jueves, 17 de diciembre de 2009

PERSONAJES Y NARRATIVA

En una reciente entrevista a James Wood (que estuvo colgada en este Blog en la sección “Recomendaciones”), el crítico literario resaltaba la, en su opinión, lamentable circunstancia de que en Estados Unidos la idea de personaje haya quedado demolida por las conocidas teorías de los nuevos sepultureros del siglo XXI (los neurólogos), que vienen enterrando los viejos conceptos de individuo e, incluso, de libertad (cfr. Benjamin Libet, Mind time: The temporal factor in consciousness, Perspectives in Cognitive Neuroscience, Harvard University Press, 2004).


Correlativamente con estas tendencias se produce, sobre todo en Estados Unidos, una narratividad que propone la superación del concepto de personaje: dado que no existimos como individuos y sólo constituimos una ficción, la novela debe componerse en ausencia de lo que hasta hace poco era su factor esencial: el protagonista, ese personaje “redondo” que hubiera dicho Foster.

Y si fuéramos coherentes no sólo debería desaparecer el personaje, sino también el autor. De este modo, la propuesta terminaría no siendo tanto novedosa como reiterativa –sinónimo en este caso de aburrida-, al resucitar las conocidas tesis de Barthes, que acabaría ahora teniendo razón, aunque de otra manera y por otros motivos.

Pero todo esto no constituye sino un circunloquio occidental o, dicho de otra manera, “venir ahora a descubrir el Mediterráneo”. La idea occidental de individuo no es universal y, por lo tanto, su derrumbamiento no lo será para una buena mayoría de seres humanos que nunca la han compartido. Sirva una anécdota: cuando al sabio africano Amadou Hampâté Bâ le preguntaron qué significaba para él la identidad  humana, respondió con una anécdota personal enormemente clarificadora: “Mi propia madre, cada vez que deseaba hablarme, primero hacía llamar a mi mujer o a mi hermana y les decía: deseo hablar con mi hijo Amadou, pero antes quisiera saber cuál de los Amadous que lo habitan está allí en ese momento” (la referencia está tomada de una obra colectiva, La notion de personne en Afrique noire, publicada en París en 1993).

Detrás del sueño de individuo que hemos construido en occidente está una imagen de Dios y la del hombre hecho a su imagen y semejanza. Dios se encarnó y fue hombre; por ello los hombres han de ser (y pueden serlo), como aquel Dios que habitó entre nosotros.

Sobre este esquema religioso se construye un sueño antropológico: la idea de un ser humano libre, igual y fraterno. Esta trinidad adjetiva con la que se nos describe como individuos desde la Revolución francesa viene de lejos, como se constata al leer a San Pablo, su Epístola a los Gálatas: ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer…, sólo hay seres humanos, libres e iguales, ante Dios y ante los hombres.

El concepto de individuo es el gran sueño occidental, lo que nos caracteriza. La novela, en su sentido moderno, desde Cervantes, ha constituido siempre su mejor herramienta porque no es otra cosa que la superación de la literatura de héroes y de arquetipos con la intención de crear y comprender otro tipo de personaje: el ser humano; con sus ridiculeces, caídas, empeños, miserias, vanidades, sueños y grandezas (cfr. Milan Kundera, El Telón. Ensayo en siete partes, Tusquets, Barcelona, 2005). 


Por eso, escribir narrativa se basa en la misma sensibilidad que nos hace cuidar a un niño, a un hijo: lo hacemos porque queremos crear y comprender a un personaje. Y no interfiere en este empeño la posible realidad o no del ser humano, porque no se acomodan los sueños, ni los auténticos proyectos a las contingencias, sobre todo cuando hablamos de ficción; porque estamos hablando de ficción, de literatura.

A mi modo de ver, constituye un error el camino que buena parte de nuestra actual narrativa ha iniciado buscando una mayor realidad en la documentación histórica o, simplemente, huyendo de la construcción de personajes y recluyéndose en la descripción de ambientes y sucesos (que en la medida en que son “actuales” –fiestas, cocaína, referencias y estructuras cinematográficas- ofrecen la impresión de una mayor consistencia real).

Frente a ello, la auténtica novela del siglo XXI deberá ser, más que nunca, una novela de personajes, que cuente sus historias, que aspire a comprender a un ser humano que en otros órdenes de la cultura se pone en cuestión, incluso se niega. Siguiendo este camino, la novela volvería a ser un género contracorriente, transgresor, visionario, único, un combatiente contra el presente, un hacedor de futuro. De esta manera, además, la novela se mantendría como lo que es: creación, sueños, ficción.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Muerte de un poeta. Homenaje al poeta chileno Rolando Mix

No sé qué ocurre cuando muere un poeta. Acaso las hojas de los árboles dejan de temblar por un instante. Acaso el silencio sorprendido detiene sus pasos por el aire. Acaso se abre una grieta en la prisa de la gente que ignorante se apresura por las calles, acaso.
El poeta caminó eterno por el mundo y llegó hasta aquí con su leve equipaje, con sus manos llenas de palabras.
Ayer, entre el vino y la noche, alguien me habló del poeta. En medio de la voz sensible que iba construyendo esa ciudad que el poeta era, apareció su figura, y entre la niebla creí adivinar que yo lo conocí un día.
Es mítico el poeta que compartió con Allende y con Neruda, que tuvo que salir de su patria con los hombros desnudos y su traje de versos, que gastó sus pies en el viaje, que llegó hasta aquí y nunca se detuvo en su incesante hilar de palabras.
Me cuentan que el poeta siguió siendo un combatiente de la vida. Me cuentan que la muerte lo saludó en plena calle, cuando acudía con su cargamento de poesía como humilde herramienta para los que marchaban contra las leyes de extranjería, para aquellos que en su marcha se detenían a plantar un olivo en el camino; para ellos eran los últimos versos de Rolando Mix.
Me emociona saber que el poeta llevaba encima la riqueza de sus poemas. Me emociona saber que igual que en el bolsillo de Machado cuando murió en Colliure, también en el de Rolando Mix se encontró la piedra hermosa de estas líneas:


Decúbito supino sobre la roca
sol y viento secaban mi cuerpo mojado
cubriendo de sal la piel morena.
                    




                                                                  María Pérez Collados




jueves, 29 de octubre de 2009

UN HOMBRE TRISTE

El día 1 de noviembre Rafael Millán cumple 90 años. Lo celebra en su casa, en Watertown, en Massachussets. Rafael es un destacado representante de la poesía de la primera postguerra española. Una década ignorada, perdida, como una isla que estuviera ahí, sin que nadie la viera.

Tras la Guerra civil, la referencia poética en España siguió siendo la generación del 27, cuyos miembros continuaron escribiendo tanto desde el exilio, como en España. El canon poético que impusieron algunos de sus más dignos representantes (desde su condición de catedráticos de Universidad), apenas dejó ver la huella que en la poesía española había dejado la tragedia de la guerra a través de nuevos nombres, no permitió la emergencia de la nueva sensibilidad de la derrota con otra expresión que la de los poetas más representativos con anterioridad a la contienda. Recientemente, una novela de Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias, ha puesto de manifiesto la importancia de la imposición de un canon oficial en la literatura española de los años veinte y treinta.

Pero durante los años que siguieron al final de la Guerra Civil española y hasta mediados de los años cincuenta en que se comienza a imponer un nuevo ritmo poético marcado por la poesía social (nuevo ritmo que coincide en el tiempo con el cambio de rumbo político que toma la dictadura), se hace en España una poesía que se escribe desde el fracaso, desde la humillación, desde la pobreza, desde la plegaria, y desde la esperanza.

Rafael Millán creó en 1951 una memorable colección de poemas que da fe de aquél grupo de poetas. Ágora: Cuadernos de poesía. Me lo imagino cuidando las ediciones en la vieja imprenta en la que trabajaba como tipógrafo, apostando el poco dinero propio que no sobraba, buscando suscriptores. Era el Madrid de los escombros. Pero algunos veían más allá.

Los viajeros no regresan (es la diferencia que les distancia de los turistas). Rafael se marchó de España en 1957. Cinco años antes, en 1952, había publicado en Madrid su libro que a mí más me gusta, porque constituye un exponente claro de esa poesía de la primera postguerra de la que hablo. Se tituló Un hombre triste.

Rafael es consciente de que sus compañeros poetas de aquellos años eran un grupo que escribía desde una sensibilidad propia, y así lo destaca en la antología que publica en 1955 sobre su generación, Veinte poetas españoles. En éste y en otros trabajos él apuntó algunas características comunes a todos ellos. Yo pienso que de entre todas, lo que verdaderamente caracterizó a aquellos poetas fue la tristeza. Algo tan bello como eso, tan puro, tan limpio.

Copio aquí el primer poema de Un hombre triste, de Rafael Millán.

Felicidades Rafael, por tu vida plena.


LA tristeza vendrá
como barco al garete desde lejanos fríos
bullirán en la sangre sutiles alfileres,
entrecruzados hilos.
El sueño de viador
encerrado en el pecho,
morirá lentamente, débil y acobardado,
porque vivir, a veces, en tan sólo
un temblor bisílabo en los labios,
un no saber si el alma se ha dormido
en el barro esperando.

Duele esperar sentados en la tierra
acariciando nuestra sombra amigo,
cuando se siente la garganta seca,
las manos ateridas;
duele esperar si la alegría se marcha
por no se sabe qué escondidos ríos,
sin saber por qué cauce desbordado
nos quedamos vacíos.

La tristeza vendrá como un viento
de sorpresa —pájaro indeciso—.
La tristeza vendrá...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

(La tristeza ha venido.)

martes, 22 de septiembre de 2009

AMOR Y TERRITORIALIDAD (o una buena excusa para los infieles que no quieren serlo)

Para D. A., por supuesto

Entre los juristas, desde antiguo son conocidos los dos principios por los cuales puede regirse una determinada legislación, me refiero al principio de territorialidad y al de personalidad. No quiero caer en tecnicismos, pero puedo decir, brevemente, que cuando señalamos que una determinada regulación se rige por el principio de territorialidad, entendemos que el derecho gobernado por ese principio se aplica sólo a los habitantes de un determinado territorio. En cambio cuando hablamos del principio de personalidad, entendemos que ese derecho se aplica a las personas sin importar donde se encuentren, es decir, que el derecho las sigue. Para que quede claro pongo un ejemplo de cada caso.

En cuanto al primer principio, el más evidente es el de la comisión de un delito. Si en España fuera delito fumar en los bares y en Francia no, si fumo en París los tribunales españoles no podrían perseguirme, pues rige la territorialidad y más allá del territorio español dejo de estar sujeto a la ley española y paso a estar sujeto a la ley francesa para la cual, en nuestro ejemplo imaginario, fumar en un bar no es delito. El segundo caso, el del principio de personalidad, tiene un ejemplo paradigmático que es, a la sazón, la causa de la confusión sobre la que pretendo pronunciarme. El estado de casado sigue a las personas, es decir, que si estoy casado bajo la ley española y viajo a París y me caso con otra, soy bígamo de todos modos, pues en este caso el territorio es indiferente.

Tradicionalmente hemos considerado que respecto del matrimonio impera el principio de personalidad y, por ello, hemos extendido ese principio al amor. O tal vez al revés, no lo tengo aún muy claro, por nuestro deseo de que el amor sea transfronterizo, hemos entendido que aplicar el principio de personalidad al matrimonio es la única forma de hacer que ese deseo sea mucho más que eso y se convierta en una obligación de fidelidad.

Pero estos son tiempos extraños, nadie quiere casarse (salvo los homosexuales, que de tanto estar privados tienen antojo) y el amor ya no tiene expresión institucional en el matrimonio. Son tiempos pues, para cambiar el paradigma. El amor debe regirse por el principio de territorialidad. Tampoco propongo una revolución, hace siglos que esta propuesta es un hecho: congresos, seminarios, visitas a amigos, viajes de trabajo, marineros con distintos puertos, etc., han sido el velo para cubrir esta verdad ineludible, pero al fin, clandestina.

Evidentemente no es sensato hacer coincidir el territorio del amor con el del Estado (como muchas veces sucede con el derecho) simplemente porque uno y otro no tienen nada que ver. Tampoco puedo imponer aquí un límite territorial preciso, en otras palabras, yo no soy quién para decretar hasta qué distancia (si es que efectivamente la contamos en kilómetros, estamos en un mundo a medias virtual) debe uno considerarse envuelto por los compromisos del amor y desde dónde se es libre. En mi caso particular, he puesto como límite los 90 kilómetros. No es una cifra antojadiza, sino la distancia que hay desde mi casa hasta el límite urbano de Barcelona.

Hay quién dirá que soy un descarado, pero así como hoy es cada día más común que la gente pida un verdadero curriculum sanitario a sus parejas sexuales (incluidos certificados médicos que avalen los propios dichos) o que las obligue a usar preservativos como si se tratara de un ente infeccioso o como si se fuera a tocar la mierda del perro, no me parece descabellado incluir dentro de esas declaraciones y actos de asepsia amorosa la pregunta sobre el radio territorial del amor.

Piénsese que incluso podría ser una ayuda a las parejas nacientes pues, a pesar de lo que parece, se trata de un tema de gran romanticismo, de ése perdido en nuestros días. Recuérdese si no al amante de hace unos siglos que promete el amor eterno a su amada, bajo el balcón, por la noche. Es raro ver a un enamorado de aquéllos que fuera tan descuidado que, además de hacer esa promesa de duración temporal, no hiciera una de alcance territorial. En efecto, esas declaraciones de amor eterno casi siempre iban acompañadas de frases como “hasta la luna” o “más allá de las estrellas”. Esos amantes dieciochescos, aunque fuera de palabra, desechaban insensatamente la posibilidad de fijar un límite territorial (o espacial) más restringido, al menos hasta un lugar donde tuviéramos certeza de vida inteligente.

Además, esta sencilla pregunta podría ayudar mucho al chico o chica cándido que se embarca en una relación creyendo estar con el amor de su vida, mientras su pareja no está buscando más que pasar un buen rato. En cuanto mayor fuera el límite territorial del amor, siempre que no fuera exagerado como para ser poco creíble, tanto mayores serían las expectativas que legítimamente podrían tenerse respecto de la pareja. Es, en definitiva, un indicador infalible del compromiso del otro. Si hasta puedo imaginar el coqueteo, las cartas de amor, las frases después del primer beso adolescente, con la mirada avergonzada y el rostro sonrojado la chica dirá “ahora ya son 200 kilómetros” y él replicará “pues para mi 250”.

La postmodernidad nos permitirá, creo que dentro de poco, ver amores continentales, nacionales, autonómicos, comarcales o hasta el límite de los sitios web punto es. Para los más apasionados que no resistan el fulgor del momento y prometan el amor por sobre todos los demás seres de la tierra, pronto, esperemos, estará el consuelo de Marte pero, por favor, absténgase de prometer el universo.

Manuel Vial Dumas

lunes, 7 de septiembre de 2009

SEPTEMBER


El solterón, a la noche, cuando regresa a su casa, llena un guante de goma con agua caliente y lo lleva a su cama.
Delicadamente, colocado sobre su pecho, aquel guante es una mano tibia que hará su sueño más sereno.
El calor se difunde por el cuerpo, circula la sangre en las venas y el solterón se dice a sí mismo:
-Feliz sueño, Pepe.
Y responde entre dientes:
-Feliz sueño, Evelina.
Evelina fue una novia suya a la que abandonó para mostrarse fiel a su lema:
"Amar siempre; tener novia una vez; casarse nunca."
Ahora, cuando se acuesta, lleva siempre un guante de goma lleno de agua tibia.
-Es para no tener frío -dice-. Este guante no es sino una vulgar bolsa de agua caliente... . La circunstancia de que tenga la forma de una mano femenina no tiene nada que ver. Un capricho... .
Tal vez es así, pero resulta sorprendente que al despertarse cada día, tenga la rara bolsa de agua caliente fuertemente apretada contra su corazón.

Maruja Collados


sábado, 13 de junio de 2009

POSTMODERNIDAD, VIAJE Y LITERATURA


Resulta paradójico pensar que, hoy en día, viajar sea mucho más difícil que en otros tiempos no muy lejanos.

Yo fui a vivir a México en 1992. Por aquel tiempo había dos restaurantes mexicanos en Madrid. Recuerdo que la profesora que me invitó a trabajar en aquel país me llevó a uno de ellos antes de partir. Probar los chiles en nogada fue probar algo absolutamente distinto, nuevo. Por no hablar de las tortillas de maíz, los nopales, el mole. Durante las primeras semanas de mi vida en México D. F. pedía la comida en el restaurante del Instituto en que trabajaba sin saber, a ciencia cierta, qué me traería el camarero. Viajar, en aquella época, era ir más allá, salir del mundo propio.

No había Internet, las llamadas telefónicas desde allí a España eran desmesuradamente caras. Fuera de los destinos turísticos a las playas del país, los extranjeros que se conocían en México no eran turistas, eran viajeros. Paul Bowles definió muy claramente la diferencia entre un tipo y otro de persona. El viajero no sabe cuándo ha de volver. Precisamente porque se ha ido.

Hoy es difícil viajar. Los vuelos de bajo coste, las telecomunicaciones o Internet, han terminado por hacer, paradójicamente, muy difícil el viaje, el salir de nosotros mismos, el ausentarnos, el ir más allá. Proliferan los turistas, agonizan los viajeros.

El viaje es esencial a la literatura. Baudelaire, en El Spleen de París grita en un momento dado: “¡No importa dónde, no importa dónde, con tal de que sea fuera de este mundo!”. Y hoy en día el grito resuena más y más angustioso.

El tiempo que vivimos desarrolla cada vez con más profundidad un proceso de globalización que tiene como una de sus paradójicas consecuencias la imposibilidad de viajar en el sentido clásico del término. La postmodernidad, a pesar de su pretendido cosmopolitismo y de la globalización, o precisamente por ello, impone esa dificultad. Todo está en todas partes, por lo que no es posible ir a ningún lugar diferente. Vivimos atrapados.

Hoy en día ya no tiene sentido la propuesta de la antigua literatura juvenil que, abiertamente, se llevaba a otro mundo a aquellos primeros y primarios lectores. La primera experiencia del viaje, de la literatura. Hoy no podrían escribirse libros como El libro de las tierras vírgenes, de Kipling, Los tigres de Mompracém, de Salgari, El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, Las cuatro plumas, de Mason, Moby Dick, de Melville, Robinson Crusoe, de Defoe, o La Isla del Tesoro, de Stevenson. Narran viajes de otro tiempo, y por eso son libros de otra época.

Hoy en día, el único viaje posible lo es en el tiempo. Las transformaciones del cambio de siglo han sido tan rápidas, que ciertamente y más que nunca los hombres que poblamos estos años sentimos más conmoción y extrañeza al contemplar nuestros propios recuerdos, que al mirar otros paisajes. El auge de la novela histórica tiene algo que ver con eso. Y el que la literatura juvenil fantasee ya no con otros continentes, sino con otras civilizaciones del futuro, también puede obedecer a esa circunstancia. Es en este sentido en el que cabe decir que Verne fue un precursor.

Observo también que, quizás de manera inconsciente, alguna de la más brillante y reciente labor editorial intenta seguir ofreciéndole el viaje al lector, como una manera de salir del mundo. Es el caso, sin ir más lejos, del grupo de editoriales que el año pasado recibieron el Premio Nacional a la mejor labor editorial; Impedimenta, y su cuidadosa edición de autores de finales del siglo XIX y principios del XX, Libros del Asteroide, y su labor de traducción de narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo pasado, o Nórdica, y su difusión de los autores del siglo XX de las tierras del hielo europeo. Se trata de seguir viajando, aunque sea a través de la literatura y de sus autores; escritores que no deberán pertenecer sólo a otras tierras sino, y también, a otro tiempo, muy distinto del nuestro, aunque reciente.

Pero no será ése el único camino que depare la literatura a aquél que no pueda renunciar a la atávica necesidad de viajar. También podrá el autor (y, por lo tanto, el lector), salir de su mundo inventándose a sí mismo, poniéndose a si mismo en otras circunstancias, inventando su biografía, haciendo autoficción.

En la autoficción, es la necesidad de viajar lo que genera que nos convirtamos en “el otro” que hubiéramos sido si las cosas hubieran transcurrido de otra manera. Es ésa una travesía conmovedora y para la que hay que tener un ingente valor, porque nos inicia en un viaje que pondrá en cuestión nuestra vida, un viaje del que no sabemos si habremos de volver. Y se trata de un viaje que sólo tolera un medio de transporte: el libro.

martes, 7 de abril de 2009

AUTOFICCIÓN

















Despierta interés entre los críticos de las revistas de literatura, la actual proliferación en nuestra narrativa de obras en las que sus autores deciden convertirse, de una u otra manera, en los protagonistas de su novela (cfr. Babelia, num. 877). Y no se trata de que el género de la autobiografía haya alcanzado un nuevo protagonismo, porque seguimos hablando de ficción. Es lo que se ha venido en denominar autoficción.
Leo en Quimera algunos trabajos y entrevistas sobre el asunto. El de Graciela Speranza (Quimera, 2008, num. 301, pp. 24-29), sigue los moldes académicos y pretende comprender el fenómeno a través de las citas de autores canónicos: la modernidad carcome al individuo, lo convierte en madera hueca que desaparecerá en una nube de polvo al primer empujón, al primer temblor. El racionalismo contemporáneo, al evolucionar hacia el estructuralismo y la intertextualidad produce una inevitable consecuencia: la “muerte del autor”, que Barthes decreta en 1968. Por lo mismo, la crisis de esa modernidad tendrá como consecuencia el resurgimiento del moribundo, del autor, hasta el extremo de que éste, renacido, ya no se conformará con el poder que le confiere su condición de narrador (incluso omnisciente), sino que pasará a ser el centro de una nueva literatura, su personaje central: el verdadero protagonista de la historia.
No encuentro desacertado el enfoque. Todo el mundo parece coincidir. La autoficción es una consecuencia de la postmodernidad.
Pero quisiera añadir que al análisis de este fenómeno literario le falta vuelo, quizás porque nos encontremos en los inicios de una experiencia narrativa, lo que dificulta la madurez tanto de la crítica literaria al respecto, como de los propios logros de este género de novela.
Un elemento nuevo para la comprensión del fenómeno de la autoficción me lo ha traído la lectura del trabajo de Jordi Duce a propósito del primer T. S. Eliot en Revista de Occidente (Revista de Occidente, 2009, num. 332).
Pienso en la agonía del Eliot de La tierra Baldía ante la imposibilidad que sentía de salir de sí mismo, imposibilidad de poder ver, tocar o sentir algo que no fuera una mera prolongación de su mirada, o de las yemas de sus dedos, o de su propia sensibilidad. La agonía que le produjo la constatación de que “lo subjetivo es todo el mundo”.
Pero hay formas de salir ahí fuera, de ir más allá de nosotros mismos. Eliot lo supo. Y nuestro tiempo también lo sabe, nuestro tiempo alumbra un camino nuevo hacia el exterior, hacia el mundo. Un camino diferente porque diferentes son estos años que corren: sé el protagonista de la historia que imaginas, ve más allá de tu vida, conviértete en el personaje de tu novela.
Esta es una de las claves, en mi opinión, del nuevo género. Por eso este género es ficción y no es autobiografía, y por eso mismo es real, porque ése del que se nos cuentan aventuras existe, es de verdad, no es mentira.
Max Aub decía que nos pasamos la vida pensando en lo qué hubiera sido de nosotros de haber tomado otro camino en aquella lejana ocasión. Decía que nos pasamos la vida pensando en lo que hubiéramos sido si no nos hubiéramos casado, si nos hubiéramos ido a aquel destino, si hubiéramos aceptado aquella oferta... . En la base del nuevo género de la autoficción, se halla esta nostalgia de lo que nunca sucedió, sentimiento, éste, exclusiva y profundamente humano (en México D.F. hay una cantina que se llama “Recuerdos del Porvenir”, no sé si Aub la visitaba).
La autoficción permite que el autor satisfaga esa nostalgia, sea lo que no pudo o no quiso ser. Pero para ello el autor necesita ser enormemente sincero, ya que ha de ser “él mismo” en esas nuevas situaciones, porque sólo de esta forma podrá vivir lo que nunca vivió, podrá tener lo que no tuvo y, quizás, hasta podrá tocar, con otras manos, o ver con otros ojos, lo cotidiano. Salir allá afuera, y ver de otra manera el mundo. Porque dentro de la novela el autor seguirá siendo él mismo, pero no exactamente igual, porque si se sumerge verdaderamente en la narración, si se deja llevar, si vive realmente eso que se cuenta, quizás pueda salir de sí mismo, ir más allá de la realidad: salir afuera.
Esta narrativa tiene muchos precedentes (sin ir más lejos, Azorín podría ser uno de ellos. Cfr. el artículo de Montserrat Escartín en Ínsula, noviembre 2008, núm. 743). Pero yo creo que, tal y como se manifiesta ahora, esta narrativa es la literatura de un tiempo de crisis, de cambio, de transformación. Y esto lo digo porque funciona, desde el punto de vista del autor, como un ajuste de cuentas consigo mismo, como una manera de saber hasta qué punto se equivocó en el camino, como una manera de ver aquel paisaje al que se dio la espalda y, una vez asomado al precipicio, poder volver a casa y cerrar la puerta al exterior. Quizás con más paz en el alma. O quizás no.
Desde hace tres meses intento publicar una novela que se inserta en este género y que debe comprenderse desde la perspectiva que he señalado en este Comentario. Su primer capítulo se ofrece en la pestaña de inéditos de este blog.