domingo, 15 de abril de 2012

EL PRIMER CAPÍTULO DE NUESTRA NUEVA NOVELA

Esta semana sale a la venta en formato de papel la novela Campodelagua, del mítico escritor castellano Avelino Hernández. En la Tienda de la web de nuestra editorial (edicionesnuevosrumbos.com), puedes comprar la novela tanto en formato de papel como en Ebook. 
Nuestra edición parte de un prólogo de Cristina Cerezales, y cuenta con ilustraciones memorables de Quinita Fogué. Dado que el autor no quiso nunca hacer la reedición de esta novela, sino que compuso, a partir de ella, otra más amplia, Los hijos de Jonás, hemos considerado conveniente aportar con nuestra edición de Campodelagua los fragmentos de  Los hijos de Jonás que están relacionados con esta primera novela, así como un estudio de concordancias entre ambos textos.
Campodelagua es esa piedra en bruto, poco pulida, salvaje, que tiene la belleza que no alcanzará a poseer jamás el diamante más trabajado. Por eso hemos querido ponerla a disposición de los lectores.
Os transcribimos el primer capítulo del libro. Como mejor ejemplo de lo que os digo.



PRIMER MOVIMIENTO
SECUENCIA PRIMERA

“De los siete hermanos, hijos de Jonás, el viejo molinero, María de las Cerezas era la menor. Y la única hembra.
Mató a su madre al nacer, se decía de ella en El Campo del Agua porque vino a la vida de una mujer que murió pariéndola.
Ahora tiene trece años. Y esta tarde, que es primavera, está subiendo la senda de llegar al pueblo para traer al Molino el cántaro diario con la leche.
Lleva trenzas morenas sobre el vestido rosa y calcetines blancos. Y al pasar levanta mariposas azules de entre la yerba nueva del borde del sendero; porque va recogiendo los pimpollos grana de la flor del ababol.
En el Camino Real, ya cerca del pueblo, hay un calvario de granito, Dicen que un día el rayo rompió la cruz del mal ladrón; hace ya mucho tiempo. Y nadie la reconstruyó. Sobre el montón confuso de sus despojos crecen los cardos y el jaramago.
María de las Cerezas sabe que un lagarto tiene su cueva en aquellos escombros. A esta hora de la tarde cayendo, está cada día sobre las piedras rotas tomando el sol.
Cuando se ven, el reptil se remueve y la muchacha amengua el paso; un instante se observan, quietos los dos. Y María lo espanta luego con una vara verde de asfódelo que cogió por la senda.
Pero el lagarto, que se ha guarecido en la rendija, se revuelve; surge de nuevo en la boca de la grieta aceleradamente; otea, husmea el aire y, sibilante, en un zigzag vertiginoso, se agarra con los dientes a la punta de la vara, que se comba.
La muchacha se azara. Suelta, nerviosa, el palo y le cae en los pies. El saurio se ha prendido a su calcetín blanco.
María patea contra el suelo descompuesta intentando arrancárselo. Crispada, quiere gritar… y el grito se le quiebra de terror, porque el reptil le está trepando precipitadamente por el muslo hasta el sexo en el vientre.
·
Tardó en calmarse María llorando sin consuelo sobre la mesa antigua de nogal. El viejo Jonás, en el silencio, le acariciaba el pelo.
-Ha sido el lagarto, padre… Me olió. ¡Se me subía!
-¿El lagarto de la cruz?
-Sí. ¡Se me subía!
Jonás, el viejo molinero, delicadamente, puso los dedos rugosos de su mano grande en el mentón adolescente de la muchacha; levantó su cara transparente de lágrimas para mirarla con ternura y orgullo; y dijo lenta, como ritualmente:
-María de las Cerezas, ¡ya eres mujer!
·
En la mañana siguiente, los hermanos de María mataron el lagarto. Y trajeron el cántaro que quedara abandonado.
Una hermana de su madre inició a la muchacha en el asombro de la menstruación que padecía.
Pero todas las gentes en El Campo del Agua y en la Sierra y en el Pico supieron que a María de las Cerezas, la hija menor de Jonás el viejo molinero, y la única hembra, le había salido el lagarto en el camino cuando tuvo la primera regla.”

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