miércoles, 27 de enero de 2010

BEGINNING

Hace años recorrí por primera vez Lisboa. Verano de 1988. Era una ciudad diferente. Sus palacios tenían los cristales rotos, los jardines asilvestrados, la pátina del tiempo mostraba su huella en las fachadas tristes de los edificios, las calles, los portales. El río Tajo era nostálgico. Aunque la ciudad ha cambiado, mantengo en el recuerdo sus imágenes, de manera que todavía sigue ahí, no se ha ido. En mi recuerdo esa ciudad se llama Decadencia. Y es muy bella.



El pasado día 24 de diciembre de 2009 constituimos la Sociedad Ediciones Nuevos Rumbos. Ahora que los libros de papel contemplan a lo lejos peligros que se acercan, como galeones que arribaran al Caribe en los ojos de un nativo; ahora que el reino de las librerías y editores siente el cerco de la carestía, como una vieja ciudad temblaba ante el acoso de Roma; no encuentro ahora proyecto más decadente, más bello, que fundar una Editorial.


Podría haberse llamado así, Decadencia, pero la hemos llamado Nuevos Rumbos, en recuerdo de una vieja editorial (Editorial Rumbos), que allá por los años cincuenta, y al mando de un mítico editor, Manuel Pareja, se dedicaba a publicar libros de autores noveles en España.


Serán pocos los libros, cuatro o cinco al año.



Editaremos tres colecciones, la primera se llamará Opera Prima, y publicará la primera obra de un autor en el que creamos. La segunda de nuestras colecciones se denominará Recuperaciones, y estará destinada a recuperar a autores olvidados, o a traducir al castellano a novelistas o poetas pertenecientes a pequeñas culturas cuyos idiomas, minoritarios, no han permitido a estos creadores tener un alcance más lejano. La tercera colección se llamará Fuera de Serie, y estará destinada a recoger aquellas obras que no quepan en el formato de las dos colecciones anteriores.

Si consideras que tu obra encaja en el planteamiento de nuestra editorial, dirígete a nosotros mediante un correo electrónico (EdicionesNuevosRumbos@gmail.com) Te contestaremos siempre. 

martes, 12 de enero de 2010

HASTA SIEMPRE, RAFAEL MILLÁN



El sábado murió Rafael Millán en Estados Unidos. 
No sé si es inútil luchar contra el olvido, es por eso que temo por la suerte que corran sus recuerdos: el Madrid de los cincuenta, sus poetas, sus ideales; los largos viajes cuando aún eran posibles, descubrir América desde la inocencia; sus historias de amor.
En mayo del año 2007 me envió este poema:


Los días amanecen con cansancios
y temores sin sentido,
como un horizonte oscuro y torpe
que no sugiere destinos o distancias.


Quisiera ver el fin de un entrevisto
límite de atardeceres, de noches 
pobladas de recuerdos y temores
de un porvenir que espera y me asusta.


Pero todo es en vano, y el corazón
late rutinario y sordo a mis preguntas
del cómo y cuándo voy a encaminarme
a no sé dónde, tal vez a ninguna parte.


Conocí a Rafael escribiendo una novela y leyendo, para documentarme, la vieja correspondencia de mi madre. Allí encontré, en los papeles viejos y su tinta descolorida de hace sesenta años, la pasión de un grupo de poetas que vivían encerrados en un Madrid trágico que no podía reprimir ni sus sueños, ni sus ideales. Por eso, a pesar de todo, hoy me parece hermoso ese Madrid que sigo buscando. 
Seguí la ruta de Rafael, hallé su destino en los Estados Unidos y le escribí. Él me ayudó a entender los valores de aquella generación literaria apenas esbozada, hoy del todo perdida, que es la de la primera posguerra española. Y al entablar con él esa relación, pude ayudar a restablecer la que había tenido y había perdido hacía casi sesenta años con mi madre. Lógicamente, entre ellos no sólo hubo cartas, sino también intercambio de poemas.
En una de sus cartas, Rafael envió a mi madre un soneto suyo antiguo (creo que inédito), en dónde se preguntaba eso que hoy, ante su ausencia, nos preguntamos todos


En este pecho, que acuciante mide
la honda madurez de mis dolores,
un niño es macizo de temores,
sólo un niño tenaz que pide y pide


saber... y no saber. Y se decide
por un latir desnudo de clamores.
Fiel metrónomo tibio de estertores,
la zarabanda de su fin preside.


Danza en mi pecho -en este mundo mío-
esperando el momento en que se abra
en pedazos, rehuída la pelea,


por caer vertical en el vacío.
Vacío -pienso-, y duele la palabra
en el aire de otoño que la orea.


Mi madre contestó a su carta con un soneto de Martín Descalzo, dándole su respuesta. Pienso ahora que este diálogo reciente fue un revivir de lo que tuvo que ser aquel Madrid de los cincuenta, en algunas calles, sotabancos y mesones de la ciudad. No es imposible, por lo tanto, vencer al olvido. 
Ahí va el soneto que envió mi madre a Rafael con su respuesta, que lo es también para mí, creo que para todos:


Estamos solos, flores, frutas, cosas.
Estamos solos en el infinito.
Yo sé muy bien que si esta noche grito 
continuarán impávidas las rosas.


Junto a mi llanto seguirán gloriosas
las azucenas, si las necesito.
No sufre el árbol por mi amor marchito.
No lloran por mi sed las mariposas.


Canta el mar a la orilla de mi llaga.
Su melena de estrellas florecida
sobre el hambre del hombre el sol pasea.


Amé las cosas y esa fue su paga:
seguirán vivas todas sin mi vida,
la luz continuará sin que la vea