viernes, 13 de mayo de 2011

EL TRANVÍA

Era la suya una realidad desvirtuada. Hasta el día de hoy siempre había visto el mundo a través de los cristales de sus gafas, sin poder saber qué sucedía si se le ocurría mirar de soslayo. Sin lentes, a su alrededor no había más que nubes borrosas, suerte de neblinas que le hacían entrar en una pesadilla de golpes y pisotones. Todos estos años había sido un infierno hacerse la línea de los ojos a través de la montura, imposible sobrevivir a un paseo por la calle en una tarde de lluvia. Desde los ocho años, después de despertarse, tenía aprendido el movimiento de alargar el brazo para coger las gafas de la mesilla de noche. De pasta, metálicas, transparentes o de inspiración retro. Más de treinta modelos habían pasado por sus manos a lo largo de su vida, y ya era momento de decir basta. Y en eso estaba, subida en el tranvía, atravesando la avenida Juan Carlos I en dirección a la clínica oftalmológica.

Como en toda operación de complicado postoperatorio, le habían aconsejado que fuera acompañada. Pero eso era más fácil decirlo que hacerlo. Hacía realmente poco que le habían trasladado a la ciudad, y las únicas personas que conocía aquí le habían deseado suerte desde el mostrador donde trabajaban como ella. Así que debería enfrentarse sola a su destino, pero no estaba en sus genes eso de ser valiente por que sí. Le había costado mucho decidirse, y aún hoy no estaba segura del todo, pero se repetía mentalmente que aquél era el primer paso que debía dar para cambiar de perspectiva. La suya y la de los demás. Ella era algo más que una cuatro ojos, a pesar de que las dioptrías habían estado creciendo a su mismo paso. No había leído más novelas, ni dejaban de gustarle las pelis de acción, por el hecho de llevar gafas. No más prejuicios a su costa por el mero hecho de llevar un par de cristales en la cara.

-Sí, pero operase los ojos no es lo mismo que quitarse la muelas del juicio, aunque las dos cosas sean para quedarse uno por fin a gusto –se decía para sí, con la campana tintineante de fondo. De nuevo atravesaban otro cruce. Los coches parados daban paso al tranvía sin más remedio.

Y aunque no la fueran a abrir en canal ni nada de eso, pensar en aquél láser quemando su retina daba grima. Que luego lo iba a agradecer una y mil veces como le habían dicho las personas que le aconsejaron, no lo ponía en duda, pero el momento previo era este y para ella era como estar frente a la muerte. “In artículo mortis”- porque cualquier cosa dicha en latín suena más profundo-, así estaba ella cogida al asiento del tranvía, pensando en la escena, sudando ya porque sólo quedaba una parada para bajarse. Y debía hacerlo por voluntad propia, nadie iba a empujarla. Ésa era la pena, empezó a pensar una vez más… que si no salía de ésta, iba a morir sola.

Como en un sueño vino a su mente la imagen de su abuela, de su madre, de su prima, hasta de la portera de su colegio. Todas mujeres que la habían maldecido con el viejo refrán: “mujer dicharachera, poco casadera”. No había sido culpa suya el ser como era, al igual que el hecho de tener que llevar gafas no era algo que hubiese elegido. Pero cada vez más venía a ella el recuerdo de esas palabras que se dicen sin pensar, por el mero hecho de hacer daño.

Así que hoy podía ser su última tarde, sus últimas horas… y aunque eso era meterse en el tremendismo del momento, no era idea que pudiese descartar por completo. Quizás por esto, haciendo alarde de un optimismo muy fuera de lo común, se paró delante mía antes de abandonar el vagón que ya abría sus puertas. Y mirándome como si fuera yo el novio que todavía no tenía y marchaba a una guerra larguísima, se fundió conmigo en un inesperado abrazo, dejando al resto de pasajeros y a mí mismo en un extraño estado de shock.

Acto seguido, se fue. Cerrándose las puertas automáticamente tras ella. Los muchachos que estaban a mi lado, y hasta el propio conductor, hubiesen intentado abrir las puertas como yo quise hacer un segundo después. Pero no pude salir del tranvía de aquella tarde hasta la parada siguiente, en la que me lancé a correr como alma que lleva al diablo para entrar en la clínica donde había visto entrar a aquella extraña muchacha, que poco después me contaría con los ojos vendados por qué me había abrazado sin querer.


                                                          Caridad Bernal Pérez

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