sábado, 13 de junio de 2009

POSTMODERNIDAD, VIAJE Y LITERATURA


Resulta paradójico pensar que, hoy en día, viajar sea mucho más difícil que en otros tiempos no muy lejanos.

Yo fui a vivir a México en 1992. Por aquel tiempo había dos restaurantes mexicanos en Madrid. Recuerdo que la profesora que me invitó a trabajar en aquel país me llevó a uno de ellos antes de partir. Probar los chiles en nogada fue probar algo absolutamente distinto, nuevo. Por no hablar de las tortillas de maíz, los nopales, el mole. Durante las primeras semanas de mi vida en México D. F. pedía la comida en el restaurante del Instituto en que trabajaba sin saber, a ciencia cierta, qué me traería el camarero. Viajar, en aquella época, era ir más allá, salir del mundo propio.

No había Internet, las llamadas telefónicas desde allí a España eran desmesuradamente caras. Fuera de los destinos turísticos a las playas del país, los extranjeros que se conocían en México no eran turistas, eran viajeros. Paul Bowles definió muy claramente la diferencia entre un tipo y otro de persona. El viajero no sabe cuándo ha de volver. Precisamente porque se ha ido.

Hoy es difícil viajar. Los vuelos de bajo coste, las telecomunicaciones o Internet, han terminado por hacer, paradójicamente, muy difícil el viaje, el salir de nosotros mismos, el ausentarnos, el ir más allá. Proliferan los turistas, agonizan los viajeros.

El viaje es esencial a la literatura. Baudelaire, en El Spleen de París grita en un momento dado: “¡No importa dónde, no importa dónde, con tal de que sea fuera de este mundo!”. Y hoy en día el grito resuena más y más angustioso.

El tiempo que vivimos desarrolla cada vez con más profundidad un proceso de globalización que tiene como una de sus paradójicas consecuencias la imposibilidad de viajar en el sentido clásico del término. La postmodernidad, a pesar de su pretendido cosmopolitismo y de la globalización, o precisamente por ello, impone esa dificultad. Todo está en todas partes, por lo que no es posible ir a ningún lugar diferente. Vivimos atrapados.

Hoy en día ya no tiene sentido la propuesta de la antigua literatura juvenil que, abiertamente, se llevaba a otro mundo a aquellos primeros y primarios lectores. La primera experiencia del viaje, de la literatura. Hoy no podrían escribirse libros como El libro de las tierras vírgenes, de Kipling, Los tigres de Mompracém, de Salgari, El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, Las cuatro plumas, de Mason, Moby Dick, de Melville, Robinson Crusoe, de Defoe, o La Isla del Tesoro, de Stevenson. Narran viajes de otro tiempo, y por eso son libros de otra época.

Hoy en día, el único viaje posible lo es en el tiempo. Las transformaciones del cambio de siglo han sido tan rápidas, que ciertamente y más que nunca los hombres que poblamos estos años sentimos más conmoción y extrañeza al contemplar nuestros propios recuerdos, que al mirar otros paisajes. El auge de la novela histórica tiene algo que ver con eso. Y el que la literatura juvenil fantasee ya no con otros continentes, sino con otras civilizaciones del futuro, también puede obedecer a esa circunstancia. Es en este sentido en el que cabe decir que Verne fue un precursor.

Observo también que, quizás de manera inconsciente, alguna de la más brillante y reciente labor editorial intenta seguir ofreciéndole el viaje al lector, como una manera de salir del mundo. Es el caso, sin ir más lejos, del grupo de editoriales que el año pasado recibieron el Premio Nacional a la mejor labor editorial; Impedimenta, y su cuidadosa edición de autores de finales del siglo XIX y principios del XX, Libros del Asteroide, y su labor de traducción de narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo pasado, o Nórdica, y su difusión de los autores del siglo XX de las tierras del hielo europeo. Se trata de seguir viajando, aunque sea a través de la literatura y de sus autores; escritores que no deberán pertenecer sólo a otras tierras sino, y también, a otro tiempo, muy distinto del nuestro, aunque reciente.

Pero no será ése el único camino que depare la literatura a aquél que no pueda renunciar a la atávica necesidad de viajar. También podrá el autor (y, por lo tanto, el lector), salir de su mundo inventándose a sí mismo, poniéndose a si mismo en otras circunstancias, inventando su biografía, haciendo autoficción.

En la autoficción, es la necesidad de viajar lo que genera que nos convirtamos en “el otro” que hubiéramos sido si las cosas hubieran transcurrido de otra manera. Es ésa una travesía conmovedora y para la que hay que tener un ingente valor, porque nos inicia en un viaje que pondrá en cuestión nuestra vida, un viaje del que no sabemos si habremos de volver. Y se trata de un viaje que sólo tolera un medio de transporte: el libro.

1 comentario:

  1. Bienvenidos, aquellos que hayais venido, al nuevo curso.
    Despejad la pereza y a leer.
    He releido el artículo de la postmodernidad y me ha gustado mucho.
    Un abrazo.
    LUIS

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