jueves, 9 de febrero de 2012

EL MAESTRO ANÓNIMO

La abadía de San Gervasio era uno de los más preclaros e ilustres Monasterios de Monjes Benedictinos. Colgada como un nido de aguiluchos en lo alto de una peña, entre un bosquecillo de castaños; parecía que se había encaramado allí para hablar sin testigos con el Señor y preguntarle los secretos de todas las cosas humanas y divinas.
Efectivamente, la sapientísima curiosidad  de aquellos santos monjes todo lo hurgaba y revolvía. A todas horas, en la enorme biblioteca ancha y silenciosa, se oía, como un zumbido de insectos, el rasguear de las  plumas de ave sobre los folios de papel.
Fray Prudencio escribía un grueso “Tratado sobre la esfera armilar” y unas “Tablas del saber de la Astronomía”. Fray Clemente redactaba en alejandrinos un poema sobre la rendición de Troya. Fray Mauro  glosaba los aforismos de Hipócrates. Fray Bernabé, finalmente, pintaba cartas cosmográficas donde el mundo que él conocía, que era, a su juicio, todo lo existente, era como una isla llena de arbolitos, ríos y montañas en el límite donde sus conocimientos terminaban.  Fray Bernabé pintaba un mar encrespado lleno de dragones y vestiglos y escribía, como pequeño desahogo de su impotente ignorancia, tremebundos letreros: “Mare tenebrosus, Finis terras. . .”
Y fray Simplicio, el hermanito lego, cuando pasaba en sus idas y venidas por la puerta de la biblioteca, lanzaba hacia ella tristes miradas envidiosas. Él, que de simple pastor de cabras había pasado a hermano lego, admiraba con arrobo a aquellos graves superiores que conocían, a su juicio,  todos los secretos del mundo. Su admiración por los gruesos infolios
de pergamino que se alineaban en la alta estantería era plena, absoluta, sin distingos.  Nadie admira tanto los libros como el que no sabe leer.
Algunas veces, durante las horas de rezo, hacía una escapada para revolver, a escondidas, los papeles que había sobre las mesas de la biblioteca. Y al ver, él que no conocía más mundo que la huerta y el bosque de castaños, los mapas de Fray Bernabé, los ojos se le llenaban de lágrimas de envidia porque, el pobre, no comprendía que todo era cuestión de poner el “Finis terrea” un poco más acá o un poco más allá.

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Y ocurrió que, como Fray Simplicio pedía diariamente a la Virgen Nuestra Señora que le concediera una partecita de sus dones inefables, la Virgen debió oírle. Y ésto unido a su gran paciencia y habilidad, hizo que, de la noche a la mañana, se descubrió en el hermano lego una rara habilidad para el arte de la miniatura. Fray Simplicio, en sus ratos libres, año tras año, se había entretenido en miniar. Un día enseñó uno de esos dibujos a los monjes y éstos, un poco por caridad y otro poco porque Fray Simplicio no molestaba, le admitieron en la biblioteca para que se ocupara,  con gran regocijo de su alma, en miniar y poner orlas a los trabajos que los monjes componían. Su arte era primitivo, pero admirable. Como era sencillo amaba la naturaleza que era su único modelo  y sus orlas solían consistir en animalitos, flores y frutas pintados con tal candidez y minuciosidad que parecían concebidos por un niño.
Sin embargo, Fray Simplicio, no estaba contento. Sus pinturas no alcanzaban nunca los vagos ideales que su alma encerraba. Cuando alguna vez  se aventuraba a pintar en sus orlas el rostro de la Virgen Nuestra Señora, Fray Simplicio se arrobaba hasta el punto de no oír la campana  que tocaba a colación. Sus pinceladas entonces parecían caricias y el rostro de la Virgen , ovalado y pequeño, como un piñón, surgía entre un halo de oro suave y luminoso en el cual la pintura se mezclaba con las lágrimas del lego.
Los sabios monjes no daban, sin embargo, mucha importancia al arte primitivo del artista espontáneo y al entregarle sus infolios para que los miniase, lo único que acostumbraban a encargarle era que no manchase el texto con sus pinturas. De este modo, Fray Simplicio, humilde y obediente, iba encerrando la apelmazada prosa latina de los sabios monjes, entre guirnaldas de flores y de frutas donde revoloteaban pájaros de colores y ángeles que tocaban liras de oro. . .

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Al fin los siglos pasaron y una pátina gris y monótona cayó por igual sobre los tratados de los sabios monjes y las miniaturas de Fray Simplicio . El viejo monasterio fue convertido en edificio público y la biblioteca invadida por una legión de bibliotecarios con gafas y títulos académicos.
En seguida catalogaron todo y los venerables códigos de los viejos sabios, después de recibir en sus lomos, como una lápida funeraria, una etiqueta numerada, empezaron a dormir el sueño de la muerte en los nichos de la biblioteca.
No obstante, algunos se  salvaron de aquel sueño fatal. Precisamente los que había miniado el humilde Fray Simplicio. Los bibliotecarios declararon solemnemente que el arte primitivo de aquellas miniaturas era admirable y los libros abiertos fueron colocados triunfalmente en una vitrina en el centro de la biblioteca.
Era como una reivindicación anónima y tardía del buen lego. Nadie entraba ya en la biblioteca a consultar los trabajos astronómicos de Fray Prudencio, porque la astronomía había progresado mucho, había ensanchado ampliamente sus incógnitas. El poema de Fray Clemente  no había tiempo para descifrarlo y leerlo. Los aforismos  médicos de Fray Mauro habían sido sustituidos por fórmulas nuevas. En cuanto a los mapas de Fray Bernabé era ya un mero recuerdo. Sus mares se habían convertido en continentes y sus dragones y vestiglos en hombres. Todo había pasado. Lo único que quedaba igual y eterno eran los pájaros y las flores que Fray Simplicio había pintado en los márgenes.
Aumentaron la fama del viejo artista los ensayos inútiles que hicieron mil sabios bibliófilos  por imitar o descubrir la receta de aquel oro líquido y esfumado que nimbaba  las frentes de las vírgenes. Fue un problema que preocupó mucho a los técnicos. Se escribieron tesis. Se habló del modo de majar los panes de oro. Se discutió la manera de preparar la goma arábiga. Pero todos los ensayos fracasaron porque la goma y el oro no fueron mezclados con  lágrimas, como antaño los mezcló Fray Simplicio.
Se hizo también mucho por averiguar el nombre del incógnito autor de aquellas joyas. Pero las crónicas de la Orden que hablaban  de los trabajos de Fray Prudencio, Fray Clemente, Fray Bernabé y Fray Mauro,  nada decían del hermanito lego.
Entonces, como suele hacerse en estos casos, se le dio un nombre genérico y fue conocido entre los inteligentes del arte, por “el maestro anónimo de San Gervasio”.
Así se le llamó con letras grandes en una lápida que colocaron en memoria suya sobre la puerta de la biblioteca.
Y, de este modo, la gloria de Fray Simplicio fue anónima y humilde como había sido su vida.



                                                                 Maruja Collados



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