martes, 3 de mayo de 2016

MANIQUÍES

Me gustaría ser igual que el maniquí
de la tienda de la esquina,
tener la misma vocación de silencio
y ser tan delgada, tan delgada
como un dolor que no puede atraparse.

Ella tiene el aspecto de quien sabe lo que hace
y una mirada triste que llega más allá de todas las cosas.
Está siempre detenida
con la libertad del que ha entregado las armas
y ya no espera nada.

No espera nada ella
desde su gesto leve.
Está en el aire
con un brazo torcido en un equilibrio duro e inútil.
Pero yo querría ser así,
leve e inútil,
suave y silenciosa,
y estar en el escaparate de la tienda de la esquina
mirando un horizonte de ruidos y prisa.

Ella es el tiempo que no cesa y no cambia,
la misma que me saludaba
desde las tiendas de mi infancia
cuando de la mano de mi madre
caminaba por mis seis, mis siete, mis diez años,
y todas esas mujeres seguían mis pasos desde los escaparates,
me observaban, me hablaban.

Por eso ahora quiero ser como ella,
una mujer detenida y atrapada.
¿No es eso lo que quieres comprarte?


María Pérez Collados (de Un poemario que viene)

viernes, 15 de abril de 2016

PRESA



Estoy trabajando para las mañanas grises.
Tengo todas las exigencias de la tristeza
y muy pocos beneficios.
Me siento en mi mesa,
elaboro informes,
recojo quejas,
protestan sobre todo las estrellas
por las duras condiciones de  la noche.
A veces dejo que las horas salgan un poco al patio,
las miro jugar y correr
y sueño
con un ejército de palabras que venga a liberarme.
Aquí estoy.
Esperando.

María Pérez Collados (de un libro de poemas por venir)

lunes, 11 de abril de 2016

MI PADRE

Marceline Loridan-Ivens, Y tú no regresaste, Salamandra, Madrid, 2015.

Me ha costado leer este libro, esta carta que su autora, Marceline Loridan-Ivens, ha escrito a su padre, con el que fue deportada a Auschwitz-Birkenau en abril de 1943.

Estaba el libro en mi habitación, comenzado, mirándome. Tengo una hija pequeña y en sus primeras páginas me sentí identificado con ese hombre que era llevado al infierno con aquello que era lo que más quería y que, sin embargo, no podría defender. Se me hacía difícil seguir leyendo.

Ayer por la noche vino al Colegio de España en París Benito Bermejo. Con su saber humilde y honesto impartió una memorable conferencia sobre los deportados españoles en los campos alemanes de concentración. Por casualidad, hemos coincidido en el desayuno y hemos estado hablando de la dificultad de contar que padecen los supervivientes (la escritura o la vida, que diría Jorge Semprún). Y, de repente, me he visto recordando con él a mi padre y a mi abuelo, que nunca hablaban de la guerra. Siempre eran otras (sus hijas) las que contaban las historias de la guerra de mi abuelo; las de mi padre no nos las contó nunca nadie.

Y esta noche, cuando el mucho frío de la calle me ha devuelto pronto a mi habitación y he visto el libro de Marceline en la estantería, me he enfrentado a su lectura. Es un libro breve, menos de cien páginas.

El libro es una carta, ya lo he dicho, está escrito en segunda persona. Marceline se dirige a su padre. Le confiesa lo que él significaba en su vida de adolescente, de niña que comenzaba a dejar de serlo. Le recuerda los momentos que pasaron juntos cuando fueron arrestados, su traslado en el vagón 71 de un tren hasta el campo de Auschwitz-Birkenau. Allí los separaron. Pero estaban cerca, y lo sabían. En aquel infierno el padre y su hija se vieron dos veces. Pero no quiero remedar los episodios del libro aquí, sería ridículo.

En su carta, Marceline le cuenta a su padre, más de cincuenta años después, lo que para ella suponía que él estuviese cerca en aquel terrible lugar. Su padre. El mago. Aquel ser maravilloso capaz de hacerle llegar una carta al barracón. ¡Tenía papel y un lápiz! Su padre.

Deberías haber regresado tú, papa. Porque sin él (sin ti), le cuenta Marceline, la familia se deshizo. Su hermano pequeño estaba en la Estación de París cuando ella regresó, pero no la esperaba a ella, ni siquiera la recordaba. Esperaba a su padre. Y lo seguiría esperando siempre, como Henrriette, su otra hermana, como Marceline.

Pero los supervivientes no hablan. Y su elocuente silencio se apaga. Jorge Semprún acudió a la última conmemoración del campo de Buchenwald, supongo que para despedirse; él sabía que no llegaría a estar presente en el siguiente encuentro, porque en Buchenwald se hace una conmemoración cada cinco años. Como la mayoría de los supervivientes Semprún era ya muy viejo. Pronto, dijo en aquel memorable discurso, ya no quedaremos ninguno y lo que padecimos deberá ser defendido no tanto a través de la historia, como de la literatura.


Marceline tiene 86 años. Ha tardado media vida. Pero al final ha sido capaz y ha escrito esta carta, porque este libro es una carta, ya lo he dicho, este libro es mucho más que un texto de esto tan imprescindible que se ha venido en llamar literatura concentracionaria; esta es la carta de amor de una hija a su padre.

 José María Pérez Collados (de Lecturas de un invierno en París)

martes, 5 de abril de 2016

CUANDO YO ERA TODAVÍA UNA MAÑANA

Cuando yo era pequeña habitaban
en mis ojos dos estrellas niñas.
Eran traviesas y audaces,
saltaban en los charcos de la noche,
se subían a los árboles,
hablaban el lenguaje de la higuera
y de diminutos pájaros de aire.

Cuando yo era todavía una mañana
las niñas estrellas faltaban al colegio
sólo por estar conmigo,
se escondían en el espejo
y detrás de los libros
y en un viejo plumero que era mi muñeca.

A veces me abandonaban,
pero después aparecían
en ojos inesperados,
en miradas ancianas desde las que se reían
y lanzaban pequeños fuegos imposibles.

¿Qué habrá sido de las estrellas aquellas?
¿Por qué ya no han vuelto a buscarme?
¿En qué lugar aún tiemblan
y permanecen intactas
alumbrando lo escondido,
ajenas a la tarde de mi vida?

María Pérez Collados (de un poemario por venir).

martes, 22 de marzo de 2016

LAS VEO CAMINAR POR LAS CALLES

Las veo caminar por las calles
arrastrando un ala rota
y guardando en su bolso dos deseos.
Las veo en las grises cafeterías de la tarde
hilvanando palabras y terrones de azúcar,
dando vueltas a las cucharillas del tiempo,
dando de comer con su risa a los pájaros más tristes.

Ellas fueron las telefonistas de su infancia,
las taquígrafas de todos los desastres,
desastres pequeñitos,
como el  naufragio de un barco de papel.

Sin embargo,
qué terrible en su alma blanca lavada con esmero,
en su alma tejida con cuidado
y marcada en un borde con sus iniciales.
Qué terrible aquel naufragio de estar solas
en la tarde de todos los sueños.


María Pérez Collados (de un poemario que viene).


miércoles, 2 de marzo de 2016

¿QUIÉN CABALGA TAN TARDE A TRAVÉS DEL VIENTO Y LA NOCHE?



¿Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?
Es un padre con su hijo

Johann Wolfgang von Goethe


J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Duomo Ediciones, Barcelona, 2015.

Si tuviera que encasillar esta entrañable novela diría que se trata de una bildungsroman o, lo que es lo mismo, diría que se trata de una novela de formación, de aprendizaje, ese género narrativo que describe el camino que recorre un ser humano desde su niñez hasta alcanzar la madurez.
Hay más circunstancias que podrían hacer pensar que el libro de Moehringer es una novela previsible. Porque no deja de ser frecuente que la primera novela de un escritor sea una bildungsroman autobiográfica.
Y sí, todo esto es El bar de las grandes esperanzas. Pero, sumado a ello, este libro tiene algo especial que lo hace único: la novela es sorprendentemente auténtica, doesarbola su sinceridad, desarma su sencillez.
A las pocas páginas ya nos cuesta separarnos de ese niño al que su padre ha abandonado, y no sabemos lo qué daríamos por poder ayudar a su madre a salir adelante, a llegar a fin de mes. Y vemos pasar cada tarde de domingo a madre e hijo en un coche destartalado por las calles suntuosas de Manhasset, contemplando bellas mansiones e imaginándose cómo sería vivir en una de ellas; la vemos a ella desvelada en la cocina de su pequeño apartamento intentando que su calculadora le dijera que sí había suficiente dinero; vemos a aquel chico con su abuela, aquella vieja mujer maltratada durante décadas por su marido que le explica a su nieto que un verdadero hombre es aquel que cuida mucho de su madre.
Su madre. Ella ya ha perdido. Nos damos cuenta de eso, lo sabemos, y a lo largo de las páginas del libro nos indignamos al saber cómo y de qué manera le falló su padre y cómo le falló también su marido. Ella ha perdido, lo sabemos desde el comienzo de la novela, pero a lo largo de sus páginas nos llega a poner en pie contemplar cómo aquella madre que había perdido su vida decide no fracasar en ella. Porque tiene un hijo. Porque ella no va a fallarle.  
Hace años leí en un memorable comentario a la Iliada (el de Rachel Bespaloff) que el secreto del poder de Aquiles no residía en haberse bañado en la laguna Estigia (donde había mojado todo su cuerpo, salvo un talón), sino en el hecho de que su madre, Tetis, rogaba por él a los dioses, y era su súplica tan triste y desesperada que ellos jamás le negaban su ayuda.  
Por eso, aquel chico cuya historia se cuenta en este libro le debe todo a su madre. Esa verdad atraviesa la novela. Lo primero que se lee en ella es la dedicatoria, y el autor se la dedica a su madre. Lo último que se lee son los agradecimientos. Y el último de ellos, el más largo, sin duda el más sentido, es para ella. Si no hubiera sido así, esta novela no hubiera merecido la pena.
Pero si esta es la historia de un chico que tuvo una madre maravillosa, también lo es de alguien que no tuvo padre. Y de cómo, a lo largo de los años, aquel chico va llenando su ausencia con el teatro de figuras masculinas que pululan en el pub del pueblo cercano a Nueva York en el que vive. Allí irá a encontrar consuelo, sexo, conversación, entretenimiento; allí irá a esconderse, a buscarse, allí hallará la mejor manera de huir o de reunir fuerzas para volver a luchar; allí encontrará la amistad, y hasta la familia. De alguna manera aquel pub, el viejo Publicans, será el padre que no tuvo. Por eso esta novela es un homenaje a aquel tugurio. Incluso, en su primera versión, éste quiso ser un libro de no ficción sobre aquel garito. Hay que reconocer que estamos ante un autor bien peculiar.
Las novelas de formación tienen siempre una importante carga moral, pero esta novela nunca juzga, no contiene ni un solo discurso ético. Moehringer no los necesita porque las historias que nos cuenta hablan por sí mismas, son siempre enormemente elocuentes. En esto la novela tiene momentos memorables: cuando, ya convertido en un joven, Moehringer quiere conocer a su padre, y éste acepta una cita, la descripción que hace de aquel hombre es tan elocuente que  no necesita usar esas dos palabras, y no las usa porque, además, se refiere a él con cariño. Con mucho cariño. Pero el lector se da cuenta de que aquel hombre que había maltratado a su esposa, que la había abandonado, a ella y a su hijo, quedaba perfectamente definido por esas dos palabras que Moehringer no usa: un fracasado.
La novela está escrita con una enorme sencillez; en algunos momentos hasta podría decirse que está escrita con inocencia. Y esa es su mejor virtud, porque logra ser conmovedora.
Como un homenaje a la iluminadora oscuridad de los pubs, la primera parte de la novela está encabezada por un verso de Dylan Thomas, tomado de La luz irrumpe donde ningún sol brilla. A mí, por algún motivo, me ha recordado ese otro de Ángel Guinda, no menos memorable: no siempre la claridad viene del cielo. 

Publicado en Artes y Letras, de Heraldo de Aragón, el 25 de febrero de 2016.

jueves, 8 de enero de 2015

EL TIEMPO, MI MADRE, GÓNGORA Y MARTINA



Si quiero por las estrellas
saber, tiempo, dónde estás,
miro que con ellas vas,
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas, ay, qué engañado estoy,
que vuelas, corres y ruedas;
tú eres, tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.

Me envía Martina López Casanova, desde Buenos Aires, este poema de Góngora, que leyó cuando tenía 19 años, y cuyo recuerdo le ha traído el anterior texto de mi madre. 
Mi madre mira, a sus 90 años, desde un balcón; y lo hace con la nostalgia desvaída de un lugar cercano al que sabe ha de llegar. Ese misterio que todos los hombres llevamos encima. Esa metáfora que somos. Mi madre se acerca sin miedo a los misterios y mira desde una orilla de pupilas desvaídas, de sabiduría triste, de recuerdos viejos que hacen olvidar las urgencias cotidianas.
Martina adolescente leyendo a Góngora allá en la Argentina, mi madre recordando lejanos episodios, su hijo tejiendo con bolillos los errores viejos, las manos de mi madre, Martina y su hija ya casada en las primeras navidades nuevas, y Góngora otra vez, o es el tiempo otra vez, siempre el mismo. Y no sabemos si nos vamos.