jueves, 24 de febrero de 2011

HERMANAS

Tenía una tristeza demasiado grande
para mi cuerpo de niña
No me cabía dentro
no podía sujetarla con las dos manos
pesaba mucho
No sé por qué la tristeza había equivocado la talla
Luego fui creciendo hasta hacerme
tan alta como ella

 
Ahora nos confunden con hermanas

 
                        María Pérez Collados

jueves, 10 de febrero de 2011

ESCRIBIR

Escribo. Escribo que escribo.
Mentalmente me veo escribir que escribo
 y también puedo verme ver que escribo.
Me recuerdo escribiendo ya
 y también viéndome que escribía.

 

El grafógrafo. Salvador Elizondo


Escribía en el borde de la madrugada. Escribía en el reverso del día, levantando con cuidado una esquina de la clase de latín. Escribía escondida debajo de la clase de matemáticas. Escribía en las pausas del aire, mientras caminaba por la ciudad. Escribía en la música, mirando el techo de los teatros. Y en las miradas de la gente. Escribía en los árboles y en las tardes largas.
Escribía porque la prisa no la había alcanzado, y ella no sabía que venía detrás y que acechaba.
Escribía porque no había papeles que cumplimentar, manos que estrechar, escalones que subir.
Escribía porque el alma estaba abierta y a veces sin saber por qué, herida.
Escribía porque veía cosas, y oía cosas, y sabía que eran ciertas.
Escribía en los vasos turbios, en los amores imposibles a los que se enganchaba, en las conversaciones largas y hermosas.
Escribía porque todo sucedía de una forma mágica y extraña.
Escribía como una forma de vivir. Escribía porque soñaba. Escribía porque no era gris la mañana. Escribía porque aún estaban algunas puertas cerradas.
Escribía como beber agua, como mirar la luna de forma interminable, como no saber volver a casa por otras calles.

Luego algo pasó, y todo lo no escrito se fue agolpando, presionando, empujando, fue colapsando por dentro sus rincones. Hasta que las palabras se abrieron de golpe.

Y escribió.
Escribía para no volver a quedarse nunca dormida. Escribía para no olvidar que hay otra manera. Escribía porque sabía que eran mentira muchas cosas y que otras permanecían impasibles y escondidas.
Escribía.
                                       María Pérez Collados



viernes, 4 de febrero de 2011

JOHNNY DIVINO

Para muchas chicas a los doce años de edad, sólo habría sido un trozo de paño oscuro cosido por su madre. Con todo el cariño del mundo: ¡oh, claro que sí!, pero nada más que tela al fin y al cabo. No se le habría prestado más atención que la justa, ni mucho menos se le habría escrito un cuento.
Para mí, en cambio, Johnny Divino significó “El Cambio”.
Así se llamó el primer abrigo que tuve de corte elegante. De cuello solapa, y puño americano. Así llamé a la prenda que más estilo tenía en mi armario, cuando todo mi cuarto ya olía a adolescencia.
El nombre surgió de mis labios al momento de probármelo, tras hacerle un dobladillo bien ancho, para que Johnny durase por lo menos tres inviernos.
Ya había dejado atrás la parca con capucha, o el chaleco acolchado. Ya era lo suficientemente alta como para llevar un abrigo de paño negro, de tres cuartos, sin parecer ridícula. No, no, ni mucho menos…, estaba fabulosa, ¡parecía tan mayor! Me encantaba ponérmelo aunque no hiciera frío, lo llevaba a veces por casa aunque no tuviéramos que salir. Yo era otra chica con Johnny, y así se lo decía a mi madre que intentaba zafarse de mí cuando me encontraba con él puesto sin motivo alguno: “Pero mira mamá, ¡si hasta sale música de él!”- y si abrías el interior de aquella prenda, todo de raso negro brillante, podías escuchar a Frank Sinatra cantando… o eso me parecía a mí.
Era magia. Pura magia. Nunca antes nada que hubiese cosido mi madre, ni desgraciadamente después, me hizo tantísima ilusión. Pilló justo la etapa en la que cualquier cosa es suficiente para parecer una persona adulta: como un cigarro en la boca, o ponerse delante de un volante ¡Qué años aquellos, jolines!
Johnny Divino conseguía que al llevar tacones de aguja no cayese como la torpe que era y sigo siendo. O al acompañarme en las diferentes nocheviejas de mi juventud, nunca me quedase helada a pesar de llevar tirantes o palabra de honor… y fue testigo mudo de todo aquello que me sucedía cuando iba vestida con él.
Johnny Divino fue mi pareja ideal para el primer cóctel al que asistí, la boda del primer primo que se casaba, y llegó incluso hasta la jura de bandera de mi hermano Marín. Johnny marcó una época. Y con él se fueron los sueños de esa niña que quería parecer mayor.
Después ha habido otros muchos abrigos, tantos que me parece hasta grotesco. Ahora cuento con más de cuatro o cinco para un solo invierno corto como los que vivimos, pero ninguno tiene ese feeling. Ese estilo. Con ninguno de ellos se escucha a Frank Sinatra, ni siquiera de lejos… .
                       
                      Caridad Bernal Pérez
Caridad Bernal Pérez es licenciada en Biología. Escribe cuentos desde los 12 años. Tengo que preguntarle si fue por la misma época en que conoció a Johnny Divino.