viernes, 29 de noviembre de 2013

RECUERDOS DEL PORVENIR

El recuerdo es el futuro. Porque no somos otra cosa. 

Creemos que recordamos, y no es cierto. Casi todo se pierde. Apenas unas pocas horas de nosotros sobreviven, y son las que terminan por darnos la poca vida que tenemos. 

Nuestros recuerdos. Esas ruinas de nosotros mismos. Las columnas quebradas que sostienen el aire de lo que fuimos, como el recuerdo de Grecia, el perfume de mi madre, o el olor a pan de la infancia.

Recuerdos del porvenir es un libro de cuentos, recuerdos de quince autores iluminados por otros tantos ilustradores.


Recuerdos del Porvenir es el próximo libro que publica ediciones Nuevos Rumbos. Lo presentaremos el día 20 de diciembre. Os daremos pronto más detalles. 

 

martes, 15 de octubre de 2013

LLORONA

Llevo un tiempo llorando sin parar. Los martes y los domingos. Y también los sábados. Aunque no se me ve. Lloro delante del espejo y tumbada en al cama. Casi nunca se desbordan mis lágrimas, porque se quedan suspendidas en los ojos. A punto de saltar y agujerear el suelo. Como ácido sulfúrico.
Lloro de emoción en las bodas. Aunque los contrayentes no me afecten muy directamente. Lloro de tristeza en los entierros. Aunque tampoco me afecten directamente. 
Lloro cuando debo llorar y también lloro cuando no debo. Lloro de alegría. Y también de pena, como lloraba cuando niña. Lloro por las guerras, por el hambre y por los huracanes. Lloro cuando me devora la impotencia, claro.
Llevo un tiempo llorando sin parar y de verdad. Lloro y es como si tuviera dentro una brigada de limpieza. Sin detergente. Sin espuma. Sin lavadora. Aunque con centrifugado y secado. 
Lloro cuando se acaban todas las palabras. O están tan escondidas y tan alborotadas que no consigo ordenarlas. Lloro en los cumpleaños. Lloro con las canciones y las despedidas. Lloro después de hablar por teléfono. Y, a veces, antes. Lloro cuando me gusta lo que leo. Lloro las pocas veces que voy al cine. Lloro en las cenas con los amigos, donde se brinda y se exalta la felicidad y el tiempo compartido Y el tiempo desaparecido. Lloro viendo los talk shows de la tele: esa parte de la televisión que es ficción fabricada con sentimientos verdaderos. Lloro por lo que más quiero. Lloro por los besos. Lloro en verano, Y lloro cuando llueve, que es cuando mejor se llora, como de camuflaje. 
Lloro también cuando me ronda la cabeza la idea de que, algún día, diré adiós a mis hijos. Lo más hermoso y bueno que ha habido siempre en mi vida. Y lloro pensando que un poco perpetuada en ellos, yo seguiré estando en su recuerdo. 
Llevo algún tiempo llorando sin parar y empiezo a conocer el mecanismo. Primero se me encoge el estómago. Luego se me ponen telarañas en los párpados. Más tarde se me congelan las orejas. Y aparecen las lágrimas que quedan en equilibrio, como carámbanos de sal. Lloro cuando veo a un amigo. Lloro mirando el paisaje desde el coche. 
Llevo un tiempo llorando por todo. Y no lloro como un acto de la voluntad, sino obedeciendo a mi cuerpo: de manera involuntaria, incontrolada. Aunque no me atrevo a escribir que indeseada. Lloro y el llanto me parece una extraña ITV de la vida. 

Maruja Collados

domingo, 29 de septiembre de 2013

MARÍA PÉREZ COLLADOS

Fue nuestro primer libro. En aquella colección, Opera Prima. 

Se acercaba la Navidad.

Ha pasado mucho tiempo.

No sé si hemos cambiado.



miércoles, 25 de septiembre de 2013

NANA DE NOCHE Y SUEÑO


un gat dorm entre els teus braços,
a vegades ets immensament feliç


La situación es la siguiente: acabas de comprobar que las ventanas están cerradas y has salido hasta el portal en pijama y zapatillas para sacar el cubo verde de la basura orgánica. El camión pasa los miércoles. Luego has dado dos vueltas a la llave de la puerta principal y la has dejado puesta en la cerradura. Mientras subes por las escaleras compruebas que todas las luces allá abajo están apagadas, porque el último sablazo de la compañía eléctrica te obligó a tener más precaución con este tipo de cosas tan nimias pero tan caras a final de mes. Una vez arriba te calientas un vaso de leche y te quedas mirándolo girar dentro del microondas, y durante esos cuarenta y cinco segundos te abandonas a su ruido sordo y a su luz sin pensar en nada. Con el vaso en las manos, andas en la oscuridad y el silencio más absolutos hasta el comedor, andas de memoria esquivando la mesa, la vitrina, las patas de las sillas y el mueble del recibidor, dejas el vaso en la mesa y abres el ordenador portátil y te sientas en el sillón estampado de cachemira. Ahora la única luz que hay en toda la casa es la tenue aura del ordenador, que parece no tener fuerzas para ir más allá de la puerta que da al pasillo. En ocasiones tienes la sensación de que, desde allí, alguien te observa a través de la puerta y te sobresaltas, por lo que te levantas y vuelves a comprobar que todo esté en orden. Incluso bajas a comprobar que has dado las dos vueltas de llave a la puerta. Entonces llamas, y aunque te sabes el número de memoria (si los móviles con teclado no fueran un recuerdo rudimentario y ridículo podrías marcarlo sin mirar), cuando las nueve cifras están en la pantalla en grupitos de tres sientes que la mano derecha con la que sostienes el aparato te tiembla. Luego le das al icono verde de llamada y un hormigueo te acalambra todo el brazo. Al oír el latido de la señal telefónica algo te aletea con fuerza en el estómago. Hasta el tercer tono no contesta nadie, pero cuando oyes la voz de A. saludándote como si con la voz se pudiera sonreír o guiñar un ojo o levantar una ceja no respondes con un «buenas noches» o un «qué tal» o un simple «hola»; sólo te aclaras la voz y empiezas a leer. A. no insiste: tú sólo lees y ella sólo escucha, pero no has terminado la primera frase cuando te corta y te recuerda que debes leerlo todo, repite esa palabra dos veces con ternura, todo, también la dedicatoria, no le importa el título pero sí todo lo demás, y tú tartamudeas un poco y vuelves a empezar incluyendo la dedicatoria que has escrito y ella vuelve a callarse y lees de un tirón las siete páginas con el móvil en una mano y el ratón del ordenador en la otra, bajando a través del texto mientras la leche se enfría en el vaso. Cuando terminas y te quedas en silencio puedes oír su respiración serena y acompasada y te preguntas en qué página se habrá dormido esta vez. No se te pasa por la cabeza la posibilidad de que finja: está dormidita de verdad y tú piensas qué puede haber de malo en ello si al fin y al cabo los cuentos se inventaron para este tipo de cosas, y decides colgar después de desearle buenas noches: buenas noches A., mi pequeña A., dices, como si tus deseos pudieran atravesar años y sueños para llegar hasta ella.

Al día siguiente se repite la misma escena y el mismo procedimiento. Ella descuelga a los cuatro tonos y tú ignoras su saludo y recitas una dedicatoria que más bien parece un epitafio sacado de una novela de Chesterton y te zambulles en las seis páginas que has escrito y rescrito durante buena parte de tu horario de oficina. A. odia no entender tus cuentos del mismo modo que odia que tus dedicatorias sean simplonas y evidentes, y quizás sea este el motivo por el que después de escucharlas puede dormirse de un momento a otro sin esperar a ver qué sucede a continuación, algo que achacas a la tranquilidad que le provoca verse identificada en el epígrafe del cuento pero que ella justifica en su agotamiento aunque tú no le pidas justificación alguna. Más de una vez has pensado en leerle sólo la dedicatoria y quedarte en silencio para ver qué pasa, para ver si escuchas esa respiración regular y apaciguada o, por el contrario, te pregunta por qué te detienes, lo que a su vez siempre te ha conducido a figurarte la posibilidad de acabar escribiéndole dedicatorias para cuentos que no existen y sentirte satisfecho de que una frase salida de tu chistera sea capaz de sumir a A. en el más profundo y dócil sueño de cuantos haya en el planeta tierra. En tu cuento describes una ciudad pequeña y sórdida donde un tipo en calzoncillos está lavando muchos platos, cazuelas, sartenes y cubiertos en una cocina pequeña y sucia con una lentitud insoportable, y la verdad es que no llega a suceder mucho más que eso pero de vez en cuando la oyes reírse muy bajito al otro lado de la línea como si se riera en sueños y su risa te llegara desde una lejanía apenas perceptible pero insalvable, y sientes que tú también estás a punto de reír o de echarte a llorar.

A veces subes las piernas al sillón y te hundes en él incluso después de haber colgado. Suelen ser unos minutos, el tiempo que tardas en fumarte un cigarrillo antes de meterte en la cama, pero también pueden ser horas. En este último caso, impredecible por otra parte, no haces nada de nada más que estar despierto: apagas el ordenador (ya no queda ninguna luz encendida y la oscuridad es algo casi plástico que te envuelve) y te dices que es una lástima que sea imposible leer cuentos de este modo, y sigues allí hasta las cuatro o las cinco de la madrugada, hasta poco antes de que suene el despertador, porque no eres ni un idiota ni un mártir y eres consciente de que necesitas dormir como mínimo un par de horas en tu cama antes de darte una ducha para ir a trabajar si quieres llevar esto con cierta discreción y no acabar dando explicaciones. A menudo te asalta la duda de qué explicaciones darías. Otras piensas en cómo será el siguiente cuento. Otras sólo te bebes el vaso de leche enfriado.

Esto no sucede siempre, y si no has perdido la cuenta de los días que llevas inmerso en esta especie de ritual nocturno es porque datas y almacenas todos los cuentos en un lápiz de memoria que siempre llevas contigo y, los días que andas escaso de imaginación, coges alguno de los más antiguos y lo modificas para crear uno nuevo que luego guardas con otro nombre y otra fecha. Ir a relato por día puede ser algo demoledor, especialmente si se hace con un mínimo de seriedad, pero no sólo en la faceta imaginativa sino también por la falta de tiempo: entonces no te queda otra que inventarte una excusa para alargar tu jornada laboral y conectar el pendrive donde puedas (a veces escribes de pie) para hacer una serie de variaciones rápidas y originales a un cuento de dos semanas atrás; o cuando ya son demasiadas las jornadas laborales que se alargan, demasiados los imprevistos que surgen a las seis de la tarde -más aún cuando debes justificárselos a un gordo intransigente que ha estado ocupando tu puesto más de veinte años-, llamar a tus amigos y decirles que empiecen sin ti o que hoy vas a aprovechar que dan el partido en abierto para verlo en casa con tranquilidad.

Esta vez A. descuelga a los dos tonos y te dice que creía que ya no ibas a llamar. Por un momento estás a punto de explicarle cómo hoy la cosa se ha alargado más de la cuenta, cómo noche tras noche te aseguras de cerrar las ventanas que dan al garaje, cómo te pones el pijama, sacas la basura al portal, das dos vueltas de llave a la cerradura, cierras todas las luces y te calientas un vaso de leche en el microondas antes de telefonearla, pero en lugar de eso escuchas en silencio ese reproche dulce que es poco menos que una confesión. También piensas que hay veces que tu llamada se ha quedado sin respuesta o que sencillamente no ha habido llamada porque no siempre puedes hacer malabarismos, y sin embargo en la siguiente no ha habido reproches o disculpas por parte de ninguno de los dos. Quizás por eso ahora has optado por escuchar en silencio. Es cierto que no has podido contener una carcajada socarrona que ella ha ignorado, aunque las carcajadas, si son socarronas, es precisamente porque pueden contenerse y no por otra cosa. Enseguida que empiezas a leer notas que su respiración se atenúa como si le administraran un sedante, incluso puedes oír su cuerpo estirándose dentro de una cama que tu mente no logra imaginar o a ella escondida en el fregadero. La dedicatoria de hoy se te ha ocurrido mientras cenabas, y por eso la repites dos veces antes de entrar en materia, como si por un momento hubieras temido que se te pudiera olvidar y quisieras asegurarte de que A. la oye, y A. te pide que la repitas otra vez pero más despacio, y luego te vuelve a pedir que lo hagas una vez más, pero esta vez separando las sílabas de cada palabra. Cuando lo has hecho entiendes que el cuento es una auténtica basura, una basura dedicada, y que puede que ella se diera cuenta mucho antes que tú, así que optas por colgar al instante y ella no insiste. Esa noche, por primera vez, te tomas la leche aún caliente.

Los días siguientes te obligan a olvidarte de todo este asunto, o por lo menos te impiden pensar en él con frecuencia. Tu sobrina de dieciséis años aparece un día entre semana por tu casa a altas horas de la madrugada, despeinada y ebria, además de con evidentes síntomas de haberse drogado, y aunque te suplica que no lo hagas, tú ya sabes que andan más de medio día buscándola y llamas a tu hermano para que la haga entrar en razón y la recoja. Ella llora, y cuando su padre llega y la ve llorando olvida todo lo que había pensado decirle mientras venía en coche a más de ciento treinta quilómetros por hora y también se echa a llorar. En cierta medida, los días se precipitan. Tu obstinación con el ahorro energético se ve recompensado con una reducción sustanciosa de la factura. Te hablan de la posibilidad de un traslado que te permitirá seguir avanzando en la investigación que esperas que dé un impulso definitivo a tu carrera, pero enseguida todo queda en un rumor y tú quedas sostenido en la cresta de alguna especie de salto. Tu madre enferma de algo que los médicos atribuyen a la edad y pasas varias noches sin dormir en el hospital velándola y mirando el pestañeo de las luces blancas de Montjuïc que llegan a través de la ventana de la habitación 263 mientras te preguntas por qué C., tu sobrina, fue a tu casa y no a cualquier otro lugar y por qué mierda fingiste que te había sacado de la cama y no esperaste cinco minutos más antes de llamar a tu hermano en lugar de decepcionarla. Miras a tu madre y piensas que nunca habías reparado en lo mayor que es, en su semblante surcado de arrugas, preocupado y triste incluso bajo un sueño químico como el de ahora. También en las consecuencias que hubiera conllevado aceptar ese traslado; en papá, en que algunas veces te hubiera gustado estudiar medicina y que alguien te dijera gracias doctor; en si has traído el cepillo para lavarte los dientes antes de ir al trabajo, cuando tu hermano llegue para sustituirte y recibir a las visitas de rigor durante el día. Aunque nadie -ni tú mismo- la mire, le quitas el volumen al televisor e introduces monedas toda la noche como si avivaras un fuego. La enfermera del turno nocturno mira la pantalla cuando entra y después te mira a ti en una esquina de la habitación y tú esperas un gesto nervioso o una mirada de extrañeza, pero estas cosas deben ser habituales en un hospital y acaba por sonreírte con una normalidad que aplasta cualquier conjetura, te pregunta si necesitas algo, y cuando ha comprobado que todo está en orden te dice buenas noches y se va por donde ha venido. En la cama contigua hay un hombre que ya estaba cuando ingresaron a tu madre y al que durante estas pocas semanas sólo has visto dormir, un bulto hinchándose y deshinchándose debajo de las sábanas blancas como si fuera un espectro que sólo tú pudieras ver: no ronca, no come o no le ves comer (lógico por otra parte, porque llegas a las nueve y media de la noche), no te pide que cambies de canal, no tiene visitas, no se desvela ni tiene pesadillas ni grita exigiendo más calmantes. Si fuera yo el que se estuviera muriendo, te dices, cada noche esperaría a que la enfermera se acercara hasta mi cama para cambiar las medicinas y le cogería la mano y le pediría que corriera la cortina y que follásemos en silencio, sin darle más explicación que ésta. Y luego, al final, con la madrugada acechando y antes de que el sueño te venza, piensas en A. después de varios días, y en cuando le argüiste que todo el mundo tenía derecho a que le desearan buenas noches de viva voz porque no encontrabas una explicación mejor para llamarla a ciertas horas, y ella te respondió que, en tal caso, el hábito no podía variar un solo ápice y debías continuar leyéndole tus cuentos, y que si se dormía tú no te detuvieras hasta el final, porque tus cuentos tienen trampas escondidas, dijo, y yo, al día siguiente, sin saber muy bien cómo, me acuerdo de todo y siempre termino por descubrirlas, aunque no quieras reconocerlo.

A las pocas semanas, ante la incredulidad de los médicos, tu madre se recupera sin motivo aparente, y en lugar de tomarse unos instantes para dar gracias a Dios manda a tu hermano a buscarles para que le den el alta. La última noche, sabiendo que la siguiente ya estará en casa, esperas hasta el cambio de turno de las tres de la madrugada y no coges la mano de la enfermera ni le pides que corra la cortina pero sí que le preguntas si podría prestarte un bolígrafo y unas cuantas hojas. Ella te sonríe con la misma diligencia que las otras veces, aunque en su predisposición crees adivinar un remate de curiosidad, y te da el bolígrafo que lleva en el bolsillo y en menos de cinco minutos regresa con tres o cuatro hojas con horarios antiguos impresos por una cara, y cuando se acerca para dártelos la lánguida luz proveniente de Montjuïc descubre su nombre en la pequeña placa de la bata como si te hiciera un regalo de despedida, y tú le dices gracias V., que pases buenas noches, y ella te responde de nada, y se da la vuelta para seguir la ronda.

A. descuelga y te responde como si hubierais hablado ayer mismo. Estás agotado y lees sin ninguna clase de ritmo pero con una nitidez meridiana. Es un cuento largo y, como no puede ser de otro modo, le hablas de luces blancas, de alguien que evita a la muerte sorprendentemente en un lugar donde parece que nada puede sorprender a nadie y de un fantasma errante del que el protagonista intenta librarse por todos los medios, incluyendo rituales clandestinos practicados en silencio donde se recurre al amor entre los hombres como última e invariable forma de salvación. Cuando terminas y se hace el silencio, sabes que no está durmiendo. Durante unos segundos que parecen alargarse para siempre, varias veces te parece que ella dirá algo, pero finalmente opta por quedarse en silencio, y tras unos segundos más te dice, muy lento, separando cada una de las sílabas, buenas noches T., mi pequeño T., y después cuelga.

Como cada noche, apagas el ordenador y te tomas con calma el vaso de leche enfriado durante tu lectura, pero el peso de todos los días lejos de casa cae sobre ti y te sientes tan exhausto que decides irte a la cama para disfrutar, por fin, de un sueño largo y apacible. Te desnudas y entras en la habitación, donde tu hijo de cinco años duerme abrazado a la espalda de su madre, porque a Ariel aún le da miedo la oscuridad.

Con este excelente relato, Txema Torrent se incorpora a nuestro proyecto de libro de cuentos, Recuerdos del Porvenir.

lunes, 23 de septiembre de 2013

JOSÉ-JOAQUÍN BEEME




Conocí a José-Joaquín Beeme hace muchos años. Tantos que todavía no había alcanzado a tener ese nombre.

José-Joaquín, ¿qué crees que hubiéramos dicho ayer si nos hubiésemos podido ver en el lugar que ocupamos hoy?

domingo, 8 de septiembre de 2013

PIENSO EN TI


El sótano era oscuro. Miré a derecha e izquierda, arriba y abajo, moví las manos ante mis ojos, ni un atisbo de movimiento. Parpadeé, parpadeé de nuevo. Nada. El aire, demasiado espeso, era casi sólido… pero el aire no es un sólido. Deseaba cogerlo con las manos, romperlo en pequeños pedazos, introducirlo en mis pulmones… Cada vez que respiraba me ardía la tráquea. Los sonidos del exterior eran tan lejanos, tan inciertos,  que mi soledad respiraba con la angustia y el pensamiento de  que en un lugar como este era fácil morir.

 Y entonces, un pequeño milagro. Mi madre me tira de la manga y en la oscuridad aparece un resplandor verde. ¡Luz! Era el  reloj de mi madre. Mantuve los ojos pegados a esas manos de color verde fluorescente. Tenía tanto miedo de perderlas que no me atrevía ni a pestañear.

 -Piensa en algo bueno –Me dijo mi madre al oído-. En algo feliz.

 Algo bueno. Algo feliz. Dejé vagar mi mente. Dejé que los recuerdos me invadieran:

  El cielo, cargado de grupos de nubes, adoptó un color gris hielo. En el parque soplaba una fría brisa. Aparecieron niños con sus padres. Se saludaban, se abrazaban, se besaban, intercambiaban comida. Alguien encendió el carbón de una barbacoa y muy pronto multitud de aromas inundaban mis sentidos. Los niños jugábamos en un dominio sin límites, nuestras risas eran ecos que volaban por el aire…

            Cielo y nubes, la tierra húmeda y blanda, árboles que invitaban a trepar por su tronco… Allí sentada,  estaba Julia, su mirada lejana y ausente. Las nubes se movían despacio a favor del viento.

            -Julia, mira las nubes –le digo, mientras me acerco.

            -¿Qué ocurre con las nubes, Juan? –me dice ella extrañada de mi pregunta.

            -¿Quieres jugar al juego de ver las nubes? –se me ocurre esa idea en un instante para conseguir que salga de su ensimismamiento. 

            - No he oído nunca hablar de ese juego, ¿Cómo se juega? –me contesta con una sonrisa cómplice.

            - Hay que buscar en el cielo una nube, la que quieras y mirarla muy fijamente durante un  rato, -le explico-. Te darás cuenta de que tiene forma de algo.  No todos vemos las mismas cosas porque cada uno tenemos nuestra propia imaginación.

            - Vamos a mirar los dos la misma nube –me dice entusiasmada Julia.

            - Aquella, es muy bonita.  -Le señaló con el dedo.- ¿Qué te parece que es? Yo veo un duende que vuela.  Mira la cabeza, sus ojos  enormes traspasan la distancia que nos separa.

- Sí, es cierto. –Julia, me mira risueña y divertida.- Sus orejas son puntiagudas, su boca se abre como si nos hablará… Está sentado en un tronco, sus pies descalzos se mueven al son de una música celeste.

            - ¡Ahora cambia de forma, Julia!  –me sorprende el viento diluyendo a nuestro duende y creando otra figura según sopla el viento.- Un caracol nace y extiende sus antenas con gran expectación.

            - Juan, es fantástico. Su concha tiene la tonalidad del arcoíris.  –Julia sonríe, feliz con el juego.

            Nubes cambiantes de tonalidades y formas nos llamaban a descubrir nuevos horizontes, en nuestros ojos una luz radiante de infatigable emoción. La oscuridad que por momentos tenía el cielo, el olor de una lluvia apremiante no existía. En su lugar, aparecía una negrita gorda que llevaba una falda de puntillas con un lazo enorme en la cintura, sobre su pelo negro se adivinaba un tocado con adornos de plumas  que  ondeaban al compás del aire.

            Un grito penetrante y angustioso llega desde el exterior,  me despierta de mi ensoñación y me devuelve al silencio y a la oscuridad.  No estoy solo, la imagen de Julia se visualiza en mi mente, escucho su risa acompañada de la mía. Regresan a mi vida las vivencias de aquellos días felices, y me aferro a ellas casi con desesperación.  Deseo mantenerlas para sentirme arropado de luz vibrante…

            Inmersos en nuestra aureola de ilusión habíamos perdido la noción del espacio y el tiempo. Un sueño real, un juego que no había que comprar, que no necesitaba de pilas para recargar su magia.  Nuestro juego hacía volar la imaginación a posesiones infinitas, nuestros sentidos marcaban su propio ritmo aflorando con velocidad de vértigo. Un mundo nuestro, el mundo de cada uno era de los dos.  Nos pertenecía.  Mirar las nubes con los ojos de la imaginación  era una forma diferente de ver, solo era necesario desearlo para que siempre estuviera  con nosotros…

            Cada vez que volvíamos a nuestros días de nubes, nuestra existencia siempre cambiante se entrecruzaba con ellas, un regalo que nos regalaba la vida sin necesidad de que ocurriera nada especial. De día y en noches claras nos acompañaban con su presencia… retazos de una existencia que se disipan en el camino de la vida.

Otras ilusiones, otros lugares, otros juegos y experiencias llenarán  lo  que en  su día fue algo único. Sin embargo,  lo que hemos  vivimos  permanece en nuestro interior, nos pertenece y podemos volver a vivir y revivir lo sentido.

Escucho las palabras de mi madre: - Piensa en algo bueno…         

Penetro en el túnel de los recuerdos, camino en una búsqueda de pequeños fragmentos de vida donde el volumen de mi pesar se mitigue. Mis pasos giran apresuradamente  entre ellos para que regresen al presente.  Pero mi caminar es volátil, ninguna imagen aflora con nitidez, no permanece ninguna estampa en su paso…

Anillos de humo se desprenden del punto verde de luz, difuminándose sus estelas en el silencio de las sombras. Como una estatua viva, mis ojos intentan abarcar todo para no perderme nada,  para que la esperanza aleje mi angustia al rincón más lejano de una soledad ajena… .

Un momento feliz… Ahondé en la profundidad de mi mente…

            Una figura tenue y difusa aparece ante mis ojos, apenas la reconozco pero me invade una intensa emoción… De su cara brota una sonrisa, sus labios se mueven con la brújula  de sus ojos bebiendo sus palabras.  Es ella, ¡Es Julia! ¡La niña de las coletas y la mirada perdida! Mi compañera de juegos.  De repente el cansancio desaparece  y un resplandor perdido inunda mi rostro.

            Julia me coge de la mano, me invita a marcharme lejos con ella. No hablamos, nuestro resplandor fluye en la línea  de nuestras miradas. Nos sentamos al lado de un lago en un cálido ocaso otoñal. Rodeados de encinas y robles de hojas rojas y amarillas, arropados por el sonido del bosque y la brillante luna reflejándose en el agua, miramos las nubes… Dejamos volar nuestra imaginación que con grandes alas de libertad elevan nuestros sueños a las tintineantes estrellas.

            -Juan, ¿ves un duendecillo?… -me señalaba Julia con el dedo.

            -Julia, veo un duende  bailando.  –le dije emocionado.

            -Son dos los duendes, danzan en los tejados color plata de la ciudad encantada. Sus puentes unen los barrios encapsulados en pequeñas islas tapizadas en blanco y gris… -Julia era un torbellino de visiones que me atrapaban  con su entusiasmo inusitado.

            -Saltan de tejado en tejado, ahora bailan en el río bajo las estrellas, es un baile trenzado en una alfombra de lucecitas relumbrantes. Sus ojos se sumergen en el brillo de la fiesta de la alegría sin fin.  -Julia, ¿bailas conmigo?,  le  pedí  llevado  por el impulso de sentir la magia de los duendecillos.

            La luna llena reflejó dos nenúfares gigantes en las profundas aguas de la laguna, cómplices de una noche fascinante alrededor de una danza eterna. Nos dejamos acompañar por los acordes de melodías sin sonido. Sonidos en armonía con nuestras almas girando en una cadencia inusitada que acariciaba el silencio.

Bailamos, bailamos…  

Extenuados nos  tumbamos en la hierba con las manos enlazadas, y seguimos nuestra danza infinita contemplando el cielo y las sinfonías de las nubes.

            Julia, a mi lado, sonreía. Nuestras miradas eran claras y serenas. Estaba despierto, vivo. Deseé que el tiempo se detuviera. Y me pregunté en qué momento había olvidado que, a pesar de todo, seguía siendo solo un niño. Sigues siendo un niño. -me oí decir.- Parpadeé y mi sonrisa permanecía en mi semblante. 
Mi silencio era un refugio en un escondrijo oscuro, del que haciendo un ovillo me ocultaba del mundo. No ocupaba apenas espacio, caminaba como si me diese miedo dejar huellas a mi paso. Me movía como si no quisiera desplazar el aire a mi alrededor.  Un rompecabezas de libros sin abrir. Sueños que se marchitan sin apenas florecer. Lagunas en mi memoria desconocida.  Pero no estoy solo. La llave está siempre conmigo, con nosotros, preparada para abrir la puerta de los enigmas que encontramos en nuestra travesía,  donde solo hay que entrar… .
Pilar Moros Borgoñón  participa con este cuento en nuestro proyecto Recuerdos del Porvenir.

martes, 11 de junio de 2013

EL VIGILANTE

Cuando vi a Pablo me recordó el rostro de Jacques Brel. Al cantante lo he visto sólo en un vídeo de la canción ne me quitte pas. Fue la primera que apareció en Youtube cuando busqué su nombre después de escuchar una de Joaquín Sabina que lo menciona. Se me grabó su cara de rasgos fuertes y su gesto triste y a la vez expresivo. Mientras interpreta la canción parece que estuviera a punto de llorar, las mejillas le brillan mojadas de sudor provocado por la angustia. Sin embargo nunca llega a hacerlo. Si estallara en llanto tal vez eliminaría cualquier duda sobre la teatralidad de la interpretación; aunque al final, cuando la luz se apaga repentinamente y deja visible solo su silueta cabizbaja, nace la duda en el espectador. Da la impresión de que efectivamente no puede seguir, que ha caído derrotado por la desolación. No he visto nada más del cantante, tal vez no quiero romper su imagen derrotada substituyéndola por alguna otra llena de frivolidad, mi Jacques Brel es auténtico, como Pablo.

El encuentro fue fortuito y sólo nos vimos cara a cara en una oportunidad. Sin embargo, yo lo divisé a lo lejos una vez más, a las tres de la mañana de ese mismo día, pero él no lo advirtió.

 Estaba en París por un seminario, pero aproveché el fin de semana para llegar antes y dar unas vueltas por la ciudad. No dejan de impresionarme esas calles y monumentos que huelen a Ilustración. Siempre he sido más admirador de la arquitectura y las ciudades del Antiguo Régimen, pero París es la imagen de la derrota de una idea que resultó aplastada, devastada, al menos en apariencia. Además de algunas pocas iglesias, casi no queda visible nada del mundo anterior, es pura Ilustración, racionalismo, naturalismo. Todo eso que ahora todavía nos resulta familiar. Por eso, de entre las que conozco, se me antoja la ciudad más nostálgica.

Estaba solo y no había tenido ocasión de conocer a nadie aún, las conferencias comenzaban al día siguiente. Hice un recorrido por el centro ya manoseado de París y al rato, a pesar de mis intenciones, me harté del gentío. Al margen de los turistas de entre los cuales arbitrariamente me excluyo –lo reconozco-, el mayor desagrado me lo produce la tropa de impostores que circulan por la ciudad. Por todas partes se ven tipos vestidos de impresionistas o de intelectuales, leyendo un libro en un café que algún día tal vez albergó discusiones trascendentales, pero que hoy tiene de música de fondo ese insoportable ronroneo del inglés americano. Allí se plantan a leer con fingida fascinación mientras los camareros luchan por transitar entre las mesas. No debía pasar en aquel entonces por mis mejores días, no es normal que algo tan inocuo llegue a molestarme tanto. El caso es que aquella tarde decidí emprender camino hacia las afueras. Esperaba, además, poder tomar un café o una copa cuyo precio no me insultara. Era la primera vez que me escapaba del cuidado circuito céntrico. Me animaba poder conocer el París de verdad. Por el camino, más tranquilo, pensé que quizás me apresuraba al juzgar a esos hombres como impostores, tal vez haya aún algún justo en Sodoma.

Conforme descendía el enfado, acaso para justificar mi arrebato, aumentaba mi apetito por conocer al habitante real, al hombre medio empírico, como dicen los teóricos racionalistas. Llegué a Pantin en un autobús que iba transformando el aspecto de sus pasajeros en la medida en que nos acercábamos. 

Luego, también en una especie de ejercicio de turismo social (debo reconocerlo), me instalé en un bar mediocre, de esos que no tiene otra pretensión que alimentar y servir de centro de reunión a los habitantes del barrio, permitiéndoles escapar de sus casas angostas. Allí vi a Pablo. Estaba solo tomando una cerveza. Su rostro tenía la misma impronta de gloria rota de mi Jacques Brel, claro que no era francés, ni belga, sino ecuatoriano. Tenía unos rasgos mestizos que daban un tono aún más triste al rostro del cantante. Cuando contestó el teléfono oí que hablaba en castellano, tenía una voz apacible y hablaba cariñosamente, seguramente a su mujer. En cuanto colgó me animé a abordarlo. La voz me salió ronca como si estuviera despertando, llevaba mucho tiempo sin hablar. Después de un par de saludos y disquisiciones tontas sobre la casualidad de que ambos hablásemos la misma lengua, miró mi mesa, vio que estaba solo y me invitó a sentarme con él.

Era un hombre sobrio, moreno, con el aspecto desgastado que da la pobreza y una mirada precavida pero vital. Dejaba caer los hombros sobre los codos y los codos sobre la mesa, como si tuviera un peso enorme encima. De en medio emergía la cabeza de pelo negro abundante, como si no mediara el cuello. Me preguntó qué hacía en París. Le expliqué algo acerca de mi seminario, de las novedades deslumbrantes que se esperaban en las conferencias, de los reputados científicos que asistían, que para mí era un honor, que quería contactar con alguno de los ponentes. Él me miraba como tratando de imaginar lo que le contaba. Por un minuto, el único, vi su rostro iluminado, como si intuyera que yo tenía una invitación extra en el bolsillo y que le permitiría asistir conmigo, sentarse donde me sentaría yo, aunque no entendiera nada, aunque no tuviera interés en conocer a nadie. Supongo que le hubiera hecho ilusión, quizás con el único aliciente de averiguar por qué a mí me cautivaba tanto el evento. Tras aquel instante, su rostro, no obstante, volvió a la expresión dolorosa de Brel.

Cuando le pregunté a qué se dedicaba, se tocó las manos y apretó los labios. Pensé que a lo mejor no era algo confesable. Lo miré de arriba abajo como intentando descubrir por su indumentaria alguna cosa que me indicara qué hacía y saber si me era lícito seguir charlando de ese tema. Pero de pronto habló. Más tarde me di cuenta de que antes de responder, incluso cosas triviales, Pablo guardaba silencio. Daba la impresión de estar repasando toda su vida antes de contestar. Me dijo que sabía que no tenía el peor trabajo del mundo, que había luchado mucho por él, pero que si pudiera lo cambiaría por cualquier otra cosa. A pesar de no haber resuelto mis dudas, yo opté por conservar una cara inquisitiva pero sin decir palabra, como dándole la libertad de que respondiera o simplemente se hiciera el desentendido de mi pregunta.

- Me pagan por romper las ilusiones de la gente, por la noche y sin que nadie se entere, dijo.

No sabía si reír, callar o seguir preguntando. Pensé que tal vez se burlaba de mí y esperaba que yo advirtiera la broma. Después de tanta perorata sobre mi seminario tenía miedo de parecer poco inteligente. Mientras vacilaba, él levantó la mano y pidió dos cervezas más. Cuando volvió a mirarme su rostro era como el del cantante cuando está apunto de apagarse la luz y dejar visible sólo la silueta de su cabeza afligida. Me dijo que trabajaba haciendo la limpieza en algunos parques de la ciudad, que era un empleo mal pagado, pero estable. Que con una mujer y dos hijos había que tener un sueldo fijo y no arriesgarse. Pero que hace un par de meses su jefe apareció para anunciar que había un trabajo suplementario que se pagaría como horas extraordinarias. A todos sus compañeros les llamó la atención, ninguno estaba en condiciones de permanecer indiferente ante la posibilidad de ganar algunos euros más al mes.

Pablo vivía hacía seis años en París. Llegó sin nada desde Quito y poco a poco había conseguido hacerse un hueco. Me contó que al principio su situación había sido de total precariedad. Sin saber francés y sin amigos que pudieran ayudarle. Que con su mujer y uno de sus hijos habían dormido en sitios inimaginables antes de poder  tener un espacio sólo para ellos. Durante dos años vivieron en la habitación de un piso que albergaba a varias familias. Cuando se enteró de que venía el segundo hijo, lloraba a escondidas sin saber cómo saldrían adelante. Me dijo que durante mucho tiempo ni siquiera pisó el centro de París, que minimizaban cualquier gasto banal, que no paseaban más que por su barrio. No había tiempo para nada, aunque tampoco había mucho que hacer. Trabajos esporádicos, alguna que otra chapuza que daba para comer y el alquiler, poco más. Cuando después de varios amaños logró conseguir papeles hace dos años atrás, la vida cambió. Gracias a su nueva situación pudo conseguir el trabajo en la empresa de limpieza y su mujer también, aunque limpiando casas. Con ambos salarios alquilaron un apartamento pequeño, pero en condiciones. Todo mejoraba. 

Aún así, se preguntaba cada día si no había sido un error migrar. Lo único que le animaba era pensar que sus hijos tendrían una oportunidad, al menos eso creía. Él nunca tuvo ninguna, nació como ciudadano de segunda en su país y, cuando escapando de esa condena llegó a Francia, entendió que moriría siéndolo. Por eso le preocupaban las drogas en el barrio, las malas compañías. Pero, a pesar de todo, él creía que sus hijos, aún pequeños y ajenos a su entorno, podrían prosperar. Yo, por dentro, tenía mis dudas, pero luché para que no se me escaparan por los ojos y mataran las esperanzas de Pablo.

Me sorprendió lo fácil que salían a la mesa todos estos detalles. Parecía como si él también llevara mucho tiempo sin hablar. Creo que la soledad de aquel hombre era tremenda, me consumía a mí también, y a todo el bar. Era la soledad del esclavo, supongo. De un hombre que lucha por salvarse como sea y dejar atrás todo aquello que lo atenaza; pero que aunque escapa de una aldea a otra parece que la marca de la esclavitud la tuviera grabada. Se veía curtido, como si viviera en el desierto y el sufrimiento fuera el sol. Las manos duras casi no expresaban gestos, pero sus palabras simples eran suficientes para estrangular y mucho más fuertes que sus dedos. Para mí, al principio él era una experiencia más que contar a mi regreso. Sin embargo, para cuando me puso delante una de las cervezas que trajo el camarero y me miró a los ojos invitándome a beber, ya me cautivaba la candidez oculta tras su aspecto hosco. No me atreví ni a sugerir que pagaría la bebida, su mirada no admitía discusión.

Al tercer mes de estar contratado, cuando ya había además comprado algo de ropa y lo básico del hogar, se levantó un domingo y le dijo a su mujer que irían a pasear por el centro de París, como los turistas. Me dijo que sentía que era un gran paso, por fin podían darse el gusto de pasear sin buscar nada. Al fin y al cabo vivían hace años en París y hasta ahora se habían negado los goces que la ciudad ofrece a sus visitantes. Él ya lo había arreglado todo. En cuanto llegaron a vivir al barrio trabó amistad con el vecino de abajo. El viernes anterior le había pedido que le hiciera el favor de cuidar a los niños durante unas horas para sorprender a su mujer ese domingo. De modo que se vistió y fue a dejar a los dos chiquillos abajo mientras su mujer, emocionada por la sorpresa, buscó sus mejores ropas, se perfumó en exceso y se pintó un poco. Hacía mucho que no se arreglaba. Él hizo lo propio y salieron del brazo con aire triunfal rumbo a París.

Se paseaba hinchado y a la vez tímido. Miraban todo lo que hacían los demás. Le echaron un vistazo a los puestos de venta de libros en las orillas del Sena aunque no sabían apenas leer francés. Visitaron Notre Dame y se fueron a buscar un lugar para comer por Saint-Germain-des-Prés. Después de dar algunas vueltas decidieron que sería suficiente con un café y que luego comprarían algo para comer sentados en algún parque. Fue así como, después de agenciarse unos bocadillos, cruzaron el puente Solferino rumbo a los Elíseos. 

 A Corina, su mujer, le llamó mucho la atención la enorme cantidad de candados que colgaban de las barandas del puente. Ella no tenía madre y de su padre no sabía nada hacía más de dos años. Ni hermanos ni familia, sólo Pablo y sus hijos. Pero en cambio era feliz en la desgracia. Ambos se necesitaban profundamente. Le dijo que desde lejos, por el reflejo del sol, parecía que el puente tuviera oro incrustado. Sólo al acercarse había visto de qué se trataba. Ninguno de los dos tenía noticia de esta moda. Miraron los candados y vieron escritos nombres de lo más variopinto, algunos incluso estaban grabados en el metal, también había corazones. Mientras miraba oyó a una familia de chilenos que pasaban por el puente comentando también lo de los candados. Él se acercó y preguntó si sabían de qué se trataba. Así se enteró de todo el ritual.

A mí que el romanticismo siempre me había parecido una cuestión propia del pequeño burgués que tiene tiempo y holgura para esas cosas, me sorprendió la historia de Pablo. Algún tiempo atrás supe que se había puesto de moda esto de que las parejas trabasen candados en los puentes y lanzaran la llave al río como símbolo de la perpetuidad del amor; creo que primero fue en Roma y luego en París. La costumbre me parece cursi. Propia de película de media tarde. Disimulé mi sonrisa porque pensé que podía ofender a mi interlocutor.

Pablo continuó con su historia. Mientras miraba el brillo del bronce en el puente recordó que en uno de los puestos de la orilla del río había visto que vendían candados. Corrió raudo, como en un ataque de espontaneidad compró uno pequeño que no le pareció un exceso y le pidió al vendedor un rotulador para escribir C y P, no había más espacio en la pequeña superficie. Envolvió las iniciales con un corazón, y corrió donde su mujer que lo esperaba mirando los barcos con turistas pasar bajo sus pies. Él la observó como si hubiese vuelto de la guerra, como si por fin hubieran logrado escapar juntos, se sentían Romeo y Julieta, reía. Tomó la mano de Corina, le dio un beso, cerró el candado y arrojaron juntos la llave al río. Los dos callaron por un segundo mirando el sitio donde se había hundido para siempre. Pablo me miró y yo comprendí que en ese momento ella y él habían sentido que por fin eran como los demás, le habían ganado a la vida, a su nacimiento, a sus destinos, a sus sueños.   

Pocos meses después apareció su jefe con el asunto del trabajo extra. La tarea consistía en cortar con una gran cizalla los candados que la gente cuelga en el Puente de Solferino. Me explicó que el ayuntamiento de París consideró que la cantidad de candados ya había superado un umbral prudente y que el peso podía deteriorar la estructura de las barandas. Al parecer en otra ciudad había caído una farola de la que los enamorados colgaban los candados. Por ese motivo ordenó que se quitase periódicamente el exceso como manera de no acabar con la atracción turística y mantener intacto el puente. La orden me parecía razonable, la última vez que pasé por allí, el puente se veía repleto de candados.

Pablo le rogó a su jefe que le diera el encargo de podar los candados del puente. Probablemente el hombre no entendía el empeño exagerado de Pablo por unos pocos euros más. Además el ayuntamiento, por recomendación del Departamento de Turismo, quería que la operación se llevara a cabo de madrugada para que no afectara la ilusión de los turistas que colocaban sus candados. Eso sirvió para que algunos de sus compañeros desistieran de solicitar el trabajo extra. Finalmente, Pablo se quedó con él junto a otro compañero. Cuando nos encontramos y me contó todo esto, tomaba una cerveza mientras su mujer acostaba a los niños, luego iría a casa a buscar la indumentaria municipal y más tarde, pasadas las tres, a retirar candados mientras vigilaba secretamente que su compañero no cortara el suyo.
 
No quise acercarme cuando vi cómo, al final de su turno, se inclinaba para mirar un candado entre la multitud de los candados. Seguramente pensaba en la libertad.

Con este cuento, un autor de la talla de José Dumas ha querido participar en el proyecto, Recuerdos del Porvenir. Enviamos al autor nuestro agradecimiento, allá dondequiera que esté.