jueves, 18 de octubre de 2012

NO ES ABRIL EL MES MÁS CRUEL

Estamos preparando ya una nueva novela. 

El proceso es lento, y pasan muchas cosas durante esos meses. Ya tenemos ilustradores y están trabajando con el texto. Es una nouvelle de Olga Bernad. No quiero decir nada aún de su contenido, de los seres que la  habitan. Ya vuelan los correos entre el autor, el editor, la diseñadora, los ilustradores. Han comenzado esos meses en los que se fabrica un libro.

Haremos más cosas este año que comienza (los años comienzan después del verano. Enero, para mí, sólo es el mes más cruel): una presentación de la editorial en Madrid, una fiesta musical y literaria y la planificación de un libro de cuentos.

Pronto anunciaremos el tema para ese libro, el de cuentos. Se editará en nuestra colección Opera Prima, porque al lado de narradores más que conocidos, daremos la alternativa a dos o tres escritores noveles. 

Octubre es el mes más bello. No estoy de acuerdo en casi nada con Eliot.

lunes, 21 de mayo de 2012

FEDERICO


Compramos a Federico la Navidad de 1998. Cuando llegamos a la tienda le dijimos a aquel señor que queríamos un periquito. Había una jaula enorme con muchos dentro. Yo le pedí que fuera joven y azul. Aquel señor metió su enorme mano en la jaula provocando una gran desbandada de pájaros, y atrapó uno.  Era Federico.
Como mi abuelo había sido criador de canarios pensábamos que aún quedaría alguna jaula en casa. Buscamos en el desván y encontramos una pequeña que pintamos de purpurina, para regalarle a mi hermana el pájaro en una jaula de oro.
Federico aprendió a hablar. Si es verdad que los periquitos sólo hablan cuando son felices él lo era mucho. Acudía al dedo de mi hermana con un vuelo lleno de aleteos y se quedaba mirándola erguido, como un señor elegante de alguna edad.
Le gustaba jugar, pero sólo con mi hermana, aunque no le importaba posarse en las cabezas familiares, o comer en los platos de la gente de confianza.
Fueron trece o catorce años. Cómo ha pasado el tiempo. Yo ya no soy aquella persona que entró en la tienda donde él volaba con sus hermanos. "Me gustaría uno que fuera joven y azul". Y fue Federico.
Le he pedido a mi hermana el poema que me envió pocos días después de que Federico muriese.
 
 
En la jaula vacía habita la tristeza
una tristeza azul
como un leve vuelo que no volverá nunca

Y ahora en la extensión  marrón de tus ojos
se va posando la nieve
viene caminando desde lejos
para invadir el territorio de tu mirada asombrada

Sé que debo observar cómo se acerca
sé que debo quedarme acariciando
tu desconcierto infantil
tu no saber nada más allá de la ternura

La herida aún duerme
pero ya late en mi pecho

                María Pérez Collados

domingo, 15 de abril de 2012

EL PRIMER CAPÍTULO DE NUESTRA NUEVA NOVELA

Esta semana sale a la venta en formato de papel la novela Campodelagua, del mítico escritor castellano Avelino Hernández. En la Tienda de la web de nuestra editorial (edicionesnuevosrumbos.com), puedes comprar la novela tanto en formato de papel como en Ebook. 
Nuestra edición parte de un prólogo de Cristina Cerezales, y cuenta con ilustraciones memorables de Quinita Fogué. Dado que el autor no quiso nunca hacer la reedición de esta novela, sino que compuso, a partir de ella, otra más amplia, Los hijos de Jonás, hemos considerado conveniente aportar con nuestra edición de Campodelagua los fragmentos de  Los hijos de Jonás que están relacionados con esta primera novela, así como un estudio de concordancias entre ambos textos.
Campodelagua es esa piedra en bruto, poco pulida, salvaje, que tiene la belleza que no alcanzará a poseer jamás el diamante más trabajado. Por eso hemos querido ponerla a disposición de los lectores.
Os transcribimos el primer capítulo del libro. Como mejor ejemplo de lo que os digo.



PRIMER MOVIMIENTO
SECUENCIA PRIMERA

“De los siete hermanos, hijos de Jonás, el viejo molinero, María de las Cerezas era la menor. Y la única hembra.
Mató a su madre al nacer, se decía de ella en El Campo del Agua porque vino a la vida de una mujer que murió pariéndola.
Ahora tiene trece años. Y esta tarde, que es primavera, está subiendo la senda de llegar al pueblo para traer al Molino el cántaro diario con la leche.
Lleva trenzas morenas sobre el vestido rosa y calcetines blancos. Y al pasar levanta mariposas azules de entre la yerba nueva del borde del sendero; porque va recogiendo los pimpollos grana de la flor del ababol.
En el Camino Real, ya cerca del pueblo, hay un calvario de granito, Dicen que un día el rayo rompió la cruz del mal ladrón; hace ya mucho tiempo. Y nadie la reconstruyó. Sobre el montón confuso de sus despojos crecen los cardos y el jaramago.
María de las Cerezas sabe que un lagarto tiene su cueva en aquellos escombros. A esta hora de la tarde cayendo, está cada día sobre las piedras rotas tomando el sol.
Cuando se ven, el reptil se remueve y la muchacha amengua el paso; un instante se observan, quietos los dos. Y María lo espanta luego con una vara verde de asfódelo que cogió por la senda.
Pero el lagarto, que se ha guarecido en la rendija, se revuelve; surge de nuevo en la boca de la grieta aceleradamente; otea, husmea el aire y, sibilante, en un zigzag vertiginoso, se agarra con los dientes a la punta de la vara, que se comba.
La muchacha se azara. Suelta, nerviosa, el palo y le cae en los pies. El saurio se ha prendido a su calcetín blanco.
María patea contra el suelo descompuesta intentando arrancárselo. Crispada, quiere gritar… y el grito se le quiebra de terror, porque el reptil le está trepando precipitadamente por el muslo hasta el sexo en el vientre.
·
Tardó en calmarse María llorando sin consuelo sobre la mesa antigua de nogal. El viejo Jonás, en el silencio, le acariciaba el pelo.
-Ha sido el lagarto, padre… Me olió. ¡Se me subía!
-¿El lagarto de la cruz?
-Sí. ¡Se me subía!
Jonás, el viejo molinero, delicadamente, puso los dedos rugosos de su mano grande en el mentón adolescente de la muchacha; levantó su cara transparente de lágrimas para mirarla con ternura y orgullo; y dijo lenta, como ritualmente:
-María de las Cerezas, ¡ya eres mujer!
·
En la mañana siguiente, los hermanos de María mataron el lagarto. Y trajeron el cántaro que quedara abandonado.
Una hermana de su madre inició a la muchacha en el asombro de la menstruación que padecía.
Pero todas las gentes en El Campo del Agua y en la Sierra y en el Pico supieron que a María de las Cerezas, la hija menor de Jonás el viejo molinero, y la única hembra, le había salido el lagarto en el camino cuando tuvo la primera regla.”

lunes, 19 de marzo de 2012

EL PINTOR DE ESENCIAS

Abelardo Carlemany es un gran artista con la brocha gorda. Se gana la vida haciendo retratos en la rambla del casco antiguo de Girona. Se ubica todos los sábados y domingos frente al Arts café y trabaja incansablemente hasta el anochecer. Es capaz de pintar un rostro en menos de 40 segundos. El cliente rara vez se ve reconocido en el lienzo, y ello es porque Carlemany captura los rasgos no visibles de las personas. Nunca nadie se negó a pagar por un retrato, pese a que objetivamente podrían ser vistos como una mala broma. Por supuesto, una vez contextualizado el asunto, lo extraño sería que alguien se sorprenda por el resultado de la obra. Carlemany tiene en exhibición una serie de retratos de famosos. El único indicio de que el retrato de la izquierda es de Marlon Brando y el de la derecha de James Dean, es el letrero que está adherido a la base de cada cuadro. Allí se leen sus nombres prolijamente escritos.

Un solo altercado se recuerda en la rambla entre Carlemany y un cliente. Un hombre de unos setenta años se sentó en el taburete de Abelardo antes de que él pudiese montar su puesto. No había ningún cuadro exhibido todavía y, teniendo en cuenta la edad del cliente, Carlemany prejuzgó que le traería problemas. Le dijo que no podía pintarlo antes de que estuviese seguro de que quedaría contento con la pintura. El viejo replicó que semejante garantía era imposible de obtener.

–Es requisito de estar contento con el resultado que haya un resultado, es decir, una obra terminada de la cual pueda predicar mi agrado.

Carlemany solo quería decir que no lo pintaría hasta que terminase de montar el puesto, pero la respuesta poco convencional que recibió le hizo pensar que tal vez se había precipitado al prejuzgar al viejo, y como sus primeras impresiones sobre una persona casi siempre eran acertadas, capturar su esencia bien podría ser un desafío interesante.

-Tome asiento, por favor.

Lo miró fijo durante unos segundos. Sus ojos se enfocaron en los mofletes del viejo. De pronto la expresión de su mirada cambió ligeramente. Ahora sí había vislumbrado la esencia de aquel hombre. Solo restaba capturarla en el lienzo. Tomó rápidamente una tela bastante sucia, la extendió sobre el suelo y comenzó a pintar frenéticamente aprovechando las manchas ya existentes para realizar sus trazos. Al cabo de dos minutos la obra estaba terminada. El viejo al verla quedó paralizado.

–¡Soy yo!–, exclamó con tristeza. La pintura consistía en una serie de líneas y manchas ininteligibles. De solo mirar la obra no podría decirse si se trataba de un mamarracho pintado por un niño de 3 años o si había algo de genialidad allí. El viejo de pronto le preguntó si podía agregarle un sombrero y una corbata al retrato. Carlemany se negó rotundamente. El retrato ya estaba hecho y no podía ser modificado hasta tanto no cambiase la esencia del objeto retratado. El viejo ofreció más dinero a Carlemany, pero su respuesta siguió siendo negativa. Entonces pidió a Abelardo que aguardase un momento. Se levantó del taburete y entró en una tienda de ropa. Compró un sobrero y una corbata y regresó al puesto de Carlemany, que en ese momento estaba colgando un retrato de Gina Lollobrígida.

–Aquí estoy–, dijo el viejo. Carlemany se alegró al verlo nuevamente.

–Me debe 8 euros.

–No, la pintura aún no está terminada, debe agregarme el sombrero y la corbata.

–Mire buen hombre, cobro sólo 8 euros por mi trabajo y exijo una única cosa: libertad artística. No quiero retratar a la gente como no es. No quiero hacer bonito a quien es feo, ni hacer feo a quien es hermoso. No quiero hacer honestos a los ladrones, ni reaccionarios a los de izquierda. ¿Me entiende? Usted no puede pedirme que lo retrate con sombrero y corbata si el sombrero y la corbata no son parte de su esencia.

–¿De qué esencia me habla? ¡Un pintor debe pintar lo que ve! ¿Ve usted mi sombrero y mi corbata? ¡Pues entonces píntelos!

–¿Debo pintar lo que veo? ¿Todo lo que veo o sólo una parte? ¿Es posible pintar en un solo lienzo todo lo que el artista ve? ¿Podría usted describirme exactamente lo que debo pintar? ¿Le alcanzaría una vida para realizar una descripción tan perfecta? Creo que no. Bien, del mismo modo, tampoco puedo pintar todo lo que veo. Pinto una parte. Ese es mi derecho como artista: ¡seleccionar aquella parte que deseo pintar! Pinto aquello que creo que vale la pena. No me pida que ceda en esta cuestión.

–¿Tiene algo en contra de los sombreros y las corbatas?

–¡Por supuesto que no!

–Entonces, ¿por qué se niega a pintarlos?

–No me niego a pintar sombreros y corbatas; me niego a pintarlo a usted con sombrero y corbata. ¿A quién se le ocurre?

–¡Entonces tiene algo en mi contra!

–No, buen hombre, ¿cómo podría yo tener algo en su contra si ni siquiera lo conozco? Le estoy explicando que mi libertad artística me impide pintarlo como usted quiere que lo pinte.

–Pero si no me conoce ¿cómo sabe que los sombreros y las corbatas no son parte de mi esencia?

–He visto su esencia, no lo conozco a usted en su totalidad. Ni usted mismo se conoce totalmente; pero el caso es que en su esencia no veo sombreros y corbatas.

–Lo que usted me dice no tiene sentido. ¿Quién tiene en su esencia sombreros y corbatas?

–Bueno, eso depende de cada persona. Algún abogado, por ejemplo, podría ser en esencia una corbata.

–Amigo, cada vez le entiendo menos. ¿Un abogado podría ser una corbata? Le estoy hablando de un lazo que se enrosca en el cuello para lucir más elegante… ¿cómo eso podría ser parte de la esencia de alguien?

–Podría ser… ¿quiere olvidarse de todo el asunto? Olvidemos que usted se sentó en mi taburete y que yo lo pinté y que usted me debe 8 euros. Olvidemos todo eso y así usted podrá seguir su camino y yo podré seguir aquí en mi puesto, haciendo lo que me gusta hacer. ¿Está de acuerdo?

–¡No! ¡Quiero mi retrato!

–Bien, entonces deberá pagarme 8 euros.

–Se los pagaré con gusto cuando agregue un sombrero y una corbata en el retrato.

–No puedo hacer eso.

–Sí que puede. Tome la brocha y dé un par de pinceladas más. Es así de sencillo.

–¿Quiere agregarlas usted? Compre la pintura tal como está y pinte usted el sombrero y la corbata por encima.

–Yo no soy el artista.

–Yo no soy un comerciante en lo que se refiere a mi libertad artística. Usted me está pidiendo que le venda algo que no tengo a la venta.

–¿No vende líneas sobre un lienzo?

–No. Vendo retratos de esencias. Nada más. No vendo paisajes, no vendo caricaturas, sólo esencias. Usted me está pidiendo que retrate algo que no veo.

–¿Pero no me ve con sombrero y corbata?

–Yo no retrato la apariencia exterior sino la esencia interior. Retrato lo que la mayoría de las personas no puede ver. Si desea un retrato con sombrero y corbata está en el puesto equivocado. Le aconsejo que siga caminando por la rambla y encontrará algún mercenario dispuesto a pintar su esencia como usted quiera que la pinten.

–A ver… ¿usted pinta esencias?

–Eso es lo que dije.

–¿Cómo sabe que la esencia es como usted la ve? ¿Cómo sabe que eso que llamamos color rojo usted y yo lo vemos del mismo color? Podría ser perfectamente factible que usted llamase rojo a lo que yo veo verde pero al igual que usted también llamo rojo. Podríamos pasar toda nuestra vida sin nunca darnos cuenta de que el mismo objeto lo vemos cada uno de una forma distinta. Entiendo que un problema similar tenemos nosotros. Yo veo mi esencia con sombrero y corbata. Usted la ve sin sombrero y sin corbata. ¿Cómo sabe que mi esencia es como usted la ve y no como yo la veo? ¿Por qué no pinta simplemente mi esencia desde mi punto de vista?

–Lleva usted razón en que no podemos estar seguros de que su esencia es como yo la veo y no como usted la ve. De todas maneras, yo pinto lo que yo veo. ¿Cómo puedo pintar lo que otros ven si no lo veo yo mismo?

–Por medio de descripciones de otros. Yo le digo que veo mi esencia con sombrero y corbata. Ahora puede usted pintar lo que yo le digo que veo.

–Se equivoca usted. A lo sumo estaría pintando lo que yo me represento que usted ve; nunca lo que usted ve.

–No creo que esta discusión nos esté llevando a alguna parte…

–Yo tampoco.

–Sobre todo porque usted es un poco terco. Si usted cree que es imposible que estemos seguros de que la esencia es como usted la ve y no como yo la veo, tenemos aun un problema más grave. ¿Cómo sabe usted que yo veo lo que usted pinta del mismo modo en que usted lo ve? Si no podemos estar seguros tampoco de esto, ¿por qué se niega a pintar el sombrero y la corbata? Al negarse, usted parece querer preservar una fidelidad con la esencia. Pero esta fidelidad de todos modos no puede ser garantizada dada la imposibilidad de afirmar que nuestras percepciones sobre el mundo son coincidentes… Creo que usted es un charlatán a fin de cuentas…

A esa altura de la discusión, gran cantidad de público rodeaba a Carlemany y el viejo. Todos escuchaban con atención lo que uno decía al otro. Carlemany, con aspecto derrotado, giro lentamente sobre sus pies, miró a las personas que provocaban el murmullo, se agachó y tomó un pincel que nunca había usado en ningún cuadro. Era un pincel muy fino y nuevo. Preparó unas mezclas de negro y de gris y se dispuso con ostensible indecisión a pintar el sombrero y la corbata sobre el retrato del viejo. A diferencia del resto de la pintura, el sombrero estaba perfectamente dibujado, respetaba proporciones, forma, tonalidades y sombras. Lo mismo la corbata. Algo no encajaba en el cuadro, pero el viejo quedó satisfecho con la enmienda de Carlemany. Pagó los 8 euros, tomó el cuadro y se retiró.

Una vez que el viejo se había ido, Carlemany se sentó en su silla a esperar que viniese otro cliente. Un niño que había observado todo el problema se acercó a Aberlado y le preguntó por qué lo había hecho. ¿Por qué había cedido en sus principios? ¿Por qué había aceptado la imposición del viejo? Carlemany le respondió que no había cedido en lo más mínimo. Había dibujado la esencia del viejo tal como él la veía: como alguien que desea ser lo que no es y por eso llevaba sombrero y corbata.



Diego M. Papayannis

domingo, 19 de febrero de 2012

NUEVA NOVELA DE NUESTRA EDITORIAL

Mañana llegará a los distribuidores la última novela de nuestra editorial, pero no hace falta que corras a la librería, puedes obtenerla aquí, y sin gastos de envío.


SINOPSIS:

Un secreto nefando se oculta a finales del siglo XX en las interioridades de un convento del País Vasco.
Luis Murillo, fraile lego residente allí, descubre a través de la carta póstuma de su madre la identidad de su verdadero padre, un cura vasco fusilado durante la Guerra Civil por las tropas franquistas.
La acción de esta novela comienza en 1934, y concluye cuando faltan pocos meses para que tenga lugar una de las ceremonias de beatifica-ción masiva de mártires de la Guerra Civil, la celebrada en Roma el 11 de marzo de 2001, bajo el pontificado de Juan Pablo II.
LA COLECCIÓN
ediciones Nuevos Rumbos regresa a las librerías con el segundo título de su colección Fuera de Serie. En ella, tienen cabida ciertos autores que, a pesar de haber acumulado ya una importante trayectoria literaria, no han logrado aún la trascendencia que hubiera sido deseable.
EL AUTOR
Francisco Javier Aguirre (Logroño, 1945) comenzó a publicar en Madrid en 1977 (El Avispero, Sedmay), colaborando al mismo tiempo en revistas como ‘El Urogallo’, ‘Historia 16’ o ‘Cuadernos Hispanoamericanos’. Durante más de diez años interrumpió su producción literaria, entregado a tareas profesionales en Teruel, donde residió desde 1978. Tras su traslado a Zaragoza, en 1988, recuperó el empeño narrativo y desde entonces ha publicado una veintena de novelas y libros de relatos, participando también en varias obras colectivas. Colabora asiduamente en ‘Heraldo de Aragón’. Sus últimas novelas aparecieron en 2007 (Tirana Memoria, Unaluna), 2009 (La dama del Matarraña, March) y 2011 (Del Matarraña a New York, Certeza) ésta última al alimón con Angélica Morales.
LAS ILUSTRACIONES
Como siempre, nuestros libros se presentan ilustrados con el mayor de los cuidados. En esta ocasión, el ilustrador que ha puesto imágenes a las palabras del autor ha sido José Manuel Ubé.




jueves, 9 de febrero de 2012

EL MAESTRO ANÓNIMO

La abadía de San Gervasio era uno de los más preclaros e ilustres Monasterios de Monjes Benedictinos. Colgada como un nido de aguiluchos en lo alto de una peña, entre un bosquecillo de castaños; parecía que se había encaramado allí para hablar sin testigos con el Señor y preguntarle los secretos de todas las cosas humanas y divinas.
Efectivamente, la sapientísima curiosidad  de aquellos santos monjes todo lo hurgaba y revolvía. A todas horas, en la enorme biblioteca ancha y silenciosa, se oía, como un zumbido de insectos, el rasguear de las  plumas de ave sobre los folios de papel.
Fray Prudencio escribía un grueso “Tratado sobre la esfera armilar” y unas “Tablas del saber de la Astronomía”. Fray Clemente redactaba en alejandrinos un poema sobre la rendición de Troya. Fray Mauro  glosaba los aforismos de Hipócrates. Fray Bernabé, finalmente, pintaba cartas cosmográficas donde el mundo que él conocía, que era, a su juicio, todo lo existente, era como una isla llena de arbolitos, ríos y montañas en el límite donde sus conocimientos terminaban.  Fray Bernabé pintaba un mar encrespado lleno de dragones y vestiglos y escribía, como pequeño desahogo de su impotente ignorancia, tremebundos letreros: “Mare tenebrosus, Finis terras. . .”
Y fray Simplicio, el hermanito lego, cuando pasaba en sus idas y venidas por la puerta de la biblioteca, lanzaba hacia ella tristes miradas envidiosas. Él, que de simple pastor de cabras había pasado a hermano lego, admiraba con arrobo a aquellos graves superiores que conocían, a su juicio,  todos los secretos del mundo. Su admiración por los gruesos infolios
de pergamino que se alineaban en la alta estantería era plena, absoluta, sin distingos.  Nadie admira tanto los libros como el que no sabe leer.
Algunas veces, durante las horas de rezo, hacía una escapada para revolver, a escondidas, los papeles que había sobre las mesas de la biblioteca. Y al ver, él que no conocía más mundo que la huerta y el bosque de castaños, los mapas de Fray Bernabé, los ojos se le llenaban de lágrimas de envidia porque, el pobre, no comprendía que todo era cuestión de poner el “Finis terrea” un poco más acá o un poco más allá.

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Y ocurrió que, como Fray Simplicio pedía diariamente a la Virgen Nuestra Señora que le concediera una partecita de sus dones inefables, la Virgen debió oírle. Y ésto unido a su gran paciencia y habilidad, hizo que, de la noche a la mañana, se descubrió en el hermano lego una rara habilidad para el arte de la miniatura. Fray Simplicio, en sus ratos libres, año tras año, se había entretenido en miniar. Un día enseñó uno de esos dibujos a los monjes y éstos, un poco por caridad y otro poco porque Fray Simplicio no molestaba, le admitieron en la biblioteca para que se ocupara,  con gran regocijo de su alma, en miniar y poner orlas a los trabajos que los monjes componían. Su arte era primitivo, pero admirable. Como era sencillo amaba la naturaleza que era su único modelo  y sus orlas solían consistir en animalitos, flores y frutas pintados con tal candidez y minuciosidad que parecían concebidos por un niño.
Sin embargo, Fray Simplicio, no estaba contento. Sus pinturas no alcanzaban nunca los vagos ideales que su alma encerraba. Cuando alguna vez  se aventuraba a pintar en sus orlas el rostro de la Virgen Nuestra Señora, Fray Simplicio se arrobaba hasta el punto de no oír la campana  que tocaba a colación. Sus pinceladas entonces parecían caricias y el rostro de la Virgen , ovalado y pequeño, como un piñón, surgía entre un halo de oro suave y luminoso en el cual la pintura se mezclaba con las lágrimas del lego.
Los sabios monjes no daban, sin embargo, mucha importancia al arte primitivo del artista espontáneo y al entregarle sus infolios para que los miniase, lo único que acostumbraban a encargarle era que no manchase el texto con sus pinturas. De este modo, Fray Simplicio, humilde y obediente, iba encerrando la apelmazada prosa latina de los sabios monjes, entre guirnaldas de flores y de frutas donde revoloteaban pájaros de colores y ángeles que tocaban liras de oro. . .

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Al fin los siglos pasaron y una pátina gris y monótona cayó por igual sobre los tratados de los sabios monjes y las miniaturas de Fray Simplicio . El viejo monasterio fue convertido en edificio público y la biblioteca invadida por una legión de bibliotecarios con gafas y títulos académicos.
En seguida catalogaron todo y los venerables códigos de los viejos sabios, después de recibir en sus lomos, como una lápida funeraria, una etiqueta numerada, empezaron a dormir el sueño de la muerte en los nichos de la biblioteca.
No obstante, algunos se  salvaron de aquel sueño fatal. Precisamente los que había miniado el humilde Fray Simplicio. Los bibliotecarios declararon solemnemente que el arte primitivo de aquellas miniaturas era admirable y los libros abiertos fueron colocados triunfalmente en una vitrina en el centro de la biblioteca.
Era como una reivindicación anónima y tardía del buen lego. Nadie entraba ya en la biblioteca a consultar los trabajos astronómicos de Fray Prudencio, porque la astronomía había progresado mucho, había ensanchado ampliamente sus incógnitas. El poema de Fray Clemente  no había tiempo para descifrarlo y leerlo. Los aforismos  médicos de Fray Mauro habían sido sustituidos por fórmulas nuevas. En cuanto a los mapas de Fray Bernabé era ya un mero recuerdo. Sus mares se habían convertido en continentes y sus dragones y vestiglos en hombres. Todo había pasado. Lo único que quedaba igual y eterno eran los pájaros y las flores que Fray Simplicio había pintado en los márgenes.
Aumentaron la fama del viejo artista los ensayos inútiles que hicieron mil sabios bibliófilos  por imitar o descubrir la receta de aquel oro líquido y esfumado que nimbaba  las frentes de las vírgenes. Fue un problema que preocupó mucho a los técnicos. Se escribieron tesis. Se habló del modo de majar los panes de oro. Se discutió la manera de preparar la goma arábiga. Pero todos los ensayos fracasaron porque la goma y el oro no fueron mezclados con  lágrimas, como antaño los mezcló Fray Simplicio.
Se hizo también mucho por averiguar el nombre del incógnito autor de aquellas joyas. Pero las crónicas de la Orden que hablaban  de los trabajos de Fray Prudencio, Fray Clemente, Fray Bernabé y Fray Mauro,  nada decían del hermanito lego.
Entonces, como suele hacerse en estos casos, se le dio un nombre genérico y fue conocido entre los inteligentes del arte, por “el maestro anónimo de San Gervasio”.
Así se le llamó con letras grandes en una lápida que colocaron en memoria suya sobre la puerta de la biblioteca.
Y, de este modo, la gloria de Fray Simplicio fue anónima y humilde como había sido su vida.



                                                                 Maruja Collados



jueves, 26 de enero de 2012

DÍA DE CAZA

Había vuelto a suceder.

Cerró los ojos de inmediato y esperó cinco segundos antes de volverlos a abrir. Así les daba tiempo para irse lejos de sus pensamientos. Ambos aparecieron a su espalda, reflejados en el espejo del cuarto de baño mientras se estaba afeitando. Del susto, casi se pega un tajo. Al ver las gotitas de sangre saliendo de detrás de la oreja lo consigue entender al fin. Vienen buscando venganza…

Porque él sigue vivo y ellos no.

-¡Puta mala suerte! -desearía una y mil veces no haber salido tan temprano esa mañana ¡Ojalá se hubiera quedado dormido! Pero no fue así, aquél día no había despejado aún la niebla de la madrugada cuando ya estaba arrancando el coche camino de la sierra. Llevaba a los perros detrás, sabían que iban de caza, por eso ladraban nerviosos.

Quizá eso le distrajo… quizá.

Repite en su mente la escena, pero nunca consigue frenar a tiempo cuando se le viene el primer ciclista encima. Y de inmediato, el segundo. Allí perecen los dos. No es médico, pero no le hace falta un título para saber que ya no hay nada que hacer por ellos. Echa una mirada alrededor, todavía es muy temprano para el resto del mundo ¡Perfecto!

Los perros ladran al oír de nuevo el motor.

Pero hoy no cazarían.

                                                                Caridad Bernal
















miércoles, 18 de enero de 2012

PAPÁ

Recuerdo el objeto tan absurdo que era
su silla vacía.
Su silencio cargado
de cosas antiguas,
de polvo.
Recuerdo todo lo que nunca dijo
y una pequeña alegría
que dormía escondida
en el bolsillo derecho de su chaqueta.
Recuerdo sus ojos
de un marrón imposible
que condensaba todos los bosques,
bosques desbordados de hojas de otoño
detrás de los que habitaban pequeños animales
llenos de ternura
llenos de pasado
esos ojos que acariciaban de forma leve
el contorno de las cosas.
Recuerdo que paseaba con las manos en la espalda
y la vida desgastada
Recuerdo que era fácil.
Recuerdo que no quería que yo llorara.
Recuerdo que no le importaba
que yo no comprendiera la mayoría de las cosas.
Nunca volveré a ver una mirada como aquella
Nunca más una mirada será suficiente

                             María Pérez Collados