jueves, 17 de diciembre de 2009

PERSONAJES Y NARRATIVA

En una reciente entrevista a James Wood (que estuvo colgada en este Blog en la sección “Recomendaciones”), el crítico literario resaltaba la, en su opinión, lamentable circunstancia de que en Estados Unidos la idea de personaje haya quedado demolida por las conocidas teorías de los nuevos sepultureros del siglo XXI (los neurólogos), que vienen enterrando los viejos conceptos de individuo e, incluso, de libertad (cfr. Benjamin Libet, Mind time: The temporal factor in consciousness, Perspectives in Cognitive Neuroscience, Harvard University Press, 2004).


Correlativamente con estas tendencias se produce, sobre todo en Estados Unidos, una narratividad que propone la superación del concepto de personaje: dado que no existimos como individuos y sólo constituimos una ficción, la novela debe componerse en ausencia de lo que hasta hace poco era su factor esencial: el protagonista, ese personaje “redondo” que hubiera dicho Foster.

Y si fuéramos coherentes no sólo debería desaparecer el personaje, sino también el autor. De este modo, la propuesta terminaría no siendo tanto novedosa como reiterativa –sinónimo en este caso de aburrida-, al resucitar las conocidas tesis de Barthes, que acabaría ahora teniendo razón, aunque de otra manera y por otros motivos.

Pero todo esto no constituye sino un circunloquio occidental o, dicho de otra manera, “venir ahora a descubrir el Mediterráneo”. La idea occidental de individuo no es universal y, por lo tanto, su derrumbamiento no lo será para una buena mayoría de seres humanos que nunca la han compartido. Sirva una anécdota: cuando al sabio africano Amadou Hampâté Bâ le preguntaron qué significaba para él la identidad  humana, respondió con una anécdota personal enormemente clarificadora: “Mi propia madre, cada vez que deseaba hablarme, primero hacía llamar a mi mujer o a mi hermana y les decía: deseo hablar con mi hijo Amadou, pero antes quisiera saber cuál de los Amadous que lo habitan está allí en ese momento” (la referencia está tomada de una obra colectiva, La notion de personne en Afrique noire, publicada en París en 1993).

Detrás del sueño de individuo que hemos construido en occidente está una imagen de Dios y la del hombre hecho a su imagen y semejanza. Dios se encarnó y fue hombre; por ello los hombres han de ser (y pueden serlo), como aquel Dios que habitó entre nosotros.

Sobre este esquema religioso se construye un sueño antropológico: la idea de un ser humano libre, igual y fraterno. Esta trinidad adjetiva con la que se nos describe como individuos desde la Revolución francesa viene de lejos, como se constata al leer a San Pablo, su Epístola a los Gálatas: ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer…, sólo hay seres humanos, libres e iguales, ante Dios y ante los hombres.

El concepto de individuo es el gran sueño occidental, lo que nos caracteriza. La novela, en su sentido moderno, desde Cervantes, ha constituido siempre su mejor herramienta porque no es otra cosa que la superación de la literatura de héroes y de arquetipos con la intención de crear y comprender otro tipo de personaje: el ser humano; con sus ridiculeces, caídas, empeños, miserias, vanidades, sueños y grandezas (cfr. Milan Kundera, El Telón. Ensayo en siete partes, Tusquets, Barcelona, 2005). 


Por eso, escribir narrativa se basa en la misma sensibilidad que nos hace cuidar a un niño, a un hijo: lo hacemos porque queremos crear y comprender a un personaje. Y no interfiere en este empeño la posible realidad o no del ser humano, porque no se acomodan los sueños, ni los auténticos proyectos a las contingencias, sobre todo cuando hablamos de ficción; porque estamos hablando de ficción, de literatura.

A mi modo de ver, constituye un error el camino que buena parte de nuestra actual narrativa ha iniciado buscando una mayor realidad en la documentación histórica o, simplemente, huyendo de la construcción de personajes y recluyéndose en la descripción de ambientes y sucesos (que en la medida en que son “actuales” –fiestas, cocaína, referencias y estructuras cinematográficas- ofrecen la impresión de una mayor consistencia real).

Frente a ello, la auténtica novela del siglo XXI deberá ser, más que nunca, una novela de personajes, que cuente sus historias, que aspire a comprender a un ser humano que en otros órdenes de la cultura se pone en cuestión, incluso se niega. Siguiendo este camino, la novela volvería a ser un género contracorriente, transgresor, visionario, único, un combatiente contra el presente, un hacedor de futuro. De esta manera, además, la novela se mantendría como lo que es: creación, sueños, ficción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario