viernes, 28 de enero de 2011

UNA FAMILIA NORMAL (SI BIEN, POCO ESTRUCTURADA)

Para Santiago Gascón,
que tiene una familia normal

De toda la obra de Claude Lévi-Strauss, lo que se considera más relevante son sus teorías sobre la familia. Esto que diré no lo mantiene nadie serio por escrito, pero yo creo que sus tesis son reflejos de la tristeza que casi siempre constituye la esencia más profunda de la vida.
Él afirmaba, por ejemplo, que el tabú del incesto no era tanto una prohibición, como una obligación; no se trataba tanto de prohibir mantener relaciones sexuales estables entre parientes cercanos, como de exigir el mantenerlas con miembros de otras familias diferentes de la nuestra. Porque para que la sociedad pudiera superar la primitiva etapa de organización familiar, los hombres debían abandonar a sus padres (“Dejarás a tu padre y a tu madre”, Génesis, 2, 24), y contraer lazos con mujeres de otras familias, estableciéndose de esta manera alianzas entre diversas Tribus y constituyéndose, de esta forma, la sociedad política compleja.
Es por esto que toda familia debe morir, que todo hijo debe abandonar a sus padres; y de los miles de abandonos, de los millones de familias deshechas, se alimentará y sostendrá nuestra sociedad compleja. Está escrito: “Entonces os daremos nuestras hijas, y tomaremos nosotros las vuestras; y habitaremos con vosotros, y seremos un pueblo”. Génesis, 34, 16.
Los lazos familiares no perduran, algún destino fatal destroza nuestra infancia y un día damos la espalda a nuestros padres ancianos, y nos vamos a comenzar de nuevo un proyecto que volverá a romperse con un nuevo abandono, con el olvido de los juegos, de las Navidades.
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Decidieron vivir juntas para ayudarse, y porque se querían mucho. Esto último era lo más importante.
Se fueron a vivir al piso de María porque Concha estaba de alquiler. También decidieron dormir juntas porque la cama de María era muy grande. Allí podían dormir las dos perfectamente. Y tener a alguien al lado por la noche, cuando se tienen más de ochenta años, es necesario,  y además es que no había más habitaciones en la casa.
Lo que no les dijeron a sus hijos ninguna de las dos es que se casaban. No lo hubieran entendido.
María vivía de los ahorros de toda su vida, que cada vez eran más escasos, aunque como tenía un piso en propiedad, el único gasto que debía afrontar era la comida, y ella pasaba con el aire. Concha no tenía ahorros, ni piso, pero su pensión era muy holgada, casi mil euros al mes. Y con dos pagas extraordinarias.
Si se casaban, el día que María faltase Concha podría conservar el piso, y si fuese Concha la que se marchara antes del mundo, María heredaría su pensión.
Pero todo esto no fue lo que motivó que quisieran vivir juntas. La auténtica causa de que tomarán esa decisión fue el querer ayudarse, porque se querían mucho. Y una vez así, lo de casarse sí que fue por garantizarse cierta seguridad jurídica; pues claro, como tantos matrimonios.
Se cortaban el pelo una a la otra. En eso Concha salía ganando porque María tenía muy buena mano con la tijera. Pero Concha cocinaba mejor. Comían muy bien, estaban muy bien alimentadas, en eso nunca les faltó de nada.
Cada una tenía en su mesilla la foto de su marido. El de Concha había sido funcionario. El de María había regentado una verdulería. Les gustaba hablar de ellos, confesarse los problemillas que habían tenido y aunque no se habían conocido en aquellos tiempos, cada una de ellas sentía un gran cariño por el marido difunto de su esposa.
Ambas eran madres de hijo único. Y ninguno de los dos venía nunca porque, pobrecitos, estaban muy ocupados con sus trabajos. Pero ambas estaban informadas puntualmente de todas sus vicisitudes, y sufrían mucho con sus problemas, que constituían el tema fundamental de sus conversaciones. En esto se apoyaban mutuamente y encontraban, la una en la otra, gran consuelo.
El día de la boda estaban las dos nerviosas y alegres. Lo cierto es que no hacían nada indebido porque todo lo que el juez les dijo que debían hacer, ellas ya lo cumplían de sobra desde que vivían juntas: “Los cónyuges deben respetarse y ayudarse mutuamente y actuar en interés de la familia”. Pues vaya que sí. “Los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente”. ¿Pues que otra cosa hacían ellas?
-Mira María que podemos estar tranquilas, porque nosotras no engañamos a nadie.
-Yo también lo veo así Concha, yo también lo veo así.
María y Concha siempre iban cogidas del brazo. Tenían a su cuidado a Machín, un perro pequeño y enfermo que habían encontrado abandonado atado a una señal de tráfico. Procuraban no discutir nunca, porque sabían que eso no conducía a nada bueno. Iban a misa a diario, y cuando se daban la paz el suyo era un abrazo lleno de ternura. Se daban la paz.
Y no cuento más, porque si bien la vida es capaz de destrozar con la espada del tiempo todo lo que alberga, este cuento lo escribo yo, y no permitiré que suceda ninguna desdicha en esta historia.
Lo que si me gustaría contar es la respuesta de Claude Levi-Strauss a la pregunta que nunca le hice, a pesar de que poco antes de morir vino a Barcelona y lo vi pasar muy cerca de mí, yendo a recoger un premio.
-Profesor, ¿no cree que ellas son una familia de verdad, una familia auténtica y que, además, son una familia que no está condenada a la tragedia de su propio abandono?.
-Querido amigo, no sólo lo creo sino que considero que si la humanidad tiene algún futuro, éste no es otro que escapar de sus propias estructuras, e inventar nuevas formas de convivencia con la misma libertad con la que un novelista crea cada una de sus historias.
-Eso es muy poco estructuralista, Profesor.
-Será que tengo casi cien años, y como María y Concha ya sólo busco la paz y tengo acumulada mucha, mucha, mucha ternura.

                                 José María Pérez Collados

jueves, 20 de enero de 2011

DOS POEMAS

UNA LUZ QUE ME QUIEBRA EL CALENDARIO
Esta luz dulce de enero
anuncia un coro verde
a punto de cantar la tierra.
El heno, todavía en las entrañas,
promete pulsos de azúcar
y almohadón en los ribazos.

Aún queda frío en el azul
pero hay flotillas de primavera
que me traen entre sus alas
polizones de sangre caliente.

Mi oído es un niño travieso
escapándose hacia el norte,
allí donde mi primera luz
copula con el silencio:
Un crujir blanco-esperanza
sobre lágrimas de Pirene.

Adivino, junto a las badinas,
hojas de boj y terebinto,
ramitas de acebo y de chordón:
Un muelle de zataras diminutas
esperando el rugir de los mayencos.

Pronto bajarán por el Ebro
los barquitos de mi infancia.


DE MEMORIA

Hoy he vuelto a tu calle
aunque sería más cierto decir
que he vuelto a volver.

Cada retorno alimenta
mi desastrosa memoria
como una gris letanía,
como un recital mecánico,
“Victorioso vuelve el Cid
de San Pedro de Cardeña…”,
en que no sabes del Cid,
ni por qué Pedro fue santo,
ni qué hacía en Cardeña.

Memorizo al repetir.
Ya me sé todos los balcones
dónde nunca se hielan los geranios;
los alcorques donde los plátanos
se van inmunizando lentamente
contra el acre veneno de los perros.

Me sé ya de memoria, por verlos desde siempre,
las mesas de tus bares y el bache de la acera,
el rostro de los niños quedándose en su infancia.
y el gesto de los viejos quedándose tan solos.
Todo cuanto repito lo aprendo de memoria.

Cada día las esquinas de tu calle,
tu pelo hilvanándose en el viento,
los trescientos metros hasta perder tu ventana…
Y así, cada día te pierdo.
Así, cada día te olvido.
Y, sin embargo,
no aprendo a olvidarte de memoria




                                Francisco Rubio






Los dos poemas que transcribimos pertenecen al libro inédito de Francisco Rubio, Camino de Otoño

miércoles, 12 de enero de 2011

PEPE GASTÓN

Aquella mañana el viento estaba muy enfadado y la lluvia caía con una angustia constante. Al apagarse la alegría, la niebla pudo salir tranquila a pasear por las calles. Es por todo esto que las palabras fueron a esconderse y así, al hablar entre nosotros, no sabíamos qué decirnos. Vinieron luego días tan tristes, que había pequeñas heridas en cada mirada.
Hoy he querido salir a buscar a las palabras, quiero pedirles que vengan conmigo, sólo unas pocas. Un pequeño ramo para llevárselo a José Gastón, a Pepe, a quien tanto le gustaban.
José Gastón, dueño de una nube, regalo de su hermano mayor Emilio. José Gastón, sobreviviente intacto del túnel gris de los despachos. Constructor de ilusiones hechas con materiales sencillos, montador de andamios con trocitos de estrellas.
Pepe sabía restaurar una mañana sólo con unas simples frases, gramático del sueño, cuando a eso del mediodía nos encontrábamos un momento para caminar por canciones y libros. Pepe sabía arreglar los desperfectos de la tarde, cuando en el cambio de turno de la luna, se desperezaban en su voz los versos.
José Gastón, poseedor de la mirada más limpia, del gesto más amable. Mago creador de encuentros, prestidigitador capaz de propiciar escenarios y risas.
José Gastón, ser humano irreductible.
Todavía está abierta la ausencia, pesa tanto este silencio.
Quisiera tener siempre cosido al alma el recuerdo de todo lo compartido, el ejemplo de quien supo vivir de la forma más humana, más sensible.
Su humildad y su valía, su tierra fértil, iluminará nuestros encuentros, nos recordará lo único que importa, un instante, una puerta abierta, algo que crece de forma imparable, entre el ruido y la indiferencia.
Su luz, que continúa.


                               María Pérez Collados


Pepe Gastón era un buen amigo de Ediciones Nuevos Rumbos. Quería mucho a un libro, el que había escrito en memoria de su hermano Rafael, y lo iba a publicar con nosotros este año. Y lo publicará con nosotros este año, por supuesto.