jueves, 8 de enero de 2015

EL TIEMPO, MI MADRE, GÓNGORA Y MARTINA



Si quiero por las estrellas
saber, tiempo, dónde estás,
miro que con ellas vas,
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas, ay, qué engañado estoy,
que vuelas, corres y ruedas;
tú eres, tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.

Me envía Martina López Casanova, desde Buenos Aires, este poema de Góngora, que leyó cuando tenía 19 años, y cuyo recuerdo le ha traído el anterior texto de mi madre. 
Mi madre mira, a sus 90 años, desde un balcón; y lo hace con la nostalgia desvaída de un lugar cercano al que sabe ha de llegar. Ese misterio que todos los hombres llevamos encima. Esa metáfora que somos. Mi madre se acerca sin miedo a los misterios y mira desde una orilla de pupilas desvaídas, de sabiduría triste, de recuerdos viejos que hacen olvidar las urgencias cotidianas.
Martina adolescente leyendo a Góngora allá en la Argentina, mi madre recordando lejanos episodios, su hijo tejiendo con bolillos los errores viejos, las manos de mi madre, Martina y su hija ya casada en las primeras navidades nuevas, y Góngora otra vez, o es el tiempo otra vez, siempre el mismo. Y no sabemos si nos vamos.

lunes, 5 de enero de 2015

EL TIEMPO

El tiempo. Ese algo que nos rodea, nos angustia, nos oprime y se nos escapa de entre los dedos. Ese algo intangible que flota sobre nosotros, que no tiene cuerpo, ni forma, ni sonido. A veces he querido verle pasar desde el zaguán de mis pensamientos. Unas veces cruza lentamente como si el sol se hubiera dormido sobre los barbechos y no quisiera despertar nunca. Otras acelera el paso y se echa la noche sin notarlo, envuelto siempre en el ropaje de la urgencia y la distancia. Querría detenerlo, pararme con él en la plaza o en la senda que sube hasta la ermita y preguntarle por qué tanta prisa. Pero nunca ha querido sentarse conmigo en el ribazo, ni tumbarse en la hierba de la ribera. Tampoco jugar con los niños en las tardes de junio mientras cantan de gozo los jilguero. Querría preguntarle a dónde va, de dónde viene. Dónde tiene su casa, pero sólo el silencio me regala un puñado de brisa y desaparece en la vieja alameda mientras dibuja en mi rostro una arruga de nostalgia que ya nadie podrá arrebatarme. Esta tarde he bajado hasta el río y lo he encontrado allí sobre un tronco carcomido y habitado por las hormigas. ¡El tiempo! Ese ladrón de la infancia que empuja las ilusiones y las viste de pantalón largo. En el fondo del agua, en el espejo escondido que se resiste al lodazal he visto mi rostro y el rostro del tiempo. ¡Ay! No era él quien pasaba, era yo. Era yo quien tenía de blanco el cabello de mis ilusiones, era yo quien pasaba corriendo por la senda de la vieja alameda mientras él seguía sentado en el tronco carcomido saludándome cada vez más lejano.
Desde entonces ya no salgo a esperarlo. He buscado en el arcón del alma, donde guardo mis mejores recuerdos, y he encontrado una sonrisa de niña, unos ojos asombrados, un soplo de aire fresco de madrugada, un trozo de pan recién amasado y una oración antes de dormir que me había enseñado mi madre ¡y me basta! Quiero disfrutar cada instante, antes de que cruce el horizonte y pierda de vista para siempre mi pueblo, la vieja alameda y el sendero que sube a la ermita. Sonreír a la vida, contemplar emocionada este espectáculo de luz y sonido que me regala la tarde, disfrutar de este instante de gloria que llena mis venas, compartir con mis hijos el pan recién bendecido y soñar con el dios de colores que se dibuja en el horizonte. Cada tarde es ahora mi pasión y mi empeño. Porque sé que soy peregrina sin valle, sin pueblo, sin ermita y sin alameda, mientras el tiempo sigue allí, sentado en el tronco carcomido incrustado en la hierba ¡tengo todo el tiempo del mundo! 
 
                                         Maruja Collados

domingo, 28 de diciembre de 2014

LLORAR A LÁGRIMA VIVA



Llorar a chorros.
Llorar la digestión.

Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos. 
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,la camiseta.

Inundar las veredas y los paseos, 
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. 
Asistir a los cursos de antropología,
llorando.

Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África, 
llorando. 
Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...

si es verdad 
que los cacuyes y los cocodrilos 
no dejan nunca de llorar. 
Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.

Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, 
por la boca. 
Llorar de amor,
de hastío,

de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria. 
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!


Oliverio Girondo

martes, 4 de noviembre de 2014

INTERMUNDOS. LA NUEVA NOVELA DE NUESTRA EDITORIAL


Infinitas habitaciones virtuales plagadas de criaturas mitológicas, castillos de leyenda, naves estelares y espacios propios del mejor arte digital inundan los Intermundos. Cuentan que en ellos hay todo tipo de lugares fantásticos: reinos de magia con hechiceras, dragones y cíclopes. Fortalezas alienígenas y espadas láser bajo un manto de estrellas. Universos de fantasía en los que habitan amores imposibles. Países imaginarios donde llueven naranjas azules. Todo es posible en la Red. En un superpoblado mundo, a mitad de camino entre el código binario, las máquinas cibernéticas y la arquitectura futurista, humanos y espíritus digitales recorren las calles, luchando por la supervivencia.
Los cables codificados conectan las esencias de los navegantes generando una experiencia similar a vivir en la realidad. Cualquier cosa imaginable es posible. Animales, plantas, personas o lugares pueden diseñarse desde cero y recrear un espacio perfecto e incorruptible, donde la temperatura es siempre la correcta, la nieve puede ser de color rojo y las estrellas fugaces acaban posándose en nuestra mano.
 
Alberto E. Martos es profesor de Didáctica de la Literatura en la Universidad de Extremadura. Intermundos. Viaje al reino de Yggdrasil es su primera novela.
 
 
 

viernes, 24 de octubre de 2014

DERRIDA Y SUS FANTASMAS


Alguien me dijo: "¿Sabes que Derrida ha muerto?" No lo sabía. Tuve la sensación de ver caer un telón frente a mí. Yo estaba solo con el nombre del difunto, solo con un llamado a la fidelidad, solo con la sensación de que el mundo se había puesto más pesado y más injusto, solo con el sentimiento de gratitud por lo que ese hombre nos había demostrado.

Estas palabras son de Peter Sloterdijk. En el ámbito de la literatura, el espectro de Derrida está cada día más presente, el camino de la deconstrucción permite que la itinerancia de las palabras nos lleven a lugares remotos, lejanos, nuevos.

No dejes de ver una película, haz clic aquí, no dejes de dar hospitalidad al fantasma de Jacques Derrida

domingo, 19 de octubre de 2014

IGNÍFUGO



No había quemado un solo libro en mi vida. Soy, o al menos fui, un hombre tranquilo y pacífico. El notario, un hombre decente y discreto, como debían de describirme las vecinas de escalera. Quizás después de lo ocurrido hayan cambiado de opinión. Dirán ante las cámaras que ya sabían que había algo raro en mí, el notario, siempre solo, sorteando cualquier intento de conversación en el rellano, amable pero esquivo. Escuchaba ópera alemana, añadirán, como si aquello revelase una naturaleza cruel y refinada. Por supuesto harán mención de mi último grito antes de que me metieran en el coche patrulla, ¡el mejor final de un libro es arder! Probablemente la policía ya les haya preguntado por mi biblioteca. Ellas habrán explicado que la mujer que limpiaba mi casa les habló una vez de ella, pero que nunca mencionó lo de las urnas. Eso fue porque la despedí antes. Hasta entonces, mi biblioteca sólo había albergado libros, libros únicos y desconocidos que había buscado y reunido durante años. Mi trabajo en la notaría no me dejaba mucho tiempo libre para leer, pero formé esa gigantesca colección con la esperanza de poder disfrutarla algún día, cuando tuviera tiempo.
Maldita la noche.
Por primera vez en veinte años tuve tiempo para recostarme en el sillón y ponerme a leer. Había escogido una novela corta, semiescondida en la esquina de uno de los estantes. Devoré las páginas a gran velocidad, atrapado por la sutil telaraña de intrigas policíacas tejidas en torno al misterioso asesinato de un escritor. Sucedió justo al llegar al final. Después de revelarse la identidad del asesino, al terminar el último párrafo en el que el detective hacía una breve reflexión sobre la pasión y la locura, el libro comenzó a quemarse. Lo solté con un grito. Abierto en el suelo, el libro comenzó a emanar un humo denso y gris que olía a cigarrillos y dejaba un regusto a whisky en la boca. Horror, pesar, fascinación... no recuerdo bien qué sentimiento me invadió mientras lo contemplaba arder hasta consumirse. De él no quedó nada más que ceniza.
Superado el estupor, la realidad cayó sobre mí con todo su peso. No has sido tú, fue lo primero que pensé. Tú no lo has quemado. Se ha prendido él solo. Llama a la policía, sabrán qué hacer. Tú no eres culpable, tiene que haber una explicación…
Pero una parte de mí no estaba asustada. A una parte de mí aquel accidente, crimen o lo que fuera, no le horrorizaba tanto como debiera. Descubrí, sorprendido por la intensidad, el secreto placer que me había producido contemplar la horrible estampa de un libro calcinándose hasta morir, desapareciendo para siempre. Desde niños nos han enseñado que sólo los monstruos queman libros, y sin embargo… aquel libro no era uno más. Era especial, único. Todos los libros de mi colección tenían en común el ser el último ejemplar que quedaba de sus obras originales. Con toda probabilidad, el libro que acababa de leer no volvería a leerse jamás. El último ejemplar había ardido en el suelo de mi estudio. Miré las cenizas y me sentí honrado. Las recogí con sumo cuidado y las guardé en un botecito de cristal en el qué marqué la fecha, la hora, el título y el autor del libro muerto. Después, coloqué el botecito en el lugar de la estantería que le había correspondido en vida. Me pregunté si algo semejante volvería a sucederme. Una parte muy oscura de mí lo deseaba.
            El siguiente libro que se quemó ante mí fue uno de terror, pero no sucedió del mismo modo. Del libro no salió nada de humo, sólo despidió largas llamaradas que tiñeron de luz roja el estudio, dibujando sombras vagamente humanas. También guardé sus cenizas. Recogerlas resultaba tan gratificante como ver el fuego.
Pronto descubrí las diferentes maneras en las que los libros podían quemarse. Las novelas de ciencia ficción despedían un olor a metal fundido mezclado con plástico derretido y chisporroteaban como si sufrieran un cortocircuito; las llamas de las novelas de amor eran cálidas y se podían tocar con suavidad; ningún libro ardía con la furiosa espectacularidad de una novela de aventuras; y sin embargo, nada podía igualarse a la serena muerte de un libro de fantasía, ardiendo letra a letra en una rápida cascada de fuego.
Dejé de ir a trabajar. Ya no lo necesitaba. Dejé de salir al rellano. Temía las preguntas, que se me viera en la cara la barbarie con la que me deleitaba en secreto. Despedí a la mujer que limpiaba la casa. Nadie podía ver nunca en qué se había convertido mi biblioteca. Porque yo soy inocente o, al menos, todavía lo era en aquel momento. Yo no había quemado ninguno de esos libros. Por otro lado, ¿era yo responsable de que éstos ardieran? ¿Era la pasión febril con la que los leía la causa directa de que los libros se consumieran? ¿Era mi culpa? ¿Me sentía culpable? En absoluto. Pero entonces, ¿por qué sentía la obligación de esconder a los ojos del mundo mi nueva biblioteca de urnas, de libros muertos, de trofeos?
            Todo empezó por un libro y otro libro lo echó todo a perder. Nunca podré olvidar el mal presentimiento que tuve al extraer aquella novela del último estante que quedaba con libros. Tuve la sensación de que aquella obra no debía estar ahí, que era una intrusa. Ni siquiera recordaba de dónde la había sacado. El desasosiego creció y creció conforme pasaba las páginas, sin ningún interés por la historia o por los personajes apáticos que habitaban aquella trama deslavazada. Nada del libro me interesaba salvo llegar a la última página y verlo en llamas. El malestar me acompañó durante toda la lectura. Por fin llegué al final. Leí en voz alta la última palabra, la definitiva, su sentencia de muerte y solté el libro. Y no ardió.
            Durante unos minutos esperé desconcertado. Claro, ya entiendo qué pasa. Este libro no es único, no es especial, es un fraude, sin pasión, sin vida, una estafa. Me enfureció pensar que había invertido horas de lectura en una obra mediocre. Una calma fría y pesada me invadió. Ese libro nunca ardería por sí mismo. Merecía arder por otro motivo. Merecía ser destruido. Sin urna para él. Sin nota conmemorativa. Quedaría borrada su existencia de mi sagrada biblioteca. Dejé el libro tirado en el estudio un momento antes de volver con una caja de fósforos. Encendí uno, saboreé la tétrica luz azulada de la llama y lo dejé caer sobre el libro abierto. La cerilla se apagó. Lo volví a intentar. Lo máximo que conseguí fue que las hojas se arrugasen un poco antes de que el fuego se apagara.
            Una furia visceral se adueñó de mí.
            Cogí el libro y lo tiré contra la estantería. Algunos botecitos cayeron, levantando una polvareda de ceniza. Agarré el libro. Comencé a arrancarle las páginas, una por una. El sonido de las hojas al rasgarse se asemejaba a un chillido. De los bordes arrancados comenzó a brotar un líquido transparente, pero eso no me detuvo. Nada lo hizo.
            No sé si fueron mis gritos o los del libro los que alertaron a mis vecinos. Cuando llegó la policía ya era demasiado tarde. Los ojos horrorizados de los agentes pasaron del despojo del libro a mí y de mí a las páginas amontonadas que infructuosamente intentaba encender. A mis espaldas, la inmensa biblioteca de urnas. Supe entonces que no me creerían, que nadie me creería. Yo no había matado a esos libros, ellos habían querido morir por mí.

Irene J. Cisneros Abellán (Zaragoza, 1989). Licenciada en Historia, ha publicado relatos cortos en la Escuela de Escritores y en Relatos para Sallent. Actualmente compagina la tesis doctoral con su pasión por escribir. La ilustración es de Joaquín Barriga Barlo.

miércoles, 30 de julio de 2014

MI INFANCIA Y YO

Si pudiera mirarme 
desde los ojos de mi infancia 

Si viera desde la infancia mi cuerpo derrotado

Quizás me amotinara

Emprendería el camino hacia Ayer

Si la infancia me habitase
como la vieja silla de mi padre
habita su ausencia

Quizás me levantase contra ése
que no soy yo 

Si pudiera verme
desde la patria de mi infancia