domingo, 13 de diciembre de 2009

Muerte de un poeta. Homenaje al poeta chileno Rolando Mix

No sé qué ocurre cuando muere un poeta. Acaso las hojas de los árboles dejan de temblar por un instante. Acaso el silencio sorprendido detiene sus pasos por el aire. Acaso se abre una grieta en la prisa de la gente que ignorante se apresura por las calles, acaso.
El poeta caminó eterno por el mundo y llegó hasta aquí con su leve equipaje, con sus manos llenas de palabras.
Ayer, entre el vino y la noche, alguien me habló del poeta. En medio de la voz sensible que iba construyendo esa ciudad que el poeta era, apareció su figura, y entre la niebla creí adivinar que yo lo conocí un día.
Es mítico el poeta que compartió con Allende y con Neruda, que tuvo que salir de su patria con los hombros desnudos y su traje de versos, que gastó sus pies en el viaje, que llegó hasta aquí y nunca se detuvo en su incesante hilar de palabras.
Me cuentan que el poeta siguió siendo un combatiente de la vida. Me cuentan que la muerte lo saludó en plena calle, cuando acudía con su cargamento de poesía como humilde herramienta para los que marchaban contra las leyes de extranjería, para aquellos que en su marcha se detenían a plantar un olivo en el camino; para ellos eran los últimos versos de Rolando Mix.
Me emociona saber que el poeta llevaba encima la riqueza de sus poemas. Me emociona saber que igual que en el bolsillo de Machado cuando murió en Colliure, también en el de Rolando Mix se encontró la piedra hermosa de estas líneas:


Decúbito supino sobre la roca
sol y viento secaban mi cuerpo mojado
cubriendo de sal la piel morena.
                    




                                                                  María Pérez Collados




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