miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL CANAL ESTÁ LEJOS

En memoria de Isidra Viruete, a quien Ana, su hija, llamaba “Jardilín” y también “Coquito”.

Un día fui a verla, a su casa, y me la encontré caída en el suelo, semiinconsciente, junto a su cama y la pequeña mesilla donde reposaba el transistor en el que a lo largo de todo el día y muy entrada la noche escuchaba incansablemente las tertulias políticas. Posiblemente había pasado allí tendida toda el día, aunque cuando la desperté, y le obligué a decir unas palabras, no se acordaba de nada y tampoco se quejaba de ningún dolor. Aquello fue la decisión para traerla con nosotros, donde poco a poco fue olvidándose de sí misma. Insistía en que desde la ventana se veía su antigua casa, aquella que tenía galería y jardín, y un perro que ladraba hasta que llegaba del colegio su pequeña dueña. Pero aquella casa no sólo estaba lejos, sino que había desaparecido hacía mucho tiempo. También se quejaba, una y otra vez, de que para ir a su habitación tenía que subir unas escaleras, cuando su habitación estaba a tres o cuatro pasos de donde se pasaba el día sentada, frente al televisor, que miraba distraídamente y donde, en raros momentos, cuando creía reconocer a quien aparecía, emitía algún breve juicio, de reproche o entusiasmo. Los políticos eran los que despertaban su mayor interés, frente a la indiferencia con que veía desfilar por la pantalla a las estrellas del cine o a los artistas. En especial, la presencia de Adolfo Suárez o Alfonso Guerra la removía en su asiento con una sonrisa de agrado, de complicidad, de aparente inteligencia, pero no duraba mucho en aquel atento estado. Fumaba cigarrillos, aunque cada vez menos. Encenderlos le costaba un siglo, porque el fuego del mechero nunca acertaba, vagaba de un lado a  otro, se desplazaba sin rumbo frente a la punta del cigarrillo. Agradecía mucho que le cortara las uñas, de las manos y los pies, y se complacía con el agua caliente con que se los lavaba. Un día entré con el paraguas mojado, y se alegró de reconocer que estaba lloviendo, y mostró una viveza como la de otros tiempos, pero fue como un relámpago que se agotó en su mismo resplandor. Con cierta frecuencia preguntaba por el canal, cuyas aguas creía que corrían cerca de la casa. Incluso a veces la llevaba a la ventana para que viera con sus propios ojos que por allí no estaba el canal, ni estaba su antigua casa con aquel hermoso jardín y la amplia galería desde donde Camel lanzaba sus interminables quejidos que no paraban hasta que su pequeña dueña regresaba del colegio y lo llenaba de mimos. Su convencimiento duraba instantes y no era raro que volviera a preguntar nuevamente por su casa de Monterregado, o si para ir a su cuarto tenía que subir muchas escaleras. Pero si está aquí mismo, mira, vamos a comprobarlo. Y la acompañaba, y dábamos los tres o cuatro pasos, y cuando descubría que sí, que estaba allí mismo, le sorprendía tanto, le resultaba tan raro, que hasta se sonreía, como si fuera cosa de magia. Pero el convencimiento le duraba unos instantes… .
                                              Juan Domínguez Lasierra

Hoy, que presentamos en Zaragoza el segundo libro de nuestra editorial, Suegras. Retratos breves sobre el gran enemigo, Juan Domínguez Lasierra nos trae el recuerdo de la que fue la suya. 
Juan Domínguez Lasierra ha sido Redactor Jefe de Heraldo de Aragón y es escritor. Yo diría mucho más, es un gran escritor.

jueves, 23 de diciembre de 2010

CUARTETO

I
Dolía tanto mi arquitectura de olivo.
Yo era la que se torcía sin remedio
y ha quedado el eco para siempre en mi carne
de lo que ocurrió y vivimos.
Parece mentira que queden sonrisas idiotas siempre
             en el armario.
Dolía tanto el árbol que he sido
yo era cierta como la tierra y estaba allí para verlo
nunca pense que atravesara tanta niebla y siguiera viva
pero quedan tontos zapatos para andar por las calles.
No sé cómo no rompo todas las mañanas que he de
             malgastar todavía


II
La alegría, esa desdentada impertinente,
se ha ido sin avisar
así todas las noches se han sentado a conversar sobre
          la mañana
y la han dejado sucia y arrugada.
Así maltrecha la mañana
ha ido cojeando al encuentro de la tarde
que ya ha comenzado con un pequeño agujerito
en una esquina
han ido apareciendo las estrellas haciendo corros
          y comentando
lo triste que esa mañana se había ido a su casa
qué le habrá ocurrido, decían.
Tan solidarias las estrellas han temblado un poco más
          que otras noches
dando pequeños golpecitos en los hombros de la gente

III
No quiero mancharme las manos con tu tristeza
por eso voy bordeando las palabras
Con sumo cuidado me acerco y te miro
es tan estrecho ese traje que llevas
me recuerdas a los niños que salen de clase
          en ordenadas filas
con una seriedad impropia de la infancia
no habría una risa que rompiera la estructura
no habría una mirada para quebrar tanta norma
no quiero mancharme los dedos con tu pena
y así en difícil equilibro intento aproximarme
pero me quedo lejos
hay demasiada gramática en tu mirada
pones demasiadas comas en la frase de tu alma
pero recuerdo
mi mano pequeña dentro de tu mano
mi palabra dentro de tu palabra
mi infancia dentro de tu infancia


IV
He decidido que no voy a ponerme triste
Aunque llegue una lluvia de dedos torpes
Aunque el otoño sea
una herida abierta en medio de la tarde
Aunque los árboles me tiren hojas que me dan en el pelo
Aunque la luz renuncie a la alegría
No, no voy a ponerme triste
Pero permaneceré callada
en una obstinada protesta de silencio




                María Pérez Collados



María Pérez Collados es autora de dos discos con el nombre artístico Mariaconfussion (Al borde de la piel, y Hay camino). Recientemente, ediciones NUEVOS RUMBOS publicó su primer poemario, Diario de Invierno.

jueves, 16 de diciembre de 2010

DESCALZA

Cuando la conocí me dijo: soy como la cenicienta. No la entendí, pero me gustó. Me gustó esa forma tan suya de aparecer y desaparecer: gratuita e inesperada. Cuanto más me acercaba más se alejaba. Volaba hacia mí, pero casi siempre pasaba de largo. No respondía a mis llamadas y era quien me llamaba cuando yo no lo hacía. Me creaba un estado de incertidumbre que no soportaba, que ahora echo de menos. Se paseaba por el parque con su perrito; no adivinaba quién paseaba a quién.

No fumaba, no bebía y siempre me embriagaba con su música, con sus roces, con lo que no me contaba, con sus silencios, con las frases sin acabar, con esa mirada tan suya que me atraía tanto. Con los desplantes. Con esos abandonos imprevistos o casuales que me dejaban en vela, que ahondaron mis ojeras y me hicieron adepto al insomnio. Sus hasta luego me sonaban a un hasta nunca, y sus holas de reencuentro se parecían a nuestra primera vez.

Persigo por el parque las huellas que su perro dejó, que el tiempo no consigue borrar, porque mi cenicienta usaba zapatos únicos que nunca olvidaré.

Prefería verla con su perrito a cuando la acompañaban otros seres distantes y ajenos a mí. Con esas extrañas compañías también me sonreía, pero no me hacía ninguna gracia.

En el cuento el príncipe se guió por el zapato, pero soy mal detective y poco monárquico, sigo olfateando ante las fuentes, bajo los árboles, a la luz de las farolas, y me resisto a creer que este cuento se acabó sin un final feliz. Visito las zapaterías y en los escaparates los maniquíes no me responden.

Habrá cambiado de teléfono, de zapatos, de perrito, de ciudad, pero yo la huelo todas las mañanas ante el espejo, cuando las ojeras surcan mi rostro de soledad. Me siento un príncipe destronado que quiere cambiar de cuento porque mi cenicienta desapareció en el parque. Descalza.

                                 Eduardo Martínez Carnicer

                                   

Eduardo Martínez Carnicer es poeta y narrador, colabora asiduamente en las páginas culturales del Diario del Alto Aragón. Anima el Blog Liber, libro, libre

jueves, 9 de diciembre de 2010

CUATRO POEMAS DE AMOR Y UNA SONRISA

No entiendo a las parejas
que parecen cansadas
tristes cuando me tapan el camino

precisamente hoy
que me has jurado volver sana y salva

y que he visto en los árboles
romper las nuevas hojas
crecer mientras las miran los libreros

de esta ciudad con tanta primavera

○○○

Extraña ciudad ésta
que llueve tu perfume
que se viste de novia en los semáforos

que ha puesto a tus amigos
al frente del negocio
de venta de banderas

doble como el que aprende

muda como los faros
que se creen tu ausencia
en esa dirección

○○○

Me pasa como a Truffaut

detesto las películas de guerra

sólo salvo el momento
en que saco tu foto del bolsillo
y me pongo a mirarla en la trinchera

con los pies en el barro

y dejan de escucharse los disparos.

○○○

Dice Platón que para capturar la Belleza
hay que ir ascendiendo

y usar para apoyarse por ejemplo

la imagen que de ti guarda el espejo
cuando ya no te miras

cuando me miro yo y te recuerdo
mirándote hace apenas un momento

mientras leía Fedro y no entendía.

○○○

Me hace gracia porque
dices por qué sonríes
                                sonriendo.


                         Ramiro Gairín

Ramiro Gairín es autor del libro de poemas Pintar de azul los días laborales Editorial Islavaria, Granada, 2011. Premio de Poesía “Ángel Miguel Pozanco 2008”.  Los cinco poemas que incluimos aquí pertenecen a su libro inédito Lo que aprendí de mí queriéndote

miércoles, 1 de diciembre de 2010

ROTACIÓN INVERSA

Tienes una pestaña en el pómulo.

Fabrico una amarga sonrisa al verla. ¿Te acuerdas de aquel juego? Aquella intimidad al acercarme y pedirte que cerraras los ojos y te quedaras quieto. Esa orden que ahora resulta un ruego macabro. Acercarme y oír tu respiración, el leve temblor de tus párpados y tu piel al sentir mi contacto. Atraparla con cuidado entre la pinza de los dedos para no pellizcarte. Buscarla pegada en la yema del índice y decirte que abrieras los ojos. Mostrártela como el ingrediente secreto de un antídoto mágico. La llave maestra de un sortilegio. Y entonces decirte, con una sonrisa de cuento infantil, que pidieras un deseo y luego soplaras muy fuerte. Si la pestaña se despegaba se cumpliría.

¿Te acuerdas?

Luego yo te preguntaba qué habías pedido, y tú, siguiéndome el juego, me decías que no podías; que los deseos, para que se cumplan, no pueden decirse. Y yo fingía que me enfadaba y tú me abrazabas y me decías que habías pedido que te tocara la lotería, y yo te decía que eras idiota porque al haberlo dicho ya no se cumpliría, y tú me decías que conmigo ya te había tocado el premio con bote; y yo sonreía y te llamaba mentiroso, y tú me besabas y yo…

¿Te acuerdas, verdad?

Era un juego de niños y nosotros lo hacíamos aunque ya hubiéramos cumplido los cuarenta. Un juego inocente para pedirle deseos imposibles al futuro conjurando el destino adverso, olvidándonos de las líneas de la mano, sus cortes y fracturas. Un juego cuando todavía existían los pozos, las fuentes y las monedas; las velas y las tartas de cumpleaños. Y nosotros jugábamos siempre por si acaso fuera posible; porque no teníamos nada que perder y sí quizás un deseo que conseguir.

¿Te acuerdas, verdad? Claro que te acuerdas.

Tienes una pestaña en el pómulo. Me acerco hasta dejar el calor de mi aliento quemando tus párpados. La atrapo entre la pinza de mis dedos sin notar los gestos mecánicos de tu respiración ni el temblor de tu piel a mi contacto. La contemplo pegada en la yema del índice y miro tus labios lívidos, tu inmovilidad absoluta. Llave maestra de un sortilegio, antídoto mágico. Pido en voz alta un deseo sencillo; un ruego; un imposible, una mentira: la rotación inversa de la tierra; la vida retrocediendo veinticuatro horas atrás. Y cerrando los ojos soplo con todas mis fuerzas.

                         Luis Borrás


Luis Borrás acaba de publicar el libro de relatos Cambio de Planes (Editorial Certeza, Colección Cantela, Zaragoza, 2010). Dirige el Blog Aragón Literario.



domingo, 21 de noviembre de 2010

LA VIDA DE LOS BUENOS ESCRITORES

Es una técnica literaria clásica comenzar una narración por el final (donde más abunda este recurso es en el género del guión cinematográfico). En ese momento, al comienzo del relato, el lector no podrá entender en toda su magnitud aquello que se le cuenta, y no será sino al final de la lectura cuando llegará a comprender en profundidad la anécdota con la que comenzaba el texto

◊◊◊

-Sí, por supuesto, te doy mi teléfono para cuando vengas a España, mira, apunta, es el de la casa de mi madre, porque yo tendré que buscarme un piso cuando regrese ahora, no sé exactamente dónde viviré, pero mi madre siempre sabrá dónde encontrarme y le podrás preguntar, así que te doy su teléfono. Apunta, el prefijo de España es el 34, y el teléfono es el 976, 23, 10…, 87.
◊◊◊

Conocí a Mónica porque vivíamos en el mismo edificio, un bloque de pequeños apartamentos, todos de alquiler. Coincidíamos a veces en el ascensor. Era muy guapa, morocha que dicen los argentinos, porque era argentina, de Buenos Aires. Tendría mi edad, muy justitos los treinta. Casi siempre iba con una amiga que también vivía en el mismo inmueble, una mujer algo mayor (he olvidado su nombre), muy delgada y con cara de amargada, todo lo contrario que Mónica.

Nos hicimos amigos deprisa, imagino que me escogió por algo que veía en mí y que nunca me confesó. Vino un día al apartamento a pedirme azúcar, y terminamos tomando un tecito en el Tabelli, una cafetería muy intelectual que se encontraba cerca del edificio (siempre había gente leyendo, o escribiendo, era famosa por ello).

Yo le conté que era profesor y que había ido a Chile para trabajar en una Universidad de Santiago durante un año. Desde entonces dio por supuesto que yo era pobre, y no me permitía que la invitase nunca a nada. También dio por supuesto que yo era un ingenuo, o que no entendía de las cosas de la vida, y me daba consejos que en aquella época me parecían triviales pero que hoy en día, quince años después, tengo en una gran consideración.

Ella vivía de los hombres. Pero debo especificar que vivía siempre de uno, nunca de varios a la vez. Se trataba de encontrar a alguien que la mantuviera porque idolatrara su belleza, y le pusiera un piso, le pagara los gastos… . Por aquel tiempo pasaba una mala época. Había perdido tanto a su amante subvencionador como a su novio y la ansiedad le hacía comer más de la cuenta, por lo que había engordado un poco, y además no podía evitar morderse las uñas.

Sin los dos hombres que ocupaban su vida, había pasado a tener mucho tiempo libre, de modo que salíamos muy de vez en cuando a pasear, casi siempre solos, porque a su amiga creo que yo no le caía muy bien.

Mónica hacía todo lo posible por volver con su amante, pero éste era muy orgulloso y no le perdonaba, además de que había engordado y estaba menos guapa que antes, lo que le restaba tirón.

Lo que no le perdonaba su amante era que lo hubiese dejado al enamorarse de un judío argentino llamado Fernando. Por desgracia, al tal Fernando le había salido un palo verde, y la había dejado plantada al irse tras él. El concepto palo verde tuvo que explicármelo. Podía definirse como “gran oportunidad, única en la vida”, o “tren que sólo pasa una vez”.

Más en concreto, el palo verde de su novio era la hija de un judío multimillonario de Miami con el que Fernando había intimado mucho, no se sabía cómo. El buen hombre estaba muy preocupado porque no había manera de casar a su niña (hijita única que por lo visto frisaba ya los cuarenta), y le había ofrecido a Fernando la posibilidad de cortejarla. Según aquel viejo, él era el hombre adecuado: joven, guapo, amigo y, sobre todo, judío.

Así que Fernando partió tras el palo verde, se fue a Miami para conocer a la chica, y eso había decepcionado terriblemente a Mónica. Pase lo que pase, ya no será lo mismo; mira, me decía, yo lo dejé todo por él, ya no podrá ser lo mismo, yo ya tenía mi palo verde bien agarrado, qué querés que te diga, una desilusión así no se perdona. Y por eso Mónica andaba intentando hacerse perdonar por su antiguo amante, haciendo méritos, dieta, poniéndose un ungüento de sabor asqueroso en las uñas para no comérselas.

En esto un día me pidió un favor. ¿Sabés qué?, creo que podrías ayudarme. ¿Sí?, le contesté, dime cómo y cuenta con ello.

-Es que a Miranda, la esposa de Andrés, le encantan los pendejos.

Recuerdo la frase y la mirada luminosa de Mónica como si fuera ahora. Lo primero que necesitaba saber en aquel momento, para ponerme al día con el plan, era el significado del término “pendejo”.

-Un pendejo sos vos, me dijo Mónica riendo.

El término “pendejo” hace referencia en Argentina a una persona muy joven. Técnicamente significa adolescente, pero el término se puede hacer extensivo, desde el punto de vista de alguien que supere los cincuenta, a un chico de veintitantos. La edad que yo aparentaba tener por aquel entonces.

La relación de Mónica con su amante se me presentó mucho más interesante de lo que al principio me había parecido. Pero, ¿tú conoces a su mujer? Pues claro, somos muy amigas. Aquí en este país no hay divorcio, si te casas es para siempre, pero el caso de Andrés y Miranda es diferente, tienen hijos y pertenecen a una sociedad muy conservadora, ellos prefieren seguir juntos (lo harían aunque pudieran divorciarse), y disfrutar cada uno de su vida por su lado.

Yo por aquel entonces ya quería ser escritor, y pensaba que el mejor camino para lograrlo era tener experiencias muy diferentes a las de la gente común. Tiempo después leí una frase sabia y cruel de Oscar Wilde: “me fascinan las vidas de los malos escritores”. Lo cierto es que por aquella época yo tenía una vida muy divertida y particular, pero a pesar de ello no conseguía escribir nada que mereciera la pena.

Le dije que sí a Miranda. Ella me lo agradeció muchísimo, aunque ya digo que a mí no me costó nada prestarme a hacer el papel de pendejo. Semejante experiencia me parecía fundamental en mi formación de escritor, eso que debía llegar a ser algún día.

La cita se convino para un día cualquiera a eso de las nueve de la noche, enfrente del portal de casa.

El edificio en el que vivía tenía “nochero”. Esta figura laboral santiaguina tenía como cometido abrir y cerrar la puerta del portal del edificio a cualquiera que quisiera entrar o salir del mismo entre las nueve de la noche y las ocho de la mañana. Aunque era éste un tipo de trabajo ya en desuso en Santiago, la circunstancia de que mi edificio estuviera destinado por entero al alquiler de sus apartamentos lo hacía recomendable, al parecer.

Creo que a mí me odiaba el nochero. La verdad es que yo salía bastante, tenía infinidad de citas. Se me dieron bien las chilenas, debo confesarlo, de manera que regresaba acompañado al apartamento muy de vez en cuando, y para entrar debía despertar al nochero, que aparecía envuelto en una manta, con legañas y zapatillas, y yo pasaba ante él con una chica distinta en cada ocasión, conteniendo la risa, pobre hombre ¿no?, ¿y te tiene que abrir cada vez que llegas tarde?.

El tipo era muy delgado, con infinidad de arrugas y una edad que no podría precisar, entre los cuarenta y los sesenta años. Hablaba un castellano ininteligible. Como solía tener mis citas nocturnas siempre después de las nueve, le hacía salir de su cuartito envuelto en su manta para abrirme la puerta. Siempre murmuraba lo mismo, con cierto hastío, retintín, o rencor: qué…, ¿o-tra no-che-ci-ta?.

Aquella noche fue lo mismo. Yo había quedado con Mónica para desempeñar el papel de pendejo de Miranda. Por supuesto, mi personaje no sabía que Miranda y Andrés eran marido y mujer. Salí del edificio y me quedé esperando al lado de un árbol enorme que había enfrente. Pero a diferencia del resto de las noches el nochero no regresó a su garita, sino que se quedó tras la puerta observándome.

No tardó ni diez minutos en acercarse lentamente un coche extraordinario. No sé si era un jaguar, un rolls royce o qué, pero era un coche extraordinario. Se paró, se abrió una de sus puertas y de allí salieron dando saltitos y grititos Mónica y la tal Miranda. Besos y adentro. Cuando me introducía en el tremendo coche miré un segundo la puerta del edificio y allí estaba él, con su manta, el manojo de llaves en la mano, su rostro arrugado y oscuro y una expresión en la cara que no he vuelto a ver jamás y que guardo en la memoria con enorme nitidez: era la expresión pura del sentimiento de fracaso personal.

El tal Andrés era un prepotente. Gordo, rudo, era evidente que estaba acostumbrado a mandar. En la película que representábamos Mónica era su novia y Miranda una amiga de ambos. No lo he dicho pero Miranda no era muy guapa, tenía un considerable sobrepeso y además resultaba patética porque iba vestida como una jovencita, a sus seguro más de cincuenta años, con dos coletas rematadas en sendos lazos azules.

Después de varias copas y una cena frugal, terminamos en una discoteca y como era día laborable no había casi nadie. Saqué a bailar a Miranda y ocupamos la pista de baile los dos solos, se me acercaba contoneándose y me rozaba con sus enormes tetas, yo la miraba a los ojos procurando seguir el ritmo de sus anchísimas caderas, aferrándome a mi papel de pendejo muy interesado en aquella mujer madura.

Estaba a más de diez mil kilómetros de mi ciudad de residencia habitual, eso es algo que uno tiene en el subconsciente cuando vive en el extranjero, por eso hacemos las cosas que hacemos cuando pasamos mucho tiempo lejos de casa.

Tras el baile regresamos a la mesa en la que charlaban Mónica y Andrés, y al poco tiempo las chicas se fueron juntas al baño, supongo que a hablar acerca del pendejo. Yo me quedé con Andrés. Le pregunté acerca de su trabajo, por entablar alguna conversación, pero no parecía querer hablar de eso. ¿Te gusta Miranda? Me espetó. ¿Qué le iba a decir? Yo sabía que era su mujer. Oye, me parece patética, con esa faldita y semejante culo, por no hablar de las coletas. Evidentemente no podía decir eso. “Sí”, me limité a contestar un tanto paralizado.

-Pues llámala. Pero ten en cuenta que con ella no puedes ir a cualquier parte, tienes que ser muy discreto, ella es una mujer que pertenece a un ambiente muy distinguido.

-Ya, claro, por supuesto –dije yo sin atreverme a llevar mucho más lejos la conversación por miedo a meter la pata.-

No sé hasta qué punto sabía Andrés quién era yo; no estoy seguro de que él no supiera que yo sabía, y sabiendo él que yo actuaba lo hacía también él. Así pues, todos éramos actores aquella noche, pero sólo uno era, además, el autor de la obra.

Ahora, en el recuerdo, casi aseguraría que sí, que Andrés había sido quien lo había organizado todo, y que tanto su mujer como Mónica estaban a su servicio, para complacerle en sus caprichos.

Cuando me acercaron a casa en el gran coche Andrés se permitió la última licencia. ¿Te dejamos sólo en casa o se queda Miranda a hacerte compañía? Más allá de que no hubiera sabido qué hacer con aquella señora en mi apartamento, en aquel momento a mí la situación me parecía fascinante, digna de un auténtico Henry Miller. ¡Qué novela, por Dios, qué novela!

Pero tras unos segundos de silencio e indefinición, Andrés cambió el tono y de manera inadecuadamente autoritaria afirmó: “el único que se queda en esta parada eres tú, así que abajo”.

Yo tomé todo el asunto como una broma, me despedí calurosamente de las chicas y ofrecí mi mano a Andrés. Miré el coche perderse al fondo de la Avenida. Nunca he vuelto a subir en un coche así. Una vez en la puerta de mi edificio me di cuenta de que no tenía por qué despertar al nochero, inopinadamente aquella noche el portal se había quedado abierto.

Entre anécdotas como ésta mi año en Chile siguió transcurriendo. Como ocurre tantas veces en la vida, yo representaba a varios personajes en aquel país, desempeñaba distintos papeles en los diversos escenarios de mi existencia. Por un lado, era el clásico profesor universitario; por otro era un joven romántico –en los tres o cuatro frentes amatorios en los que me encontraba envuelto-; y en tercer lugar era el amigo de Mónica cada vez que ella llamaba a mi puerta y me introducía de la mano en su mundo. De todas estas vidas la que yo prefería, sin duda, era la que me brindaba Mónica porque era, también y sin duda, la más literaria.

Y sobre todo ello parecía resonar la dura sentencia de Wilde: “Me fascinan las vidas de los malos escritores”.

A lo largo de los meses vi caer a Mónica despacio, poco a poco, descender por un pozo cuyo fondo me era desconocido, pero cuya negrura no ofrecía duda.

Andrés se negó a seguir pagándole el apartamento, aunque le mantuvo por un tiempo una asignación para que pudiera encontrar en qué ganarse la vida.

Fui a visitarla un día a su nuevo apartamento. Era pequeño, con muy poca luz y apenas tenía muebles. Por toda decoración había en la pared dos posters de la propia Mónica, fotos en bañador publicadas hacía algunos años en una revista argentina, sus tiempos de gloria.

Había decidido vender sus enseres para recabar fondos y así tener algunos recursos con los que intentar superar la época de crisis. Tenía puesto en el salón una especie de tenderete con vestidos, abrigos, bisutería y algunas joyas. En el rato que estuve pasaron varias chicas a ver las ofertas. Pude comprobar que era una gran vendedora.

Ni siquiera ese día me dejó que la invitara, y eso que siempre íbamos a cenar a lugares bien baratos. Tras la cena estuvimos paseando por la Avenida de Providencia, que por aquella época era una de las más prósperas de la ciudad. Mirábamos los edificios y recuerdo que ella me dijo, sabés José, en la vida lo más importante es tener un techo. A una le puede faltar el dinero, o incluso la salud, pero si tenés un techo, un lugar donde pasar la noche, todo es más llevadero. No olvidés esto que te digo.

Su amiga, aquella de cuyo nombre no puedo acordarme, pasaba por aquella época un momento particularmente esforzado. Los dos viejitos con los que pololeaba se habían puesto enfermos de un ataque (supongo que debo explicar que en chileno, el verbo pololear significa salir con alguien como novio. Este verbo tiene también su sustantivo, pololo, que significa novio, evidentemente).

-Es que no podés coger con ancianitos, mira vos que a uno, al coronel, le dio un ataque cuando lo tenía encima, se le quedó tieso, y ella casi no podía salir de abajo. Un ataque al corazón, parece. Y al otro, al constructor, no sé si algo peor, porque me cuenta que salió del baño blanco como una sábana después de pasar cogiendo la tarde, porque meaba sangre el pobre. Y además, por no coincidir con los dos en el mismo hospital los ha internado a cada uno en un extremo de la ciudad, y pasa el día yendo de una punta a la otra del cerro, para poder hacer de compañera sufrida y leal con los dos, la pobre.

-Joder

-Bueno, ya se le acaba la doble jornada, porque parece que se decide finalmente por el coronel, que seguro que se muere antes.

La última vez que vi a Mónica fue en casa de su novio Fernando, a donde ella iba de tanto en tanto a regarle las plantas. Yo regresaba a España en pocos días, era domingo y me había invitado a almorzar allí junto con un amigo suyo judío al que acababan de echar de un kibutz en Israel y andaba aquellos días en Santiago “buscando un buen pasar”. Recuerdo que llevé pasteles y Mónica celebró mucho lo delicado y detallista que siempre era con ella.

La casa del tal Fernando era preciosa, tenía mucha luz y una gran terraza con muchas plantas. Regresaba de Miami en pocos días. Al parecer el palo verde no era tal, la chica era peor que fea y medio lela. Ni por todo el oro del mundo, vamos.

Después de la comida su amigo se quedó dormido en el sofá del salón, y Mónica y yo salimos a la terraza del apartamento para contemplar los Andes. Era un día precioso. Me dijo que me iba a echar mucho de menos.

-Cuándo regrese Fernando ¿volverás con él?

-No, José, no. Cuando se ha querido a alguien de verdad es difícil perdonar lo que él me ha hecho. Lo que buscamos todas las chicas del mundo es encontrar a esa persona que nos cuide como hacía papá cuando éramos niñas. Y él ya nunca podrá ser para mí como papá. Ya no podré olvidarme de los peligros del mundo ni dormir con paz sólo porque él está en la casa.

-¿Crees que las mujeres buscáis un padre?

-Un papá que nos dé además buen sexo, vos sabés pendejo –dijo riendo-.

Fue entonces cuando me pidió mi teléfono en España. Había decidido probar suerte en mi país, en Santiago no tenía sentido continuar viviendo. Pero para ir a España necesitaba tener un lugar a donde llegar para pasar las primeras semanas.

Le dije que sí, pero mientras enumeraba las cifras del teléfono pensé que no podía hacerme cargo en España de un ser tan atrabiliario como Mónica, ella no tenía sentido allí, era uno de esos seres maravillosos que pululan en América Latina, pero que en Europa no podían sino terminar mal, muy mal. No, no podía hacerme cargo, no la veía en mi mundo, nadie allí la entendería, ¿cómo podría ayudarla? No, no tenía sentido que le diera mi teléfono, no tenía sentido.

Y por eso, poco a poco fue temblándome la voz mientras ella iba anotando los números, y cuando llegué a los dos últimos cambié las cifras reales por otras inventadas. No podía hacerme cargo de alguien así, no habría sabido cómo.
◊◊◊


Sinceramente, no estoy de acuerdo con la conocida sentencia de Wilde. Su propia vida constituye una prueba de que aquella frase no se corresponde con la verdad.

Yo, por aquel entonces, quería ser escritor, pero no escribía. Y ello se debía quizás a que esa vida literaria que buscaba, la deseaba sólo para contemplarla como un mero espectador. No tenía el valor de involucrarme en ella, de llenarme de ese algo distinto que me hubiera hecho capaz de expresar historias diferentes. Algunos años después de mi estancia en Chile escuché decir a un novelista, Jesús Ferrero, algo que me hizo reflexionar: “con su primera novela, un escritor se juega la vida”. Y es que la vida de los escritores de verdad no puede ser más que intensa, dé lugar o no a experiencias externas fascinantes.

Tengas la vida que tengas debes estar comprometido con ella. El auténtico escritor no mira desde el balcón un mundo que luego describe sino que baja a la calle y, si sobrevive, escribe no sobre lo que vio, sino sobre lo que vivió, por eso se juega la vida, siempre se juega la vida.

Hoy lo sé, y por eso hoy sí que escribo.

Muchas veces, cuando tecleo el número de teléfono que aún hoy es el de la casa de mi madre, recuerdo a Mónica. No sé dónde estará, qué habrá sido de ella, si habrá podido conservar el entusiasmo por la vida y su honestidad tan inmaculada.

-Sí, por supuesto, te doy mi teléfono para cuando vengas a España, mira, apunta, es el de la casa de mi madre, porque yo tendré que buscarme un piso cuando regrese ahora, no sé exactamente dónde viviré, pero mi madre siempre sabrá dónde encontrarme y le podrás preguntar, así que te doy su teléfono. Apunta, el prefijo de España es el 34, y el teléfono es el siguiente… .


                                         José María Pérez Collados

jueves, 4 de noviembre de 2010

LA GORDA

En las oficinas centrales de PROENERGY S.A., moderna y exitosa empresa en la explotación comercial de las energías no convencionales y renovables, tenían un problema pasmoso y bastante peculiar.

En esta pequeña, pero no por ello menos desordenada ciudadela de talentos, ambiciones y vanidades, que estaba llenando portadas y de cuyos logros e innovaciones se hablaba en todo seminario y revista especializada, se había generado un producto propio, que era en gran medida la clave del éxito de PROENERGY y la razón por la cual todo empresario progre quería tratar con ellos y no con otros: habían desarrollado un Prototipo Ejecutivo, caracterizado por tratarse de un conglomerado amalgamado de seres del tipo “IES” (inteligentes, eficientes y seductores).

Este particular producto había sido la más insigne y probablemente menos reconocida herencia que había dejado a la institución el hoy jubilado Heriberto Concha Ryan. En 10 años de no mucho emprendimiento notable y varios chascarros no tan desastrosos, pero sonoros, llevado por sus propios complejos de una infancia y juventud, estética y económicamente imperfecta, había emprendido un acucioso proceso de limpieza, selección y preparación de ejecutivos que había dado como resultado el staff más perfecto y homogéneo posible: todos eran competentes y hermosos, y, además, todos vestían del mismo modo, hablaban de la misma manera, sus hijos asistían a las mismas prívate school, todos jugaban lo mismo en el mismo lugar, asistían al mismo gimnasio, comían en los mismos restaurantes, veraneaban en la misma playa y conocían a la misma gente.

La verdad era que no todos los prototipos IES habían nacido iguales, pero con el paso del tiempo, se habían mimetizado a la perfección. Salvo alguna que otra remembranza romántica a la época en que no eran IES propiamente tal, ya que habían nacido en el lugar equivocado, nadie parecía acordarse de que lo eran por adopción o más bien, por elección, ya que de una u otra manera el viejo Concha Ryan había sido capaz de darse cuenta que ellos tenían material fecundo para esa homologación y ellos no lo habían defraudado.

Así, las oficinas de PROENERGY eran todo un paraje de tránsito y despliegue para estos fantásticos y exitosos prototipos, que salían siempre bien en las fotos y adornaban las sociales de cualquier publicación, pero que no sólo eso, eran además potentes y creativos, y tan agradables que era un gusto negociar con ellos y más aún tenerlos de tu lado, porque la lindura se pega y quienes los contrataban se sentían asimismo IES por accesión.

El problema era que entre tanta perfección y belleza, se les había colado una gorda que les echaba a perder el paisaje.

Como no todo emprendimiento es perfecto, menos aún cuando se desarrolla inconsciente, pero decididamente, resultó que Morelia Flores, la gorda, se fue salvando de los procesos de “poda” al interior de la institución y se fue quedando, instalando. Lo que pasaba es que la gorda, era bien gorda, pero también era inteligente y talentosa, no era ni fea, ni hosca, ni ruda (o sea tenía potencial de mimetización), y cuando don Heriberto estaba formando su ejército de IES ocupaba una posición insignificante, por lo que no acaparó la atención de éste, salvo una vez que la vio y dijo para sus adentros: ¿en qué departamento trabajará esta gorda?...

Y como 10 años no pasan en vano, finalmente la gorda a punta de buena pega y falta de candidatos en el momento preciso, se había ido consolidando e integrando, y cual lunar peludo en una piel tersa, se había transformado en un auténtico problema para la IEC, es decir la imagen estética corporativa.

***

La gorda, que se daba cuenta de que era gorda, hacía de vez en cuando sus esfuerzos mecánicos por tomar 3 litros de agua, tragar píldoras quemadoras de grasa y comer lechugas desabridas, pero como toda dieta que hace un gordo consuetudinario, cuya gordura lo ha acompañado por años, no le funcionaba, ya que la soledad de las dietas era un páramo abrumador por el que nunca lograba transitar...

- Mira!... de nuevo la gorda a dieta. ¿Será que la grasa abdominal le tiene un poco atrofiado el cerebro también?. ¿De qué le sirve llenarse de agua si después anda con las migas de queque pegadas en las comisuras?

- Déjala… pobre gorda. Algo tiene que hacer para creer que la fatalidad es la culpable de su horma y no ella misma.

- ¡Mejor que se acordara de eso cuando se zampa el pan en el almuerzo! Si se come hasta la última miga…

- Si no fuera tan gorda, sería hasta rica… si no es nada de fea. ¿Le has visto los ojos?

- No, no sé, ¿tiene?, ¿sabes qué?: nunca podría mirar a una gorda, para mí son como de otra especie, son como las hermanas, no son nunca minas, me cachai?



***

El problema político era que en el mundo moderno donde PROENERGY triunfaba, existían todas esas martingalas hipócritas de la no discriminación y los derechos de la mujer, los niños y hasta los bichos. De hecho, de toda esa Eco Conciencia vivía PROENERGY, ese era su negocio.

Ninguno de sus clientes reconocería nunca que les contrataba por buenos y, además, por lindos. Era su ventaja comparativa más notable y sin embargo la más soterrada, porque no era políticamente correcta. Eso era algo que no se decía en voz alta en ningún foro, porque no era apropiado y porque no quedaba bien, aún cuando fuera tan cierto como que el día es día y la noche, noche.

Así pues, echar a la gorda no era la solución. Como la gorda no era tonta, el temor subterráneo era que de echar a la gorda, ésta los llevara hasta las últimas instancias judiciales con toda la exposición y bochorno público asociado. Eso sería simplemente fatal, pues sin duda sus mejores clientes llenarían páginas de quejas si se enterasen del despido una mujer por falta de adecuación estética… inaudito, impensable!, porque en este especial mundo de las apariencias, nadie, ni el más pro, estaba dispuesto a pasar por discriminador, ni mucho menos, de superficial (… que superficial...).

***

Por su parte la gorda, que acostumbrada a gorda, poco se enteraba de su protagonismo, si bien se daba cuenta de que no calzaba con la imagen prototípica del lugar, descansaba en su gordudez e incluso a veces pensaba que a los demás no les importaba que ella fuera gorda.

Junto con las miles de calorías que la habían llevado a ser la gorda, Morelia Flores se había tragado todas las bobadas aquellas de que la belleza real va por dentro, que las personas son importantes por lo que son y lo que hacen, no por cómo se ven, y otras tantas estupideces desarrolladas por alguna psicóloga fea y con bigotes.

La gorda estaba acostumbrada a ser gorda y a escuchar a sus flacas amigas quejarse amargamente porque estaban hechas unas vacas y tenían 2 kilos de más bajo alguna uña después de las vacaciones. Había logrado desarrollar una fina capacidad para no escuchar o más bien para no tomar en cuenta esos comentarios, que eran impunemente pronunciados con prescindencia de ella. Porque la verdad es que así era: sus amigas no la despreciaban, ni deseaban hacerla sentir mal, ni mucho menos, es más cuando hablaban no pensaban en ella… de hecho, ese era el asunto: nunca pensaban en ella como una igual, era simplemente la gorda irredimible, por eso se podía hablar de kilos, celulitis y dietas como si ella no estuviera.

- Morelia, alcánzame el 38, por favor… ¡No hay caso, estoy deforme!! Se me ve un culo gigantesco!

A la gorda ese jeans 38 no le entraba ni en un brazo, pero su querida amiga Josefina, a la cual la gorda siempre acompañaba de compras, no pretendía con ese comentario decir que Morelia era una masa amorfa cuyo trasero enorme recordaba a Jabba The Hutt, no, para nada, ese comentario provenía solamente de la habitual falta de cuidado que se tiene con quien se supone es de una categoría o especie distinta.

- Definitivamente, no como más hasta volver a 36. Mor, si me ves acercarme a algo que no sea una lechuga con agua, me amarras, mira que si sigo así me voy a tener que comprar una túnica para salir a bailar.



***

Mientras más crecían los éxitos de PROENERGY, más evidente se hacía que algo había que hacer con el “problema” que tenían. Se habían posicionado como una marca probada, sus oficinas eran ejemplo de funcionalidad y buen gusto, y sus ejecutivos… bueno, no había otro equipo como ellos en el mercado: la mejor reunión de habilidad y belleza que se pudiera imaginar. Y fue así que “el problema” dejó de ser subterráneo y se empezó, de a poco, a levantar tras las puertas bien cerradas en los círculos de toma de decisiones.

Mateo Jorquera, el líder natural de este selecto grupo, a falta de alguna otra preocupación real, empezó a preocuparse por el tema personalmente. La total magnitud del problema (en todo el enorme sentido de la palabra) se le había revelado cuando las copadas agendas de todo el equipo hicieron necesario que Mateo fuera a visitar a un potencial cliente con Morelia.

Definitivamente esta gorda no combinaba para nada con la deportiva silueta de Mateo, cultivada religiosamente con muchas horas semanales de spinning y spa. Terminada la reunión, estaba seguro que el factor grasa había hecho que el irresistible encanto de su sonrisa desplegada en el momento crucial de la negociación no hubiese surtido sus extraordinarios efectos como era habitual. Mal que mal el gringo rosado y enorme al que habían ido a visitar, debía esperar una muestra de los IES bien dispuestos de PROENERGY y no la gorda que le habían llevado para negociar (gordas como esa de seguro tenía varias hasta en su casa!).

Mateo sabía que las cosas importantes tenía que hacerlas en persona y por eso no titubeó a la hora de tomar las cruciales decisiones que terminaron para siempre con el problema de PROENERGY.

***

Morelia nunca supo cómo se gestó su ascenso. No lo esperaba, al menos no en esta etapa de su carrera. Cuando Mateo Jorquera la llamó para informarle, algunas lágrimas se asomaron a sus ojos, ya que en el fondo de su corazón nunca imaginó que Mateo la consideraría alguna vez para algún cargo. Parte de esas lágrimas eran de culpa y arrepentimiento ya que en más de una ocasión, en su fuero interno, le atribuyó injustamente a éste una cuota superlativa de superficialidad, como la de esas personas menores incapaces de reconocer la valía de las personas más allá de su aspecto. Se sintió realmente mal por haber sido así de injusta con Mateo y por cierto que no tuvo problemas en aceptar el temporal inconveniente de que su promoción no estaría por el momento asociada a un cambio de remuneración ni a un cambio visible de función. Mateo la había elegido a ella, por su experiencia para liderar un cambio estructural de gravitante importancia y si había que sacrificarse por un tiempo, estaba bien dispuesta a hacerlo, no podía defraudar su confianza.

Mateo había sido elocuente (era realmente talentoso con la lengua) y la gorda había ayudado bastante, ya que se había ido derritiendo a sus pies cual mantequilla en pan recién tostado.

Morelia se instaló en sus nuevas oficinas provisorias en el subterráneo del edificio corporativo contenta y optimista. Se llevó una planta para darle más calor de hogar a su nuevo despacho y algunas pocas fotos. Ordenó sus papeles y comprobó que la conectividad virtual funcionaba a la perfección. Inspiró profundo (había algo de olor a moho, pero no le importó) y se sintió feliz.

Antes de cerrar y dirigirse a su montacarga propio y personal, miró con orgullo la reluciente placa: GSI - GERENCIA DE SERVICIOS INCÓGNITOS – Morelia Flores D. – Gerente.


 
                                  Dafne González
 
(Dafne González es licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y DEA en Derecho de la Empresa por la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona. En la actualidad, trabaja como asesora legal para la empresa GASCO S.A. en Santiago de Chile).

jueves, 21 de octubre de 2010

AEROPUERTO CERRADO

Mirado desde el presente, parecía una alucinación. Si no lo hubiese vivido, pensaría que se trataba de algún cuento surgido del insomnio. Demasiada pasión, demasiada locura. No me conocía en esas imágenes; definitivamente, esa mujer no era yo; o si lo era, ya era tarde para admitirlo. ¿Cuántos años eran ya?, ¿45 ó 46? (nunca me acuerdo de mi edad); era mucho tiempo conviviendo con esta mujer como para aceptar a esta otra.

Cuando el piloto anunció por el altavoz que un fuerte terremoto había sacudido la zona centro sur de Chile y no podríamos aterrizar hasta que se restablecieran los servicios básicos del aeropuerto, supe que ocurriría. No nos miramos, pero sentí en mi respiración que él estaba pensando lo mismo.

No tuve dudas; él tampoco. Desde el egoísmo más brutal sabía que él no estaba pensando en su familia, ni en su casa, ni en nada más. Su primer pensamiento fue para lo que vendría. No hablamos. No mucho. Primero había que aterrizar.

El avión aterrizó en Buenos Aires a las 8 de la tarde. Empezaba a oscurecer. Él trato de llamar por el móvil, para cumplir con los estereotipos, supongo… ambos sabíamos que los móviles no funcionarían. Yo no lo intenté, sabía que no era necesario. Los que estaban en Chile, sabrían como arreglárselas sin mí.

Comprobada la incomunicación se levantó el telón y empezó la función. A veces tengo dudas de si lo que ocurrió en adelante realmente pasó.

Enrique consiguió el taxi. Nos subimos sin mirarnos, pero sentí su cuerpo muy cerca del mío. Algo ardía en esos centímetros que nos separaban, sin embargo, ninguno buscó su ventana. El viaje fue largo, lento; para mí, transcurrió entre jadeos contenidos. Enrique llevaba sus ojos cerrados. ¿Buscaría razones para detenerse? No lo sé. Estoy segura que no era su primera infidelidad, pero sería la primera gatillada por las fuerzas de la naturaleza.

Habíamos viajado mil veces juntos. No éramos amigos, pero trabajábamos bien. Yo conocía a Angélica y él a Jorge. Tuvimos cientos de oportunidades, sin embargo nunca fue una opción, hasta ese día.

Cuando llegamos al hotel, Enrique tomó la iniciativa. Se acercó a pedir una habitación y yo no lo seguí. Él entendió el mensaje y actuó. En un par de minutos se acercó el botones y me dijo:

- Señora Bulnes, permítame su equipaje.

Sólo asentí. No sabía mentir bien.

Cuando entré, sentí lo que deben sentir las mujeres que visitan un venusterio. Una mezcla asfixiante de ansia de sexo y un poco de vergüenza por lo poco sutil de la situación. Lo primero era más. Seguí adelante, mal que mal, ya era la Señora Bulnes. Tenía permiso para eso.

Caminé hacia la ventana sin mirar atrás. Traté de aparentar ensimismamiento, pero estaba pensando si Enrique se quitaría o no los zapatos antes de hacerlo. Nunca me gustó tirar con zapatos (Jorge a veces no se los quitaba, pero al marido se le perdonan cosas que al amante no). ¡Qué molesto!, si eso ocurría, todo perdería mucho en mi recuerdo. Decidí actuar.

-Siéntate aquí. (Mi voz… la oí tan distinta... salvo un par de monosílabos indispensables, no había dicho nada hasta ahora. Si no hubiese sentido la saliva en mi garganta habría jurado que otra era la que hablaba).

Enrique se sentó. Tenía un cuarto de sonrisa en el rostro. El resto eran sus ojos. Esta vez me miraba fijamente y sin titubear. Él ya se había olvidado de todo lo demás; yo, aún transitaba camino a ese lugar.

Me senté a su lado en el suelo y le saqué los zapatos, asegurándome un futuro recuerdo de imágenes perfectas (¡por Dios, que manías!). Miré sus pies, con un poco de vello en el empeine, igual que sus manos que tantas veces había visto sobre un escritorio. Lo toqué y mis dedos temblaban.

Enrique tenía 52 años y era espléndido. Conservaba una figura juvenil que revelaba mucha vanidad y tenía una voz increíble. Yo no estaba tan bien. Claramente, estaba mejor vestida que en cueros, pero en ese momento no me importó. Ahí supe que me había liberado de mí misma y que la que estaba ahí era una mujer que no conocía.

Mientras deslizaba mis manos por sus pies, sentí sus dedos por mi cuello. Mi espalda empezó a crecer, mi cuerpo se expandió. Eran sólo sus manos y mi corazón ya reventaba. Actué como posesa, ágil, liviana. Subí sobre él para dejar que sus manos me tocaran aún más, quería sentirlas entre mi pelo, entre mis ropas, sobre la piel acongojada de tiempo y espera.

Él me quitó la blusa; en realidad, me quitó todo. Me vi en el disfrute y respiré pasión. Abría mi boca para inspirar más profundo, seguí adelante - no quería parar-. Cuando paramos estábamos en la cama. Las sábanas de 700 hilos de algodón egipcio desordenadas, pero elegantes, hacían un cuadro perfecto.

Enrique fue un amante de excepción. Supongo que la situación lo acercó a la perfección en mi percepción… si, en esa cama, todo era rima.

Hubo más sexo. Mucho más. No hubo palabras falsas, enamoradas. Estaba claro, en esa habitación no había amor, había ganas y las estábamos calmando con fruición.

En los intervalos de inactividad me preguntaba desde cuando había deseado esto. Nunca supe que quería encamarme con Enrique. Hacía 5 años que trabajábamos en oficinas contiguas y nunca sentí el más mínimo deseo por él, de hecho, desde hace un tiempo me caía bastante mal. Siempre me pareció un hombre muy atractivo, pero eso era evidente hasta para un loco.

En alguna pausa, hablamos de Angélica y de Jorge, de lo felices que hacían nuestras vidas. Habíamos logrado contactar por twitter, así que no había angustias asociadas a ese recuerdo. Conversamos de la oficina, de la vida. Teníamos posiciones encontradas en la mayoría de los casos, pero habíamos descubierto que no era así en la cama. En esa cama.

Siempre me dije a mí misma que no era capaz de una infidelidad. Marta Gallegos, casada, madre, católica observante, hija perfecta y adolescente no problemática, no podía ser infiel. Sin embargo, ahí estaba yo, bebiendo un vino con mi amante en Buenos Aires, dueña de un aplomo que no era capaz de entender. Por alguna razón no me sentía mal, no me sentía traicionando nada.

Consumimos horas de sexo y conversación. Bebimos, reímos, dormimos (Enrique era más simpático sin ropa que con su traje italiano perfecto), hasta que un mensaje de texto nos informó del restablecimiento de los vuelos a Santiago. Un día más de eso y habríamos terminado siendo amigos.

- Señor Bulnes, su taxi le espera.
- Gracias, bajamos en un momento. Marta, ha llegado.

De pronto, se aclaró en mi mente lo que en mi interior ya estaba instalado: Esto no iba a pasar nunca y por eso mismo pasó. Hasta que la realidad se volvió irreal, hasta que la naturaleza nos hizo entrar en un limbo de espera, no ocurrió lo que ocurrió. Vivimos un estado de excepción, y nos comportamos en consecuencia. Nada había cambiado.

Ese convencimiento me hizo subir al taxi con soltura. Cada uno abordó hacia su ventana y retomamos la conversación que nos había llevado al aeropuerto hace unos días. Estaba un poco aturdida, pero sana, como después de un desdoblamiento.

Cerré los ojos y me despedí de ella. Era una mujer maravillosa, pero no tenía cabida en este espacio. Esa mujer nació para vivir un momento único e irrepetible. La excepción le dio una razón de existir y usó mi cuerpo para hacerlo. Tomó mis manos y las llevó a su cuello, tomó mis labios y los condujo por su espalda.

Así, como novel infiel, fui también principiante asesina.

No fui yo, no fui yo.


                                                                                          Dafne González





(Dafne González es licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y DEA en Derecho de la Empresa por la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona. En la actualidad, trabaja como asesora legal para la empresa GASCO S.A. en Santiago de Chile).