lunes, 26 de abril de 2010

HISTORIA Y NARRACIÓN. Homenaje a Jorge Semprún

Van quedando pocos hombres que puedan recordar lo que significó el fascismo y el estalinismo en el siglo XX. Catherine Herzberg publicaba el pasado 13 de febrero un artículo en Libération titulado, Los funerales de la memoria; el pasado 25 de abril, Jorge Semprún se despedía en la explanada invernal del campo de concentración de Büchenwald, al que fue llevado con 21 años. Dentro de cinco años, ha dicho, cuando tenga lugar la próxima conmemoración, yo ya no estaré aquí.
Ambos consideran que la literatura constituye el único camino para evitar el olvido. Supongo que me ha emocionado que seres tan llenos de aventura depositen su esperanza aquí, en la literatura. Y me ha sorprendido que Antonio Muñoz Molina, en su artículo del pasado sábado en Babelia, no participase de esta propuesta, y defendiera como más procedente la tarea de la Historia como barrera contra el olvido.
Pero la Historia no puede cumplir esa función, porque se ha considerado entre nosotros (los occidentales), una ciencia social desde hace ya doscientos años. Y ello supone que pretende explicar sucesos del pasado acudiendo a leyes de la sociología y de la economía, además de mediante el aporte de una documentación que debería establecer y probar cómo fue la realidad de los hechos.
Frente a ello, cabe decir que buena parte de la tragedia que vivió el género humano en occidente durante el siglo XX se debió, precisamente, a ese género denominado ciencias sociales del cual fue siempre parte integrante la Historia. Cuando Carlos Marx, en su célebre “Introducción” a la Contribución a la Crítica de la Economía Política afirmaba que no es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia, estaba dando paso a una configuración del ser humano que dejaba de ser sujeto de la Historia y pasaba a ser mero objeto. En general, el fascismo también acudía leyes que consideraba motor de la historia: modelamos la vida de nuestros pueblos y nuestra legislación, de acuerdo con los dictados de la genética, afirma el Manual de las Juventudes Hitlerianas (la cita la tomo de H. Arendt, Le Système totalitaire, New York, 1951).
Tal y como señalara Foucault, el discurso científico es un discurso del poder que se caracteriza, precisamente, por no parecerlo, por su enorme apariencia de verosimilitud.
A pesar de todo lo que afirmamos, hoy en día la inmensa mayoría de historiadores sigue trabajando de esta manera: buscan datos  sociológicos que les permitan calibrar los acontecimientos del pasado, y los complementan con datos económicos. Así trabajan los historiadores. Y todo ello se asienta en un conocimiento de los hechos que se presenta como algo sólido, porque tiene una base documental. Es como si alguien pretendiera conocer la historia de una finca urbana, acudiendo a las actas de las reuniones de la comunidad de propietarios.
Lo que digo no pretende invalidar el papel y la función de la Historia, sino el de esa historiografía en concreto de la que hablo. A la muerte del profesor Tomás y Valiente publiqué en su libro homenaje un artículo que se titulaba: “Acerca del sentido de la Historia del Derecho como historia. Historia y narración” (Anuario de Historia del Derecho Español, nº 67, 1997), y allí defendía la tarea de una Historia que no fuese ya ciencia, sino literatura.
Dado que, por definición, la Historia tiene como objeto de estudio aquello que “ya no es”, no puede cimentarse sobre nada especialmente sólido, y debe, por lo tanto, dejar paso a la intuición del historiador, a su creatividad, a su empatía con el pasado. Precisamente para hacer vivo ese pasado en el presente. Porque toda historia debe ser historia contemporánea (parafraseando a B. Crocce).
¿Cómo cabe interpretar las novelas que desde hace algunos años nos descubren tanta verdad sobre nuestra guerra civil? Y entre ellas cabría mencionar la última de Muñoz Molina. Son novelas con mucha documentación, por cierto, son novelas que incluyen, en ocasiones, la técnica de la autoficción, de manera que el autor es capaz de sentir aquel momento que narra y, de esta manera, puede trasladarlo a todos sus lectores. Estamos hablando de una literatura que, en ocasiones se confunde con el ensayo (cfr. la última ¿novela? de Javier Cercas, Anatomía de un instante).
El olvido es implacable. Cada uno de nosotros somos su alimento. ¿Qué recordamos verdaderamente del día de ayer? Algunas pocas horas, y eso con mucha suerte. De tal día como hoy la semana pasada no recordaremos apenas nada, fogonazos de la tarde, algún momento de la mañana. Y ¿del año pasado? ¿Qué recordamos de la infancia? Sentimientos. Lo único que tenemos son sentimientos de nosotros mismos y ésa es la materia sobre la que se teje el hilo que nos mantiene unidos al pasado. La literatura es el hilo hacia nosotros mismos, porque permite reconstruirnos, rehacer el pasado en el presente, darle vida, mantenerlo vivo.
Precisamente porque no creo en las ciencias sociales, me sirve el argumento de autoridad, ése que esgrime aquel que entró en el campo de concentración de Büchenwald con 21 años y que formaba parte del ejército de seres humanos escuálidos, desnutridos y armados, que caminaban en formación el 11 de abril de 1945, atravesando las puertas de la cárcel derribada, dispuestos a luchar contra el fascismo. Y eso es literatura.