jueves, 15 de diciembre de 2011

EN LOS OJOS DE TU PADRE

Para Manuel Vial. Él y yo sabemos por qué.


-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Lo dijo con bastante ira. Viendo la imagen desde fuera (cosa que puedo hacer desde mi posición de narrador omnisciente), la afirmación no dejaba de tener cierta credibilidad. Ella, la que afirmaba aquello, era joven, con esa belleza de los veinte años, el pelo con mechas de color azul, un piercing en la lengua, los ojos pintados con una raya morada y esa delgadez nerviosa de la adolescencia. Su imagen simbolizaba el valor de la juventud, la arrogancia del futuro cuando se tiene todo entero y por delante.

Sin embargo él, su padre, la verdad es que presentaba un aspecto más bien derrotado. A sus apenas cincuenta años la desmesura de su culo se había conjuntado con su enorme tripa para describir un círculo perfecto, que un pantalón de talla especial difícilmente lograba abarcar por encima del ombligo. Como no había cinturón capaz de tamaño recorrido, usaba tirantes.

Me centro en este rasgo de su aspecto físico porque lo considero esencial a la hora de transmitir la idiosincrasia de este hombre. Y es que con ese culo lo lógico sería hacerse los trajes a medida. Pero si a los cincuenta años sigues cobrando mil euros al mes de sueldo, eso ni se plantea. Y los trajes de talla estándar (sección de “tallas grandes” en los establecimientos comerciales), siempre le quedaban escasos, pequeños, justos (normal, con ese culo…); y cuando la ropa te tira por todas partes andas como si tuvieras una pulga recorriéndote el cuerpo, y te estiras, y te mueves y te sueltas el botón del pantalón cuando te sientas, y si luego se te olvida abrochártelo cuando te levantas (y se te olvida, porque con el botón desabrochado vas mejor, más suelto vaya), pues todavía tu imagen es más penosa, más triste, más (por qué no decirlo), derrotada.

Que él no fue siempre así es verdad. De hecho era un tipo bastante bien plantado, pero quince años de comer a diario un menú de fritangas a mil pesetas (ocho euros tras la integración en la moneda única), hacen estragos. Eso y aquel trabajo que hace veinte años consideró una ocupación ocasional y transitoria. Aquel trabajo mediocre de oficinista de taller mecánico, aquel cuchitril en lo alto de la nave al que se accedía por una escalera metálica. En casi todo taller ese puesto lo desempeña una chica joven, con la que se matan a pajas los mecánicos (lo digo yo, que soy narrador omnisciente).

-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Se llenó de ira. No contestó, no pudo hacerlo porque el golpe le había dolido, y le había dolido porque sabía que era verdad. Estaban en el salón de veinte metros cuadrados de su piso de setenta y cinco, y se retiró a su dormitorio suite de quince metros cuadrados con armario empotrado. Y quedaban todavía quince años de hipoteca. No había escapatoria. Y odió a su esposa, porque la niña se lo habría oído a ella, me habría llamado fracasado sabe Dios ante quién, estaría con su madre, o sabe Dios con quién. Sí, seguro. De la niña no sale eso por sí sólo. Se lo ha escuchado a alguien. Seguro.

Pero el odio a su esposa se fue disolviendo poco a poco, porque debía admitir que su hija había cambiado mucho. Ya jamás le daba un beso, jamás tenía con él una muestra de cariño, jamás le miraba con amor, jamás le hacía preguntas, nunca le consultaba nada, jamás. Es que jamás le hablaba, sólo hablaba con su madre, y tampoco es que con su madre hablara mucho, la verdad. Sí, sí, sí, había salido de ella, claro que sí, claro que sí, eso es lo que ella pensaba de él, de su padre.

En aquel pequeño dormitorio, sentado al borde de su cama de matrimonio y presidido por el consabido crucifijo que había sobre la cabecera del lecho, recorrió todos estos años en unos pocos minutos. Toda su vida había quedado marcada por el nacimiento de su hija. Con ella la libertad se terminó, la irresponsabilidad y las locuras pasaron a ser historia. Era su turno, le tocaba vivir a ella, no hubo más, más que ella. Y no se arrepentía, y no la culpaba. Hubiera debido hacerlo mejor en la vida, pero no pudo; no por su culpa, no, pero sí por su causa.

Hace catorce años tuvo su última oportunidad. Todavía tenía pelo (antes no he hablado de eso porque creía que con la referencia al culo era más que suficiente), y aún mantenía una figura razonablemente joven. Coño, tenía treinta y cinco años. ¡Y pensar que me sentía viejo! Qué imbécil. Fue en un autobús. Historias de esas que sólo pasan en el cine, pero que pasan, al menos una vez en la vida, sólo una. La miró, y la vio, y ella le miró y creo que lo vio también, sí, lo vio.

Nunca se había sentido más fuerte que durante aquellos meses, se creía capaz de cualquier cosa. Pero no lo fue, porque no pudo abandonarla, a ella, a su hija que entonces tenía cuatro años y que le esperaba todas las noches para tomarse el vaso de leche, y que si no le daba un beso no quería irse al colegio, y que le preguntaba a dónde iban los aviones del cielo, y que creía en él y le miraba con esos ojos que ya no están, que ya se han ido.

Supongo que ése es el puto fracaso, haberla perdido, a esa niña que corría alrededor del sofá del salón con una mirada de inocencia y aventura, a esa niña que se escondía detrás de las cortinas y que me llamaba, y que me quería a mí, a mí. Más que a nadie. Y ya se ha ido y, joder, qué vacía ha dejado mi vida, porque sin ella sí que es verdad que mi vida es un fracaso. Un puto fracaso.

Y de pronto, en esa cama de matrimonio que había sido la de sus padres, recordó una frasecita que siempre decía su madre. Era un verso de uno de esos poetas medio desconocidos que ella había leído de joven, un tal Conde de Foxá: “en los ojos de tu madre, serás niño hasta el final”. Ella repetía esa frase muchas veces; él nunca le había dado importancia a aquella ocurrencia pero ahora, de pronto, sintió a su madre como si estuviera a su lado, aconsejándole como hacía tantas veces en la infancia: “no estés triste Josecico, no has perdido nada, no se ha ido, si la sabes mirar volverás a ver aquellos ojos, los que te preguntaban a dónde iban los aviones del cielo. Créeme.”

Y se levantó sigiloso y salió del dormitorio a hurtadillas, y en la puerta del salón la vio, sí la vio. Allí estaba; ni siquiera ella lo sabía, porque se desconocía, pero él podía verla, y la miró. Era su hija, aquella niña. Estaba ahí.

Ella levantó la cabeza y se quedó un tanto sorprendida ante la visión de su padre, pantalón desabrochado, camisa por fuera, tirantes sueltos y una expresión en la cara como si hubiera visto un fantasma, o como si se hubiera metido algo, vaya.

-Te quiero, hija mía. Te quiero mucho.

Y cogió la puerta y se fue al parking a por el Renault, para no llegar tarde al taller. Y repetía una y otra vez que había merecido la pena, porque ahí estaba, sí, porque en sus ojos ella seguiría siendo niña hasta el final, hasta el final, había merecido la pena sí, claro que sí, por supuesto, claro que sí.

Lloraba, y eso le nublaba la vista. No veía nada, ni el color de las luces de los semáforos, ni siquiera la señal de stop que tenía delante.

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