martes, 22 de septiembre de 2009

AMOR Y TERRITORIALIDAD (o una buena excusa para los infieles que no quieren serlo)

Para D. A., por supuesto

Entre los juristas, desde antiguo son conocidos los dos principios por los cuales puede regirse una determinada legislación, me refiero al principio de territorialidad y al de personalidad. No quiero caer en tecnicismos, pero puedo decir, brevemente, que cuando señalamos que una determinada regulación se rige por el principio de territorialidad, entendemos que el derecho gobernado por ese principio se aplica sólo a los habitantes de un determinado territorio. En cambio cuando hablamos del principio de personalidad, entendemos que ese derecho se aplica a las personas sin importar donde se encuentren, es decir, que el derecho las sigue. Para que quede claro pongo un ejemplo de cada caso.

En cuanto al primer principio, el más evidente es el de la comisión de un delito. Si en España fuera delito fumar en los bares y en Francia no, si fumo en París los tribunales españoles no podrían perseguirme, pues rige la territorialidad y más allá del territorio español dejo de estar sujeto a la ley española y paso a estar sujeto a la ley francesa para la cual, en nuestro ejemplo imaginario, fumar en un bar no es delito. El segundo caso, el del principio de personalidad, tiene un ejemplo paradigmático que es, a la sazón, la causa de la confusión sobre la que pretendo pronunciarme. El estado de casado sigue a las personas, es decir, que si estoy casado bajo la ley española y viajo a París y me caso con otra, soy bígamo de todos modos, pues en este caso el territorio es indiferente.

Tradicionalmente hemos considerado que respecto del matrimonio impera el principio de personalidad y, por ello, hemos extendido ese principio al amor. O tal vez al revés, no lo tengo aún muy claro, por nuestro deseo de que el amor sea transfronterizo, hemos entendido que aplicar el principio de personalidad al matrimonio es la única forma de hacer que ese deseo sea mucho más que eso y se convierta en una obligación de fidelidad.

Pero estos son tiempos extraños, nadie quiere casarse (salvo los homosexuales, que de tanto estar privados tienen antojo) y el amor ya no tiene expresión institucional en el matrimonio. Son tiempos pues, para cambiar el paradigma. El amor debe regirse por el principio de territorialidad. Tampoco propongo una revolución, hace siglos que esta propuesta es un hecho: congresos, seminarios, visitas a amigos, viajes de trabajo, marineros con distintos puertos, etc., han sido el velo para cubrir esta verdad ineludible, pero al fin, clandestina.

Evidentemente no es sensato hacer coincidir el territorio del amor con el del Estado (como muchas veces sucede con el derecho) simplemente porque uno y otro no tienen nada que ver. Tampoco puedo imponer aquí un límite territorial preciso, en otras palabras, yo no soy quién para decretar hasta qué distancia (si es que efectivamente la contamos en kilómetros, estamos en un mundo a medias virtual) debe uno considerarse envuelto por los compromisos del amor y desde dónde se es libre. En mi caso particular, he puesto como límite los 90 kilómetros. No es una cifra antojadiza, sino la distancia que hay desde mi casa hasta el límite urbano de Barcelona.

Hay quién dirá que soy un descarado, pero así como hoy es cada día más común que la gente pida un verdadero curriculum sanitario a sus parejas sexuales (incluidos certificados médicos que avalen los propios dichos) o que las obligue a usar preservativos como si se tratara de un ente infeccioso o como si se fuera a tocar la mierda del perro, no me parece descabellado incluir dentro de esas declaraciones y actos de asepsia amorosa la pregunta sobre el radio territorial del amor.

Piénsese que incluso podría ser una ayuda a las parejas nacientes pues, a pesar de lo que parece, se trata de un tema de gran romanticismo, de ése perdido en nuestros días. Recuérdese si no al amante de hace unos siglos que promete el amor eterno a su amada, bajo el balcón, por la noche. Es raro ver a un enamorado de aquéllos que fuera tan descuidado que, además de hacer esa promesa de duración temporal, no hiciera una de alcance territorial. En efecto, esas declaraciones de amor eterno casi siempre iban acompañadas de frases como “hasta la luna” o “más allá de las estrellas”. Esos amantes dieciochescos, aunque fuera de palabra, desechaban insensatamente la posibilidad de fijar un límite territorial (o espacial) más restringido, al menos hasta un lugar donde tuviéramos certeza de vida inteligente.

Además, esta sencilla pregunta podría ayudar mucho al chico o chica cándido que se embarca en una relación creyendo estar con el amor de su vida, mientras su pareja no está buscando más que pasar un buen rato. En cuanto mayor fuera el límite territorial del amor, siempre que no fuera exagerado como para ser poco creíble, tanto mayores serían las expectativas que legítimamente podrían tenerse respecto de la pareja. Es, en definitiva, un indicador infalible del compromiso del otro. Si hasta puedo imaginar el coqueteo, las cartas de amor, las frases después del primer beso adolescente, con la mirada avergonzada y el rostro sonrojado la chica dirá “ahora ya son 200 kilómetros” y él replicará “pues para mi 250”.

La postmodernidad nos permitirá, creo que dentro de poco, ver amores continentales, nacionales, autonómicos, comarcales o hasta el límite de los sitios web punto es. Para los más apasionados que no resistan el fulgor del momento y prometan el amor por sobre todos los demás seres de la tierra, pronto, esperemos, estará el consuelo de Marte pero, por favor, absténgase de prometer el universo.

Manuel Vial Dumas

lunes, 7 de septiembre de 2009

SEPTEMBER


El solterón, a la noche, cuando regresa a su casa, llena un guante de goma con agua caliente y lo lleva a su cama.
Delicadamente, colocado sobre su pecho, aquel guante es una mano tibia que hará su sueño más sereno.
El calor se difunde por el cuerpo, circula la sangre en las venas y el solterón se dice a sí mismo:
-Feliz sueño, Pepe.
Y responde entre dientes:
-Feliz sueño, Evelina.
Evelina fue una novia suya a la que abandonó para mostrarse fiel a su lema:
"Amar siempre; tener novia una vez; casarse nunca."
Ahora, cuando se acuesta, lleva siempre un guante de goma lleno de agua tibia.
-Es para no tener frío -dice-. Este guante no es sino una vulgar bolsa de agua caliente... . La circunstancia de que tenga la forma de una mano femenina no tiene nada que ver. Un capricho... .
Tal vez es así, pero resulta sorprendente que al despertarse cada día, tenga la rara bolsa de agua caliente fuertemente apretada contra su corazón.

Maruja Collados