lunes, 6 de mayo de 2013

BREVE ENCUENTRO

Raymond Chandler,
que estás en los cielos


            Me había extraviado por el bulevar Laurel Canyon. Lo pensé sin pánico, degustándolo; imponiéndome la reacción que tendría un viajero, no un turista. El cielo, empedrado de grises nubarrones, amenazaba con desplomarse sobre la ciudad. Se escuchaban truenos tras las colinas de Los Ángeles. Faltaban unas horas para la noche.

            Aquella mañana, en el hotel, había amanecido con el aliento de plata, despejado de corazonadas. Mi primer viaje solo, por fin decidido, por fin convencido de que los viajes también saben a viaje aunque no te acompañe nadie en la cama del hotel, en la bañera. O al menos en la habitación de al lado. Seguro de que a las evidentes miserias de no ir acompañado había que atacarlas con las ventajas de moverte según tu programa, de rastrear tus referencias, sin dar explicaciones de por qué quieres pisar ciertos lugares.

            Un automóvil antiguo, un Oldsmobile, se detuvo ante mí, casi cerrándome el paso. Enseguida salió un hombre alto, de rostro curtido, de unos cuarenta años, perfectamente caracterizado como un detective privado de novela negra; calculé que a caballo entre las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Un tipo duro con su código moral inflexible y todo aquello, se adivinaba solo con verlo salir del viejo coche, tan cuidado.

            - ¿Qué hay, amigo? ¿Busca algo?

            - Estaba paseando. Creo que me he perdido.

            - Le invito a un trago.

            - Gracias. No bebo.

            - Se pierde un mundo interesante. Supongo que vivirá más que yo.

            Se calló. Yo no tenía mucho que añadir. Estaba bien. Quería estar allí, mirándolo. Que alguien, pasando cerca, también nos mirara y lo viera como algo cotidiano en la ciudad. Sacó sus cigarrillos, de marca desconocida. Me ofreció; negué con la cabeza. Él prendió uno con la parsimonia del que se dispone a fumar por dos, y aspiró largamente la primera calada.

            - Demasiadas negativas. ¿No le caigo simpático, muchacho?

            - Me cuesta coger confianza. Con los desconocidos. No es personal.

            - Empecemos a conocernos, entonces. Quizá mi nombre le diga algo. Soy Marlowe.

            Ahora creo que fue la sorpresa lo que me llevó a fingir no haber entendido, pues había superado con honores el año de COU en Parkersburg, Virginia Occidental. Aunque una intuición, respecto a la escena, se iba abriendo paso en mi cabeza, despojada de repente de todo pensamiento, del ruido de ventilación que en cualquier máquina indica que está funcionando.

            - ¿Perdón?

            - Mi nombre es Philip Marlowe. Creo que me conoce. Alguien escribe libros sobre mí.

            Vacilé todavía un par de segundos, no ante la identidad del personaje, pues era sin duda él, sino ante la posibilidad de que fuera un sueño (digno por cierto de un análisis profesional, lo pensé justo a la vez); de estar aún en la habitación, de haberme dormido después de la gran hamburguesa en el banco del parque... No me quise pellizcar porque eso no se hace delante de Philip Marlowe, así que decidí aceptar el diálogo.

            - Es cierto. He leído sobre usted.

            Nuevo silencio, descosido por el aullido de un taxi. Otra profunda calada a su cigarrillo. Examen detenido y templado, de pies a cabeza, sobre el garrulo turista hispano; ridículo con su desgastada mochila escolar, por la que asoma la manga de un chubasquero, su cámara de fotos colgada del cuello, a la manera de los fotógrafos sanguijuela que tanto odiaba él, Marlowe, y su bandolera para los documentos –afortunadamente había pasado la moda de las riñoneras-. Y los pantalones cortos. Y eso que se llamó después, mucho después de él, zapatillas de deporte.

            - ¿Y bien? – preguntó.

            - Bueno, al parecer todos necesitamos héroes.

            Acudían a mis labios, misteriosamente involuntarias, réplicas desapasionadas y cínicas, como si fuera yo también un personaje de Chandler, como si me estuvieran escribiendo en ese momento, como si ya no fuera de carne y hueso, sino de palabras.

            - ¿Me está diciendo que fui su héroe?

            - Cogí como costumbre leer los libros en los que usted aparecía, nada más. Algunos siguen estando entre mis preferidos.

            Dejó caer al suelo su cigarrillo, sin apurarlo, y lo pisó a conciencia. Me recorrió con la mirada por segunda vez, a bocajarro, con noble y nada amenazante superioridad. Adiviné algo parecido a la decepción entre su boca y la nariz; me sentí como el cigarro recién aplastado, aún humeante. Un humo frío.

            - Apuesto a que es usted uno de esos tipos que se empecinan en encontrar una mujer para toda la existencia. Una mujer también de esas que tendrían la horrible sensación de que a su vida le falta de pronto el suelo si un día usted ya no volviera.

            - Pudiera ser. Tal vez todos buscamos algo parecido, ¿no cree?

            - Tal vez. Pero yo me he equivocado de persona. Lo siento, jefe. Que tenga suerte.

            Hizo un gesto elegante con la mano izquierda, a modo de despedida definitiva. Un ademán con el que quitarse de encima, antes de abrir la puerta del coche, como reprochándoselos, el desencanto y la condescendencia. Traté de imitar el gesto para devolverle, al menos, una despedida a la altura de las circunstancias. Esfuerzo en balde, nadie será nunca como él; afortunadamente no había nadie más en la calle que pudiera comparar su viril elegancia con mi torpe comicidad de sitcom para un mismo gesto.

            Ya sin mirarme, con una mansedumbre impropia de su envergadura, puso el motor en marcha, tardó esos segundos que nunca están en la página de un libro en arrancar, esos segundos de movimientos en sombra dentro del vehículo que lo hicieron más real que en ningún otro momento, y se alejó calle abajo.

            Recordé, parado en la acera, justo cuando comenzaban a caer gotas que dejaban sobre el pavimento huellas del tamaño de una moneda, un párrafo de El largo adiós aprendido de memoria años atrás, una suerte de licencia poética que se permite el duro Marlowe, ese tipo con el que acababa de hablar todavía no sabía muy bien de qué, cuando Linda Loring abandona su casa tras una noche de amor:

            A mí se me había puesto un trozo de plomo en la boca del estómago. Los franceses tienen una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo  y siempre aciertan.

            Decir adiós es morir un poco.
 


Ramiro Gairín es autor de poemarios tan hondos como Pintar de azul los días laborables, Que caiga el favorito, o El mar en el buzón. Anima un Blog cuya visita os recomendamos. Hoy nos acompaña en el proyecto Recuerdos del Porvenir con este inquietante y sugestivo cuento. 

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