domingo, 21 de noviembre de 2010

LA VIDA DE LOS BUENOS ESCRITORES

Es una técnica literaria clásica comenzar una narración por el final (donde más abunda este recurso es en el género del guión cinematográfico). En ese momento, al comienzo del relato, el lector no podrá entender en toda su magnitud aquello que se le cuenta, y no será sino al final de la lectura cuando llegará a comprender en profundidad la anécdota con la que comenzaba el texto

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-Sí, por supuesto, te doy mi teléfono para cuando vengas a España, mira, apunta, es el de la casa de mi madre, porque yo tendré que buscarme un piso cuando regrese ahora, no sé exactamente dónde viviré, pero mi madre siempre sabrá dónde encontrarme y le podrás preguntar, así que te doy su teléfono. Apunta, el prefijo de España es el 34, y el teléfono es el 976, 23, 10…, 87.
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Conocí a Mónica porque vivíamos en el mismo edificio, un bloque de pequeños apartamentos, todos de alquiler. Coincidíamos a veces en el ascensor. Era muy guapa, morocha que dicen los argentinos, porque era argentina, de Buenos Aires. Tendría mi edad, muy justitos los treinta. Casi siempre iba con una amiga que también vivía en el mismo inmueble, una mujer algo mayor (he olvidado su nombre), muy delgada y con cara de amargada, todo lo contrario que Mónica.

Nos hicimos amigos deprisa, imagino que me escogió por algo que veía en mí y que nunca me confesó. Vino un día al apartamento a pedirme azúcar, y terminamos tomando un tecito en el Tabelli, una cafetería muy intelectual que se encontraba cerca del edificio (siempre había gente leyendo, o escribiendo, era famosa por ello).

Yo le conté que era profesor y que había ido a Chile para trabajar en una Universidad de Santiago durante un año. Desde entonces dio por supuesto que yo era pobre, y no me permitía que la invitase nunca a nada. También dio por supuesto que yo era un ingenuo, o que no entendía de las cosas de la vida, y me daba consejos que en aquella época me parecían triviales pero que hoy en día, quince años después, tengo en una gran consideración.

Ella vivía de los hombres. Pero debo especificar que vivía siempre de uno, nunca de varios a la vez. Se trataba de encontrar a alguien que la mantuviera porque idolatrara su belleza, y le pusiera un piso, le pagara los gastos… . Por aquel tiempo pasaba una mala época. Había perdido tanto a su amante subvencionador como a su novio y la ansiedad le hacía comer más de la cuenta, por lo que había engordado un poco, y además no podía evitar morderse las uñas.

Sin los dos hombres que ocupaban su vida, había pasado a tener mucho tiempo libre, de modo que salíamos muy de vez en cuando a pasear, casi siempre solos, porque a su amiga creo que yo no le caía muy bien.

Mónica hacía todo lo posible por volver con su amante, pero éste era muy orgulloso y no le perdonaba, además de que había engordado y estaba menos guapa que antes, lo que le restaba tirón.

Lo que no le perdonaba su amante era que lo hubiese dejado al enamorarse de un judío argentino llamado Fernando. Por desgracia, al tal Fernando le había salido un palo verde, y la había dejado plantada al irse tras él. El concepto palo verde tuvo que explicármelo. Podía definirse como “gran oportunidad, única en la vida”, o “tren que sólo pasa una vez”.

Más en concreto, el palo verde de su novio era la hija de un judío multimillonario de Miami con el que Fernando había intimado mucho, no se sabía cómo. El buen hombre estaba muy preocupado porque no había manera de casar a su niña (hijita única que por lo visto frisaba ya los cuarenta), y le había ofrecido a Fernando la posibilidad de cortejarla. Según aquel viejo, él era el hombre adecuado: joven, guapo, amigo y, sobre todo, judío.

Así que Fernando partió tras el palo verde, se fue a Miami para conocer a la chica, y eso había decepcionado terriblemente a Mónica. Pase lo que pase, ya no será lo mismo; mira, me decía, yo lo dejé todo por él, ya no podrá ser lo mismo, yo ya tenía mi palo verde bien agarrado, qué querés que te diga, una desilusión así no se perdona. Y por eso Mónica andaba intentando hacerse perdonar por su antiguo amante, haciendo méritos, dieta, poniéndose un ungüento de sabor asqueroso en las uñas para no comérselas.

En esto un día me pidió un favor. ¿Sabés qué?, creo que podrías ayudarme. ¿Sí?, le contesté, dime cómo y cuenta con ello.

-Es que a Miranda, la esposa de Andrés, le encantan los pendejos.

Recuerdo la frase y la mirada luminosa de Mónica como si fuera ahora. Lo primero que necesitaba saber en aquel momento, para ponerme al día con el plan, era el significado del término “pendejo”.

-Un pendejo sos vos, me dijo Mónica riendo.

El término “pendejo” hace referencia en Argentina a una persona muy joven. Técnicamente significa adolescente, pero el término se puede hacer extensivo, desde el punto de vista de alguien que supere los cincuenta, a un chico de veintitantos. La edad que yo aparentaba tener por aquel entonces.

La relación de Mónica con su amante se me presentó mucho más interesante de lo que al principio me había parecido. Pero, ¿tú conoces a su mujer? Pues claro, somos muy amigas. Aquí en este país no hay divorcio, si te casas es para siempre, pero el caso de Andrés y Miranda es diferente, tienen hijos y pertenecen a una sociedad muy conservadora, ellos prefieren seguir juntos (lo harían aunque pudieran divorciarse), y disfrutar cada uno de su vida por su lado.

Yo por aquel entonces ya quería ser escritor, y pensaba que el mejor camino para lograrlo era tener experiencias muy diferentes a las de la gente común. Tiempo después leí una frase sabia y cruel de Oscar Wilde: “me fascinan las vidas de los malos escritores”. Lo cierto es que por aquella época yo tenía una vida muy divertida y particular, pero a pesar de ello no conseguía escribir nada que mereciera la pena.

Le dije que sí a Miranda. Ella me lo agradeció muchísimo, aunque ya digo que a mí no me costó nada prestarme a hacer el papel de pendejo. Semejante experiencia me parecía fundamental en mi formación de escritor, eso que debía llegar a ser algún día.

La cita se convino para un día cualquiera a eso de las nueve de la noche, enfrente del portal de casa.

El edificio en el que vivía tenía “nochero”. Esta figura laboral santiaguina tenía como cometido abrir y cerrar la puerta del portal del edificio a cualquiera que quisiera entrar o salir del mismo entre las nueve de la noche y las ocho de la mañana. Aunque era éste un tipo de trabajo ya en desuso en Santiago, la circunstancia de que mi edificio estuviera destinado por entero al alquiler de sus apartamentos lo hacía recomendable, al parecer.

Creo que a mí me odiaba el nochero. La verdad es que yo salía bastante, tenía infinidad de citas. Se me dieron bien las chilenas, debo confesarlo, de manera que regresaba acompañado al apartamento muy de vez en cuando, y para entrar debía despertar al nochero, que aparecía envuelto en una manta, con legañas y zapatillas, y yo pasaba ante él con una chica distinta en cada ocasión, conteniendo la risa, pobre hombre ¿no?, ¿y te tiene que abrir cada vez que llegas tarde?.

El tipo era muy delgado, con infinidad de arrugas y una edad que no podría precisar, entre los cuarenta y los sesenta años. Hablaba un castellano ininteligible. Como solía tener mis citas nocturnas siempre después de las nueve, le hacía salir de su cuartito envuelto en su manta para abrirme la puerta. Siempre murmuraba lo mismo, con cierto hastío, retintín, o rencor: qué…, ¿o-tra no-che-ci-ta?.

Aquella noche fue lo mismo. Yo había quedado con Mónica para desempeñar el papel de pendejo de Miranda. Por supuesto, mi personaje no sabía que Miranda y Andrés eran marido y mujer. Salí del edificio y me quedé esperando al lado de un árbol enorme que había enfrente. Pero a diferencia del resto de las noches el nochero no regresó a su garita, sino que se quedó tras la puerta observándome.

No tardó ni diez minutos en acercarse lentamente un coche extraordinario. No sé si era un jaguar, un rolls royce o qué, pero era un coche extraordinario. Se paró, se abrió una de sus puertas y de allí salieron dando saltitos y grititos Mónica y la tal Miranda. Besos y adentro. Cuando me introducía en el tremendo coche miré un segundo la puerta del edificio y allí estaba él, con su manta, el manojo de llaves en la mano, su rostro arrugado y oscuro y una expresión en la cara que no he vuelto a ver jamás y que guardo en la memoria con enorme nitidez: era la expresión pura del sentimiento de fracaso personal.

El tal Andrés era un prepotente. Gordo, rudo, era evidente que estaba acostumbrado a mandar. En la película que representábamos Mónica era su novia y Miranda una amiga de ambos. No lo he dicho pero Miranda no era muy guapa, tenía un considerable sobrepeso y además resultaba patética porque iba vestida como una jovencita, a sus seguro más de cincuenta años, con dos coletas rematadas en sendos lazos azules.

Después de varias copas y una cena frugal, terminamos en una discoteca y como era día laborable no había casi nadie. Saqué a bailar a Miranda y ocupamos la pista de baile los dos solos, se me acercaba contoneándose y me rozaba con sus enormes tetas, yo la miraba a los ojos procurando seguir el ritmo de sus anchísimas caderas, aferrándome a mi papel de pendejo muy interesado en aquella mujer madura.

Estaba a más de diez mil kilómetros de mi ciudad de residencia habitual, eso es algo que uno tiene en el subconsciente cuando vive en el extranjero, por eso hacemos las cosas que hacemos cuando pasamos mucho tiempo lejos de casa.

Tras el baile regresamos a la mesa en la que charlaban Mónica y Andrés, y al poco tiempo las chicas se fueron juntas al baño, supongo que a hablar acerca del pendejo. Yo me quedé con Andrés. Le pregunté acerca de su trabajo, por entablar alguna conversación, pero no parecía querer hablar de eso. ¿Te gusta Miranda? Me espetó. ¿Qué le iba a decir? Yo sabía que era su mujer. Oye, me parece patética, con esa faldita y semejante culo, por no hablar de las coletas. Evidentemente no podía decir eso. “Sí”, me limité a contestar un tanto paralizado.

-Pues llámala. Pero ten en cuenta que con ella no puedes ir a cualquier parte, tienes que ser muy discreto, ella es una mujer que pertenece a un ambiente muy distinguido.

-Ya, claro, por supuesto –dije yo sin atreverme a llevar mucho más lejos la conversación por miedo a meter la pata.-

No sé hasta qué punto sabía Andrés quién era yo; no estoy seguro de que él no supiera que yo sabía, y sabiendo él que yo actuaba lo hacía también él. Así pues, todos éramos actores aquella noche, pero sólo uno era, además, el autor de la obra.

Ahora, en el recuerdo, casi aseguraría que sí, que Andrés había sido quien lo había organizado todo, y que tanto su mujer como Mónica estaban a su servicio, para complacerle en sus caprichos.

Cuando me acercaron a casa en el gran coche Andrés se permitió la última licencia. ¿Te dejamos sólo en casa o se queda Miranda a hacerte compañía? Más allá de que no hubiera sabido qué hacer con aquella señora en mi apartamento, en aquel momento a mí la situación me parecía fascinante, digna de un auténtico Henry Miller. ¡Qué novela, por Dios, qué novela!

Pero tras unos segundos de silencio e indefinición, Andrés cambió el tono y de manera inadecuadamente autoritaria afirmó: “el único que se queda en esta parada eres tú, así que abajo”.

Yo tomé todo el asunto como una broma, me despedí calurosamente de las chicas y ofrecí mi mano a Andrés. Miré el coche perderse al fondo de la Avenida. Nunca he vuelto a subir en un coche así. Una vez en la puerta de mi edificio me di cuenta de que no tenía por qué despertar al nochero, inopinadamente aquella noche el portal se había quedado abierto.

Entre anécdotas como ésta mi año en Chile siguió transcurriendo. Como ocurre tantas veces en la vida, yo representaba a varios personajes en aquel país, desempeñaba distintos papeles en los diversos escenarios de mi existencia. Por un lado, era el clásico profesor universitario; por otro era un joven romántico –en los tres o cuatro frentes amatorios en los que me encontraba envuelto-; y en tercer lugar era el amigo de Mónica cada vez que ella llamaba a mi puerta y me introducía de la mano en su mundo. De todas estas vidas la que yo prefería, sin duda, era la que me brindaba Mónica porque era, también y sin duda, la más literaria.

Y sobre todo ello parecía resonar la dura sentencia de Wilde: “Me fascinan las vidas de los malos escritores”.

A lo largo de los meses vi caer a Mónica despacio, poco a poco, descender por un pozo cuyo fondo me era desconocido, pero cuya negrura no ofrecía duda.

Andrés se negó a seguir pagándole el apartamento, aunque le mantuvo por un tiempo una asignación para que pudiera encontrar en qué ganarse la vida.

Fui a visitarla un día a su nuevo apartamento. Era pequeño, con muy poca luz y apenas tenía muebles. Por toda decoración había en la pared dos posters de la propia Mónica, fotos en bañador publicadas hacía algunos años en una revista argentina, sus tiempos de gloria.

Había decidido vender sus enseres para recabar fondos y así tener algunos recursos con los que intentar superar la época de crisis. Tenía puesto en el salón una especie de tenderete con vestidos, abrigos, bisutería y algunas joyas. En el rato que estuve pasaron varias chicas a ver las ofertas. Pude comprobar que era una gran vendedora.

Ni siquiera ese día me dejó que la invitara, y eso que siempre íbamos a cenar a lugares bien baratos. Tras la cena estuvimos paseando por la Avenida de Providencia, que por aquella época era una de las más prósperas de la ciudad. Mirábamos los edificios y recuerdo que ella me dijo, sabés José, en la vida lo más importante es tener un techo. A una le puede faltar el dinero, o incluso la salud, pero si tenés un techo, un lugar donde pasar la noche, todo es más llevadero. No olvidés esto que te digo.

Su amiga, aquella de cuyo nombre no puedo acordarme, pasaba por aquella época un momento particularmente esforzado. Los dos viejitos con los que pololeaba se habían puesto enfermos de un ataque (supongo que debo explicar que en chileno, el verbo pololear significa salir con alguien como novio. Este verbo tiene también su sustantivo, pololo, que significa novio, evidentemente).

-Es que no podés coger con ancianitos, mira vos que a uno, al coronel, le dio un ataque cuando lo tenía encima, se le quedó tieso, y ella casi no podía salir de abajo. Un ataque al corazón, parece. Y al otro, al constructor, no sé si algo peor, porque me cuenta que salió del baño blanco como una sábana después de pasar cogiendo la tarde, porque meaba sangre el pobre. Y además, por no coincidir con los dos en el mismo hospital los ha internado a cada uno en un extremo de la ciudad, y pasa el día yendo de una punta a la otra del cerro, para poder hacer de compañera sufrida y leal con los dos, la pobre.

-Joder

-Bueno, ya se le acaba la doble jornada, porque parece que se decide finalmente por el coronel, que seguro que se muere antes.

La última vez que vi a Mónica fue en casa de su novio Fernando, a donde ella iba de tanto en tanto a regarle las plantas. Yo regresaba a España en pocos días, era domingo y me había invitado a almorzar allí junto con un amigo suyo judío al que acababan de echar de un kibutz en Israel y andaba aquellos días en Santiago “buscando un buen pasar”. Recuerdo que llevé pasteles y Mónica celebró mucho lo delicado y detallista que siempre era con ella.

La casa del tal Fernando era preciosa, tenía mucha luz y una gran terraza con muchas plantas. Regresaba de Miami en pocos días. Al parecer el palo verde no era tal, la chica era peor que fea y medio lela. Ni por todo el oro del mundo, vamos.

Después de la comida su amigo se quedó dormido en el sofá del salón, y Mónica y yo salimos a la terraza del apartamento para contemplar los Andes. Era un día precioso. Me dijo que me iba a echar mucho de menos.

-Cuándo regrese Fernando ¿volverás con él?

-No, José, no. Cuando se ha querido a alguien de verdad es difícil perdonar lo que él me ha hecho. Lo que buscamos todas las chicas del mundo es encontrar a esa persona que nos cuide como hacía papá cuando éramos niñas. Y él ya nunca podrá ser para mí como papá. Ya no podré olvidarme de los peligros del mundo ni dormir con paz sólo porque él está en la casa.

-¿Crees que las mujeres buscáis un padre?

-Un papá que nos dé además buen sexo, vos sabés pendejo –dijo riendo-.

Fue entonces cuando me pidió mi teléfono en España. Había decidido probar suerte en mi país, en Santiago no tenía sentido continuar viviendo. Pero para ir a España necesitaba tener un lugar a donde llegar para pasar las primeras semanas.

Le dije que sí, pero mientras enumeraba las cifras del teléfono pensé que no podía hacerme cargo en España de un ser tan atrabiliario como Mónica, ella no tenía sentido allí, era uno de esos seres maravillosos que pululan en América Latina, pero que en Europa no podían sino terminar mal, muy mal. No, no podía hacerme cargo, no la veía en mi mundo, nadie allí la entendería, ¿cómo podría ayudarla? No, no tenía sentido que le diera mi teléfono, no tenía sentido.

Y por eso, poco a poco fue temblándome la voz mientras ella iba anotando los números, y cuando llegué a los dos últimos cambié las cifras reales por otras inventadas. No podía hacerme cargo de alguien así, no habría sabido cómo.
◊◊◊


Sinceramente, no estoy de acuerdo con la conocida sentencia de Wilde. Su propia vida constituye una prueba de que aquella frase no se corresponde con la verdad.

Yo, por aquel entonces, quería ser escritor, pero no escribía. Y ello se debía quizás a que esa vida literaria que buscaba, la deseaba sólo para contemplarla como un mero espectador. No tenía el valor de involucrarme en ella, de llenarme de ese algo distinto que me hubiera hecho capaz de expresar historias diferentes. Algunos años después de mi estancia en Chile escuché decir a un novelista, Jesús Ferrero, algo que me hizo reflexionar: “con su primera novela, un escritor se juega la vida”. Y es que la vida de los escritores de verdad no puede ser más que intensa, dé lugar o no a experiencias externas fascinantes.

Tengas la vida que tengas debes estar comprometido con ella. El auténtico escritor no mira desde el balcón un mundo que luego describe sino que baja a la calle y, si sobrevive, escribe no sobre lo que vio, sino sobre lo que vivió, por eso se juega la vida, siempre se juega la vida.

Hoy lo sé, y por eso hoy sí que escribo.

Muchas veces, cuando tecleo el número de teléfono que aún hoy es el de la casa de mi madre, recuerdo a Mónica. No sé dónde estará, qué habrá sido de ella, si habrá podido conservar el entusiasmo por la vida y su honestidad tan inmaculada.

-Sí, por supuesto, te doy mi teléfono para cuando vengas a España, mira, apunta, es el de la casa de mi madre, porque yo tendré que buscarme un piso cuando regrese ahora, no sé exactamente dónde viviré, pero mi madre siempre sabrá dónde encontrarme y le podrás preguntar, así que te doy su teléfono. Apunta, el prefijo de España es el 34, y el teléfono es el siguiente… .


                                         José María Pérez Collados

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