viernes, 24 de junio de 2011

PASEAR EN BICICLETA

Vengo de leer El paseo en bicicleta, de Antón Castro, y ha sido como volver al pequeño pueblo de mi infancia, en Teruel, donde sería injusto decir que no tenía amigos, porque tenía mi bicicleta BH con la que, como Antón, viajaba por caminos de tierra, lindaba acequias, observaba los inmensos campos de maíz, y paraba a veces a descansar a la sombra de una enorme higuera.

El libro comienza y se nos lleva, y es como si me volviera a subir en aquella bicicleta que aún hoy descansa, vieja y como un símbolo, en el destartalado garaje de una antigua casa de campo.

Allá voy, como antaño
contento como el niño que fui


Es un viaje sin rumbo que persigue recuerdos, que descubre a un padre y a un hijo pescando en un río, o a una mujer a caballo, o el mar de los campos de maíz.


No sé si tengo rumbo fijo cuando salgo a la carretera
No sé muy bien que busco, ni por qué pedaleo: me dejo
ir por aquí y por allá (…)
Y a la vez regreso a los lugares de la memoria, a una edad
incierta en la que yo me sentía un niño de aldea


Algunas veces, muy pocas, cuando leemos un libro nos parece que hubiéramos podido escribirlo nosotros. Y aún más, nos parece que deberíamos haberlo escrito nosotros. O incluso más, nos parece que lo hemos escrito nosotros. Cuando leemos algo así (lo dice en alguna parte Tobias Wolf), podemos estar seguros de que estamos ante una obra de arte.


Y es que, de pronto, me veo contemplando el reflejo del maíz en las acequias, niño perdido en la soledad del maizal, detenida mi bicicleta en un monte y divisando, a lo lejos, la pugna entre los cereales y el cielo.


El que escribe es el niño que viaja agarrado a su padre en la bicicleta en la que llevan fruta al Mercado Central. Su padre adusto, metódico. Me conmovía su obstinación de agricultor en paz.


Ese niño que entonces miraba a su padre, y que se mirará sin duda hoy, pensando en que son ahora otros ojos de infancia los que lo contemplan con esa desarbolada inocencia, en él perdida.


A veces se giraba para verme. “Agárrate fuerte”, decía.
En aquella mirada me pareció adivinar ternura y miedo,
y creí entender algo de su extraña forma de vida.


No sé si lo que el niño que fuimos no comprende de su padre, es que es un perdedor (porque todos lo somos), que ese hombre al que teme y admira ha fracasado. Y es que el niño no puede entender que ese gigante al que mira desde su corta estatura haya fracasado, como fracasará él un día, cuando sean otros ojos de niño los que le contemplen, en la altura de su cansancio.


Hace años que murió. A menudo pienso en él
y recuerdo lo que siempre nos contaba mi madre:
“La guerra lo cambió: acabó con sus sueños felices”.
Ella lo recibía en casa, en las dos o tres casas que hemos
tenido, con infinita compasión. No le preguntaba nada.



Pero la bicicleta también nos lleva hasta aquellos tiempos inolvidables. Acababa de irme de casa. Nos lleva hasta algunos amores de juventud, hasta los héroes de la infancia, al recuerdo de Paco el Pecas, desplomándose al abismo, no había soltado el manillar en ningún instante. Nos lleva a la ciudad en la que vivimos ayer y en la que hemos llegado a ser lo que enmarca nuestro nombre de hoy en día, a través de sus ríos y sus parques, tan distintos hoy de los de ayer, como nosotros mismos.

He ido a mirar la bicicleta de montaña que tengo ahora en el garaje. Hace mucho que no la monto. Tiene las ruedas deshinchadas, he encontrado la bomba, todavía funciona. Mañana saldré con ella. Creo que no tardaré mucho en enseñar a mi hija a montar en bicicleta.




domingo, 19 de junio de 2011

EN EL ESTILO DE GLORIA FUERTES


El semanario DOMINGO, de cuyo equipo de redacción formaba parte mi madre, tenía una sección titulada “En el estilo de. . .”. Se cumplen ahora años de su desaparición y, en su  recuerdo, mi madre ha escrito lo que sigue (y que me manda):


                            (En el estilo de. . .Gloria Fuertes.)

El mendigo tiene una barba blanca,
una boina vieja, mugrienta, pelada
la cara de barro cocido afilada
y una mano torpe que tiende cansada.
Así es el mendigo. Con su voz cascada
detiene a las gentes con triste mirada,
haciendo exponente toda su miseria,
su hambre, su frío, su ardiente desgana:
-¡Dadme una limosna!¡Que a quien da al mendigo
Dios no desampara!
Y pasa una vieja, enjuta, agotada,
que mira con lástima la cara arrugada
del mendigo pobre de la barba blanca.
Luego pasa un niño, después otra anciana
y todos dejando van sobre la lata
las monedas grises con aire de plata.
Cuando tiene muchas, su puesto el mendigo
con garbo levanta.
Y ya no suplica ni llora cansino
que  va a la taberna de frente a la plaza
y repica ansioso con su palo seco
como una guadaña:
- ¡Tráeme una jarra! ¡Tráemela, guapa!
Que engañé a una vieja, a un niño y a un guardia
y traigo la bolsa repleta y pesada.
Al día siguiente de nuevo el mendigo,
con su voz cascada
suplica a las gentes tendiendo en su mano la lata abollada:
- ¡Dadme una limosna!  ¡Que a quien da al mendigo
Dios no desampara!


                                Maruja Collados

miércoles, 8 de junio de 2011

JORGE SEMPRÚN

Ha muerto Jorge Semprún.

Hace algunos meses publicábamos un comentario a su inolvidable discurso en el Acto de conmemoración del Campo de concentración de Buchenwald (para leerlo, haz clic aquí).

Hoy publicamos íntegramente aquel memorable discurso.






Discurso leído por Jorge Semprún en la conmemoración de la liberación del campo de concentración de Buchenwald

El 11 de abril de 1945 –hace pues sesenta y cinco años– hacia las cinco de la tarde, un jeep del Ejército americano se presenta a la entrada del campo de concentración de Buchenwald.

Dos hombres bajan del jeep.

De uno de ellos no se sabe gran cosa. Los documentos asequibles son poco explícitos.
Está establecido, en todo caso, que se trata de un civil. Pero, ¿por qué estaba allí, a la vanguardia de la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército norteamericano del general Patton? ¿Qué profesión ejerce? ¿Cuál es su misión? ¿Es acaso periodista? ¿O, más probablemente, experto o consejero civil de algún organismo militar de inteligencia?

No se sabe a ciencia cierta.

Está allí, sin embargo, presente, a las cinco de la tarde de un día memorable, ante la puerta de entrada monumental del campo de concentración. Está allí, acompañando al segundo tripulante del jeep.

Éste sí está identificado: es un teniente, mejor aún, un Primer Teniente, un oficial de inteligencia militar asignado a la Unidad de Guerra Psicológica del Estado Mayor del general Omar N. Bradley.

Tampoco sabemos lo que pensaron los dos americanos al bajarse del jeep y contemplar la inscripción en letras de hierro forjado que se encuentra en la verja del portal de Buchenwald: Jeden das Seine.

No sabemos si tuvieron tiempo de tomar nota mentalmente de tamaño cinismo, criminal y arrogante. ¡Una sentencia que alude a la igualdad entre seres humanos, a la entrada de un campo de concentración, lugar mortífero, lugar consagrado a la injusticia más arbitraria y brutal, donde sólo existía para los deportados la igualdad ante la muerte!

El mismo cinismo se expresaba en la sentencia inscrita en el portal de Auschwitz: Arbeit macht frei. Un cinismo característico de la mentalidad nazi.

No sabemos lo que pensaron los dos americanos en aquel histórico momento. Pero sí sabemos que fueron acogidos con júbilo y aplauso por los deportados en armas que montaban la guardia ante la entrada de Buchenwald. Sabemos que fueron festejados como libertadores. Y lo eran, en efecto.

No sabemos lo que pensaron, no sabemos casi nada de sus biografías, de su historia personal, de sus gustos o disgustos, de su entorno familiar, de sus años universitarios, si es que los tuvieron.

Pero sabemos sus nombres.

El civil se llamaba Egon W. Fleck y el primer teniente Edward A. Tenenbaum.

Repitamos aquí, en el Appeliplatz de Buchenwald, sesenta y cinco años después, en este espacio dramático, esos dos nombres olvidados e ilustres: Fleck y Tenenbaum.

Aquí, donde resonaba la voz gutural, malhumorada, agresiva, del Rapportführer todos los días de la semana, repartiendo órdenes o insultos; aquí donde resonaba también, por el circuito de altavoces, algunas tardes de domingo, la voz sensual y cálida de Zarah Leander, con sus sempiternas cancioncitas de amor, aquí vamos a repetir en voz alta, a voz en grito si fuera necesario, aquellos dos nombres.


Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.

Así, maravillosa ironía de la historia, increíble revancha significativa, los dos primeros americanos que llegan a la entrada de Buchenwald, aquel 11 de abril de 1945, con el Ejército de la liberación, son dos combatientes judíos. Y por si fuera poco, dos judíos americanos de filiación germánica, más o menos reciente.

Ya sabemos, pero no es inútil repetirlo, que en la guerra imperialista de agresión que desencadena en 1939 el nacionalsocialismo, y que aspira al establecimiento de una hegemonía totalitaria en Europa, y acaso en el mundo entero, ya sabemos que en dicha guerra, el propósito constante y consecuente de exterminar al pueblo judío constituye un objetivo esencial, localmente prioritario, entre los fines de guerra de Hitler.

Sin tapujos ni concesiones a ninguna restricción mortal, el antisemitismo racial forma parte del código genético de la ideología del nazismo, desde los primeros escritos de Hitler, desde sus primerísimas actividades políticas.

Para la llamada solución final de la cuestión judía en Europa, el nazismo organiza el exterminio sistemático en el archipiélago de campos especiales del conjunto Auschwitz- Birkenau, en Polonia.

Buchenwald no forma parte de dicho archipiélago. No es un campo de exterminio directo, con selección permanente para el envío a las cámaras de gas. Es un campo de trabajo forzado, sin cámaras de gas. La muerte, en Buchenwald, es producto natural y previsible de la dureza de las condiciones de trabajo, de la desnutrición sistemática.

Como consecuencia, Buchenwald es un campo judenrein.

Sin embargo, por razones históricas concretas, Buchenwald conoce dos periodos diferentes de presencia masiva de deportados judíos.

Uno de esos periodos se sitúa en los primeros años de existencia del campo, cuando, después de la Noche de Cristal y del pogrom general organizado, en noviembre de 1938, por Hitler y Goebbels personalmente, miles de judíos de Frankfurt, en particular, son enviados a Buchenwald.


En 1944, los veteranos comunistas alemanes se acordaban todavía de la mortífera brutalidad con que fueron maltratados y asesinados a mansalva, masivamente, aquellos judíos de Frankfurt, cuyos supervivientes fueron luego enviados a los campos de exterminio del Este.

El segundo periodo de presencia judía en Buchenwald se sitúa en 1945, hacia finales de la guerra, en los meses de febrero y de marzo concretamente. En aquel momento, decenas de miles de supervivientes judíos de los campos del Este fueron evacuados hacia Alemania central por el SS, ante el avance del Ejército Rojo.

A Buchenwald llegaron miles de deportados escuálidos, transportados en condiciones inhumanas, en pleno invierno, desde la lejana Polonia. Muchos murieron durante un viaje interminable. Los que consiguieron alcanzar Buchenwald, ya sobrepoblados, fueron instalados en los barracones del kleine Lager, el campo de cuarentena, o en tiendas de campaña y carpas especialmente montadas para su precario alojamiento.

Entre aquellos miles de judíos llegados por entonces a Buchenwald, y que nos aportaron información directa, testimonio vivo y sangrante del proceso industrial, salvajemente racionalizado, del exterminio masivo en las cámaras de gas, entre aquellos miles de judíos había muchos niños y jóvenes adolescentes.

La organización clandestina antifascista de Buchenwald hizo lo posible para venir en ayuda de los niños y adolescentes judíos supervivientes de Auschwitz. No era mucho, pero era arriesgado: fue un gesto importante de solidaridad, de fraternidad.

Entre aquellos adolescentes judíos se encontraba Elie Wiesel, futuro premio Nobel de la Paz. Se encontraba también Imre Kertesz, futuro premio Nobel de Literatura.

Cuando el presidente Barack Obama, hace unos meses, visitó Buchenwald, le acompañaba Elie Wiesel, hoy ciudadano americano. Se puede suponer que Wiesel aprovechó aquella ocasión para informar al presidente de EE UU de la experiencia de aquel pasado imborrable, de su experiencia personal de adolescente judío en Buchenwald.

En cualquier caso, me parece oportuno recordar aquí, en este momento solemne, en este lugar histórico, la experiencia de aquellos niños y adolescentes judíos, supervivientes del campo de Auschwitz, último círculo del infierno nazi. Recordar tanto a los que se hicieron célebres, como Kertesz y Wiesel, por su talento literario y su actividad pública, como a aquellos que permanecieron, sencillos héroes, en el anonimato de la historia.


Además, no es ésta mala ocasión para subrayar un hecho que se perfila inevitablemente en el horizonte de nuestro porvenir.

Como ya dije hace cinco años, en el Teatro Nacional de Weimar, “la memoria más longeva de los campos nazis será la memoria judía. Y ésta, por otra parte, no se limita la experiencia de Auschwitz o de Birkenau, Y es que, en enero de 1945, ante el avance del Ejército soviético, miles y miles de deportados judíos fueron evacuados hacia los campos de concentración de Alemania central.

Así, en la memoria de los niños y adolescentes judíos que seguramente sobrevivirán todavía en 2015, es posible que perdure una imagen global del exterminio, una reflexión universalista. Esto es posible y pienso que hasta deseable: en este sentido, pues, una gran responsabilidad incumbe a la memoria judía… Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento sólo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del exterminio. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte”.

Pero volvamos un momento al día del 11 de abril de 1945. Volvamos al momento en que Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum detienen su jeep ante el portal de Buchenwald.

Probablemente, si tuviera muchos años menos, acometería ahora una indagación histórica, una investigación novelesca acerca de estos dos personajes, investigación que abriría el camino de un libro sobre aquel 11 de abril de hace más de medio siglo, un trabajo literario en el cual ficción y realidad se apoyarían y enriquecerían mutuamente.

Pero no me queda tiempo para semejante aventura.


Me limitaré pues a recordar algunas frases del informe preliminar que Fleck y Tenenbaum redactaron dos semanas después, el 24 de abril exactamente, para sus mandos militares, informe que consta en los Archivos Nacionales de EE UU.

“Al desembocar en la carretera principal”, escriben los dos americanos, “vimos a miles de hombres, harapientos y de aspecto famélico, en marcha hacia el Este, en formaciones disciplinadas. Estos hombres iban armados y tenían jefes que los encuadraban. Algunos destacamentos portaban fusiles alemanes. Otros llevaban al hombro “panzerfausts”. Se reían y hacían gestos de furiosa alegría mientras caminaban… Eran los deportados de Buchenwald, en marcha hacia el combate, mientras nuestros tanques los rebasaban a 50 kilómetros por hora…”


Este informe preliminar es importante por varias razones. En primerísimo lugar, porque los dos americanos, testigos imparciales, confirman rotundamente la realidad de la insurrección armada, organizada por la Resistencia antifascista de Buchenwald, y que fue motivo de polémica en los tiempos de la guerra fría.

Lo más importante, sin embargo, al menos para mí, desde un punto de vista humano y literario, es una palabra de este informe: la palabra alemana panzerfaust.

Fleck y Tenenbaum, en efecto, escriben su informe en inglés, como es lógico. Pero cuando se refieren al arma individual antitanque, que se denomina bazooka en casi todos los idiomas del mundo, y en todo caso en inglés, recurren a la palabra alemana.

Lo cual hace pensar que Fleck y Tenenbaum, el civil y el militar, son americanos de reciente filiación germánica. Y esto abre un nuevo capítulo de la investigación novelesca que me apetecería acometer.

Pero hay otra razón, más personal, que me hace importante la palabra panzerfaust, o sea, literalmente, “puño antitanque”. Y es que yo estaba, aquel día de abril de 1945, en la columna en marcha hacia Weimar, aquella columna de hombres armados, furiosamente alegre. Yo estaba entre los portadores de bazookas.

El deportado 44904, con en el pecho el triángulo rojo estampado en negro con la letra “S”, de Spanier, español, ése era yo, entre los jubilosos portadores de bazooka o panzerfaust.

Hoy, tantos años después, en este dramático espacio del Appeliplatz de Buchenwald. En la frontera última de una vida de certidumbres destruidas, de ilusiones mantenidas contra viento y marea, permítanme un recuerdo sereno y fraternal hacia aquel joven portador de bazooka de 22 años.


Muchas gracias por la atención.