viernes, 6 de mayo de 2011

¿TÚ ERES ESCRITOR, NO?

Mi amigo nunca sabía qué contestar cuando le preguntaban si era escritor. Y todavía era peor cuando lo daban por supuesto y la pregunta pretendía sólo averiguar el género literario al que se dedicaba: Oye, ¿tú eres poeta o novelista?. Y él nunca sabía qué contestar. Pero como había que decir algo, balbuceaba respuestas del tipo: bueno, digamos que intento escribir, simplemente eso.

Éste era un tipo de respuesta que no gustaba nada, porque en el ambiente literario la duda no va a ninguna parte: debes saber lo que quieres y debes saber expresarlo con claridad e inteligencia. ¿Cómo vas a ser capaz de escribir si no sabes ni decir quién eres?.

Como mi amigo tenía una buena formación filosófica (condición poco común en el ambiente literario), cuando meditaba la pobreza de su respuesta y se castigaba por no ser más asertivo, algunos autores clásicos venían en su ayuda. Y es normal, ¡para uno que les leía! No lo iban a dejar “tirao” a la primera de cambio.

Y ahí acudía Hegel, sin ir más lejos, y le recordaba su teoría de la auto-referencia de la conciencia y de la naturaleza del espíritu. Oye, le decía Hegel, vamos a ver, tú, considerándote a ti mismo como objeto de tu conciencia, ¿cómo te ves?. Tienes que saberlo, es muy fácil, ¿no ves un escritor?. A ver, ¿no te pasas todos los días algunas horas escribiendo? Pues entonces ya está, "objetivamente" eres un escritor, y no me dudes más que me pones nervioso coño.

Pero, vamos a ver Georg (a mi amigo le gustaba llamar a Hegel por su nombre de pila), no me jodas, tú siempre dijiste que si bien el yo es el objeto de la conciencia cuando ésta es autoconciencia, también afirmaste siempre, capullazo, que cada autoconciencia necesita para validarse el reconocimiento de, al menos, otra. Si podría citarte de memoria, gilipollas: "La autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es en sí y para sí para otra autoconciencia" (mi amigo citaba de memoria en alemán, pero como yo no sé alemán transcribo la cita en castellano).

Ése era el problema, se decía mi amigo, era absurda la puñetera preguntita que tantas veces había que sufrir, porque el ser o no escritor no dependía de lo que uno dijera de sí mismo, sino de lo que dijeran los demás.

Y contemplaba a los diversos grupos de personas que se reunían por afinidades a lo largo de un salón, desde su multitudinaria soledad en el típico vino español tras la presentación de una novela. Podría decirse que en cada uno de aquellos grupos se producía un reconocimiento sistemático entre los diversos miembros al respecto de sus respectivas conciencias de escritores. El resultado feliz era que en cada uno de aquellos grupos, todos eran escritores. Pero cuidado, si alguno de aquellos escritores salía de allí, de su círculo, en ese momento todo se sembraba de dudas. La conclusión estaba clara: mejor no moverse, mejor no salir del círculo.

Hace pocos días acabé la última novela de Antonio Orejudo. Una novela de campus, sencilla, pero con algunos chispazos geniales. Uno en especial: el protagonista, que intenta sobrevivir como becario de doctorado en Estados Unidos, gana de vez en cuando algo de dinero haciendo de cobaya humana para un instituto de investigaciones. El caso es que, como resultado de uno de los experimentos a los que se presta, queda alterada su apreciación de la realidad; a partir de entonces verá cosas que otros no perciben, no podrá domeñar su imaginación, el mundo, su mundo, será diferente al que contemplan la mayoría de sus congéneres. Y el protagonista de esa novela, que llegará años después a ser un famoso escritor, achacará su éxito y su condición de novelista a esta característica inédita de su personalidad, la cual, por otro lado, no está lejos de ser una perturbación, una deficiencia.

Leer aquello me trajo a la memoria otro libro de Rosa Montero, La loca de la casa, en donde reflexionaba sobre la profesión de escritor y, curiosamente, describía una de las condiciones del oficio: la incapacidad de dominar la propia imaginación, al extremo que el escritor auténtico se pierde en sus pensamientos mientras otros le hablan, y regresa de pronto sin saber de qué va la conversación, habiendo estado imaginando, por ejemplo, que una enorme ballena asomaba su impresionante lomo en las aguas de la piscina que tienen al lado.

Me quedo con esta intuición literaria, el oficio de escritor como condición, como enfermedad, como estado de vida, como tragedia. Prefiero esta definición a la de escritor como elección personal, y mucho más a la de escritor como reconocimiento social.

Cuando recuerdo a mi amigo perdido en el fondo de sus ojos mientras los demás hablan con él ausente; cuando lo recuerdo discutiendo con sus filósofos amigos mientras los demás le preguntan cualquier cosa, y él responde sin saber muy bien el qué; cuando lo recuerdo embarcado en un barco inexistente que atracará por desgracia en la decepción de cada día; no me cabe duda de que estoy ante un escritor. Y eso aunque no escriba.



                                             José María Pérez Collados

1 comentario:

  1. Quizá podría ayudarnos Witold Gombrowicz y su espléndida novela "Ferdyduke", donde rechaza etiquetas como "Escritor" o "Artista" para preferir la más modesta descripción de escritor: "la persona que escribe un poco más que los demás". Yo, como tú, también concibo la poesía como enfermedad, porque uno no elige escribir como elige ser bombero. En el poeta el fuego arde dentro, se "entraña" y es inapagable. Aquí radica su tragedia, ya que si por un lado ese fuego le ilumina, por otro lado le quema, le abrasa, le duele. Entonces, ¿quién es un escritor? De acuerdo: alguien que escribe un poco más que los otros. Pero pensándolo más detenidamente, ¿es así, necesariamente?. Tu última frase, significativa: "Y eso aunque no escriba", nos ilustra al respecto. Porque hay poetas mayúsculos (conoceras a algunos sin duda) que no han escrito un verso en su vida ni falta que les hace. Y es que la Poesía es algo más que los versos, que las palabras.

    Juan Manuel Uría

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