sábado, 31 de diciembre de 2011

JACKDA

Jackda golpeó a mi puerta insistentemente esa noche. Sabía que era él, aunque nunca lo había visto antes. Había escuchado su nombre alguna vez, pero nada más. Sabía, porque un colega me había contado, que era muy insistente, que no era posible detenerlo cuando se empeñaba en entrar. Algunas personas intentaron resistirse, pero Jackda siguió golpeando y golpeando, gritando sus nombres hasta que ellos cedieron. Todos ceden tarde o temprano. Jackda siempre cobraba las deudas, incluso recurriendo a la violencia cuando era absolutamente necesario. En una ocasión, llamó a la puerta de una vecina del edificio, una anciana deprimida, que había tomado pastillas para dormir. La anciana, con la garganta seca y voz débil, le rogó que regresase en otro momento; esa noche no estaba en condiciones de atenderlo. Todos intentan lo mismo, evitarlo un día más, y Jackda lo sabe. Comenzó a gritar su nombre y a exigir la deuda. La anciana no podía soportarlo. El tormento era demasiado intenso. Los gritos de Jackda retumbaban en su cabeza, le producían tal dolor que deseaba no haberlo conocido nunca; no haberse fiado nunca de él; no haber aceptado su amistad al conocerlo de joven. Caminó de un extremo al otro de la habitación hasta que finalmente se entregó a las sacudidas de Jack. Él la golpeó como nunca la había golpeado antes, hasta dejarla casi inconciente. Al día siguiente, mientras el sol se filtraba sutilmente por las persianas del ventanal del salón, el cuerpo de la anciana terminaba de enfriarse sobre la alfombra del pasillo que conducía al lavabo. Jackda había cobrado su deuda. De una forma u otra los deudores siempre pagaban; y yo supuse que no sería la excepción.
No tenía sentido enfrentarse a él, al menos no lo tenía estando solo. Pero cuando uno hace amigos como Jackda el resto de las personas tienden a desaparecer: familia, amigos, vecinos… todos parte del pasado. Nadie con espíritu altruista. Abrí la puerta y allí lo vi. Se quitó el sombrero y dio unos pasos dentro de mi casa. Sonrió levemente antes de quitarse el sobretodo negro que llevaba. Al agitar su ropa un dulce perfume invadió la habitación. El mismo perfume que todos los atormentados habían conocido. Ese perfume que los había cautivado. Le pedí que tomase asiento mientras preparaba algo de comer. Él no quería esperar. Quería ir directo al grano. Sabía que mi intención era hacerlo reposar un rato hasta que se relajase un poco; tal vez así podría diluir su furia. Todo era inútil. Él quería lo que vino a buscar. Satisfice su ira esa noche, renovando mi crédito a una tasa de interés todavía más alta. Sabía que llegaría un día en que no podría pagarle y que mi cuerpo terminaría enfriándose en una sucia alfombra, como el de la vecina del cuarto piso, o en una bañera. Sí, pensé que el mejor modo de partir sería en la bañera. La llenaría de agua con hielo, me metería dentro y esperaría morir. Lo haría para escapar de él. Mi vida no valía un céntimo desde que comencé a pensar que aquél era un buen hombre, que podría ayudarme en los momentos difíciles. Pero Jackda no es de los que hacen caridad. Es un hombre más peligroso de lo que parece. Algo tienen en común todos sus conocidos: terminan convirtiéndose en sus víctimas y todos acaban sintiéndose engañados. No era lo que decía ser. Los problemas no desaparecían con él. Al contrario, él se convertía en el mayor problema. Cómo hacer para resistir a sus encantos, para no terminar lamiendo el fondo del vaso… si lo supiese ahora estaría contando una historia diferente.
Qué pena... si tan solo pudiese admitirlo… Mi nombre es… Mi nombre es… Soy un…, no, no puedo.


Diego M. Papayannis.

Diego M. Papayannis es Doctor en Derecho, en la especialidad de Filosofía del Derecho. Es un escritor, lo sabía antes de comenzar a leerlo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

24 DE DICIEMBRE

Yo tengo entre los dedos la fecha, como una vieja fotografía del número y del mes. No sé qué hacer, Señor, con la fecha entre las manos. Si pudiera retroceder en la vida, buscar caminos nuevos sin recodos ni sorpresas..., si pudiera perder la voz y hallarla en la voz de algún niño... No sé qué hacer, Señor, con la alegría ajena, con los ojos brillantes de los hombres que pasan, con esa alborozada prisa de los jóvenes y hasta con ese rito de la cena en familia... .
Si pudiera sacar de esta envoltura física mis años infantiles, esos años sin nombre que jugaban a ser caballos, ríos, saltos... .
Quisiera caminar por estas señaladas horas igual que un hombre nuevo y limpio, pero no así, Señor, llevando entre la sangre confesada hambre tuya.
Yo me hundiré las uñas en el cuerpo, ahuecando mi piel para ofrecerte un portal no esperado; por todos los caminos de mis venas habrá un desfile de reyes y pastores; yo cerraré los ojos para ver en la sombra el resplandor solemne de la estrella; yo cerraré las bocas hambrientas de mi tacto para que lleguen puras al gozo de tocarte; yo inventaré el idioma de una sola palabra, "Dios", para hablar contigo... .
Mientras tanto, Señor, ¡qué angustia de piedra en esta fecha que aprieto entre los dedos, igual que en un naufragio!

                                                         Maruja Collados

jueves, 15 de diciembre de 2011

EN LOS OJOS DE TU PADRE

Para Manuel Vial. Él y yo sabemos por qué.


-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Lo dijo con bastante ira. Viendo la imagen desde fuera (cosa que puedo hacer desde mi posición de narrador omnisciente), la afirmación no dejaba de tener cierta credibilidad. Ella, la que afirmaba aquello, era joven, con esa belleza de los veinte años, el pelo con mechas de color azul, un piercing en la lengua, los ojos pintados con una raya morada y esa delgadez nerviosa de la adolescencia. Su imagen simbolizaba el valor de la juventud, la arrogancia del futuro cuando se tiene todo entero y por delante.

Sin embargo él, su padre, la verdad es que presentaba un aspecto más bien derrotado. A sus apenas cincuenta años la desmesura de su culo se había conjuntado con su enorme tripa para describir un círculo perfecto, que un pantalón de talla especial difícilmente lograba abarcar por encima del ombligo. Como no había cinturón capaz de tamaño recorrido, usaba tirantes.

Me centro en este rasgo de su aspecto físico porque lo considero esencial a la hora de transmitir la idiosincrasia de este hombre. Y es que con ese culo lo lógico sería hacerse los trajes a medida. Pero si a los cincuenta años sigues cobrando mil euros al mes de sueldo, eso ni se plantea. Y los trajes de talla estándar (sección de “tallas grandes” en los establecimientos comerciales), siempre le quedaban escasos, pequeños, justos (normal, con ese culo…); y cuando la ropa te tira por todas partes andas como si tuvieras una pulga recorriéndote el cuerpo, y te estiras, y te mueves y te sueltas el botón del pantalón cuando te sientas, y si luego se te olvida abrochártelo cuando te levantas (y se te olvida, porque con el botón desabrochado vas mejor, más suelto vaya), pues todavía tu imagen es más penosa, más triste, más (por qué no decirlo), derrotada.

Que él no fue siempre así es verdad. De hecho era un tipo bastante bien plantado, pero quince años de comer a diario un menú de fritangas a mil pesetas (ocho euros tras la integración en la moneda única), hacen estragos. Eso y aquel trabajo que hace veinte años consideró una ocupación ocasional y transitoria. Aquel trabajo mediocre de oficinista de taller mecánico, aquel cuchitril en lo alto de la nave al que se accedía por una escalera metálica. En casi todo taller ese puesto lo desempeña una chica joven, con la que se matan a pajas los mecánicos (lo digo yo, que soy narrador omnisciente).

-Lo que pasa es que tú eres un fracasado.

Se llenó de ira. No contestó, no pudo hacerlo porque el golpe le había dolido, y le había dolido porque sabía que era verdad. Estaban en el salón de veinte metros cuadrados de su piso de setenta y cinco, y se retiró a su dormitorio suite de quince metros cuadrados con armario empotrado. Y quedaban todavía quince años de hipoteca. No había escapatoria. Y odió a su esposa, porque la niña se lo habría oído a ella, me habría llamado fracasado sabe Dios ante quién, estaría con su madre, o sabe Dios con quién. Sí, seguro. De la niña no sale eso por sí sólo. Se lo ha escuchado a alguien. Seguro.

Pero el odio a su esposa se fue disolviendo poco a poco, porque debía admitir que su hija había cambiado mucho. Ya jamás le daba un beso, jamás tenía con él una muestra de cariño, jamás le miraba con amor, jamás le hacía preguntas, nunca le consultaba nada, jamás. Es que jamás le hablaba, sólo hablaba con su madre, y tampoco es que con su madre hablara mucho, la verdad. Sí, sí, sí, había salido de ella, claro que sí, claro que sí, eso es lo que ella pensaba de él, de su padre.

En aquel pequeño dormitorio, sentado al borde de su cama de matrimonio y presidido por el consabido crucifijo que había sobre la cabecera del lecho, recorrió todos estos años en unos pocos minutos. Toda su vida había quedado marcada por el nacimiento de su hija. Con ella la libertad se terminó, la irresponsabilidad y las locuras pasaron a ser historia. Era su turno, le tocaba vivir a ella, no hubo más, más que ella. Y no se arrepentía, y no la culpaba. Hubiera debido hacerlo mejor en la vida, pero no pudo; no por su culpa, no, pero sí por su causa.

Hace catorce años tuvo su última oportunidad. Todavía tenía pelo (antes no he hablado de eso porque creía que con la referencia al culo era más que suficiente), y aún mantenía una figura razonablemente joven. Coño, tenía treinta y cinco años. ¡Y pensar que me sentía viejo! Qué imbécil. Fue en un autobús. Historias de esas que sólo pasan en el cine, pero que pasan, al menos una vez en la vida, sólo una. La miró, y la vio, y ella le miró y creo que lo vio también, sí, lo vio.

Nunca se había sentido más fuerte que durante aquellos meses, se creía capaz de cualquier cosa. Pero no lo fue, porque no pudo abandonarla, a ella, a su hija que entonces tenía cuatro años y que le esperaba todas las noches para tomarse el vaso de leche, y que si no le daba un beso no quería irse al colegio, y que le preguntaba a dónde iban los aviones del cielo, y que creía en él y le miraba con esos ojos que ya no están, que ya se han ido.

Supongo que ése es el puto fracaso, haberla perdido, a esa niña que corría alrededor del sofá del salón con una mirada de inocencia y aventura, a esa niña que se escondía detrás de las cortinas y que me llamaba, y que me quería a mí, a mí. Más que a nadie. Y ya se ha ido y, joder, qué vacía ha dejado mi vida, porque sin ella sí que es verdad que mi vida es un fracaso. Un puto fracaso.

Y de pronto, en esa cama de matrimonio que había sido la de sus padres, recordó una frasecita que siempre decía su madre. Era un verso de uno de esos poetas medio desconocidos que ella había leído de joven, un tal Conde de Foxá: “en los ojos de tu madre, serás niño hasta el final”. Ella repetía esa frase muchas veces; él nunca le había dado importancia a aquella ocurrencia pero ahora, de pronto, sintió a su madre como si estuviera a su lado, aconsejándole como hacía tantas veces en la infancia: “no estés triste Josecico, no has perdido nada, no se ha ido, si la sabes mirar volverás a ver aquellos ojos, los que te preguntaban a dónde iban los aviones del cielo. Créeme.”

Y se levantó sigiloso y salió del dormitorio a hurtadillas, y en la puerta del salón la vio, sí la vio. Allí estaba; ni siquiera ella lo sabía, porque se desconocía, pero él podía verla, y la miró. Era su hija, aquella niña. Estaba ahí.

Ella levantó la cabeza y se quedó un tanto sorprendida ante la visión de su padre, pantalón desabrochado, camisa por fuera, tirantes sueltos y una expresión en la cara como si hubiera visto un fantasma, o como si se hubiera metido algo, vaya.

-Te quiero, hija mía. Te quiero mucho.

Y cogió la puerta y se fue al parking a por el Renault, para no llegar tarde al taller. Y repetía una y otra vez que había merecido la pena, porque ahí estaba, sí, porque en sus ojos ella seguiría siendo niña hasta el final, hasta el final, había merecido la pena sí, claro que sí, por supuesto, claro que sí.

Lloraba, y eso le nublaba la vista. No veía nada, ni el color de las luces de los semáforos, ni siquiera la señal de stop que tenía delante.

jueves, 10 de noviembre de 2011

REALIDAD Y FICCIÓN

Siempre que me he enfrentado a un momento crucial he intentado adivinar lo que iba a suceder. ¿Saldré adelante?, ¿seré derrotado?, ¿con qué matices tendrán lugar los acontecimientos?.

En ocasiones, cuando ha habido tiempo de por medio para ver venir ese momento crucial, me he dedicado a recopilar y aquilatar todas las posibilidades, a vislumbrar cada una de las opciones que el destino, suponía yo, estaba barajando. No sabía cuál sería el desenlace finalmente escogido por las Moiras, pero sí estaba seguro de que debería ser, necesariamente, uno de aquellos que yo había recopilado, y que contemplaba inquieto y presentía, con temor o alegría según el caso.


Recuerdo los meses anteriores a la celebración de la cátedra de universidad a la que yo aspiraba hace unos años en la Universidad de Girona. Recuerdo largos paseos con mi perro imaginando las distintas posibilidades, acariciando las distintas opciones, preguntándome cuál de ellas sería la destinada a hacerse con mi vida.


Indefectiblemente, siempre me ha sucedido lo mismo. Jamás he acertado. La realidad ha superado siempre, y con creces, a mi capacidad de cálculo.


Y es que la realidad no es verosímil. Cuando hacemos ficción (bien sea escribiendo, o bien sea previendo el futuro que nos espera), juzgamos la realidad venidera bajo el criterio de verosimilitud, y desde ese rasero creemos que podemos adivinar el futuro. Luego la vida nos sorprende y ello da lugar a las miles de tertulias de sobremesa que se desarrollan y se desarrollarán a lo largo y ancho del planeta, y en las que se cuentan esas historias que, de manera sorprendente, tuvieron lugar bien cerca de aquí.


-No puede ser verdad, te lo estás inventando, eso es imposible


Por alguna extraña razón no aceptamos ciertos extremos de la realidad y, por ello, cuando se presenta de esa manera la desmentimos, la condenamos a una cárcel que está compuesta de anaqueles y la enclaustramos dentro de las tapas de los libros.


Una extraña paradoja nos conduce a entender como ficción la parte más extrema y, por lo tanto, más esencial de la realidad; lo que tiene como consecuencia que debamos, a su vez, vivir ciertas ficciones como algo real, de manera que podamos sustituir y eludir a la realidad misma.

Primo Levi nos cuenta que una de las condenas más terribles de la supervivencia era comprobar cómo la sociedad tendía a convertir en literatura el tremendo recuerdo de Auswitch. "Nunca os creerán", afirma que les decían a los prisioneros algunos de los alemanes que estaban al mando del campo de concentración. Y eso constituía la peor de las condenas. Tu dolor, ni siquiera existirá en el futuro, ni siquiera será cierto. 


Tocaría ahora poner diversos ejemplos, tanto de obras consideradas de ficción que constituirían retratos casi fotográficos de la realidad, como de hechos considerados reales por la generalidad de la sociedad que los conoce, pero que no tuvieron lugar nunca.


No obstante, creo que es mucho más sugerente que cada cual recree su propia historia.









miércoles, 21 de septiembre de 2011

MI PRIMERA NOVELA

Mi novela, El Tren de cristal, está desde el pasado lunes en las librerías. Aunque no es ni mucho menos una novela autobiográfica, sí que retrata una época de mi vida, y un tiempo que ya no existe.

Espero que tengáis la generosidad de leerla, como leéis tantas veces los textos de este Blog.





El libro se presenta en Madrid el 13 de octubre. Podéis hacer clik aquí para ver el Programa.

Si quieres leer los dos primeros capítulos de la novela, haz clik aquí.

domingo, 24 de julio de 2011

VERANO


Los veranos de la infancia
eran como una bicicleta
y tenían rebanadas de pan
con aceite y azúcar

Yo jugaba con hormigas
hablaba con Cuchifritín
miraba y escuchaba a los mayores
(qué pena haber perdido esa costumbre)

Tenía un pájaro que no sabía volar
una luciérnaga triste
y un perro viejo y canela

Un día todo terminaba
con un estruendo de armarios
maletas y nervios

José María Pérez Collados


Ha llegado el verano. El Blog de nuestra editorial no se volverá a actualizar con ningún post hasta el mes de septiembre. Hasta entonces, un fuerte abrazo.

domingo, 17 de julio de 2011

PÁJAROS: IV. GORRIONES

Una bandada de gorriones,
niños hambrientos y mal vestidos,
se disputan con gran algarabía
las migajas de una palabra
que ha caído al suelo

 
Qué extraño equipaje para su corazón
las sílabas desgajadas que ahora ingieren
con inconsciencia infantil,
esa palabra triste y solitaria,
perdida, abandonada.

María Pérez Collados

viernes, 24 de junio de 2011

PASEAR EN BICICLETA

Vengo de leer El paseo en bicicleta, de Antón Castro, y ha sido como volver al pequeño pueblo de mi infancia, en Teruel, donde sería injusto decir que no tenía amigos, porque tenía mi bicicleta BH con la que, como Antón, viajaba por caminos de tierra, lindaba acequias, observaba los inmensos campos de maíz, y paraba a veces a descansar a la sombra de una enorme higuera.

El libro comienza y se nos lleva, y es como si me volviera a subir en aquella bicicleta que aún hoy descansa, vieja y como un símbolo, en el destartalado garaje de una antigua casa de campo.

Allá voy, como antaño
contento como el niño que fui


Es un viaje sin rumbo que persigue recuerdos, que descubre a un padre y a un hijo pescando en un río, o a una mujer a caballo, o el mar de los campos de maíz.


No sé si tengo rumbo fijo cuando salgo a la carretera
No sé muy bien que busco, ni por qué pedaleo: me dejo
ir por aquí y por allá (…)
Y a la vez regreso a los lugares de la memoria, a una edad
incierta en la que yo me sentía un niño de aldea


Algunas veces, muy pocas, cuando leemos un libro nos parece que hubiéramos podido escribirlo nosotros. Y aún más, nos parece que deberíamos haberlo escrito nosotros. O incluso más, nos parece que lo hemos escrito nosotros. Cuando leemos algo así (lo dice en alguna parte Tobias Wolf), podemos estar seguros de que estamos ante una obra de arte.


Y es que, de pronto, me veo contemplando el reflejo del maíz en las acequias, niño perdido en la soledad del maizal, detenida mi bicicleta en un monte y divisando, a lo lejos, la pugna entre los cereales y el cielo.


El que escribe es el niño que viaja agarrado a su padre en la bicicleta en la que llevan fruta al Mercado Central. Su padre adusto, metódico. Me conmovía su obstinación de agricultor en paz.


Ese niño que entonces miraba a su padre, y que se mirará sin duda hoy, pensando en que son ahora otros ojos de infancia los que lo contemplan con esa desarbolada inocencia, en él perdida.


A veces se giraba para verme. “Agárrate fuerte”, decía.
En aquella mirada me pareció adivinar ternura y miedo,
y creí entender algo de su extraña forma de vida.


No sé si lo que el niño que fuimos no comprende de su padre, es que es un perdedor (porque todos lo somos), que ese hombre al que teme y admira ha fracasado. Y es que el niño no puede entender que ese gigante al que mira desde su corta estatura haya fracasado, como fracasará él un día, cuando sean otros ojos de niño los que le contemplen, en la altura de su cansancio.


Hace años que murió. A menudo pienso en él
y recuerdo lo que siempre nos contaba mi madre:
“La guerra lo cambió: acabó con sus sueños felices”.
Ella lo recibía en casa, en las dos o tres casas que hemos
tenido, con infinita compasión. No le preguntaba nada.



Pero la bicicleta también nos lleva hasta aquellos tiempos inolvidables. Acababa de irme de casa. Nos lleva hasta algunos amores de juventud, hasta los héroes de la infancia, al recuerdo de Paco el Pecas, desplomándose al abismo, no había soltado el manillar en ningún instante. Nos lleva a la ciudad en la que vivimos ayer y en la que hemos llegado a ser lo que enmarca nuestro nombre de hoy en día, a través de sus ríos y sus parques, tan distintos hoy de los de ayer, como nosotros mismos.

He ido a mirar la bicicleta de montaña que tengo ahora en el garaje. Hace mucho que no la monto. Tiene las ruedas deshinchadas, he encontrado la bomba, todavía funciona. Mañana saldré con ella. Creo que no tardaré mucho en enseñar a mi hija a montar en bicicleta.




domingo, 19 de junio de 2011

EN EL ESTILO DE GLORIA FUERTES


El semanario DOMINGO, de cuyo equipo de redacción formaba parte mi madre, tenía una sección titulada “En el estilo de. . .”. Se cumplen ahora años de su desaparición y, en su  recuerdo, mi madre ha escrito lo que sigue (y que me manda):


                            (En el estilo de. . .Gloria Fuertes.)

El mendigo tiene una barba blanca,
una boina vieja, mugrienta, pelada
la cara de barro cocido afilada
y una mano torpe que tiende cansada.
Así es el mendigo. Con su voz cascada
detiene a las gentes con triste mirada,
haciendo exponente toda su miseria,
su hambre, su frío, su ardiente desgana:
-¡Dadme una limosna!¡Que a quien da al mendigo
Dios no desampara!
Y pasa una vieja, enjuta, agotada,
que mira con lástima la cara arrugada
del mendigo pobre de la barba blanca.
Luego pasa un niño, después otra anciana
y todos dejando van sobre la lata
las monedas grises con aire de plata.
Cuando tiene muchas, su puesto el mendigo
con garbo levanta.
Y ya no suplica ni llora cansino
que  va a la taberna de frente a la plaza
y repica ansioso con su palo seco
como una guadaña:
- ¡Tráeme una jarra! ¡Tráemela, guapa!
Que engañé a una vieja, a un niño y a un guardia
y traigo la bolsa repleta y pesada.
Al día siguiente de nuevo el mendigo,
con su voz cascada
suplica a las gentes tendiendo en su mano la lata abollada:
- ¡Dadme una limosna!  ¡Que a quien da al mendigo
Dios no desampara!


                                Maruja Collados

miércoles, 8 de junio de 2011

JORGE SEMPRÚN

Ha muerto Jorge Semprún.

Hace algunos meses publicábamos un comentario a su inolvidable discurso en el Acto de conmemoración del Campo de concentración de Buchenwald (para leerlo, haz clic aquí).

Hoy publicamos íntegramente aquel memorable discurso.






Discurso leído por Jorge Semprún en la conmemoración de la liberación del campo de concentración de Buchenwald

El 11 de abril de 1945 –hace pues sesenta y cinco años– hacia las cinco de la tarde, un jeep del Ejército americano se presenta a la entrada del campo de concentración de Buchenwald.

Dos hombres bajan del jeep.

De uno de ellos no se sabe gran cosa. Los documentos asequibles son poco explícitos.
Está establecido, en todo caso, que se trata de un civil. Pero, ¿por qué estaba allí, a la vanguardia de la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército norteamericano del general Patton? ¿Qué profesión ejerce? ¿Cuál es su misión? ¿Es acaso periodista? ¿O, más probablemente, experto o consejero civil de algún organismo militar de inteligencia?

No se sabe a ciencia cierta.

Está allí, sin embargo, presente, a las cinco de la tarde de un día memorable, ante la puerta de entrada monumental del campo de concentración. Está allí, acompañando al segundo tripulante del jeep.

Éste sí está identificado: es un teniente, mejor aún, un Primer Teniente, un oficial de inteligencia militar asignado a la Unidad de Guerra Psicológica del Estado Mayor del general Omar N. Bradley.

Tampoco sabemos lo que pensaron los dos americanos al bajarse del jeep y contemplar la inscripción en letras de hierro forjado que se encuentra en la verja del portal de Buchenwald: Jeden das Seine.

No sabemos si tuvieron tiempo de tomar nota mentalmente de tamaño cinismo, criminal y arrogante. ¡Una sentencia que alude a la igualdad entre seres humanos, a la entrada de un campo de concentración, lugar mortífero, lugar consagrado a la injusticia más arbitraria y brutal, donde sólo existía para los deportados la igualdad ante la muerte!

El mismo cinismo se expresaba en la sentencia inscrita en el portal de Auschwitz: Arbeit macht frei. Un cinismo característico de la mentalidad nazi.

No sabemos lo que pensaron los dos americanos en aquel histórico momento. Pero sí sabemos que fueron acogidos con júbilo y aplauso por los deportados en armas que montaban la guardia ante la entrada de Buchenwald. Sabemos que fueron festejados como libertadores. Y lo eran, en efecto.

No sabemos lo que pensaron, no sabemos casi nada de sus biografías, de su historia personal, de sus gustos o disgustos, de su entorno familiar, de sus años universitarios, si es que los tuvieron.

Pero sabemos sus nombres.

El civil se llamaba Egon W. Fleck y el primer teniente Edward A. Tenenbaum.

Repitamos aquí, en el Appeliplatz de Buchenwald, sesenta y cinco años después, en este espacio dramático, esos dos nombres olvidados e ilustres: Fleck y Tenenbaum.

Aquí, donde resonaba la voz gutural, malhumorada, agresiva, del Rapportführer todos los días de la semana, repartiendo órdenes o insultos; aquí donde resonaba también, por el circuito de altavoces, algunas tardes de domingo, la voz sensual y cálida de Zarah Leander, con sus sempiternas cancioncitas de amor, aquí vamos a repetir en voz alta, a voz en grito si fuera necesario, aquellos dos nombres.


Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.

Así, maravillosa ironía de la historia, increíble revancha significativa, los dos primeros americanos que llegan a la entrada de Buchenwald, aquel 11 de abril de 1945, con el Ejército de la liberación, son dos combatientes judíos. Y por si fuera poco, dos judíos americanos de filiación germánica, más o menos reciente.

Ya sabemos, pero no es inútil repetirlo, que en la guerra imperialista de agresión que desencadena en 1939 el nacionalsocialismo, y que aspira al establecimiento de una hegemonía totalitaria en Europa, y acaso en el mundo entero, ya sabemos que en dicha guerra, el propósito constante y consecuente de exterminar al pueblo judío constituye un objetivo esencial, localmente prioritario, entre los fines de guerra de Hitler.

Sin tapujos ni concesiones a ninguna restricción mortal, el antisemitismo racial forma parte del código genético de la ideología del nazismo, desde los primeros escritos de Hitler, desde sus primerísimas actividades políticas.

Para la llamada solución final de la cuestión judía en Europa, el nazismo organiza el exterminio sistemático en el archipiélago de campos especiales del conjunto Auschwitz- Birkenau, en Polonia.

Buchenwald no forma parte de dicho archipiélago. No es un campo de exterminio directo, con selección permanente para el envío a las cámaras de gas. Es un campo de trabajo forzado, sin cámaras de gas. La muerte, en Buchenwald, es producto natural y previsible de la dureza de las condiciones de trabajo, de la desnutrición sistemática.

Como consecuencia, Buchenwald es un campo judenrein.

Sin embargo, por razones históricas concretas, Buchenwald conoce dos periodos diferentes de presencia masiva de deportados judíos.

Uno de esos periodos se sitúa en los primeros años de existencia del campo, cuando, después de la Noche de Cristal y del pogrom general organizado, en noviembre de 1938, por Hitler y Goebbels personalmente, miles de judíos de Frankfurt, en particular, son enviados a Buchenwald.


En 1944, los veteranos comunistas alemanes se acordaban todavía de la mortífera brutalidad con que fueron maltratados y asesinados a mansalva, masivamente, aquellos judíos de Frankfurt, cuyos supervivientes fueron luego enviados a los campos de exterminio del Este.

El segundo periodo de presencia judía en Buchenwald se sitúa en 1945, hacia finales de la guerra, en los meses de febrero y de marzo concretamente. En aquel momento, decenas de miles de supervivientes judíos de los campos del Este fueron evacuados hacia Alemania central por el SS, ante el avance del Ejército Rojo.

A Buchenwald llegaron miles de deportados escuálidos, transportados en condiciones inhumanas, en pleno invierno, desde la lejana Polonia. Muchos murieron durante un viaje interminable. Los que consiguieron alcanzar Buchenwald, ya sobrepoblados, fueron instalados en los barracones del kleine Lager, el campo de cuarentena, o en tiendas de campaña y carpas especialmente montadas para su precario alojamiento.

Entre aquellos miles de judíos llegados por entonces a Buchenwald, y que nos aportaron información directa, testimonio vivo y sangrante del proceso industrial, salvajemente racionalizado, del exterminio masivo en las cámaras de gas, entre aquellos miles de judíos había muchos niños y jóvenes adolescentes.

La organización clandestina antifascista de Buchenwald hizo lo posible para venir en ayuda de los niños y adolescentes judíos supervivientes de Auschwitz. No era mucho, pero era arriesgado: fue un gesto importante de solidaridad, de fraternidad.

Entre aquellos adolescentes judíos se encontraba Elie Wiesel, futuro premio Nobel de la Paz. Se encontraba también Imre Kertesz, futuro premio Nobel de Literatura.

Cuando el presidente Barack Obama, hace unos meses, visitó Buchenwald, le acompañaba Elie Wiesel, hoy ciudadano americano. Se puede suponer que Wiesel aprovechó aquella ocasión para informar al presidente de EE UU de la experiencia de aquel pasado imborrable, de su experiencia personal de adolescente judío en Buchenwald.

En cualquier caso, me parece oportuno recordar aquí, en este momento solemne, en este lugar histórico, la experiencia de aquellos niños y adolescentes judíos, supervivientes del campo de Auschwitz, último círculo del infierno nazi. Recordar tanto a los que se hicieron célebres, como Kertesz y Wiesel, por su talento literario y su actividad pública, como a aquellos que permanecieron, sencillos héroes, en el anonimato de la historia.


Además, no es ésta mala ocasión para subrayar un hecho que se perfila inevitablemente en el horizonte de nuestro porvenir.

Como ya dije hace cinco años, en el Teatro Nacional de Weimar, “la memoria más longeva de los campos nazis será la memoria judía. Y ésta, por otra parte, no se limita la experiencia de Auschwitz o de Birkenau, Y es que, en enero de 1945, ante el avance del Ejército soviético, miles y miles de deportados judíos fueron evacuados hacia los campos de concentración de Alemania central.

Así, en la memoria de los niños y adolescentes judíos que seguramente sobrevivirán todavía en 2015, es posible que perdure una imagen global del exterminio, una reflexión universalista. Esto es posible y pienso que hasta deseable: en este sentido, pues, una gran responsabilidad incumbe a la memoria judía… Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento sólo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del exterminio. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte”.

Pero volvamos un momento al día del 11 de abril de 1945. Volvamos al momento en que Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum detienen su jeep ante el portal de Buchenwald.

Probablemente, si tuviera muchos años menos, acometería ahora una indagación histórica, una investigación novelesca acerca de estos dos personajes, investigación que abriría el camino de un libro sobre aquel 11 de abril de hace más de medio siglo, un trabajo literario en el cual ficción y realidad se apoyarían y enriquecerían mutuamente.

Pero no me queda tiempo para semejante aventura.


Me limitaré pues a recordar algunas frases del informe preliminar que Fleck y Tenenbaum redactaron dos semanas después, el 24 de abril exactamente, para sus mandos militares, informe que consta en los Archivos Nacionales de EE UU.

“Al desembocar en la carretera principal”, escriben los dos americanos, “vimos a miles de hombres, harapientos y de aspecto famélico, en marcha hacia el Este, en formaciones disciplinadas. Estos hombres iban armados y tenían jefes que los encuadraban. Algunos destacamentos portaban fusiles alemanes. Otros llevaban al hombro “panzerfausts”. Se reían y hacían gestos de furiosa alegría mientras caminaban… Eran los deportados de Buchenwald, en marcha hacia el combate, mientras nuestros tanques los rebasaban a 50 kilómetros por hora…”


Este informe preliminar es importante por varias razones. En primerísimo lugar, porque los dos americanos, testigos imparciales, confirman rotundamente la realidad de la insurrección armada, organizada por la Resistencia antifascista de Buchenwald, y que fue motivo de polémica en los tiempos de la guerra fría.

Lo más importante, sin embargo, al menos para mí, desde un punto de vista humano y literario, es una palabra de este informe: la palabra alemana panzerfaust.

Fleck y Tenenbaum, en efecto, escriben su informe en inglés, como es lógico. Pero cuando se refieren al arma individual antitanque, que se denomina bazooka en casi todos los idiomas del mundo, y en todo caso en inglés, recurren a la palabra alemana.

Lo cual hace pensar que Fleck y Tenenbaum, el civil y el militar, son americanos de reciente filiación germánica. Y esto abre un nuevo capítulo de la investigación novelesca que me apetecería acometer.

Pero hay otra razón, más personal, que me hace importante la palabra panzerfaust, o sea, literalmente, “puño antitanque”. Y es que yo estaba, aquel día de abril de 1945, en la columna en marcha hacia Weimar, aquella columna de hombres armados, furiosamente alegre. Yo estaba entre los portadores de bazookas.

El deportado 44904, con en el pecho el triángulo rojo estampado en negro con la letra “S”, de Spanier, español, ése era yo, entre los jubilosos portadores de bazooka o panzerfaust.

Hoy, tantos años después, en este dramático espacio del Appeliplatz de Buchenwald. En la frontera última de una vida de certidumbres destruidas, de ilusiones mantenidas contra viento y marea, permítanme un recuerdo sereno y fraternal hacia aquel joven portador de bazooka de 22 años.


Muchas gracias por la atención.