Conducía Helena,
fingiendo seguridad en sí misma, agarrada al volante y tiesa como un palo. Veía
en la vena que se le marcaba en la sien cada kilómetro de los que avanzábamos
por la autovía.
- ¡Relájate, mujer! Te
va a dar un tirón en la pierna de lo agarrotada que estás. Reclínate un poco
para atrás, así. Sepárate un poco más del… - Helena apartó con un ademán de
fastidio la mano que acababa de poner en la palanca de su asiento.
- ¡Déjame, Sara! Estoy
bien. Yo conduzco así, ¿vale?- me dijo sin apartar la vista de la carretera.
Igual de enfurruñada que cuando era pequeña, porque siempre le estábamos
diciendo lo que debía hacer y cómo hacerlo. En momentos así me hacía sentir
demasiado mayor, viéndola todavía como una niña.
Le habíamos dicho a
nuestra madre que al llegar a Madrid pararíamos para cenar y dormir, pero para
variar no estábamos cumpliendo lo prometido. Habíamos decidido conducir toda la
noche, cruzando media España, para llegar sobre las seis al pazo de la tía
Marga. Así, aunque llegásemos realmente cansadas de semejante paliza, sería
toda una sorpresa vernos ya en casa.
- Será divertido verlas
revolucionadas bajando las escaleras en bata ¿Y te acuerdas de Luna, la
perrica de la tía? Esa no tardará en ponerse a ladrar como una loca en el patio
trasero… seguro que aunque las hacemos levantarse de la cama, se ponen
enseguida a calentarnos un chocolate.
- Seguro... ¡qué bueno
por Dios! Sólo de pensarlo se me cae la baba- dijo Helena ya más calmada.
-Se pondrán a hablar
como si alguien les hubiese dado cuerda de repente, queriendo enterarse de todo
lo que nos ha sucedido en el año a pesar de tener el verano entero por delante…
- añadí en voz alta para mantener despierta a mi hermana, la notaba cansada,
pero esperaría a que ella me pidiese el cambio, de lo contrario podría dañar su
autoestima. La miré de reojo una vez más, y sentí el típico orgullo de hermana
mayor. Se estaba haciendo toda una mujercita. Y no era por el simple hecho de
verla conducir tan callada, silencio al que no me tenía nada acostumbrada. Era
una sensación extraña de cercanía, como si ahora pudiese entender todo lo que
antes no decíamos delante de ella.
- Ojalá que mamá tenga
hecho un bizcocho del suyo… -Helena sonrió al decirlo, pensando todavía en el
premio que recibiría al llegar a casa por fin.
Menudas tardes de no
hacer nada, de descansar en el sillón de la tía, de dormir hasta que el cuerpo
dijera basta. Tras verme enganchada a las pastillas para dormir, y habiendo
perdido más de cinco kilos sin darme cuenta, he decidido no prestarle más
importancia. Si después del verano me ponen en la calle, me habrán hecho todo
un favor. Al fin y al cabo, vivir con miedo no es vida.
- ¡Pero bueno!¿Qué es
esto?- simplemente retiré un poco el cuello de su blusa para comprobar qué era
aquella pequeña marca que tenía en el cuello. Sin embargo, al notar mi mano, se
apartó bruscamente en su propio asiento haciendo varias eses con el coche.
Volvió al carril como si no hubiese pasado nada, y muy sonrojada, consiguió
decir al fin:
- ¡Déjame!
- Ya te dejo. Pero tú
ten cuidado, ¡que no viajas sola!.... – entonces vi cómo templaba su
barbilla-Está bien, no te pongas así. No merece la pena que te enfades… -su
mirada ahora estaba totalmente fija en la carretera. Odiaba sentirse
traicionada por sus propios sentimientos, que yo la hubiese descubierto. Tan
frágil como cuando era pequeña. Miré a mi hermana con nostalgia, hace nada me
hacía sentir culpable al preguntarme por qué no jugaba tanto con ella. Ahora,
al parecer, se había buscado otro compañero de juegos.
- De las notas te va a
preguntar mamá, así que yo mejor te pregunto sobre el chico que te ha dejado
esa marca... así no te repites, ¿no crees?
- No sé de qué me
hablas, ¡yo lo he aprobado todo!
- ¿Y ese chico también?-
a pesar de que estuviese hablando sin mirarme, sabía lo atenta que estaba de
nuestra conversación. No quería hablar, pero se moría por contármelo todo. Yo
había sido como ella hacía unos cuantos años atrás.
- Si no te importa, me
gustaría descansar un poco ¿Paramos ya?
- ¡Sí, claro!- el
momento se había esfumado. Mi hermana sufría de amores, pero era demasiado
hermética como para empezar ahora a contarme su vida. De algún modo le gustaba
hacerme sentir que apenas la conocía…
¿Por qué me castigaba
con su silencio? ¿Simplemente porque nunca había habido un hombre en casa se le
hacía raro hablar de ellos? No es que quisiera que mi hermana me revelase todos
sus secretos, sólo quería que supiera que fuese la historia que fuese, seguro
que yo ya la habría vivido antes. Que yo estaba aquí para apoyarla.
Paramos en una estación
de servicio vacía, donde sólo había una muchacha en la barra hablando con la
cocinera por el hueco del pasaplatos. Hablaba de una compañera, se quejaba de
lo perezosa que era y de lo mucho que tenían que hacer por su culpa. Podrían
haber seguido así a pesar de nuestra entrada todo lo que les restaba de noche,
así que decidí interrumpir tosiendo un poco y diciendo educadamente:
-¡Buenas noches!
- Buenas noches…
- ¿Tú qué quieres,
Helena?- le pregunté a mi hermana que acaba de sentarse dejando un asiento
vacío entre nosotras dos.
- Yo un sándwich mixto y
una coca cola.
- Y a mí ponme un café solo.
- La cocina está
cerrada, así que no te puedo poner el sandwich, ¿quieres una bolsa de patatas
fritas?
- No, gracias- dijo mi
hermana mirándome con una sonrisa ¿entonces para qué estaba la cocinera allí
todavía?
- Sara, no se lo digas a
mamá… ¿de acuerdo?- me dijo Helena mirando a la chica que preparaba nuestras
bebidas. Sintiendo mi mirada por el rabillo del ojo.
. ¿Qué le tengo que
decir?
- Ya sabes…
- No, yo no sé nada- le
dije.
- Es que no es nadie importante, y total. Ya se
ha ido…
- ¿Del país? ¿ De tu
lado?
- Da igual… De verdad.
- ¿Sabes de lo que me
estaba acordando cuando veníamos hacia aquí?- preguntarle directamente no me
iba a llegar a ningún sitio, así que empezaría siendo yo la que hablase de
sentimientos. Ablandando un poco ese corazón tan duro de mi hermana pequeña.
- No, no lo sé. Pero
seguro que me lo vas a decir…
- Aquí paramos la
primera vez que fuimos al pazo, ¿te acuerdas?
- Para nada, yo debía
ser una cría entonces.
- Más o menos. Pero se
te caían los mocos y había que limpiártelos. Bueno, como ahora... ¿no?
- ¡Muy graciosa!
- Conducía la tía Marga.
Su padrino se había muerto ese mismo año, y hasta el verano no había tenido
tiempo para ir a ver la casa que había heredado. Mamá estaba sentada contigo,
atrás. Y por primera vez en mi vida me habían dejado ir de copiloto, ¡estaba
alucinada!
- ¡Aquí tenéis, chicas!
- nos sirvieron con la simpatía de la casa.
- Perdona, ¿tienes
sacarina?- me gustaba medir la paciencia de la gente. Cogí amablemente el
sobre; ahora ya tendría a alguien más de quién criticar con la cocinera (que no
cocinaba).
- Ese año fue el que…-
comentó pensativa mi hermana.
. Sí, ese verano se
separaron definitivamente. Recuerdo que la tía no hacía más que mirar por el
espejo retrovisor, y yo pensaba que era porque alguien nos seguía. Con los años
comprendí que era para controlar a mamá. Me dejaron ser la copiloto de la tía
Marga para que yo no viera cómo lloraba.
Tú estabas en la silleta, durmiendo. Eras demasiado pequeña para darte cuenta
de nada.
- Yo no recuerdo a mamá
llorando.
- Por que si lo hizo no
fue delante nuestro. Ese verano en el pazo, mamá y la tía se quedaban todas las
noches hablando afuera en las escaleras del porche. Antes sólo la tía fumaba,
¿sabes? Ese año volvió mamá. Yo las veía desde la ventana de la habitación,
echando humo por la boca. Hablaban muy flojito, y de vez en cuando mamá
lloraba. Entonces la tía se ponía a su lado, y la abrazaba fuerte, hasta que la
hacía reír.
- ¿Por eso se quedaron
ahí?
- No lo sé, quizás. La
tía heredó el pazo, y cuando llegamos era una pocilga destrozada. Nos pasamos
el verano limpiando, arreglando. La iban a dejar para alquilar, pero decidieron
vivir en ella las dos juntas para reconstruirla por completo. Venían todas las
mañanas dos albañiles que no hacían más que tirarle los tejos a mamá y a la
tía.
- ¿Sííí?- preguntó
curiosa mi hermana
- Sí, pero la tía tenía
muy mala leche ya entonces. Aunque yo creo que la piscina que nos hicieron
salió gratis… vamos, ¡que ya le pagó la tía el servicio completo por otra
parte!
- ¡Sara! ¿De verdad?
- ¡Y yo qué sé! Yo
también era muy pequeña. Puede que al final del verano se le bajaran los humos…
quién sabe.
- Yo no me acuerdo de
nada, ¡qué rabia!
- Sí, bueno. Al final
supongo que se enamoró y todo la muy tonta. Tú date cuenta que siempre termina
alguna noche escuchando a Joaquín Sabina.
- “Lo nuestro duró, lo
que duran dos peces de hielo…”
- “… en un whisky on the rocks!”
- ¡Es verdad! Yo pensaba
que simplemente le gustaba por que era de su época.
- Y en parte por que
creo que es la historia de su vida.
- ¿Y mamá? ¿Después de
papá no ha tenido a nadie?
- A la tía Marga. Creo
que su corazón se cerró tanto que no ha dejado sitio para más- no había pensado
en esa respuesta, pero salió de mis labios sin más.
- ¿Nos vamos ya? Si no,
no llegaremos ni para medio día.. Ah, y
pagas tú ¿no? Yo no llevo ni un duro encima ¡ya sabes...! - dijo mi hermana
sacando afuera el forro de los bolsillos de su pantalón.
- No veas las ganas que
tengo de que termines la carrera de una vez, te pongas a trabajar, ¡y me
invites a algo!
- Todo llegará,
¡impaciente! Ah, y no te olvides de dejar algo propina. Se lo han ganado, ¿no crees?
Helena se
quedó dormida enseguida, aunque aún le dio tiempo de dejar caer alguna lágrima
en silencio. Sin embargo, la dejé estar. No le pregunté más. Había dejado una
puerta abierta para cuando ella quisiese entrar… Yo, por mi parte, ya tenía en
qué pensar mientras conducía. Reviví aquél primer viaje, viendo a mi tía
conducir con el cigarro en la mano como ahora estaba yo. Mirándome de vez en
cuando, peinando mis rizos alborotados,
guiñándome un ojo para hacerme reír.
¡Qué
díficil misión! Llevando a su hermana y a sus hijas lejos, para hacerlas
olvidar. Para sanar unas heridas que ella conocía muy bien. Queriendo buscar el
sentido a sus vidas en una casa que jamás había visto antes. Comprobando con
tristeza, una vez más, que las historias de esta vida no son como los cuentos.
Que no se terminan comiendo perdices, porque la felicidad no es eterna… Y
consiguiendo, quizás con esfuerzo, que ni yo ni mí hermana supiéramos nada del
dolor que ellas vivieron ese verano.
Ahora
podríamos hablar con ellas de todo eso.
Ahora
todas teníamos algo que decir...
Caridad Bernal Pérez ya ha publicado en el pasado en este Blog, y lo hace ahora para el proyecto Recuerdos del Porvenir con este cuento.