jueves, 10 de noviembre de 2011

REALIDAD Y FICCIÓN

Siempre que me he enfrentado a un momento crucial he intentado adivinar lo que iba a suceder. ¿Saldré adelante?, ¿seré derrotado?, ¿con qué matices tendrán lugar los acontecimientos?.

En ocasiones, cuando ha habido tiempo de por medio para ver venir ese momento crucial, me he dedicado a recopilar y aquilatar todas las posibilidades, a vislumbrar cada una de las opciones que el destino, suponía yo, estaba barajando. No sabía cuál sería el desenlace finalmente escogido por las Moiras, pero sí estaba seguro de que debería ser, necesariamente, uno de aquellos que yo había recopilado, y que contemplaba inquieto y presentía, con temor o alegría según el caso.


Recuerdo los meses anteriores a la celebración de la cátedra de universidad a la que yo aspiraba hace unos años en la Universidad de Girona. Recuerdo largos paseos con mi perro imaginando las distintas posibilidades, acariciando las distintas opciones, preguntándome cuál de ellas sería la destinada a hacerse con mi vida.


Indefectiblemente, siempre me ha sucedido lo mismo. Jamás he acertado. La realidad ha superado siempre, y con creces, a mi capacidad de cálculo.


Y es que la realidad no es verosímil. Cuando hacemos ficción (bien sea escribiendo, o bien sea previendo el futuro que nos espera), juzgamos la realidad venidera bajo el criterio de verosimilitud, y desde ese rasero creemos que podemos adivinar el futuro. Luego la vida nos sorprende y ello da lugar a las miles de tertulias de sobremesa que se desarrollan y se desarrollarán a lo largo y ancho del planeta, y en las que se cuentan esas historias que, de manera sorprendente, tuvieron lugar bien cerca de aquí.


-No puede ser verdad, te lo estás inventando, eso es imposible


Por alguna extraña razón no aceptamos ciertos extremos de la realidad y, por ello, cuando se presenta de esa manera la desmentimos, la condenamos a una cárcel que está compuesta de anaqueles y la enclaustramos dentro de las tapas de los libros.


Una extraña paradoja nos conduce a entender como ficción la parte más extrema y, por lo tanto, más esencial de la realidad; lo que tiene como consecuencia que debamos, a su vez, vivir ciertas ficciones como algo real, de manera que podamos sustituir y eludir a la realidad misma.

Primo Levi nos cuenta que una de las condenas más terribles de la supervivencia era comprobar cómo la sociedad tendía a convertir en literatura el tremendo recuerdo de Auswitch. "Nunca os creerán", afirma que les decían a los prisioneros algunos de los alemanes que estaban al mando del campo de concentración. Y eso constituía la peor de las condenas. Tu dolor, ni siquiera existirá en el futuro, ni siquiera será cierto. 


Tocaría ahora poner diversos ejemplos, tanto de obras consideradas de ficción que constituirían retratos casi fotográficos de la realidad, como de hechos considerados reales por la generalidad de la sociedad que los conoce, pero que no tuvieron lugar nunca.


No obstante, creo que es mucho más sugerente que cada cual recree su propia historia.









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