viernes, 18 de marzo de 2011

PÁJAROS. III: VENCEJOS

Yo pude ver, la otra tarde,  el vuelo rapidísimo y rasgado del primer vencejo, huésped de honor de las torres españolas. El señor vencejo aparece en nuestra patria después de la cigüeña y la golondrina, cuando florecen en los patios andaluces y en las plazas de Castilla las primeras Cruces de mayo.

El señor vencejo vuela veloz, como ningún otro pájaro, en torno al campanario y anida siempre cerca de las campanas, amigo del sacristán y del monaguillo quienes le respetan y estiman como a un huésped que sólo irrumpe en tales alturas cuando el sol brilla por todo lo alto.
Yo recuerdo-estampa grabada de mi infancia pueblerina- a los chicos saliendo de la escuela, cartera en bandolera y ánimo de persecución hacia los pájaros. Hacían un hueco circular en un trozo de papel que tiraban al alto en dirección al vuelo de los vencejos. Alguno de ellos caía en la añagaza. Inconsciente en su raudo vuelo, iba hacia el engaño y, al introducirse en el hueco del papel, caía a tierra sin remedio alguno. Allí quedaba sin poder volar. Siento aún la angustia que experimentaba entonces y mi hondo deseo de ver otra vez al vencejo en franco ascenso. Alguno, bien tirado hacia arriba, si cogía aire, tornaba a su vuelo. Pero eran muy pocos. Los chicos, asustados de su diablura, huían a toda prisa como si el propio sacerdote, subido a lo más alto de la torre, les lanzara un anatema. Entre mis manos el pequeño cuerpecillo tibio y con un pálpito acabado.

Es el vencejo el pájaro que menos tiempo permanece en España. Llega tarde y se va pronto. Diríamos que está a nuestro lado lo que una flor. Cuando cae la tarde veraniega, en esa atmósfera pesada y somnolienta de menta y ámbar, desdibujada entre dos luces, los señores vencejos cantan el ocaso solar y arman tal algarabía que no hay ser humano que no mire hacia lo alto. Sobre las tapias vienen oleadas de perfumes de árboles y flores. Todo huele bien. Hasta el asfalto. En los ardores de julio, en el cielo de nuestra ciudad, ponen, a veces, su nota oscura y rauda los vencejos. Le recomiendo, peatón de la urbe, que, entonces, agudice su sensibilidad, se detenga un momento y eleve la cabeza para ver y admirar el vuelo del señor vencejo que canta la gloria plena del verano.



                                                               Maruja Collados

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