lunes, 20 de mayo de 2013

LA NIÑA DE LOS VERANOS FELICES


No sé si algún día tendré nietos, pero si llego a tenerlos y me piden que les cuente un cuento seguro que les contaré éste que siempre llevo en mi mente.
Les diré que hubo una vez una niña que iba de vacaciones al pueblo de sus padres. Allí vivía en la casa de su abuelo y sus tíos maternos junto a sus primos con los que se llevaba muy bien. Era un pueblo muy pequeño y pintoresco donde todas las personas que allí vivían se conocían o eran parientes; por eso la niña se encontraba como en casa.
La llegada al pueblo se hacía con un autobús que se llamaba “EL CUCO”; llegaba por las noches y la parada la hacía en las eras del pueblo donde siempre había mucha gente, unos para recibir a sus familiares y otros por la curiosidad de ver quién llegaba.
Fue así como llegó la niña al pueblo acompañada de su madre, que más tarde se volvería a la ciudad.
Una vez en el pueblo era ella la que salía al encuentro del autobús con sus primos y sus amigos y se tumbaban en la carretera apoyando la oreja, porque decían que se le oía llegar cuando ya estaba cerca del pueblo.
Esa niña fue muy feliz en sus veranos en el pueblo.
Allí aprendió muchas cosas que tienen que ver con la  naturaleza, aprendió a conocer los frutos que nacen de cada árbol, cómo se crían en los huertos las hortalizas, las patatas y muchas cosas más. Lo bueno que sabe comerse un pepino recién cogido y lavado en las aguas del río que pasaba por el pueblo y que a ella le encantaba, estaba muy ligada a él.
En los primeros años de aquellos veraneos, en el pueblo no había luz, la niña tenía que ir a todas partes con el candil cuando se hacía de noche (seguro que antes les tendría que enseñar a mis nietos lo que es un candil). Y qué decir del agua, tampoco había agua.
Los baños eran los corrales, allí junto a las gallinas, los cerdos y los machos, aunque estaban aparte.
La niña iba al río con sus primas a fregar los platos y a la fuente con los botijos a coger agua.
En el río lo pasaba muy bien, ese río que a ella tanto le gustaba; iba con los primos y toda la pandilla a coger renacuajos o cucharetas (de rana) y también cogía una bola de barro y en el centro extendía con la mano el barro dejándola muy fina; más tarde la lanzaba contra el suelo y decía: “ZAPATÓN ME TAPARÁS VE AL RÍO Y LO VERÁS”. El juego era que tenía que quedar un agujero en el barro.
También les diría a mis nietos que esa niña disfrutaba mucho con sus primas y amigas cuando se marchaban de merienda por  los parajes del entorno del pueblo, se iban a fuentes naturales que estaban  cerca del río o se sentaban junto alguna arboleda, la verdad es que como ya les habría dicho antes, volvería a decirles que este pequeño pueblo tenía mucho encanto.
Les diría que la niña también lo pasaba muy bien cuando se iba con la familia a pasar el día al campo, montada en el macho igual que sus primos. Los hombres aprovechaban para hacer las tareas agrícolas y las mujeres lavaban la ropa en el río y luego la tendían al  sol para secarla. Después se tumbaban a la sombra de una noguera muy grande que había en ese campo. Luego volvían a casa y aunque no estaba muy lejos el pueblo, ella tenía la sensación de que había hecho una excursión muy larga y maravillosa.
Luego les contaría que también disfrutó de la época de la trilla (también tendría que enseñarles lo que es la trilla). La niña se montaba en el trillo sentada en una silla y acompañada de un familiar y les gritaba a los machos ¡arre, arre, arre! y los machos daban vueltas y más vueltas en la era donde habían extendido la mies.
Qué feliz era, cuántas experiencias vivía cada año en vacaciones.
Ella se iba haciendo mayor a la vez que las comodidades llegaban al pueblo, llegó la luz, el agua, y los corrales pasaron a ser útiles solamente para los animales.
Las casas se fueron poniendo más cómodas, se hicieron baños para no tener que ir al corral, pero el encanto del pueblo no cambió.
Después, la niña del cuento se hizo mayor pero no dejó de pasar sus vacaciones en el pueblo.
Les diría a mis nietos que ojalá este cuento lo pudieran vivir ellos pues serían muy felices, aprenderían muchas cosas, vivirían muchas experiencias y se darían cuenta de que a veces no se necesita mucho para ser feliz.
La naturaleza nos da más de lo que podemos gastar.
Mis queridos niños, espero que os haya gustado el cuento; ahora… a dormir.

 Con este cuento, Andresa Mainar Berné pasa a formar parte del proyecto, Recuerdos del Porvenir

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