viernes, 10 de mayo de 2013

EL BILLETE DE LOTERIA


Ignacio no jugaba nunca, no jugaba a nada. Aborrecía los juegos de azar, los de entretenimiento, los de competición y todos los deportes. Ignacio no jugaba a nada y no había jugado nunca. De pequeño pasaba las horas leyendo o contemplando el paisaje y evitaba mezclarse con otros niños para no jugar; el juego le aburría. Una vez lo intentó y no pudo soportar el tedio que le producían los hechos lúdicos, sus actitudes y sus usos, porque a él le parecían monótonos e insulsos:

No tenía paciencia para esperar el turno.

No le interesaba contar o pensar.

No le atraía manipular objetos pequeños y tampoco era hábil para manejar engranajes más complicados.

No le emocionaba ganar en una lucha imaginaria sentado ante una mesa.

Sobre todo, le molestaba dar patadas a una pelota, o dirigirla con una pala al campo contrario, o colarla por una cesta tan alta que sólo podían llegar a ella personas de proporciones gigantescas.

Ignacio despreciaba los juegos de los casinos, los de las máquinas y los de las cartas y, por la misma razón, odiaba comprar lotería, apostar en el bingo o gastar el dinero en otras banalidades similares. Ignacio sólo se distraía en el cine. Era un admirador incansable de películas de suspense; las veía todas, buenas o malas, una y otra vez, decía que le relajaban, le evadían. En realidad su vida era una evasión.

Ignacio además era metódico y de costumbres rígidas; sus actos rituales eran como una liturgia, sin sobrepasar ni evitar ninguno, y medía sus movimientos con cálculos matemáticos. Inconscientemente había transformado su vida en reglas severas; esas eran su propio juego.

Ignacio no era joven, pero aún le faltaban unos años para llegar a la cincuentena.    

Su existencia transcurría segura y estable. Había conseguido el equilibrio en su puesto como administrativo en una oficina, con tesón y sin correr riesgos. No mantenía ningún cargo relevante, aunque todos le respetaban. No deseaba más. No se había casado, y no era porque no le gustaran las mujeres, sino porque no se le ocurrían argumentos para buscar novia. ¿Quién iba a estar dispuesta a adaptarse a sus manías? Recordaba que de niño nunca tuvo amigos ni amigas. Le encontraban raro y él se retraía más; se escondía en su soledad, y para consolarse devoraba libros y alquilaba películas hasta acabar con los ojos enrojecidos. Tampoco podía decir que no hubiera conocido el amor; se enamoró una vez de una compañera del trabajo.

Era guapa y frágil. Intuyó que sería la persona perfecta, que ella a su lado sería su apoyo y compartiría todas sus compulsiones, esas que le obligaban a hacer continuamente las mismas cosas. Cuando la veía, su nuca y sus orejas ardían de pasión. Ella le sonreía y le hablaba con voz tierna.

-Ignacio, si quisieras…

-¿Si quisiera qué? –respondía palpitándole el corazón, rojo como una cereza.

-Si quisieras darme un beso.

-¿No te parece un poco pronto?

Ella bajaba la cabeza y daba media vuelta, sin contestar, rabiosa.

Los meses se sucedían y aquella amistad no se consolidaba; ninguno añadía a la conversación una palabra de más ni decía una de menos, ambos repetían, siempre iguales, las frases convencionales.

A ella le temblaba la voz y a él se le calentaban las orejas y las sienes.

De repente llegó un muchacho nuevo. Era alegre y dicharachero, jugador y bromista. Ignacio observó que, sin saber cómo, su chica le esquivaba  Se espaciaron los diálogos lacónicos y las miradas lascivas. Con amargura advirtió que entraba y salía con el recién llegado. Ignacio se abrasaba de celos, quería impedirlo, pero no tenía derecho a hacerle ningún reproche, no era su novia, ni su amante, ni siquiera su amiga. Era sólo una ilusión que se desvanecía.

Un día ella le dijo:

-Ignacio, me caso –y en la mirada y en los labios notó su aliento triste y desesperado.

Él le respondió con frialdad:

-¡Que seas feliz! –y la dejó escapar

En las largas horas y días que siguieron a su decepción, se preguntaba una y mil veces por qué no le había confesado su amor a tiempo, por qué  no le comunicó el deseo de vivir juntos, por qué no la besó, por qué no le demostró que la deseaba hasta la extenuación. Y consideró que no era por timidez, sino porque el amor también era un juego. Él no había jugado nunca, no sabía jugar y, además, el juego le aburría, era mejor así, se consolaba.

Llegó un momento en que le empezó a fastidiar la regularidad y la meticulosidad de su comportamiento. Miraba a su alrededor: la gente jugaba con las normas, las cumplía y las incumplía; vibraba con los sentimientos: se reía y lloraba, se peleaba y se reconciliaba, era sensata o insensata, y se alegraba de serlo. Jugaba al juego de la fortuna, el azar de la vida que giraba su rueda y apostaba por todos los números. Contrastaba este vaivén con su mente que no le permitía trastocar su personalidad. Él no podía cambiar su destino. Le hubiera gustado tener la clave para volver a nacer, para barajar sus genes, para acceder a otra educación y para obtener todos los requisitos contrarios a los que le habían empujado a ser así como era. Y reafirmó su convicción de que él no era el culpable, sino que eran las circunstancias las que le habían sumergido en un pozo del que ya no era posible salir.

Recostado en el sofá de su pequeña sala, hacía rato que estaba ensimismado ante aquel trozo de papel que, sin querer, había paseado desde la taquilla del cine. Se le había adherido a la suela del zapato y lo mantuvo hasta su domicilio, lo cual le había resultado de una incomodidad intolerable. Había deseado llegar cuanto antes para desprenderse de él y arrojarlo a la basura. Ahora, una vez despegado, lo contemplaba, absorto. A través del polvo y de la tierra, se adivinaban los caracteres de unos números escritos en color negro. En la parte inferior se leía: LOTERÍA NACIONAL.

Era la primera vez que pisaba un boleto de lotería, y desde el fondo de su ser sentía una fuerza interior, como un imán poderoso, que le obligaba a no quitarle los ojos de encima. Él no había jugado nunca, ¿por qué entonces sostenía entre sus manos ese papel que despreciaba?, ¿por qué no se apartaba de esa hoja mugrienta y repugnante? No quería conservarlo, sólo disfrutarlo unos minutos, paladearlo como si fuera un manjar que no se va a comer más; deseaba vibrar con la emoción de tentar a la suerte, sufrir la inseguridad, degustar la tensión cuando uno se pregunta: ¿y si te toca?, y esperar, sólo un poco, porque él no creía en esas cosas, además le aburrían.

 El tiempo transcurría y continuaba con el billete entre sus dedos sin atreverse a decidir qué debía hacer; empezaba a dominarle la ansiedad del  jugador. No estaba seguro de que eso le produjera placer. La cabeza empezaba a darle vueltas, ¿qué le estaba ocurriendo? Los números le parecían mágicos y atraían su mirada como una maldición; se los aprendió de memoria. ¿Qué haría con el dinero si le tocara? Dejaría de trabajar y se pasaría las tardes enteras en el cine..., aunque bien pensado esa no era una forma de gastar su riqueza...; viajaría por todo el mundo..., pero si iba sólo nadie notaría que su ritmo de vida hubiera cambiado, tendría que buscar una mujer. Si ese fuera el número agraciado, él ya no sería el mismo, él habría jugado y su estrella le habría sonreído.

Ignacio crispó los labios: el recuerdo de su único amor le mordía como una serpiente. Perder por no saber jugar al juego más importante de su vida era lo peor que le había sucedido. Ahora, en cambio, sabría comportarse,  había aprendido la lección después de probar las delicias del juego. Volvería a enamorarse, ¿pero de quién? ¿Cuál sería su media naranja si es que era cierto que existe por esos mundos una parte que va a la deriva en busca de la que le corresponde? Además, ¿por qué iba a encontrarla si la mayoría de las veces las dos continúan su camino sin juntarse? Pero a él el amor le habría sido propicio; aparecería su mitad semejante a él y encajarían las dos nada más verse.

También cabía otra posibilidad: ¿y si no le tocaba? En ese caso no tenía vuelta atrás; el destino le habría ganado por el sólo hecho de esperar, por permitir que un simple número le desafiara; y ya no dependería únicamente de su buena o su mala ventura, sino que sería uno más entre el resto de los mortales; estaría ligado a las ataduras del juego.

Aunque el juego le aburría. 

Ignacio se debatía y sudaba, se sumergía en un laberinto que le producía vértigo, iba de la ansiedad al gozo, dos sensaciones desconocidas  hasta entonces. Luchaba para que persistiera su sentido del deber sobre el poder del deseo, y la duda entre continuar con sus normas rítmicas o romperlas se  tornaba inaguantable.

 Y el billete continuaba aferrado a sus dedos esperando la resolución de su dueño.

 Distraído con esta nueva obsesión, se detuvo a leer, despacio, el papel que le pesaba en las manos: su cuerpo se volvió blando como un trapo, su boca se entreabrió en una mueca, y sus ojos se perdieron entre los contornos de la papeleta. Cuando se incorporó, Ignacio no supo si habían transcurrido horas o segundos. Se acercó a su escritorio, sacó una chincheta y clavó el décimo en la pared. Luego se situó enfrente para releer la fecha: el sorteo se había efectuado hacía un mes.

Regresó a su sillón sin pestañear y permaneció quieto, con la imaginación sumida en un angustioso letargo. Fue suficiente una respiración más intensa, un suspiro de alivio, para despertar de repente e integrarse en la normalidad. Se estaba recuperando de su sueño; poco a poco se transformaba en él mismo y, supo entonces más que nunca, que todo sería igual para siempre; los hombres y las mujeres seguirían afanándose en rodar en el juego de la vida, y pasarían por su lado sin rozarle. Pensó que jamás conocería si aquel número perdido habría sido premiado, pero sus dígitos negros le recordarían desde su lugar, en aquella habitación, que casi había estado a punto de ceder a los apetitos vulgares y de transformar sus hábitos para ser como los demás.

Transcurriría el tiempo y continuaría con sus lecturas y con sus películas y cada día observaría el billete allí pegado y evitaría la nostalgia.  
Al fin y al cabo a él le aburría jugar.


Con este cuento, Mª Paz Ordinas se une al proyecto Recuerdos del Porvenir

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