miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL CANAL ESTÁ LEJOS

En memoria de Isidra Viruete, a quien Ana, su hija, llamaba “Jardilín” y también “Coquito”.

Un día fui a verla, a su casa, y me la encontré caída en el suelo, semiinconsciente, junto a su cama y la pequeña mesilla donde reposaba el transistor en el que a lo largo de todo el día y muy entrada la noche escuchaba incansablemente las tertulias políticas. Posiblemente había pasado allí tendida toda el día, aunque cuando la desperté, y le obligué a decir unas palabras, no se acordaba de nada y tampoco se quejaba de ningún dolor. Aquello fue la decisión para traerla con nosotros, donde poco a poco fue olvidándose de sí misma. Insistía en que desde la ventana se veía su antigua casa, aquella que tenía galería y jardín, y un perro que ladraba hasta que llegaba del colegio su pequeña dueña. Pero aquella casa no sólo estaba lejos, sino que había desaparecido hacía mucho tiempo. También se quejaba, una y otra vez, de que para ir a su habitación tenía que subir unas escaleras, cuando su habitación estaba a tres o cuatro pasos de donde se pasaba el día sentada, frente al televisor, que miraba distraídamente y donde, en raros momentos, cuando creía reconocer a quien aparecía, emitía algún breve juicio, de reproche o entusiasmo. Los políticos eran los que despertaban su mayor interés, frente a la indiferencia con que veía desfilar por la pantalla a las estrellas del cine o a los artistas. En especial, la presencia de Adolfo Suárez o Alfonso Guerra la removía en su asiento con una sonrisa de agrado, de complicidad, de aparente inteligencia, pero no duraba mucho en aquel atento estado. Fumaba cigarrillos, aunque cada vez menos. Encenderlos le costaba un siglo, porque el fuego del mechero nunca acertaba, vagaba de un lado a  otro, se desplazaba sin rumbo frente a la punta del cigarrillo. Agradecía mucho que le cortara las uñas, de las manos y los pies, y se complacía con el agua caliente con que se los lavaba. Un día entré con el paraguas mojado, y se alegró de reconocer que estaba lloviendo, y mostró una viveza como la de otros tiempos, pero fue como un relámpago que se agotó en su mismo resplandor. Con cierta frecuencia preguntaba por el canal, cuyas aguas creía que corrían cerca de la casa. Incluso a veces la llevaba a la ventana para que viera con sus propios ojos que por allí no estaba el canal, ni estaba su antigua casa con aquel hermoso jardín y la amplia galería desde donde Camel lanzaba sus interminables quejidos que no paraban hasta que su pequeña dueña regresaba del colegio y lo llenaba de mimos. Su convencimiento duraba instantes y no era raro que volviera a preguntar nuevamente por su casa de Monterregado, o si para ir a su cuarto tenía que subir muchas escaleras. Pero si está aquí mismo, mira, vamos a comprobarlo. Y la acompañaba, y dábamos los tres o cuatro pasos, y cuando descubría que sí, que estaba allí mismo, le sorprendía tanto, le resultaba tan raro, que hasta se sonreía, como si fuera cosa de magia. Pero el convencimiento le duraba unos instantes… .
                                              Juan Domínguez Lasierra

Hoy, que presentamos en Zaragoza el segundo libro de nuestra editorial, Suegras. Retratos breves sobre el gran enemigo, Juan Domínguez Lasierra nos trae el recuerdo de la que fue la suya. 
Juan Domínguez Lasierra ha sido Redactor Jefe de Heraldo de Aragón y es escritor. Yo diría mucho más, es un gran escritor.

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