sábado, 31 de diciembre de 2011

JACKDA

Jackda golpeó a mi puerta insistentemente esa noche. Sabía que era él, aunque nunca lo había visto antes. Había escuchado su nombre alguna vez, pero nada más. Sabía, porque un colega me había contado, que era muy insistente, que no era posible detenerlo cuando se empeñaba en entrar. Algunas personas intentaron resistirse, pero Jackda siguió golpeando y golpeando, gritando sus nombres hasta que ellos cedieron. Todos ceden tarde o temprano. Jackda siempre cobraba las deudas, incluso recurriendo a la violencia cuando era absolutamente necesario. En una ocasión, llamó a la puerta de una vecina del edificio, una anciana deprimida, que había tomado pastillas para dormir. La anciana, con la garganta seca y voz débil, le rogó que regresase en otro momento; esa noche no estaba en condiciones de atenderlo. Todos intentan lo mismo, evitarlo un día más, y Jackda lo sabe. Comenzó a gritar su nombre y a exigir la deuda. La anciana no podía soportarlo. El tormento era demasiado intenso. Los gritos de Jackda retumbaban en su cabeza, le producían tal dolor que deseaba no haberlo conocido nunca; no haberse fiado nunca de él; no haber aceptado su amistad al conocerlo de joven. Caminó de un extremo al otro de la habitación hasta que finalmente se entregó a las sacudidas de Jack. Él la golpeó como nunca la había golpeado antes, hasta dejarla casi inconciente. Al día siguiente, mientras el sol se filtraba sutilmente por las persianas del ventanal del salón, el cuerpo de la anciana terminaba de enfriarse sobre la alfombra del pasillo que conducía al lavabo. Jackda había cobrado su deuda. De una forma u otra los deudores siempre pagaban; y yo supuse que no sería la excepción.
No tenía sentido enfrentarse a él, al menos no lo tenía estando solo. Pero cuando uno hace amigos como Jackda el resto de las personas tienden a desaparecer: familia, amigos, vecinos… todos parte del pasado. Nadie con espíritu altruista. Abrí la puerta y allí lo vi. Se quitó el sombrero y dio unos pasos dentro de mi casa. Sonrió levemente antes de quitarse el sobretodo negro que llevaba. Al agitar su ropa un dulce perfume invadió la habitación. El mismo perfume que todos los atormentados habían conocido. Ese perfume que los había cautivado. Le pedí que tomase asiento mientras preparaba algo de comer. Él no quería esperar. Quería ir directo al grano. Sabía que mi intención era hacerlo reposar un rato hasta que se relajase un poco; tal vez así podría diluir su furia. Todo era inútil. Él quería lo que vino a buscar. Satisfice su ira esa noche, renovando mi crédito a una tasa de interés todavía más alta. Sabía que llegaría un día en que no podría pagarle y que mi cuerpo terminaría enfriándose en una sucia alfombra, como el de la vecina del cuarto piso, o en una bañera. Sí, pensé que el mejor modo de partir sería en la bañera. La llenaría de agua con hielo, me metería dentro y esperaría morir. Lo haría para escapar de él. Mi vida no valía un céntimo desde que comencé a pensar que aquél era un buen hombre, que podría ayudarme en los momentos difíciles. Pero Jackda no es de los que hacen caridad. Es un hombre más peligroso de lo que parece. Algo tienen en común todos sus conocidos: terminan convirtiéndose en sus víctimas y todos acaban sintiéndose engañados. No era lo que decía ser. Los problemas no desaparecían con él. Al contrario, él se convertía en el mayor problema. Cómo hacer para resistir a sus encantos, para no terminar lamiendo el fondo del vaso… si lo supiese ahora estaría contando una historia diferente.
Qué pena... si tan solo pudiese admitirlo… Mi nombre es… Mi nombre es… Soy un…, no, no puedo.


Diego M. Papayannis.

Diego M. Papayannis es Doctor en Derecho, en la especialidad de Filosofía del Derecho. Es un escritor, lo sabía antes de comenzar a leerlo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

24 DE DICIEMBRE

Yo tengo entre los dedos la fecha, como una vieja fotografía del número y del mes. No sé qué hacer, Señor, con la fecha entre las manos. Si pudiera retroceder en la vida, buscar caminos nuevos sin recodos ni sorpresas..., si pudiera perder la voz y hallarla en la voz de algún niño... No sé qué hacer, Señor, con la alegría ajena, con los ojos brillantes de los hombres que pasan, con esa alborozada prisa de los jóvenes y hasta con ese rito de la cena en familia... .
Si pudiera sacar de esta envoltura física mis años infantiles, esos años sin nombre que jugaban a ser caballos, ríos, saltos... .
Quisiera caminar por estas señaladas horas igual que un hombre nuevo y limpio, pero no así, Señor, llevando entre la sangre confesada hambre tuya.
Yo me hundiré las uñas en el cuerpo, ahuecando mi piel para ofrecerte un portal no esperado; por todos los caminos de mis venas habrá un desfile de reyes y pastores; yo cerraré los ojos para ver en la sombra el resplandor solemne de la estrella; yo cerraré las bocas hambrientas de mi tacto para que lleguen puras al gozo de tocarte; yo inventaré el idioma de una sola palabra, "Dios", para hablar contigo... .
Mientras tanto, Señor, ¡qué angustia de piedra en esta fecha que aprieto entre los dedos, igual que en un naufragio!

                                                         Maruja Collados

jueves, 15 de diciembre de 2011

EN LOS OJOS DE TU PADRE

Para Manuel Vial. Él y yo sabemos por qué.


-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Lo dijo con bastante ira. Viendo la imagen desde fuera (cosa que puedo hacer desde mi posición de narrador omnisciente), la afirmación no dejaba de tener cierta credibilidad. Ella, la que afirmaba aquello, era joven, con esa belleza de los veinte años, el pelo con mechas de color azul, un piercing en la lengua, los ojos pintados con una raya morada y esa delgadez nerviosa de la adolescencia. Su imagen simbolizaba el valor de la juventud, la arrogancia del futuro cuando se tiene todo entero y por delante.

Sin embargo él, su padre, la verdad es que presentaba un aspecto más bien derrotado. A sus apenas cincuenta años la desmesura de su culo se había conjuntado con su enorme tripa para describir un círculo perfecto, que un pantalón de talla especial difícilmente lograba abarcar por encima del ombligo. Como no había cinturón capaz de tamaño recorrido, usaba tirantes.

Me centro en este rasgo de su aspecto físico porque lo considero esencial a la hora de transmitir la idiosincrasia de este hombre. Y es que con ese culo lo lógico sería hacerse los trajes a medida. Pero si a los cincuenta años sigues cobrando mil euros al mes de sueldo, eso ni se plantea. Y los trajes de talla estándar (sección de “tallas grandes” en los establecimientos comerciales), siempre le quedaban escasos, pequeños, justos (normal, con ese culo…); y cuando la ropa te tira por todas partes andas como si tuvieras una pulga recorriéndote el cuerpo, y te estiras, y te mueves y te sueltas el botón del pantalón cuando te sientas, y si luego se te olvida abrochártelo cuando te levantas (y se te olvida, porque con el botón desabrochado vas mejor, más suelto vaya), pues todavía tu imagen es más penosa, más triste, más (por qué no decirlo), derrotada.

Que él no fue siempre así es verdad. De hecho era un tipo bastante bien plantado, pero quince años de comer a diario un menú de fritangas a mil pesetas (ocho euros tras la integración en la moneda única), hacen estragos. Eso y aquel trabajo que hace veinte años consideró una ocupación ocasional y transitoria. Aquel trabajo mediocre de oficinista de taller mecánico, aquel cuchitril en lo alto de la nave al que se accedía por una escalera metálica. En casi todo taller ese puesto lo desempeña una chica joven, con la que se matan a pajas los mecánicos (lo digo yo, que soy narrador omnisciente).

-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Se llenó de ira. No contestó, no pudo hacerlo porque el golpe le había dolido, y le había dolido porque sabía que era verdad. Estaban en el salón de veinte metros cuadrados de su piso de setenta y cinco, y se retiró a su dormitorio suite de quince metros cuadrados con armario empotrado. Y quedaban todavía quince años de hipoteca. No había escapatoria. Y odió a su esposa, porque la niña se lo habría oído a ella, me habría llamado fracasado sabe Dios ante quién, estaría con su madre, o sabe Dios con quién. Sí, seguro. De la niña no sale eso por sí sólo. Se lo ha escuchado a alguien. Seguro.

Pero el odio a su esposa se fue disolviendo poco a poco, porque debía admitir que su hija había cambiado mucho. Ya jamás le daba un beso, jamás tenía con él una muestra de cariño, jamás le miraba con amor, jamás le hacía preguntas, nunca le consultaba nada, jamás. Es que jamás le hablaba, sólo hablaba con su madre, y tampoco es que con su madre hablara mucho, la verdad. Sí, sí, sí, había salido de ella, claro que sí, claro que sí, eso es lo que ella pensaba de él, de su padre.

En aquel pequeño dormitorio, sentado al borde de su cama de matrimonio y presidido por el consabido crucifijo que había sobre la cabecera del lecho, recorrió todos estos años en unos pocos minutos. Toda su vida había quedado marcada por el nacimiento de su hija. Con ella la libertad se terminó, la irresponsabilidad y las locuras pasaron a ser historia. Era su turno, le tocaba vivir a ella, no hubo más, más que ella. Y no se arrepentía, y no la culpaba. Hubiera debido hacerlo mejor en la vida, pero no pudo; no por su culpa, no, pero sí por su causa.

Hace catorce años tuvo su última oportunidad. Todavía tenía pelo (antes no he hablado de eso porque creía que con la referencia al culo era más que suficiente), y aún mantenía una figura razonablemente joven. Coño, tenía treinta y cinco años. ¡Y pensar que me sentía viejo! Qué imbécil. Fue en un autobús. Historias de esas que sólo pasan en el cine, pero que pasan, al menos una vez en la vida, sólo una. La miró, y la vio, y ella le miró y creo que lo vio también, sí, lo vio.

Nunca se había sentido más fuerte que durante aquellos meses, se creía capaz de cualquier cosa. Pero no lo fue, porque no pudo abandonarla, a ella, a su hija que entonces tenía cuatro años y que le esperaba todas las noches para tomarse el vaso de leche, y que si no le daba un beso no quería irse al colegio, y que le preguntaba a dónde iban los aviones del cielo, y que creía en él y le miraba con esos ojos que ya no están, que ya se han ido.

Supongo que ése es el puto fracaso, haberla perdido, a esa niña que corría alrededor del sofá del salón con una mirada de inocencia y aventura, a esa niña que se escondía detrás de las cortinas y que me llamaba, y que me quería a mí, a mí. Más que a nadie. Y ya se ha ido y, joder, qué vacía ha dejado mi vida, porque sin ella sí que es verdad que mi vida es un fracaso. Un puto fracaso.

Y de pronto, en esa cama de matrimonio que había sido la de sus padres, recordó una frasecita que siempre decía su madre. Era un verso de uno de esos poetas medio desconocidos que ella había leído de joven, un tal Conde de Foxá: “en los ojos de tu madre, serás niño hasta el final”. Ella repetía esa frase muchas veces; él nunca le había dado importancia a aquella ocurrencia pero ahora, de pronto, sintió a su madre como si estuviera a su lado, aconsejándole como hacía tantas veces en la infancia: “no estés triste Josecico, no has perdido nada, no se ha ido, si la sabes mirar volverás a ver aquellos ojos, los que te preguntaban a dónde iban los aviones del cielo. Créeme.”

Y se levantó sigiloso y salió del dormitorio a hurtadillas, y en la puerta del salón la vio, sí la vio. Allí estaba; ni siquiera ella lo sabía, porque se desconocía, pero él podía verla, y la miró. Era su hija, aquella niña. Estaba ahí.

Ella levantó la cabeza y se quedó un tanto sorprendida ante la visión de su padre, pantalón desabrochado, camisa por fuera, tirantes sueltos y una expresión en la cara como si hubiera visto un fantasma, o como si se hubiera metido algo, vaya.

-Te quiero, hija mía. Te quiero mucho.

Y cogió la puerta y se fue al parking a por el Renault, para no llegar tarde al taller. Y repetía una y otra vez que había merecido la pena, porque ahí estaba, sí, porque en sus ojos ella seguiría siendo niña hasta el final, hasta el final, había merecido la pena sí, claro que sí, por supuesto, claro que sí.

Lloraba, y eso le nublaba la vista. No veía nada, ni el color de las luces de los semáforos, ni siquiera la señal de stop que tenía delante.