lunes, 30 de mayo de 2011

PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE CARLOS MANZANO "LO QUE FUE DE NOSOTROS"

ediciones Nuevos Rumbos organiza para cada uno de sus títulos, al menos una presentación dramatizada.

Os ofrecemos el vídeo de la presentación de la novela de Carlos Manzano, Lo que fue de nosotros. Para verla, HAZ CLIC SOBRE ESTAS PALABRAS.







domingo, 22 de mayo de 2011

ANTÓN CASTRO ENTREVISTA A DOS DE NUESTROS AUTORES




El escritor Antón Castro conversa en el programa Borradores con dos autores de Ediciones Nuevos Rumbos: Carlos Manzano, autor de la nouvelle Lo que fue de nosotros, y María Pérez Collados, autora del poemario Diario de Invierno. Para verlo, HAZ CLIC SOBRE ESTAS PALABRAS.



viernes, 13 de mayo de 2011

EL TRANVÍA

Era la suya una realidad desvirtuada. Hasta el día de hoy siempre había visto el mundo a través de los cristales de sus gafas, sin poder saber qué sucedía si se le ocurría mirar de soslayo. Sin lentes, a su alrededor no había más que nubes borrosas, suerte de neblinas que le hacían entrar en una pesadilla de golpes y pisotones. Todos estos años había sido un infierno hacerse la línea de los ojos a través de la montura, imposible sobrevivir a un paseo por la calle en una tarde de lluvia. Desde los ocho años, después de despertarse, tenía aprendido el movimiento de alargar el brazo para coger las gafas de la mesilla de noche. De pasta, metálicas, transparentes o de inspiración retro. Más de treinta modelos habían pasado por sus manos a lo largo de su vida, y ya era momento de decir basta. Y en eso estaba, subida en el tranvía, atravesando la avenida Juan Carlos I en dirección a la clínica oftalmológica.

Como en toda operación de complicado postoperatorio, le habían aconsejado que fuera acompañada. Pero eso era más fácil decirlo que hacerlo. Hacía realmente poco que le habían trasladado a la ciudad, y las únicas personas que conocía aquí le habían deseado suerte desde el mostrador donde trabajaban como ella. Así que debería enfrentarse sola a su destino, pero no estaba en sus genes eso de ser valiente por que sí. Le había costado mucho decidirse, y aún hoy no estaba segura del todo, pero se repetía mentalmente que aquél era el primer paso que debía dar para cambiar de perspectiva. La suya y la de los demás. Ella era algo más que una cuatro ojos, a pesar de que las dioptrías habían estado creciendo a su mismo paso. No había leído más novelas, ni dejaban de gustarle las pelis de acción, por el hecho de llevar gafas. No más prejuicios a su costa por el mero hecho de llevar un par de cristales en la cara.

-Sí, pero operase los ojos no es lo mismo que quitarse la muelas del juicio, aunque las dos cosas sean para quedarse uno por fin a gusto –se decía para sí, con la campana tintineante de fondo. De nuevo atravesaban otro cruce. Los coches parados daban paso al tranvía sin más remedio.

Y aunque no la fueran a abrir en canal ni nada de eso, pensar en aquél láser quemando su retina daba grima. Que luego lo iba a agradecer una y mil veces como le habían dicho las personas que le aconsejaron, no lo ponía en duda, pero el momento previo era este y para ella era como estar frente a la muerte. “In artículo mortis”- porque cualquier cosa dicha en latín suena más profundo-, así estaba ella cogida al asiento del tranvía, pensando en la escena, sudando ya porque sólo quedaba una parada para bajarse. Y debía hacerlo por voluntad propia, nadie iba a empujarla. Ésa era la pena, empezó a pensar una vez más… que si no salía de ésta, iba a morir sola.

Como en un sueño vino a su mente la imagen de su abuela, de su madre, de su prima, hasta de la portera de su colegio. Todas mujeres que la habían maldecido con el viejo refrán: “mujer dicharachera, poco casadera”. No había sido culpa suya el ser como era, al igual que el hecho de tener que llevar gafas no era algo que hubiese elegido. Pero cada vez más venía a ella el recuerdo de esas palabras que se dicen sin pensar, por el mero hecho de hacer daño.

Así que hoy podía ser su última tarde, sus últimas horas… y aunque eso era meterse en el tremendismo del momento, no era idea que pudiese descartar por completo. Quizás por esto, haciendo alarde de un optimismo muy fuera de lo común, se paró delante mía antes de abandonar el vagón que ya abría sus puertas. Y mirándome como si fuera yo el novio que todavía no tenía y marchaba a una guerra larguísima, se fundió conmigo en un inesperado abrazo, dejando al resto de pasajeros y a mí mismo en un extraño estado de shock.

Acto seguido, se fue. Cerrándose las puertas automáticamente tras ella. Los muchachos que estaban a mi lado, y hasta el propio conductor, hubiesen intentado abrir las puertas como yo quise hacer un segundo después. Pero no pude salir del tranvía de aquella tarde hasta la parada siguiente, en la que me lancé a correr como alma que lleva al diablo para entrar en la clínica donde había visto entrar a aquella extraña muchacha, que poco después me contaría con los ojos vendados por qué me había abrazado sin querer.


                                                          Caridad Bernal Pérez

viernes, 6 de mayo de 2011

¿TÚ ERES ESCRITOR, NO?

Mi amigo nunca sabía qué contestar cuando le preguntaban si era escritor. Y todavía era peor cuando lo daban por supuesto y la pregunta pretendía sólo averiguar el género literario al que se dedicaba: Oye, ¿tú eres poeta o novelista?. Y él nunca sabía qué contestar. Pero como había que decir algo, balbuceaba respuestas del tipo: bueno, digamos que intento escribir, simplemente eso.

Éste era un tipo de respuesta que no gustaba nada, porque en el ambiente literario la duda no va a ninguna parte: debes saber lo que quieres y debes saber expresarlo con claridad e inteligencia. ¿Cómo vas a ser capaz de escribir si no sabes ni decir quién eres?.

Como mi amigo tenía una buena formación filosófica (condición poco común en el ambiente literario), cuando meditaba la pobreza de su respuesta y se castigaba por no ser más asertivo, algunos autores clásicos venían en su ayuda. Y es normal, ¡para uno que les leía! No lo iban a dejar “tirao” a la primera de cambio.

Y ahí acudía Hegel, sin ir más lejos, y le recordaba su teoría de la auto-referencia de la conciencia y de la naturaleza del espíritu. Oye, le decía Hegel, vamos a ver, tú, considerándote a ti mismo como objeto de tu conciencia, ¿cómo te ves?. Tienes que saberlo, es muy fácil, ¿no ves un escritor?. A ver, ¿no te pasas todos los días algunas horas escribiendo? Pues entonces ya está, "objetivamente" eres un escritor, y no me dudes más que me pones nervioso coño.

Pero, vamos a ver Georg (a mi amigo le gustaba llamar a Hegel por su nombre de pila), no me jodas, tú siempre dijiste que si bien el yo es el objeto de la conciencia cuando ésta es autoconciencia, también afirmaste siempre, capullazo, que cada autoconciencia necesita para validarse el reconocimiento de, al menos, otra. Si podría citarte de memoria, gilipollas: "La autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es en sí y para sí para otra autoconciencia" (mi amigo citaba de memoria en alemán, pero como yo no sé alemán transcribo la cita en castellano).

Ése era el problema, se decía mi amigo, era absurda la puñetera preguntita que tantas veces había que sufrir, porque el ser o no escritor no dependía de lo que uno dijera de sí mismo, sino de lo que dijeran los demás.

Y contemplaba a los diversos grupos de personas que se reunían por afinidades a lo largo de un salón, desde su multitudinaria soledad en el típico vino español tras la presentación de una novela. Podría decirse que en cada uno de aquellos grupos se producía un reconocimiento sistemático entre los diversos miembros al respecto de sus respectivas conciencias de escritores. El resultado feliz era que en cada uno de aquellos grupos, todos eran escritores. Pero cuidado, si alguno de aquellos escritores salía de allí, de su círculo, en ese momento todo se sembraba de dudas. La conclusión estaba clara: mejor no moverse, mejor no salir del círculo.

Hace pocos días acabé la última novela de Antonio Orejudo. Una novela de campus, sencilla, pero con algunos chispazos geniales. Uno en especial: el protagonista, que intenta sobrevivir como becario de doctorado en Estados Unidos, gana de vez en cuando algo de dinero haciendo de cobaya humana para un instituto de investigaciones. El caso es que, como resultado de uno de los experimentos a los que se presta, queda alterada su apreciación de la realidad; a partir de entonces verá cosas que otros no perciben, no podrá domeñar su imaginación, el mundo, su mundo, será diferente al que contemplan la mayoría de sus congéneres. Y el protagonista de esa novela, que llegará años después a ser un famoso escritor, achacará su éxito y su condición de novelista a esta característica inédita de su personalidad, la cual, por otro lado, no está lejos de ser una perturbación, una deficiencia.

Leer aquello me trajo a la memoria otro libro de Rosa Montero, La loca de la casa, en donde reflexionaba sobre la profesión de escritor y, curiosamente, describía una de las condiciones del oficio: la incapacidad de dominar la propia imaginación, al extremo que el escritor auténtico se pierde en sus pensamientos mientras otros le hablan, y regresa de pronto sin saber de qué va la conversación, habiendo estado imaginando, por ejemplo, que una enorme ballena asomaba su impresionante lomo en las aguas de la piscina que tienen al lado.

Me quedo con esta intuición literaria, el oficio de escritor como condición, como enfermedad, como estado de vida, como tragedia. Prefiero esta definición a la de escritor como elección personal, y mucho más a la de escritor como reconocimiento social.

Cuando recuerdo a mi amigo perdido en el fondo de sus ojos mientras los demás hablan con él ausente; cuando lo recuerdo discutiendo con sus filósofos amigos mientras los demás le preguntan cualquier cosa, y él responde sin saber muy bien el qué; cuando lo recuerdo embarcado en un barco inexistente que atracará por desgracia en la decepción de cada día; no me cabe duda de que estoy ante un escritor. Y eso aunque no escriba.



                                             José María Pérez Collados