martes, 30 de abril de 2013

VOLVIENDO A CASA


Conducía Helena, fingiendo seguridad en sí misma, agarrada al volante y tiesa como un palo. Veía en la vena que se le marcaba en la sien cada kilómetro de los que avanzábamos por la autovía.
- ¡Relájate, mujer! Te va a dar un tirón en la pierna de lo agarrotada que estás. Reclínate un poco para atrás, así. Sepárate un poco más del… - Helena apartó con un ademán de fastidio la mano que acababa de poner en la palanca de su asiento.
- ¡Déjame, Sara! Estoy bien. Yo conduzco así, ¿vale?- me dijo sin apartar la vista de la carretera. Igual de enfurruñada que cuando era pequeña, porque siempre le estábamos diciendo lo que debía hacer y cómo hacerlo. En momentos así me hacía sentir demasiado mayor, viéndola todavía como una niña.
Le habíamos dicho a nuestra madre que al llegar a Madrid pararíamos para cenar y dormir, pero para variar no estábamos cumpliendo lo prometido. Habíamos decidido conducir toda la noche, cruzando media España, para llegar sobre las seis al pazo de la tía Marga. Así, aunque llegásemos realmente cansadas de semejante paliza, sería toda una sorpresa vernos ya en casa.
- Será divertido verlas revolucionadas bajando las escaleras en bata ¿Y te acuerdas de Luna, la perrica de la tía? Esa no tardará en ponerse a ladrar como una loca en el patio trasero… seguro que aunque las hacemos levantarse de la cama, se ponen enseguida a calentarnos un chocolate.
- Seguro... ¡qué bueno por Dios! Sólo de pensarlo se me cae la baba- dijo Helena ya más calmada.
-Se pondrán a hablar como si alguien les hubiese dado cuerda de repente, queriendo enterarse de todo lo que nos ha sucedido en el año a pesar de tener el verano entero por delante… - añadí en voz alta para mantener despierta a mi hermana, la notaba cansada, pero esperaría a que ella me pidiese el cambio, de lo contrario podría dañar su autoestima. La miré de reojo una vez más, y sentí el típico orgullo de hermana mayor. Se estaba haciendo toda una mujercita. Y no era por el simple hecho de verla conducir tan callada, silencio al que no me tenía nada acostumbrada. Era una sensación extraña de cercanía, como si ahora pudiese entender todo lo que antes no decíamos delante de ella.
- Ojalá que mamá tenga hecho un bizcocho del suyo… -Helena sonrió al decirlo, pensando todavía en el premio que recibiría al llegar a casa por fin.
Menudas tardes de no hacer nada, de descansar en el sillón de la tía, de dormir hasta que el cuerpo dijera basta. Tras verme enganchada a las pastillas para dormir, y habiendo perdido más de cinco kilos sin darme cuenta, he decidido no prestarle más importancia. Si después del verano me ponen en la calle, me habrán hecho todo un favor. Al fin y al cabo, vivir con miedo no es vida.
- ¡Pero bueno!¿Qué es esto?- simplemente retiré un poco el cuello de su blusa para comprobar qué era aquella pequeña marca que tenía en el cuello. Sin embargo, al notar mi mano, se apartó bruscamente en su propio asiento haciendo varias eses con el coche. Volvió al carril como si no hubiese pasado nada, y muy sonrojada, consiguió decir al fin:
- ¡Déjame!
- Ya te dejo. Pero tú ten cuidado, ¡que no viajas sola!.... – entonces vi cómo templaba su barbilla-Está bien, no te pongas así. No merece la pena que te enfades… -su mirada ahora estaba totalmente fija en la carretera. Odiaba sentirse traicionada por sus propios sentimientos, que yo la hubiese descubierto. Tan frágil como cuando era pequeña. Miré a mi hermana con nostalgia, hace nada me hacía sentir culpable al preguntarme por qué no jugaba tanto con ella. Ahora, al parecer, se había buscado otro compañero de juegos.
- De las notas te va a preguntar mamá, así que yo mejor te pregunto sobre el chico que te ha dejado esa marca... así no te repites, ¿no crees?
- No sé de qué me hablas, ¡yo lo he aprobado todo!
- ¿Y ese chico también?- a pesar de que estuviese hablando sin mirarme, sabía lo atenta que estaba de nuestra conversación. No quería hablar, pero se moría por contármelo todo. Yo había sido como ella hacía unos cuantos años atrás.
- Si no te importa, me gustaría descansar un poco ¿Paramos ya?
- ¡Sí, claro!- el momento se había esfumado. Mi hermana sufría de amores, pero era demasiado hermética como para empezar ahora a contarme su vida. De algún modo le gustaba hacerme sentir que apenas la conocía…
¿Por qué me castigaba con su silencio? ¿Simplemente porque nunca había habido un hombre en casa se le hacía raro hablar de ellos? No es que quisiera que mi hermana me revelase todos sus secretos, sólo quería que supiera que fuese la historia que fuese, seguro que yo ya la habría vivido antes. Que yo estaba aquí para apoyarla.
Paramos en una estación de servicio vacía, donde sólo había una muchacha en la barra hablando con la cocinera por el hueco del pasaplatos. Hablaba de una compañera, se quejaba de lo perezosa que era y de lo mucho que tenían que hacer por su culpa. Podrían haber seguido así a pesar de nuestra entrada todo lo que les restaba de noche, así que decidí interrumpir tosiendo un poco y diciendo educadamente:
-¡Buenas noches!
- Buenas noches…
- ¿Tú qué quieres, Helena?- le pregunté a mi hermana que acaba de sentarse dejando un asiento vacío entre nosotras dos.
- Yo un sándwich mixto y una coca cola.
- Y a mí  ponme un café solo.
- La cocina está cerrada, así que no te puedo poner el sandwich, ¿quieres una bolsa de patatas fritas?
- No, gracias- dijo mi hermana mirándome con una sonrisa ¿entonces para qué estaba la cocinera allí todavía?
- Sara, no se lo digas a mamá… ¿de acuerdo?- me dijo Helena mirando a la chica que preparaba nuestras bebidas. Sintiendo mi mirada por el rabillo del ojo.
. ¿Qué le tengo que decir?
- Ya sabes…
- No, yo no sé nada- le dije.
-  Es que no es nadie importante, y total. Ya se ha ido…
- ¿Del país? ¿ De tu lado?
- Da igual…  De verdad.
- ¿Sabes de lo que me estaba acordando cuando veníamos hacia aquí?- preguntarle directamente no me iba a llegar a ningún sitio, así que empezaría siendo yo la que hablase de sentimientos. Ablandando un poco ese corazón tan duro de mi hermana pequeña.
- No, no lo sé. Pero seguro que me lo vas a decir…
- Aquí paramos la primera vez que fuimos al pazo, ¿te acuerdas?
- Para nada, yo debía ser una cría entonces.
- Más o menos. Pero se te caían los mocos y había que limpiártelos. Bueno, como ahora... ¿no?
- ¡Muy graciosa!
- Conducía la tía Marga. Su padrino se había muerto ese mismo año, y hasta el verano no había tenido tiempo para ir a ver la casa que había heredado. Mamá estaba sentada contigo, atrás. Y por primera vez en mi vida me habían dejado ir de copiloto, ¡estaba alucinada!
- ¡Aquí tenéis, chicas! - nos sirvieron con la simpatía de la casa.
- Perdona, ¿tienes sacarina?- me gustaba medir la paciencia de la gente. Cogí amablemente el sobre; ahora ya tendría a alguien más de quién criticar con la cocinera (que no cocinaba).
- Ese año fue el que…- comentó pensativa mi hermana.
. Sí, ese verano se separaron definitivamente. Recuerdo que la tía no hacía más que mirar por el espejo retrovisor, y yo pensaba que era porque alguien nos seguía. Con los años comprendí que era para controlar a mamá. Me dejaron ser la copiloto de la tía Marga  para que yo no viera cómo lloraba. Tú estabas en la silleta, durmiendo. Eras demasiado pequeña para darte cuenta de nada.
- Yo no recuerdo a mamá llorando.
- Por que si lo hizo no fue delante nuestro. Ese verano en el pazo, mamá y la tía se quedaban todas las noches hablando afuera en las escaleras del porche. Antes sólo la tía fumaba, ¿sabes? Ese año volvió mamá. Yo las veía desde la ventana de la habitación, echando humo por la boca. Hablaban muy flojito, y de vez en cuando mamá lloraba. Entonces la tía se ponía a su lado, y la abrazaba fuerte, hasta que la hacía reír.
- ¿Por eso se quedaron ahí?
- No lo sé, quizás. La tía heredó el pazo, y cuando llegamos era una pocilga destrozada. Nos pasamos el verano limpiando, arreglando. La iban a dejar para alquilar, pero decidieron vivir en ella las dos juntas para reconstruirla por completo. Venían todas las mañanas dos albañiles que no hacían más que tirarle los tejos a mamá y a la tía.
- ¿Sííí?- preguntó curiosa mi hermana
- Sí, pero la tía tenía muy mala leche ya entonces. Aunque yo creo que la piscina que nos hicieron salió gratis… vamos, ¡que ya le pagó la tía el servicio completo por otra parte!
- ¡Sara! ¿De verdad?
- ¡Y yo qué sé! Yo también era muy pequeña. Puede que al final del verano se le bajaran los humos… quién sabe.
- Yo no me acuerdo de nada, ¡qué rabia!
- Sí, bueno. Al final supongo que se enamoró y todo la muy tonta. Tú date cuenta que siempre termina alguna noche escuchando a Joaquín Sabina.
- “Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo…”
- “… en un whisky on the rocks!”
- ¡Es verdad! Yo pensaba que simplemente le gustaba por que era de su época.
- Y en parte por que creo que es la historia de su vida.
- ¿Y mamá? ¿Después de papá no ha tenido a nadie?
- A la tía Marga. Creo que su corazón se cerró tanto que no ha dejado sitio para más- no había pensado en esa respuesta, pero salió de mis labios sin más.
- ¿Nos vamos ya? Si no, no llegaremos ni para medio día..  Ah, y pagas tú ¿no? Yo no llevo ni un duro encima ¡ya sabes...! - dijo mi hermana sacando afuera el forro de los bolsillos de su pantalón.
- No veas las ganas que tengo de que termines la carrera de una vez, te pongas a trabajar, ¡y me invites a algo!
- Todo llegará, ¡impaciente! Ah, y no te olvides de dejar algo propina. Se lo han ganado, ¿no crees?

Helena se quedó dormida enseguida, aunque aún le dio tiempo de dejar caer alguna lágrima en silencio. Sin embargo, la dejé estar. No le pregunté más. Había dejado una puerta abierta para cuando ella quisiese entrar… Yo, por mi parte, ya tenía en qué pensar mientras conducía. Reviví aquél primer viaje, viendo a mi tía conducir con el cigarro en la mano como ahora estaba yo. Mirándome de vez en cuando, peinando mis  rizos alborotados, guiñándome un ojo para hacerme reír.
¡Qué díficil misión! Llevando a su hermana y a sus hijas lejos, para hacerlas olvidar. Para sanar unas heridas que ella conocía muy bien. Queriendo buscar el sentido a sus vidas en una casa que jamás había visto antes. Comprobando con tristeza, una vez más, que las historias de esta vida no son como los cuentos. Que no se terminan comiendo perdices, porque la felicidad no es eterna… Y consiguiendo, quizás con esfuerzo, que ni yo ni mí hermana supiéramos nada del dolor que ellas vivieron ese verano.
Ahora podríamos hablar con ellas de todo eso.
Ahora todas teníamos algo que decir...


Caridad Bernal Pérez  ya ha publicado en el pasado en este Blog, y lo hace ahora para el proyecto    Recuerdos del  Porvenir  con este cuento. 

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