jueves, 21 de octubre de 2010

AEROPUERTO CERRADO

Mirado desde el presente, parecía una alucinación. Si no lo hubiese vivido, pensaría que se trataba de algún cuento surgido del insomnio. Demasiada pasión, demasiada locura. No me conocía en esas imágenes; definitivamente, esa mujer no era yo; o si lo era, ya era tarde para admitirlo. ¿Cuántos años eran ya?, ¿45 ó 46? (nunca me acuerdo de mi edad); era mucho tiempo conviviendo con esta mujer como para aceptar a esta otra.

Cuando el piloto anunció por el altavoz que un fuerte terremoto había sacudido la zona centro sur de Chile y no podríamos aterrizar hasta que se restablecieran los servicios básicos del aeropuerto, supe que ocurriría. No nos miramos, pero sentí en mi respiración que él estaba pensando lo mismo.

No tuve dudas; él tampoco. Desde el egoísmo más brutal sabía que él no estaba pensando en su familia, ni en su casa, ni en nada más. Su primer pensamiento fue para lo que vendría. No hablamos. No mucho. Primero había que aterrizar.

El avión aterrizó en Buenos Aires a las 8 de la tarde. Empezaba a oscurecer. Él trato de llamar por el móvil, para cumplir con los estereotipos, supongo… ambos sabíamos que los móviles no funcionarían. Yo no lo intenté, sabía que no era necesario. Los que estaban en Chile, sabrían como arreglárselas sin mí.

Comprobada la incomunicación se levantó el telón y empezó la función. A veces tengo dudas de si lo que ocurrió en adelante realmente pasó.

Enrique consiguió el taxi. Nos subimos sin mirarnos, pero sentí su cuerpo muy cerca del mío. Algo ardía en esos centímetros que nos separaban, sin embargo, ninguno buscó su ventana. El viaje fue largo, lento; para mí, transcurrió entre jadeos contenidos. Enrique llevaba sus ojos cerrados. ¿Buscaría razones para detenerse? No lo sé. Estoy segura que no era su primera infidelidad, pero sería la primera gatillada por las fuerzas de la naturaleza.

Habíamos viajado mil veces juntos. No éramos amigos, pero trabajábamos bien. Yo conocía a Angélica y él a Jorge. Tuvimos cientos de oportunidades, sin embargo nunca fue una opción, hasta ese día.

Cuando llegamos al hotel, Enrique tomó la iniciativa. Se acercó a pedir una habitación y yo no lo seguí. Él entendió el mensaje y actuó. En un par de minutos se acercó el botones y me dijo:

- Señora Bulnes, permítame su equipaje.

Sólo asentí. No sabía mentir bien.

Cuando entré, sentí lo que deben sentir las mujeres que visitan un venusterio. Una mezcla asfixiante de ansia de sexo y un poco de vergüenza por lo poco sutil de la situación. Lo primero era más. Seguí adelante, mal que mal, ya era la Señora Bulnes. Tenía permiso para eso.

Caminé hacia la ventana sin mirar atrás. Traté de aparentar ensimismamiento, pero estaba pensando si Enrique se quitaría o no los zapatos antes de hacerlo. Nunca me gustó tirar con zapatos (Jorge a veces no se los quitaba, pero al marido se le perdonan cosas que al amante no). ¡Qué molesto!, si eso ocurría, todo perdería mucho en mi recuerdo. Decidí actuar.

-Siéntate aquí. (Mi voz… la oí tan distinta... salvo un par de monosílabos indispensables, no había dicho nada hasta ahora. Si no hubiese sentido la saliva en mi garganta habría jurado que otra era la que hablaba).

Enrique se sentó. Tenía un cuarto de sonrisa en el rostro. El resto eran sus ojos. Esta vez me miraba fijamente y sin titubear. Él ya se había olvidado de todo lo demás; yo, aún transitaba camino a ese lugar.

Me senté a su lado en el suelo y le saqué los zapatos, asegurándome un futuro recuerdo de imágenes perfectas (¡por Dios, que manías!). Miré sus pies, con un poco de vello en el empeine, igual que sus manos que tantas veces había visto sobre un escritorio. Lo toqué y mis dedos temblaban.

Enrique tenía 52 años y era espléndido. Conservaba una figura juvenil que revelaba mucha vanidad y tenía una voz increíble. Yo no estaba tan bien. Claramente, estaba mejor vestida que en cueros, pero en ese momento no me importó. Ahí supe que me había liberado de mí misma y que la que estaba ahí era una mujer que no conocía.

Mientras deslizaba mis manos por sus pies, sentí sus dedos por mi cuello. Mi espalda empezó a crecer, mi cuerpo se expandió. Eran sólo sus manos y mi corazón ya reventaba. Actué como posesa, ágil, liviana. Subí sobre él para dejar que sus manos me tocaran aún más, quería sentirlas entre mi pelo, entre mis ropas, sobre la piel acongojada de tiempo y espera.

Él me quitó la blusa; en realidad, me quitó todo. Me vi en el disfrute y respiré pasión. Abría mi boca para inspirar más profundo, seguí adelante - no quería parar-. Cuando paramos estábamos en la cama. Las sábanas de 700 hilos de algodón egipcio desordenadas, pero elegantes, hacían un cuadro perfecto.

Enrique fue un amante de excepción. Supongo que la situación lo acercó a la perfección en mi percepción… si, en esa cama, todo era rima.

Hubo más sexo. Mucho más. No hubo palabras falsas, enamoradas. Estaba claro, en esa habitación no había amor, había ganas y las estábamos calmando con fruición.

En los intervalos de inactividad me preguntaba desde cuando había deseado esto. Nunca supe que quería encamarme con Enrique. Hacía 5 años que trabajábamos en oficinas contiguas y nunca sentí el más mínimo deseo por él, de hecho, desde hace un tiempo me caía bastante mal. Siempre me pareció un hombre muy atractivo, pero eso era evidente hasta para un loco.

En alguna pausa, hablamos de Angélica y de Jorge, de lo felices que hacían nuestras vidas. Habíamos logrado contactar por twitter, así que no había angustias asociadas a ese recuerdo. Conversamos de la oficina, de la vida. Teníamos posiciones encontradas en la mayoría de los casos, pero habíamos descubierto que no era así en la cama. En esa cama.

Siempre me dije a mí misma que no era capaz de una infidelidad. Marta Gallegos, casada, madre, católica observante, hija perfecta y adolescente no problemática, no podía ser infiel. Sin embargo, ahí estaba yo, bebiendo un vino con mi amante en Buenos Aires, dueña de un aplomo que no era capaz de entender. Por alguna razón no me sentía mal, no me sentía traicionando nada.

Consumimos horas de sexo y conversación. Bebimos, reímos, dormimos (Enrique era más simpático sin ropa que con su traje italiano perfecto), hasta que un mensaje de texto nos informó del restablecimiento de los vuelos a Santiago. Un día más de eso y habríamos terminado siendo amigos.

- Señor Bulnes, su taxi le espera.
- Gracias, bajamos en un momento. Marta, ha llegado.

De pronto, se aclaró en mi mente lo que en mi interior ya estaba instalado: Esto no iba a pasar nunca y por eso mismo pasó. Hasta que la realidad se volvió irreal, hasta que la naturaleza nos hizo entrar en un limbo de espera, no ocurrió lo que ocurrió. Vivimos un estado de excepción, y nos comportamos en consecuencia. Nada había cambiado.

Ese convencimiento me hizo subir al taxi con soltura. Cada uno abordó hacia su ventana y retomamos la conversación que nos había llevado al aeropuerto hace unos días. Estaba un poco aturdida, pero sana, como después de un desdoblamiento.

Cerré los ojos y me despedí de ella. Era una mujer maravillosa, pero no tenía cabida en este espacio. Esa mujer nació para vivir un momento único e irrepetible. La excepción le dio una razón de existir y usó mi cuerpo para hacerlo. Tomó mis manos y las llevó a su cuello, tomó mis labios y los condujo por su espalda.

Así, como novel infiel, fui también principiante asesina.

No fui yo, no fui yo.


                                                                                          Dafne González





(Dafne González es licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y DEA en Derecho de la Empresa por la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona. En la actualidad, trabaja como asesora legal para la empresa GASCO S.A. en Santiago de Chile).


miércoles, 6 de octubre de 2010

MARÍA

Más viejo cada día,
parto de madrugada detrás de mis afanes.
Y al volver de mi personaje inútil,
más viejo cada día,
te encuentro por las noches
subida al caballito del crepúsculo.


Ese tiempo en que no estuve.


En mi desvarío de ausencia, imagino
tus horas sin mí, descubriendo el misterio
de los cubos de cartón,
encontrando sin mí la magia del mundo,
ésa que yo dejé
como un paraguas olvidado.


Ese tiempo en que no estuve.


Pero ayer en el laberinto triste de los despachos
sentí que me mirabas
desde el cielo azul de tus juguetes
¡Cómo anduve de derecho!
Los bolígrafos querían hablar,
fue como dejar de ser viejo