las que conozco, se me antoja la ciudad más nostálgica.

Estaba solo y no había tenido ocasión de conocer a nadie aún, las conferencias comenzaban al día siguiente. Hice un recorrido por el centro ya manoseado de París y al rato, a pesar de mis intenciones, me harté del gentío. Al margen de los turistas de entre los cuales arbitrariamente me excluyo –lo reconozco-, el mayor desagrado me lo produce la tropa de impostores que circulan por la ciudad. Por todas partes se ven tipos vestidos de impresionistas o de intelectuales, leyendo un libro en un café que algún día tal vez albergó discusiones trascendentales, pero que hoy tiene de música de fondo ese insoportable ronroneo del inglés americano. Allí se plantan a leer con fingida fascinación mientras los camareros luchan por transitar entre las mesas. No debía pasar en aquel entonces por mis mejores días, no es normal que algo tan inocuo llegue a molestarme tanto. El caso es que aquella tarde decidí emprender camino hacia las afueras. Esperaba, además, poder tomar un café o una copa cuyo precio no me insultara. Era la primera vez que me escapaba del cuidado circuito céntrico. Me animaba poder conocer el París de verdad. Por el camino, más tranquilo, pensé que quizás me apresuraba al juzgar a esos hombres como impostores, tal vez haya aún algún justo en Sodoma.

Conforme descendía el enfado, acaso para justificar mi arrebato, aumentaba mi apetito por conocer al habitante real, al hombre medio empírico, como dicen los teóricos racionalistas. Llegué a Pantin en un autobús que iba transformando el aspecto de sus pasajeros en la medida en que nos acercábamos. 

Luego, también en una especie de ejercicio de turismo social (debo reconocerlo), me instalé en un bar mediocre, de esos que no tiene otra pretensión que alimentar y servir de centro de reunión a los habitantes del barrio, permitiéndoles escapar de sus casas angostas. Allí vi a Pablo. Estaba solo tomando una cerveza. Su rostro tenía la misma impronta de gloria rota de mi Jacques Brel, claro que no era francés, ni belga, sino ecuatoriano. Tenía unos rasgos mestizos que daban un tono aún más triste al rostro del cantante. Cuando contestó el teléfono oí que hablaba en castellano, tenía una voz apacible y hablaba cariñosamente, seguramente a su mujer. En cuanto colgó me animé a abordarlo. La voz me salió ronca como si estuviera despertando, llevaba mucho tiempo sin hablar. Después de un par de saludos y disquisiciones tontas sobre la casualidad de que ambos hablásemos la misma lengua, miró mi mesa, vio que estaba solo y me invitó a sentarme con él.

Era un hombre sobrio, moreno, con el aspecto desgastado que da la pobreza y una mirada precavida pero vital. Dejaba caer los hombros sobre los codos y los codos sobre la mesa, como si tuviera un peso enorme encima. De en medio emergía la cabeza de pelo negro abundante, como si no mediara el cuello. Me preguntó qué hacía en París. Le expliqué algo acerca de mi seminario, de las novedades deslumbrantes que se esperaban en las conferencias, de los reputados científicos que asistían, que para mí era un honor, que quería contactar con alguno de los ponentes. Él me miraba como tratando de imaginar lo que le contaba. Por un minuto, el único, vi su rostro iluminado, como si intuyera que yo tenía una invitación extra en el bolsillo y que le permitiría asistir conmigo, sentarse donde me sentaría yo, aunque no entendiera nada, aunque no tuviera interés en conocer a nadie. Supongo que le hubiera hecho ilusión, quizás con el único aliciente de averiguar por qué a mí me cautivaba tanto el evento. Tras aquel instante, su rostro, no obstante, volvió a la expresión dolorosa de Brel.

Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se tocó las manos y apretó los labios. Pensé que a lo mejor no era algo confesable. Lo miré de arriba abajo como intentando descubrir por su indumentaria alguna cosa que me indicara qué hacía y saber si me era lícito seguir charlando de ese tema. Pero de pronto habló. Más tarde me di cuenta de que antes de responder, incluso cosas triviales, Pablo guardaba silencio. Daba la impresión de estar repasando toda su vida antes de contestar. Me dijo que sabía que no tenía el peor trabajo del mundo, que había luchado mucho por él, pero que si pudiera lo cambiaría por cualquier otra cosa. A pesar de no haber resuelto mis dudas, yo opté por conservar una cara inquisitiva pero sin decir palabra, como dándole la libertad de que respondiera o simplemente se hiciera el desentendido de mi pregunta.

- Me pagan por romper las ilusiones de la gente, por la noche y sin que nadie se entere, dijo.

No sabía si reír, callar o seguir preguntando. Pensé que tal vez se burlaba de mí y esperaba que yo advirtiera la broma. Después de tanta perorata sobre mi seminario tenía miedo de parecer poco inteligente. Mientras vacilaba, él levantó la mano y pidió dos cervezas más. Cuando volvió a mirarme su rostro era como el del cantante cuando está apunto de apagarse la luz y dejar visible sólo la silueta de su cabeza afligida. Me dijo que trabajaba haciendo la limpieza en algunos parques de la ciudad, que era un empleo mal pagado, pero estable. Que con una mujer y dos hijos había que tener un sueldo fijo y no arriesgarse. Pero que hace un par de meses su jefe apareció para anunciar que había un trabajo suplementario que se pagaría como horas extraordinarias. A todos sus compañeros les llamó la atención, ninguno estaba en condiciones de permanecer indiferente ante la posibilidad de ganar algunos euros más al mes.

Pablo vivía hacía seis años en París. Llegó sin nada desde Quito y poco a poco había conseguido hacerse un hueco. Me contó que al principio su situación había sido de total precariedad. Sin saber francés y sin amigos que pudieran ayudarle. Que con su mujer y uno de sus hijos habían dormido en sitios inimaginables antes de poder  tener un espacio sólo para ellos. Durante dos años vivieron en la habitación de un piso que albergaba a varias familias. Cuando se enteró de que venía el segundo hijo, lloraba a escondidas sin saber cómo saldrían adelante. Me dijo que durante mucho tiempo ni siquiera pisó el centro de París, que minimizaban cualquier gasto banal, que no paseaban más que por su barrio. No había tiempo para nada, aunque tampoco había mucho que hacer. Trabajos esporádicos, alguna que otra chapuza que daba para comer y el alquiler, poco más. Cuando después de varios amaños logró conseguir papeles hace dos años atrás, la vida cambió. Gracias a su nueva situación pudo conseguir el trabajo en la empresa de limpieza y su mujer también, aunque limpiando casas. Con ambos salarios alquilaron un apartamento pequeño, pero en condiciones. Todo mejoraba. 

Aún así, se preguntaba cada día si no había sido un error migrar. Lo único que le animaba era pensar que sus hijos tendrían una oportunidad, al menos eso creía. Él nunca tuvo ninguna, nació como ciudadano de segunda en su país y, cuando escapando de esa condena llegó a Francia, entendió que moriría siéndolo. Por eso le preocupaban las drogas en el barrio, las malas compañías. Pero, a pesar de todo, él creía que sus hijos, aún pequeños y ajenos a su entorno, podrían prosperar. Yo, por dentro, tenía mis dudas, pero luché para que no se me escaparan por los ojos y mataran las esperanzas de Pablo.

Me sorprendió lo fácil que salían a la mesa todos estos detalles. Parecía como si él también llevara mucho tiempo sin hablar. Creo que la soledad de aquel hombre era tremenda, me consumía a mí también, y a todo el bar. Era la soledad del esclavo, supongo. De un hombre que lucha por salvarse como sea y dejar atrás todo aquello que lo atenaza; pero que aunque escapa de una aldea a otra parece que la marca de la esclavitud la tuviera grabada. Se veía curtido, como si viviera en el desierto y el sufrimiento fuera el sol. Las manos duras casi no expresaban gestos, pero sus palabras simples eran suficientes para estrangular y mucho más fuertes que sus dedos. Para mí, al principio él era una experiencia más que contar a mi regreso. Sin embargo, para cuando me puso delante una de las cervezas que trajo el camarero y me miró a los ojos invitándome a beber, ya me cautivaba la candidez oculta tras su aspecto hosco. No me atreví ni a sugerir que pagaría la bebida, su mirada no admitía discusión.

Al tercer mes de estar contratado, cuando ya había además comprado algo de ropa y lo básico del hogar, se levantó un domingo y le dijo a su mujer que irían a pasear por el centro de París, como los turistas. Me dijo que sentía que era un gran paso, por fin podían darse el gusto de pasear sin buscar nada. Al fin y al cabo vivían hace años en París y hasta ahora se habían negado los goces que la ciudad ofrece a sus visitantes. Él ya lo había arreglado todo. En cuanto llegaron a vivir al barrio trabó amistad con el vecino de abajo. El viernes anterior le había pedido que le hiciera el favor de cuidar a los niños durante unas horas para sorprender a su mujer ese domingo. De modo que se vistió y fue a dejar a los dos chiquillos abajo mientras su mujer, emocionada por la sorpresa, buscó sus mejores ropas, se perfumó en exceso y se pintó un poco. Hacía mucho que no se arreglaba. Él hizo lo propio y salieron del brazo con aire triunfal rumbo a París.

Se paseaba hinchado y a la vez tímido. Miraban todo lo que hacían los demás. Le echaron un vistazo a los puestos de venta de libros en las orillas del Sena aunque no sabían apenas leer francés. Visitaron Notre Dame y se fueron a buscar un lugar para comer por Saint-Germain-des-Prés. Después de dar algunas vueltas decidieron que sería suficiente con un café y que luego comprarían algo para comer sentados en algún parque. Fue así como, después de agenciarse unos bocadillos, cruzaron el puente Solferino rumbo a los Elíseos. 

 A Corina, su mujer, le llamó mucho la atención la enorme cantidad de candados que colgaban de las barandas del puente. Ella no tenía madre y de su padre no sabía nada hacía más de dos años. Ni hermanos ni familia, sólo Pablo y sus hijos. Pero en cambio era feliz en la desgracia. Ambos se necesitaban profundamente. Le dijo que desde lejos, por el reflejo del sol, parecía que el puente tuviera oro incrustado. Sólo al acercarse había visto de qué se trataba. Ninguno de los dos tenía noticia de esta moda. Miraron los candados y vieron escritos nombres de lo más variopinto, algunos incluso estaban grabados en el metal, también había corazones. Mientras miraba oyó a una familia de chilenos que pasaban por el puente comentando también lo de los candados. Él se acercó y preguntó si sabían de qué se trataba. Así se enteró de todo el ritual.

A mí que el romanticismo siempre me había parecido una cuestión propia del pequeño burgués que tiene tiempo y holgura para esas cosas, me sorprendió la historia de Pablo. Algún tiempo atrás supe que se había puesto de moda esto de que las parejas trabasen candados en los puentes y lanzaran la llave al río como símbolo de la perpetuidad del amor; creo que primero fue en Roma y luego en París. La costumbre me parece cursi. Propia de película de media tarde. Disimulé mi sonrisa porque pensé que podía ofender a mi interlocutor.

Pablo continuó con su historia. Mientras miraba el brillo del bronce en el puente recordó que en uno de los puestos de la orilla del río había visto que vendían candados. Corrió raudo, como en un ataque de espontaneidad compró uno pequeño que no le pareció un exceso y le pidió al vendedor un rotulador para escribir C y P, no había más espacio en la pequeña superficie. Envolvió las iniciales con un corazón, y corrió donde su mujer que lo esperaba mirando los barcos con turistas pasar bajo sus pies. Él la observó como si hubiese vuelto de la guerra, como si por fin hubieran logrado escapar juntos, se sentían Romeo y Julieta, reía. Tomó la mano de Corina, le dio un beso, cerró el candado y arrojaron juntos la llave al río. Los dos callaron por un segundo mirando el sitio donde se había hundido para siempre. Pablo me miró y yo comprendí que en ese momento ella y él habían sentido que por fin eran como los demás, le habían ganado a la vida, a su nacimiento, a sus destinos, a sus sueños.   

Pocos meses después apareció su jefe con el asunto del trabajo extra. La tarea consistía en cortar con una gran cizalla los candados que la gente cuelga en el Puente de Solferino. Me explicó que el ayuntamiento de París consideró que la cantidad de candados ya había superado un umbral prudente y que el peso podía deteriorar la estructura de las barandas. Al parecer en otra ciudad había caído una farola de la que los enamorados colgaban los candados. Por ese motivo ordenó que se quitase periódicamente el exceso como manera de no acabar con la atracción turística y mantener intacto el puente. La orden me parecía razonable, la última vez que pasé por allí, el puente se veía repleto de candados.

Pablo le rogó a su jefe que le diera el encargo de podar los candados del puente. Probablemente el hombre no entendía el empeño exagerado de Pablo por unos pocos euros más. Además el ayuntamiento, por recomendación del Departamento de Turismo, quería que la operación se llevara a cabo de madrugada para que no afectara la ilusión de los turistas que colocaban sus candados. Eso sirvió para que algunos de sus compañeros desistieran de solicitar el trabajo extra. Finalmente, Pablo se quedó con él junto a otro compañero. Cuando nos encontramos y me contó todo esto, tomaba una cerveza mientras su mujer acostaba a los niños, luego iría a casa a buscar la indumentaria municipal y más tarde, pasadas las tres, a retirar candados mientras vigilaba secretamente que su compañero no cortara el suyo.
 
No quise acercarme cuando vi cómo, al final de su turno, se inclinaba para mirar un candado entre la multitud de los candados. Seguramente pensaba en la libertad.

Con este cuento, un autor de la talla de José Dumas ha querido participar en el proyecto, Recuerdos del Porvenir. Enviamos al autor nuestro agradecimiento, allá dondequiera que esté.



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