martes, 7 de abril de 2009

AUTOFICCIÓN

















Despierta interés entre los críticos de las revistas de literatura, la actual proliferación en nuestra narrativa de obras en las que sus autores deciden convertirse, de una u otra manera, en los protagonistas de su novela (cfr. Babelia, num. 877). Y no se trata de que el género de la autobiografía haya alcanzado un nuevo protagonismo, porque seguimos hablando de ficción. Es lo que se ha venido en denominar autoficción.
Leo en Quimera algunos trabajos y entrevistas sobre el asunto. El de Graciela Speranza (Quimera, 2008, num. 301, pp. 24-29), sigue los moldes académicos y pretende comprender el fenómeno a través de las citas de autores canónicos: la modernidad carcome al individuo, lo convierte en madera hueca que desaparecerá en una nube de polvo al primer empujón, al primer temblor. El racionalismo contemporáneo, al evolucionar hacia el estructuralismo y la intertextualidad produce una inevitable consecuencia: la “muerte del autor”, que Barthes decreta en 1968. Por lo mismo, la crisis de esa modernidad tendrá como consecuencia el resurgimiento del moribundo, del autor, hasta el extremo de que éste, renacido, ya no se conformará con el poder que le confiere su condición de narrador (incluso omnisciente), sino que pasará a ser el centro de una nueva literatura, su personaje central: el verdadero protagonista de la historia.
No encuentro desacertado el enfoque. Todo el mundo parece coincidir. La autoficción es una consecuencia de la postmodernidad.
Pero quisiera añadir que al análisis de este fenómeno literario le falta vuelo, quizás porque nos encontremos en los inicios de una experiencia narrativa, lo que dificulta la madurez tanto de la crítica literaria al respecto, como de los propios logros de este género de novela.
Un elemento nuevo para la comprensión del fenómeno de la autoficción me lo ha traído la lectura del trabajo de Jordi Duce a propósito del primer T. S. Eliot en Revista de Occidente (Revista de Occidente, 2009, num. 332).
Pienso en la agonía del Eliot de La tierra Baldía ante la imposibilidad que sentía de salir de sí mismo, imposibilidad de poder ver, tocar o sentir algo que no fuera una mera prolongación de su mirada, o de las yemas de sus dedos, o de su propia sensibilidad. La agonía que le produjo la constatación de que “lo subjetivo es todo el mundo”.
Pero hay formas de salir ahí fuera, de ir más allá de nosotros mismos. Eliot lo supo. Y nuestro tiempo también lo sabe, nuestro tiempo alumbra un camino nuevo hacia el exterior, hacia el mundo. Un camino diferente porque diferentes son estos años que corren: sé el protagonista de la historia que imaginas, ve más allá de tu vida, conviértete en el personaje de tu novela.
Esta es una de las claves, en mi opinión, del nuevo género. Por eso este género es ficción y no es autobiografía, y por eso mismo es real, porque ése del que se nos cuentan aventuras existe, es de verdad, no es mentira.
Max Aub decía que nos pasamos la vida pensando en lo qué hubiera sido de nosotros de haber tomado otro camino en aquella lejana ocasión. Decía que nos pasamos la vida pensando en lo que hubiéramos sido si no nos hubiéramos casado, si nos hubiéramos ido a aquel destino, si hubiéramos aceptado aquella oferta... . En la base del nuevo género de la autoficción, se halla esta nostalgia de lo que nunca sucedió, sentimiento, éste, exclusiva y profundamente humano (en México D.F. hay una cantina que se llama “Recuerdos del Porvenir”, no sé si Aub la visitaba).
La autoficción permite que el autor satisfaga esa nostalgia, sea lo que no pudo o no quiso ser. Pero para ello el autor necesita ser enormemente sincero, ya que ha de ser “él mismo” en esas nuevas situaciones, porque sólo de esta forma podrá vivir lo que nunca vivió, podrá tener lo que no tuvo y, quizás, hasta podrá tocar, con otras manos, o ver con otros ojos, lo cotidiano. Salir allá afuera, y ver de otra manera el mundo. Porque dentro de la novela el autor seguirá siendo él mismo, pero no exactamente igual, porque si se sumerge verdaderamente en la narración, si se deja llevar, si vive realmente eso que se cuenta, quizás pueda salir de sí mismo, ir más allá de la realidad: salir afuera.
Esta narrativa tiene muchos precedentes (sin ir más lejos, Azorín podría ser uno de ellos. Cfr. el artículo de Montserrat Escartín en Ínsula, noviembre 2008, núm. 743). Pero yo creo que, tal y como se manifiesta ahora, esta narrativa es la literatura de un tiempo de crisis, de cambio, de transformación. Y esto lo digo porque funciona, desde el punto de vista del autor, como un ajuste de cuentas consigo mismo, como una manera de saber hasta qué punto se equivocó en el camino, como una manera de ver aquel paisaje al que se dio la espalda y, una vez asomado al precipicio, poder volver a casa y cerrar la puerta al exterior. Quizás con más paz en el alma. O quizás no.
Desde hace tres meses intento publicar una novela que se inserta en este género y que debe comprenderse desde la perspectiva que he señalado en este Comentario. Su primer capítulo se ofrece en la pestaña de inéditos de este blog.