lunes, 19 de marzo de 2012

EL PINTOR DE ESENCIAS

Abelardo Carlemany es un gran artista con la brocha gorda. Se gana la vida haciendo retratos en la rambla del casco antiguo de Girona. Se ubica todos los sábados y domingos frente al Arts café y trabaja incansablemente hasta el anochecer. Es capaz de pintar un rostro en menos de 40 segundos. El cliente rara vez se ve reconocido en el lienzo, y ello es porque Carlemany captura los rasgos no visibles de las personas. Nunca nadie se negó a pagar por un retrato, pese a que objetivamente podrían ser vistos como una mala broma. Por supuesto, una vez contextualizado el asunto, lo extraño sería que alguien se sorprenda por el resultado de la obra. Carlemany tiene en exhibición una serie de retratos de famosos. El único indicio de que el retrato de la izquierda es de Marlon Brando y el de la derecha de James Dean, es el letrero que está adherido a la base de cada cuadro. Allí se leen sus nombres prolijamente escritos.

Un solo altercado se recuerda en la rambla entre Carlemany y un cliente. Un hombre de unos setenta años se sentó en el taburete de Abelardo antes de que él pudiese montar su puesto. No había ningún cuadro exhibido todavía y, teniendo en cuenta la edad del cliente, Carlemany prejuzgó que le traería problemas. Le dijo que no podía pintarlo antes de que estuviese seguro de que quedaría contento con la pintura. El viejo replicó que semejante garantía era imposible de obtener.

–Es requisito de estar contento con el resultado que haya un resultado, es decir, una obra terminada de la cual pueda predicar mi agrado.

Carlemany solo quería decir que no lo pintaría hasta que terminase de montar el puesto, pero la respuesta poco convencional que recibió le hizo pensar que tal vez se había precipitado al prejuzgar al viejo, y como sus primeras impresiones sobre una persona casi siempre eran acertadas, capturar su esencia bien podría ser un desafío interesante.

-Tome asiento, por favor.

Lo miró fijo durante unos segundos. Sus ojos se enfocaron en los mofletes del viejo. De pronto la expresión de su mirada cambió ligeramente. Ahora sí había vislumbrado la esencia de aquel hombre. Solo restaba capturarla en el lienzo. Tomó rápidamente una tela bastante sucia, la extendió sobre el suelo y comenzó a pintar frenéticamente aprovechando las manchas ya existentes para realizar sus trazos. Al cabo de dos minutos la obra estaba terminada. El viejo al verla quedó paralizado.

–¡Soy yo!–, exclamó con tristeza. La pintura consistía en una serie de líneas y manchas ininteligibles. De solo mirar la obra no podría decirse si se trataba de un mamarracho pintado por un niño de 3 años o si había algo de genialidad allí. El viejo de pronto le preguntó si podía agregarle un sombrero y una corbata al retrato. Carlemany se negó rotundamente. El retrato ya estaba hecho y no podía ser modificado hasta tanto no cambiase la esencia del objeto retratado. El viejo ofreció más dinero a Carlemany, pero su respuesta siguió siendo negativa. Entonces pidió a Abelardo que aguardase un momento. Se levantó del taburete y entró en una tienda de ropa. Compró un sobrero y una corbata y regresó al puesto de Carlemany, que en ese momento estaba colgando un retrato de Gina Lollobrígida.

–Aquí estoy–, dijo el viejo. Carlemany se alegró al verlo nuevamente.

–Me debe 8 euros.

–No, la pintura aún no está terminada, debe agregarme el sombrero y la corbata.

–Mire buen hombre, cobro sólo 8 euros por mi trabajo y exijo una única cosa: libertad artística. No quiero retratar a la gente como no es. No quiero hacer bonito a quien es feo, ni hacer feo a quien es hermoso. No quiero hacer honestos a los ladrones, ni reaccionarios a los de izquierda. ¿Me entiende? Usted no puede pedirme que lo retrate con sombrero y corbata si el sombrero y la corbata no son parte de su esencia.

–¿De qué esencia me habla? ¡Un pintor debe pintar lo que ve! ¿Ve usted mi sombrero y mi corbata? ¡Pues entonces píntelos!

–¿Debo pintar lo que veo? ¿Todo lo que veo o sólo una parte? ¿Es posible pintar en un solo lienzo todo lo que el artista ve? ¿Podría usted describirme exactamente lo que debo pintar? ¿Le alcanzaría una vida para realizar una descripción tan perfecta? Creo que no. Bien, del mismo modo, tampoco puedo pintar todo lo que veo. Pinto una parte. Ese es mi derecho como artista: ¡seleccionar aquella parte que deseo pintar! Pinto aquello que creo que vale la pena. No me pida que ceda en esta cuestión.

–¿Tiene algo en contra de los sombreros y las corbatas?

–¡Por supuesto que no!

–Entonces, ¿por qué se niega a pintarlos?

–No me niego a pintar sombreros y corbatas; me niego a pintarlo a usted con sombrero y corbata. ¿A quién se le ocurre?

–¡Entonces tiene algo en mi contra!

–No, buen hombre, ¿cómo podría yo tener algo en su contra si ni siquiera lo conozco? Le estoy explicando que mi libertad artística me impide pintarlo como usted quiere que lo pinte.

–Pero si no me conoce ¿cómo sabe que los sombreros y las corbatas no son parte de mi esencia?

–He visto su esencia, no lo conozco a usted en su totalidad. Ni usted mismo se conoce totalmente; pero el caso es que en su esencia no veo sombreros y corbatas.

–Lo que usted me dice no tiene sentido. ¿Quién tiene en su esencia sombreros y corbatas?

–Bueno, eso depende de cada persona. Algún abogado, por ejemplo, podría ser en esencia una corbata.

–Amigo, cada vez le entiendo menos. ¿Un abogado podría ser una corbata? Le estoy hablando de un lazo que se enrosca en el cuello para lucir más elegante… ¿cómo eso podría ser parte de la esencia de alguien?

–Podría ser… ¿quiere olvidarse de todo el asunto? Olvidemos que usted se sentó en mi taburete y que yo lo pinté y que usted me debe 8 euros. Olvidemos todo eso y así usted podrá seguir su camino y yo podré seguir aquí en mi puesto, haciendo lo que me gusta hacer. ¿Está de acuerdo?

–¡No! ¡Quiero mi retrato!

–Bien, entonces deberá pagarme 8 euros.

–Se los pagaré con gusto cuando agregue un sombrero y una corbata en el retrato.

–No puedo hacer eso.

–Sí que puede. Tome la brocha y dé un par de pinceladas más. Es así de sencillo.

–¿Quiere agregarlas usted? Compre la pintura tal como está y pinte usted el sombrero y la corbata por encima.

–Yo no soy el artista.

–Yo no soy un comerciante en lo que se refiere a mi libertad artística. Usted me está pidiendo que le venda algo que no tengo a la venta.

–¿No vende líneas sobre un lienzo?

–No. Vendo retratos de esencias. Nada más. No vendo paisajes, no vendo caricaturas, sólo esencias. Usted me está pidiendo que retrate algo que no veo.

–¿Pero no me ve con sombrero y corbata?

–Yo no retrato la apariencia exterior sino la esencia interior. Retrato lo que la mayoría de las personas no puede ver. Si desea un retrato con sombrero y corbata está en el puesto equivocado. Le aconsejo que siga caminando por la rambla y encontrará algún mercenario dispuesto a pintar su esencia como usted quiera que la pinten.

–A ver… ¿usted pinta esencias?

–Eso es lo que dije.

–¿Cómo sabe que la esencia es como usted la ve? ¿Cómo sabe que eso que llamamos color rojo usted y yo lo vemos del mismo color? Podría ser perfectamente factible que usted llamase rojo a lo que yo veo verde pero al igual que usted también llamo rojo. Podríamos pasar toda nuestra vida sin nunca darnos cuenta de que el mismo objeto lo vemos cada uno de una forma distinta. Entiendo que un problema similar tenemos nosotros. Yo veo mi esencia con sombrero y corbata. Usted la ve sin sombrero y sin corbata. ¿Cómo sabe que mi esencia es como usted la ve y no como yo la veo? ¿Por qué no pinta simplemente mi esencia desde mi punto de vista?

–Lleva usted razón en que no podemos estar seguros de que su esencia es como yo la veo y no como usted la ve. De todas maneras, yo pinto lo que yo veo. ¿Cómo puedo pintar lo que otros ven si no lo veo yo mismo?

–Por medio de descripciones de otros. Yo le digo que veo mi esencia con sombrero y corbata. Ahora puede usted pintar lo que yo le digo que veo.

–Se equivoca usted. A lo sumo estaría pintando lo que yo me represento que usted ve; nunca lo que usted ve.

–No creo que esta discusión nos esté llevando a alguna parte…

–Yo tampoco.

–Sobre todo porque usted es un poco terco. Si usted cree que es imposible que estemos seguros de que la esencia es como usted la ve y no como yo la veo, tenemos aun un problema más grave. ¿Cómo sabe usted que yo veo lo que usted pinta del mismo modo en que usted lo ve? Si no podemos estar seguros tampoco de esto, ¿por qué se niega a pintar el sombrero y la corbata? Al negarse, usted parece querer preservar una fidelidad con la esencia. Pero esta fidelidad de todos modos no puede ser garantizada dada la imposibilidad de afirmar que nuestras percepciones sobre el mundo son coincidentes… Creo que usted es un charlatán a fin de cuentas…

A esa altura de la discusión, gran cantidad de público rodeaba a Carlemany y el viejo. Todos escuchaban con atención lo que uno decía al otro. Carlemany, con aspecto derrotado, giro lentamente sobre sus pies, miró a las personas que provocaban el murmullo, se agachó y tomó un pincel que nunca había usado en ningún cuadro. Era un pincel muy fino y nuevo. Preparó unas mezclas de negro y de gris y se dispuso con ostensible indecisión a pintar el sombrero y la corbata sobre el retrato del viejo. A diferencia del resto de la pintura, el sombrero estaba perfectamente dibujado, respetaba proporciones, forma, tonalidades y sombras. Lo mismo la corbata. Algo no encajaba en el cuadro, pero el viejo quedó satisfecho con la enmienda de Carlemany. Pagó los 8 euros, tomó el cuadro y se retiró.

Una vez que el viejo se había ido, Carlemany se sentó en su silla a esperar que viniese otro cliente. Un niño que había observado todo el problema se acercó a Aberlado y le preguntó por qué lo había hecho. ¿Por qué había cedido en sus principios? ¿Por qué había aceptado la imposición del viejo? Carlemany le respondió que no había cedido en lo más mínimo. Había dibujado la esencia del viejo tal como él la veía: como alguien que desea ser lo que no es y por eso llevaba sombrero y corbata.



Diego M. Papayannis

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