lunes, 21 de mayo de 2012

FEDERICO


Compramos a Federico la Navidad de 1998. Cuando llegamos a la tienda le dijimos a aquel señor que queríamos un periquito. Había una jaula enorme con muchos dentro. Yo le pedí que fuera joven y azul. Aquel señor metió su enorme mano en la jaula provocando una gran desbandada de pájaros, y atrapó uno.  Era Federico.
Como mi abuelo había sido criador de canarios pensábamos que aún quedaría alguna jaula en casa. Buscamos en el desván y encontramos una pequeña que pintamos de purpurina, para regalarle a mi hermana el pájaro en una jaula de oro.
Federico aprendió a hablar. Si es verdad que los periquitos sólo hablan cuando son felices él lo era mucho. Acudía al dedo de mi hermana con un vuelo lleno de aleteos y se quedaba mirándola erguido, como un señor elegante de alguna edad.
Le gustaba jugar, pero sólo con mi hermana, aunque no le importaba posarse en las cabezas familiares, o comer en los platos de la gente de confianza.
Fueron trece o catorce años. Cómo ha pasado el tiempo. Yo ya no soy aquella persona que entró en la tienda donde él volaba con sus hermanos. "Me gustaría uno que fuera joven y azul". Y fue Federico.
Le he pedido a mi hermana el poema que me envió pocos días después de que Federico muriese.
 
 
En la jaula vacía habita la tristeza
una tristeza azul
como un leve vuelo que no volverá nunca

Y ahora en la extensión  marrón de tus ojos
se va posando la nieve
viene caminando desde lejos
para invadir el territorio de tu mirada asombrada

Sé que debo observar cómo se acerca
sé que debo quedarme acariciando
tu desconcierto infantil
tu no saber nada más allá de la ternura

La herida aún duerme
pero ya late en mi pecho

                María Pérez Collados

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